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Dr. Ángel José Cowley Albirde (1797-1859)

Lic. José Antonio López Espinosa
Centro Nacional de Información de Ciencias Médicas

Hijo del mexicano José María Cowley y de la cubana Patrocinia Albirde, nació en La Habana el 2 de octubre de 1797. De cuna modesta y sencilla, los halagos de la fortuna le comenzaron a dar la espalda a la edad de siete años, cuando falleció su padre y quedar sin otro amparo que el que le podía dar una madre sin recursos. En su caso, la miseria en que se vio sumido desde entonces contribuyó de manera directa al desarrollo de su precoz talento al verse obligado a buscar desde niño su sustento y el de su madre en el trabajo como cajista en una imprenta.
Dos años después, cuando él contaba nueve, murió su madre, con lo que perdió el amor inextinguible y los consejos bienhechores de la autora de sus días. Sin embargo, en medio de su tristeza y sin un lejano rayo de esperanza, apareció la mano compasiva del Reverendo Padre fray  Mariano Jiménez de Montemayor, un tío que, testigo de su buena conducta y laboriosidad, le llevó a su lado, le enjugó las lágrimas y le ofreció, en recompensa de sus tempranas virtudes, la protección que necesitaba.
Bajo la ilustrada conducción de ese tío, a quien se puede decir debió todo lo que fue, cursó la instrucción primaria en la Escuela de Belén y, en 1812, comenzó los estudios de Filosofía en el Real Colegio Seminario de San Carlos. Se distinguió en esa institución tanto por su aplicación y aprovechamiento, que su director, el padre Félix Varela Morales, lo escogió en julio de 1815 para que defendiera conclusiones de Física. Terminados sus estudios filosóficos, comenzó a estudiar Medicina en la Universidad Pontificia, a la vez que dedicaba parte de su tiempo al trabajo material para sostener con su producto a sus hermanos más pequeños.
El doctor Pablo J. Marín Pegudo, quien había notado las aventajadas virtudes de Cowley, lo llevó a vivir a su casa, donde residió durante el tiempo que duraron sus estudios universitarios. Ese rasgo de bondad del doctor Marín tuvo una influencia notable en la suerte futura del estudioso alumno, quien además de disponer de la excelente biblioteca de su ilustrado protector, podía pedirle explicaciones y hacerle  consultas, lo que sin duda contribuyó a aumentar sus conocimientos médicos.
El 21 de marzo de 1818 se graduó de Bachiller en Medicina y en 1819 obtuvo el título de Cirujano latino y con él, por decreto de la Intendencia de fecha 15 de septiembre, ingresó de Meritorio en el Hospital Militar de San Ambrosio, donde prestó valiosos servicios. En enero de 1820 se le encomendó la tarea de ejercer como catedrático sustituto de Anatomía, materia que impartió hasta que se le confirió la cátedra a Bernardo José del Riesgo. Ese mismo año obtuvo los títulos de Bachiller en Medicina y de Licenciado en Artes; este último en reconocimiento al premio que contrajo en los actos de oposición a la cátedra de Texto aristotélico.
El 10 de diciembre de 1824 fue admitido como socio numerario de la Sociedad Patriótica donde, además de agregado a la Sección de Educación y de trabajar en diferentes comisiones, sirvió los cargos de Contador, Secretario de la Sección de Agricultura, Médico titular de los empleados y esclavos de Jardín Botánico y llegó a alcanzar el título de Socio de Mérito en diciembre de 1842.
El 16 de junio de 1825 se le confirió la regencia de la cátedra de Terapéutica, la que consiguió por rigurosa oposición. Por su condición de catedrático, coronó sus empeños académicos al recibir la misma fecha el título de Licenciado en Medicina  y  lucir el día 31 del propio mes la borla de Doctor. Terminado su sexenio en 1831, se presentó de nuevo a concurso y otra vez ganó el derecho a la propiedad la misma cátedra, que volvió a regir hasta 1838. Luego de este segundo período, se le confirió nuevamente la regencia de la cátedra, la cual desempeñó hasta el 24 de octubre de 1843, año a partir del cual mantuvo su condición en la misma asignatura, aunque por otro título tras la secularización de la Universidad. Por una Real Orden del 6 de marzo de 1840 se le había declarado catedrático vitalicio en Terapéutica, materia médica y arte de recetar, lo que habla a las claras de la profundidad de sus conocimientos en esta materia y la confianza que se tenía en la brillantez de sus explicaciones.
Dotado de una marcada afición al estudio de la Botánica y la Química, consagró también muchas horas al estudio de estas ciencias. La Sociedad Patriótica declaró a Cowley alumno sobresaliente en Botánica y, en lo que respecta a su dedicación  a la Química, basta sólo mencionar que fue el primero que explicó Toxicología en La Habana. De estas observaciones se puede razonar la trascendencia de sus explicaciones respecto a las propiedades físicas y químicas de los medicamentos, sin descuidar la apreciación de su acción fisiológica y terapéutica. Lecciones tan completas no podían menos que satisfacer a sus alumnos, que se complacían en divulgar la vasta instrucción del maestro.
Su mérito como profesor no se limitó a su capacidad de transmitir con acierto los vastos conocimientos que atesoraba. Él sabía que para garantizar que la palabra del maestro sonara siempre grata al oído de sus discípulos, era indispensable que éstos se sintieran amados por aquél. Sabía que no era posible la enseñanza sin  disciplina y por eso mostró solícito cuidado en conservarla. Sabía también que el entusiasmo es la palanca poderosa de las ciencias y por eso se esmeraba mucho en despertarlo en sus alumnos. No monopolizó sus conocimientos y siempre quiso que todos supiesen lo que él sabía a fuerza de un trabajo continuo.
Dentro del mundo de la docencia médica, Cowley no sólo desempeñó su cátedra con eficiencia, pues a los brillantes servicios prestados en ese sentido se agrega su designación en dos ocasiones como Decano interino de la Facultad, la primera en 1843 y la segunda, que ejerció hasta su muerte, en 1856. En Real Orden del 6 de noviembre de 1857, se dignó el Rey nombrarlo Vicerrector de la Universidad y en otra del 30 de agosto de 1859 le declaró catedrático de término. Es lamentable que no hubiese podido disfrutar los beneficios de la última declaratoria, pues para la fecha de su llegada sufría los crueles dolores de la penosa enfermedad que lo condujo a la muerte el 5 de octubre siguiente.
La historia de su vida es el bello ejemplo de gratitud y honradez de un hombre que puso sus facultades al servicio de la ciencia que profesaba y a la sociedad a la que pertenecía, por lo que es merecedor de vivir eternamente respetado por sus compatriotas.

 

BIBLIOGRAFÍA

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