Infomed

El mensaje de Esculapio. 1ra Parte

Dr. Miguel González-Carbajal Pascual Especialista de 2do grado en Gastroenterología Profesor Auxiliar de Gastroenterología Investigador Auxiliar Jefe del Departamento de Endoscopia del Instituto Cubano de Gastroenterología email:carbajal@infomed.sld.cu

EXORDIO

  De Esculapio, que una vez dirigiéndose a su hijo abordó con inflexiones de sainete y propósitos aleccionadores supuestos puntos de contacto entre la medicina y la prostitución, denunció la inmundicia moral de los que fomentan la segmentación y la discordia, puso de relieve la importancia de la unidad en una congregación, previno de la dilación premeditada de las cónclaves previstos y contra el maléfico caudillismo, relató algunos de los regodeos con que el Diablo suele refocilarse en su intimidad, entregó una formidable lección de misericordia y regaló una pincelada de filosofía. Este conjunto de valoraciones éticas no debe confundirse con el documento que ha dado en llamarse El Mensaje de Esculapio, que después habremos de conocer. Todo lo hizo el benéfico Dios como un preámbulo para preparar a su hijo ante el desvelamiento inminente de un Código de Falsos Valores contentivo de 35 Aforismos.

Muchos suelen repetir, con cierta petulancia —y, quizás, con ánimo un tanto permisivo no exento de ribetes liberales—, que la prostitución es el más antiguo de los oficios. ¿Cómo saberlo a ciencia cierta?; si admitimos que el masaje —aquel que se practica sobre una región hinchada y dolorida después de un sorpresivo zurriagazo— es una de las más precoces e instintivas tentativas de aliviar el dolor y, por tanto, de ejercer aunque rudimentariamente la medicina, permítaseme al menos abrigar algunas dudas sobre la primicia en el tiempo de los mencionados oficios. De una u otra forma, el origen de ambas profesiones parece perderse en la noche de los siglos —lo que, a mi juicio, pudiera no ser el único punto de contacto entre ellas.
Como el ejercicio de la medicina goza de singular respeto y acusada consideración social —a diferencia del quehacer, al que a veces con envidiable ahínco se entregan las meretrices, que suele ser casi universalmente descalificado, acaso con una no desestimable carga de doble moral y simplificación de las verdaderas raíces del problema—, no han faltado tahúres de la peor ralea que busquen en la profesión médica su refugio —como tampoco ha carecido la prostitución de despiadados rufianes que se cobijen en su entorno aunque por otras razones, en este caso relacionadas con los fáciles y jugosos dividendos que suelen vincularse a ese secular oficio—, porque el respeto y la deferencia son la más segura fuente de impunidad para los escarceos de la corrupción, cuyo brío puede hacer despertar las más virulentas tentaciones y convertir la práctica de la medicina en suculento bocado, de descomunales apetencias.
Si escoges en la vida el camino de la medicina, bueno es que seas en todo momento fiel a la pureza de los ideales que te han conducido a elegir una de las más difíciles profesiones que puede escoger el hombre, caracterizada por —y he aquí ¿quién podría negarlo? adicionales paralelismos con el otro ancestral oficio a que hice referencia—: una tremenda carga de responsabilidad, poder reducido, oscuridad en muchos casos, fugacidad de las ocasiones e imposibilidad de deshacer lo hecho (1). Ciertamente, no se puede entretener el tiempo con la peligrosa serpiente de Epidauro —como tampoco en el duro oficio consistente en el comercio de los placeres carnales.
La responsabilidad moral de la profesión médica conduce a compararla—además de con la antiquísima y vituperada profesión que ya mencioné— con el ejercicio de un sacerdocio que encierra una ordenación de normas éticas y de conducta —y no me invites a encontrar equivalencias entre esta otra profesión y la, medicina... o la prostitución, ya que no envidio en nada a Don Quijote cuándo, en complicadísima situación, hubo de exclamar ante su inseparable compañero: “¡Con la Iglesia hemos topado, Sancho!”.
