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Dr. Agustín Encinoso de Abreu y Reyes Gavilán (1798-1854)

Lic. José Antonio López Espinosa
Centro Nacional de Información de Ciencias Médicas

El doctor Agustín Encinoso de Abreu fue uno de los médicos más eminentes de su tiempo por su vasta erudición y espíritu científico. Catedrático de Patología y Fisiología en la Universidad Pontificia, fue un verdadero innovador de la docencia médica, pues fue el primero que propuso sustituir al latín como lengua para la enseñanza por el idioma vernáculo, el español. De su actuación como profesor, el último de Prima (Fisiología) en la Universidad, ninguna calificación mejor que la del doctor Ramón Zambrana Valdés, quien afirmó que en sus materias, Patología y Fisiología, nunca poseyó La Habana "ni voz más persuasiva ni inteligencia más clara y fecunda". Fue el profesor más elocuente de cuantos tuvo la Universidad  y el más audaz en la incorporación de nuevas doctrinas médicas. Lamentablemente, sus múltiples ocupaciones y la atención de sus negocios particulares no le permitieron dedicarse más a la función de forjador de médicos. Ello se revela en los certificados de estudios expedidos a los alumnos, en los que aparece una y otra vez la firma de su sustituto. 
Nació en San Agustín de la Florida el 10 de marzo de 1798. El lugar de su nacimiento fue casual, pues sus padres Francisco Encinoso de Abreu, Abogado de las Reales Audiencias y Cancillerías de México y Santo Domingo, y María Josefa de la Luz Reyes Gavilán, ambos cubanos, estaban esa fecha de paso en dicha ciudad, donde le pusieron por nombres José  Agustín Víctor Meliton. Muy pequeño se trasladó con sus padres a La Habana y en 1813 comenzó a estudiar Filosofía en el Colegio Seminario de San Carlos con los profesores Félix Varela y Nicolás M. de Escovedo. Se graduó de Bachiller en Artes el 25 de mayo de 1816 ante los jueces Luis Hidalgo Gato, Antonio de Guzmán y Simón Vicente de Hevia. En 1815 había empezado a estudiar Medicina con los catedráticos Antonio Viera y Bernardo J. Riesgo en Prima; Pablo Marín en Vísperas; Antonio J. Machado en Anatomía y Simón V. de Hevia en Methodus Medendi. Se graduó de Bachiller en Medicina el 1ro. de agosto de 1818. Sus sinodales fueron José de J. Méndez, Tomás Romay, José A. Bernal, Marcos Sánchez Rubio, Pedro Andreu, Simón Vicente de Hevia, Pablo Marín y Ángel J. Cowley. Cumplió sus intersticios con el doctor Simón V. de Hevia entre el 1ro. de mayo de 1818 y el 2 de junio  de 1820 y fue admitido por el Tribunal del Protomedicato al ejercicio de la Medicina el 27 de enero de 1821.
Con motivo de haber renunciado en 1820 a su cátedra de Vísperas el doctor Pablo Marín, se fijaron los edictos para cubrirla de nuevo. Abreu se presentó como aspirante junto a otros cuatro opositores como el licenciado Antonio del Noval y los bachilleres Gaspar Z. de los Reyes, Ildefonso Sánchez, Domingo Rosaín y Ángel Pilar Manzano. Estas oposiciones quedaron registradas entre las más sonadas de la Universidad y entre las de mayor significación en la historia de la docencia médica. Fue en esa ocasión que Abreu planteó por primera vez que las lecciones se debían leer y defender en español y no en latín como hasta entonces. Para ello se apoyó en el dictamen que la Comisión de Instrucción Pública propuso al Rey el 9 de octubre de ese año. Los ejercicios comenzaron, no sin que antes del Noval exigiera que se hicieran en latín. Manzano, de los Reyes y Sánchez se separaron antes del inicio de los ejercicios, por lo que sólo quedaron como opositores del Noval, Rosaín y Abreu. El primero defendió en latín la tesis «Morbis epidemici peculiarem habet genium ei morbis ejusdem generis diversum»; el segundo leyó la suya en español que tituló «Las causas de las enfermedades se deben inquirir tanto en los sólidos como en los fluidos» y la del tercero titulada «La alteración que experimenta la sensibilidad orgánica es la que constituye la esencia y el principio de las inflamaciones», fue también defendida en español. Aunque el Fiscal se manifestó contrario a que no se hubieran debatido dos tesis en latín, como se tenía dispuesto desde 1422, el Tribunal eligió por mayoría de votos como ganador a Abreu y, por consiguiente, como merecedor de la cátedra, de la cual tomó posesión el 21 de junio de 1822.