Hijo Mío:
Toda la disquisición anterior, basada en hipotéticas aristas comunes entre la profesión médica y el quehacer de las meretrices, no es sino un buen ejemplo de lo que significa guiarse y sacar conclusiones por las apariencias haciendo caso omiso del contenido y de cómo mediante el barniz de la retórica, que acicala el revestimiento de un problema, se puede velar su esencia y sacar buen provecho de los incautos. Esta es una manera de actuar que, por ajena a la decencia, debes aprender a reconocer lo más tempranamente posible, lo que explica su inclusión en este mensaje. Por otro lado, dicho preámbulo, con inconfundibles acentos de sainete, me ha servido como introducción para abordar el tema que nos ocupa.
Antes debo hacerte saber que el usufructo sexual de la mujer es una de las más monstruosas formas de explotación, y las sociedades que basan sus relaciones económicas en el lucro han sido especialmente crueles con la mujer; ya que, la mayor parte de las veces, sólo las más terribles penurias son capaces de obligar a una joven a escoger el camino de la prostitución como medio de vida. Por eso, a algún sabio se le adjudicó, una vez, el siguiente enunciado: “¡Meretriz no es la que vende su cuerpo... sino la que lo lleva en el alma!” —las simientes de “machismo” que encierra este último aserto podríamos discutirlos en otra ocasión.
De lo que no te debe caber ninguna duda es que elegir la medicina como carrera, conlleva los riesgos y penalidades del continuo trato con el dolor y la muerte; pero también, la cultura científica que robustece y ensancha el espíritu; y que los sentimientos de humanidad deben presidir el ejercicio de una profesión esencialmente benéfica que te hará sentirte siempre anímicamente recompensado, porque nada hay más alentador que la peculiar satisfacción de contribuir a la felicidad , o al menos, al alivio de los sufrimientos de tu prójimo. Por ello, no te parecerá extraño que tan grave ministerio haya inspirado, desde la más remota antigüedad, una poderosa atracción sobre las voluntades más elevadas, que por motivos obvios, desde esos lejanos días han sufrido el peso de irreconciliables divergencias con los advenedizos mercaderes que han utilizado la profesión en provecho propio.
¿Cómo identificar en que sitio germina la bondad y en cual anida la malevolencia?
¿Cómo delimitar la longitud de las fronteras del bien, que ilumina nuestras vidas para, después, reconocer donde comienza el territorio del mal y de la oscuridad?
Ten en cuenta, que muchos demagogos sienten una curiosa predilección por aquella manida frase de que defienden "su verdad" —lo que no deja de impregnar dicho dislate con cierto dejo de elegancia. Pretenden así, desconocer que la verdad es una sola, existe de manera muy real y objetiva, y es independiente de la voluntad y el criterio de los hombres; condición esta, que hace imposible encontrar una verdad para cada persona que sustente una opinión determinada.
Hijo Mío:
Tengo la absoluta seguridad de que, sumido en tu candor, no puedes imaginar los sórdidos laberintos que la mente humana, que es insondable, puede transitar en pos de una ambición oscura, del dinero, la popularidad, la gloria o el prestigio.
La profesión médica, que debería ser escogida sólo por aquellos dotados de las más puras virtudes y vocación de sacrificio por sus semejantes, ha sido convertida, a veces, en pedestal para empinarse o servirse de ella, y así alcanzar los más retorcidos propósitos de culto narcisista y egocéntrico.
Algunos médicos, ladinos y egoístas suelen apelar a la taumaturgia, recurso del que como un tenue y costoso perfume se ha visto impregnada la profesión desde los tiempos más remotos; al lenguaje edulcorado y florido, que encubre la verdad con el pelaje de la distinción; a la experiencia, que es tan valiosa que no se puede transmitir —como pueden serlo los conocimientos— pero que requiere, para no devaluarse inmersa en las escuetas fronteras del empirismo, de una actualización académica ininterrumpida; y, finalmente, a la mentira, que todo lo mancilla; para construirse a sí mismos una imagen de honrados benefactores de sus colegas, discípulos, enfermeras, trabajadores de la salud y de los propios enfermos. Usan la medicina en provecho propio y convierten sus conocimientos en una mercancía. Lucran para esquilmar a los pacientes, pisotear a los demás médicos y burlarse de todos. Se jactan de cualidades que distan mucho de poseer.