Al no poder ir contra una disposición legal que autorizaba el uso del español en las oposiciones, del Noval recurrió a la argucia de impugnarlas, con el pretexto de que el ganador no había cumplido los dos años de intersticios. Ello originó un pleito en el que actuó como representante legal del afectado su hermano, el abogado Francisco Encinoso de Abreu. En su escrito réplica éste manifestó que el litigio era una "fatal provisión a que por siempre parece ha de verse reducida la Universidad de La Habana" y acto seguido denunció las irregularidades del doctor Manuel Ramírez Gallo, Fiscal de la Universidad y cuñado de del Noval. El fallo fue favorable a Abreu, quien continuó en el desempeño de su cátedra. Con el veredicto quedó además a salvo lo que fue el verdadero motivo de la impugnación: que se pudiera enseñar en español. Aunque durante el proceso no apareció la pugna entre el latín y el español, lo cierto es que más que juzgar una cuestión tan fútil como la falta de unos meses a un opositor, que inclusive se había recibido ya como médico ante el Protomedicato, el problema radicaba en la lengua oficial de la Universidad. El latín era un arma poderosa para mantener los privilegios de la institución e impedir la fácil difusión de los conocimientos modernos. Sustituir al latín significaba pues posibilitar la circulación por los sombríos pasillos claustrales de las corrientes renovadoras de las adquisiciones recientes de la ciencia y de las  ideas filosóficas antiescolásticas. Tan pronto se reinstituyó el absolutismo en la metrópoli y se derogaron las reformistas leyes constitucionales, la Universidad Pontificia desterró los incipientes asomos del español y restableció el latín. Por otra parte, si se analiza el contenido de las tesis expuestas por los opositores, no hay duda que la de Abreu fue la que más se acercaba a la concepción más actualizada de la medicina, en tanto del Noval permanecía adscrito a las viejas doctrinas que admitían la existencia del “genio epidémico” y Rosaín revelaba confusión en la naturaleza del tema que escogió. Mientras se ventilaba este pleito, Abreu concurría a sus clases y asistía en el Hospital Militar de San Ambrosio a las de Anatomía práctica que impartía el doctor Francisco Alonso Fernández, auxiliado por el también doctor Antonio Eduardo Castro.
A título de catedrático obtuvo Abreu la Licenciatura y el Doctorado en Medicina el 4 de julio y el 1ro. de septiembre de 1822, respectivamente. Desde que asumió la cátedra de Patología, la asignatura tuvo grandes progresos científicos, pues él dominaba los más modernos textos de esa materia en su época. Fue el primero en propagar la doctrina de Broussais, de la cual era partidario acérrimo.  Al cumplir el primer sexenio como catedrático se volovió a  presentar a oposición. Esa vez, en la que tuvo como oponente a José de la Luz Hernández, leyó en latín su lección titulada «Omnez tuberculi struma net no ám etiat cuiuscumque partis hepatizationis ad super irritatione cronica germinare videntur», donde trató una cuestión de medicina práctica. El tribunal, integrado por los doctores Tomás Romay, Lorenzo Hernández, Pablo Marín, Gabriel Morales, Nicolás J. Gutiérrez y Vicente Pérez Infante, le otorgaron por unanimidad la  cátedra, de la que tomó posesión el 29 de enero de 1829. 
Cuando se produjo en 1833 la epidemia de cólera morbo, Abreu fue uno de los que asistió al primer caso de la enfermedad, descubierto y diagnosticado por el licenciado Manuel J. Piedra. Trabajó infatigablemente durante ese período, en el que fue inclusive nombrado vocal de la Junta de Sanidad. Sin embargo, fue objeto de una acusación pública, en la que se afirmaba que el número de fallecidos en el depósito de negros cimarrones, en el cual él ejercía, era excesivo, lo que se traducía en que no les había prestado a éstos la asistencia médica adecuada. Con este motivo se inició un expediente por la Real Junta de Fomento. En un artículo que publicó en el Diario de la Habana, Abreu dijo que esos ataques eran “producto de la malevolencia y la calumnia”. Expresó asimismo que la verdadera causa de esta situación radicaba en el hecho de que los enfermos eran esclavos, en los que incidía una serie de factores adversos. El Protomedicato le designó la misión con otros profesores de practicar la autopsia a los casos fallecidos y esto le permitió publicar, en unión del doctor Nicolás José Gutiérrez, una memoria sobre esta enfermedad, la mejor y más completa de las escritas sobre el tema pues, además de haberse redactado en un estilo propio de un trabajo científico moderno, es la que ha ofrecido hasta ahora la más exhaustiva información acerca del modo en que se puede presentar, sus síntomas, las lesiones que produce y el tratamiento adecuado para combatirla. 
En 1834 coincidió el termino de su segundo sexenio en la cátedra de Patología con la vacante de la de Fisiología por el fallecimiento del doctor Antonio Viera. En unión de los doctores Pedro Hobruitiner y Manuel R. Blanco Solano, así como de los bachilleres Francisco de Paula Serrano, José de la Luz Hernández y José González Morillas, concurrió como opositor a la sin dudas más importante de las cátedras y la que más prestigio confería a los médicos para su ejercicio privado. Aun cuando los ejercicios se efectuaron en latín, se puede asegurar que fueron las oposiciones más brillantes de las celebradas en la Universidad Pontifica, dada la calidad de las tesis allí expuestas y porque todos los concursantes mostraron los conocimientos más modernos sobre Fisiología. Abreu dedujo «Perstant equidem aquae in pericardio que certe cordi praestat actionem sicut aliae causae inter quas nervi simpathetici influxum numarandum». De la Luz Hernández trató de explicar una cuestión relativa al calórico animal a partir de fuentes distintas a la circulación sanguínea; Hobruitiner sostuvo que el corazón era la única fuerza impulsora de la sangre; en tanto González Morillas atribuyó a las arterias un papel, aunque no bien precisado, en este mismo fenómeno. Para Blanco Solano, la sangre sólo servía de vehículo a las sustancias provenientes de la nutrición y Serrano trató de  explicar por primera vez en una tesis médica los procesos metabólicos con una fundamentación química, anticipo remoto de lo que fue la Química fisiológica que hoy se conoce como Bioquímica. La tesis de Abreu se basó en un asunto médico más moderno y no en lo meramente relativo a lo digestivo y a lo circulatorio, al referirse a la influencia de la inervación en los procesos del corazón. 
El Tribunal de esas oposiciones, integrado por el doctor Tomás Romay como Asistente Real y por los doctores José Pérez Bohorques,  Nicolás José Gutiérrez, Fernando González del Valle y Ángel J. Cowley, concedieron por unanimidad al doctor Abreu la cátedra, de la cual tomó posesión el 15 de diciembre de 1834. Con referencia a su desempeño en ella, Cowley dijo que “produjo un notable adelanto al introducir los más modernos textos sobre Fisiología, entre ellos los de Bichat, Zimmermann, Richerand y Magendie, en sustitución del pequeño manual de Dumas”.  En 1835 la Junta Superior Gubernativa de Medicina y Cirugía le encomendó la tarea de revisar todas las obras de Medicina y Cirugía llegadas del extranjero para su aprobación, así como de organizar con ellas una biblioteca, con el propósito de impedir que se consultaran textos inútiles. En 1840 dirigió a la misma institución una comunicación donde solicitó su convalidación como médico cirujano. La Junta designó como examinador al doctor Nicolás J. Gutiérrez, quien le propuso tres casos: hidrocele, úlcera venérea del glande y fractura ósea del antebrazo. En este examen resultó aprobado, por lo que se revalidó como Licenciado en Cirugía el 1ro. de octubre de ese año.
Por jubilación del doctor Tomás Romay en la plaza de médico del Hospital Militar de San Ambrosio, Abreu fue nombrado primero Médico Mayor interino y luego en propiedad, con ratificación del Rey en 1844. En ese hospital tuvo siempre a su cargo la sala de enfermos de fiebre amarilla y, según opiniones autorizadas, fue durante el período en que él allí estuvo el que se registraron menos casos de defunción, como se puede comprobar en los reportes mensuales que se pasaban a las autoridades. Cuando en 1850 La Habana sufrió un nuevo azote de cólera morbo, permaneció internado e incomunicado en el hospital, a pesar de que tenía un hijo gravemente enfermo. En 1852 la Gaceta de la Habana dio la noticia de que se publicarían las obras del doctor Tomás Romay y que su biografía sería escrita por él, pero desafortunadamente esto no se llegó a cumplir.  
Abreu poseía una vasta inteligencia y una amplia cultura médica. Dotado de una palabra fácil y elegante, revestía sus discursos de una forma tan fascinadora que hacía sus lecciones modelos de dicción y buen gusto. Lástima que a tan buenas dotes no hubiese acompañado la constancia pues, transformado en hacendado en sus últimos años, descuidó el ejercicio de la medicina, al cual le dejó de prestar la debida atención por sus frecuentes ausencias.
Testó ante el escribano B. Del Junco el 31 de octubre de 1854 y falleció en La Habana el 23 de noviembre siguiente, víctima de una afección hepática. Su muerte fue profundamente sentida por las personalidades más representativas de la cultura nacional. El claustro de la Universidad acompañó su cuerpo sin vida hasta su última morada. Allí los doctores Nicolás J.Gutiérrez y Ramón Zambrana pronunciaron sendas oraciones fúnebres. El primero de ellos expresó: “... La muerte te ha herido como hombre; pero tu talento, tus virtudes y tus servicios vivirán por siempre en los fastos de la medicina”.

BIBLIOGRAFÍA

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Archivo Central de la Universidad de La Habana. Expediente 3,997/816.
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