Estos seres inescrupulosos, aguerridos condotieros, rastacueros osados —muchas veces procaces y desafiantes—, para enfrentar el mundo y sus problemas, se rigen por un código de valores característico; apelan a una ética que los diferencia, les sirve de aliento y que constituye, para ellos, una fuente de inspiración constante. De ella se valen, como morlacos porfiados, para plasmar en certeza sus intenciones pecaminosas.
En aquellos que se han erigido, por derecho propio, en fieles exponentes de esta aberración del intelecto y la conducta, esos rasgos suelen estar muy acendrados; forman parte de su propia personalidad, de su carne, de sus huesos, de sus nervios, de su piel y de su sangre. Ten en cuenta que han venido repitiéndose a sí mismos desde edades muy tempranas, cuando están prácticamente estructurados ya los principales elementos de la personalidad, lo que deja huellas —que aunque sutiles— en ocasiones pueden ser percibidas por un observador avezado. Como verás, algunas veces la maldad deja a su paso ciertos vestigios que se ponen de relieve en la manera de gesticular, actuar, caminar, hablar y mirar; pueden insinuarse incluso, en el cuerpo y en la catadura del rostro; pero, casi siempre, estos indicios permanecen ocultos, velados mañosamente, unas veces tras escogidos adornos de falsa humildad, otras bajo el nimbo —pocas veces vanamente recurrido— de la penuria fingida y el desamparo.
Son lobos famélicos y babeantes, con piel de mansas y parsimoniosas ovejas. Por ello, se requiere mucha experiencia y suspicacia para reconocerlos a tiempo y, aún así, se corre siempre el riesgo de que se filtren, inadvertidos, en las filas de los justos. Con el paso del tiempo, sin embargo, cuando la propia vida se desenvuelve, lo más recóndito sale a la luz y la duda se convierte en certidumbre.
Por eso, Hijo mío, desconfía siempre y apártate de quién actúe según los siguientes Aforismos o se jacte de la eficacia de los valores que expresan, independientemente de la imagen con que se engalanen ante sus conciudadanos. Son demasiado llamativos los puntos de contacto que se articulan entre sus principios éticos, que encarnan la más abominable negación del humanismo, y los del imperio todopoderoso que se empeña en dominar el mundo.
Voy a detenerme con brevedad en solo tres ejemplos que ilustrarán un poco mejor lo que te narro y cuyo conocimiento pudiera servirte, cuando menos lo esperes, para desenmascarar a los taimados caballeros de los que he hecho una resumida semblanza. Aquí va el primero:
Las peleas de perros han sido prohibidas y penalizadas en todo el mundo por el repudio universal que concita la crueldad de encontrar placer al presenciar una lucha entre dos criaturas que se despedazan entre sí en combate singular que muchas veces termina con la muerte de uno de los contendientes —y que genera, además, cuantiosas ganancias a quienes las propician—; la civilización ha recorrido un largo y doloroso trayecto que la separa de la delectación ante el espectáculo de los combates entre gladiadores o entre éstos y las fieras, que servía de esparcimiento a emperadores abyectos y a multitudes enajenadas y brutales. Pues bien, estos insignes y voraces caballeros de la moral podrida, irremisiblemente perdidos en su devaluación de los principios más elementales de la convivencia humana, como norma de conducta —tan reincidida como un auténtico modus operandi— se obstinan con saña, y —lo que es más repugnante aún— se solazan, en generar fratricidas desavenencias entre sus propios colegas mediante las más infames intrigas; siembran cizañas con morbosidad por doquier —pasmosamente pródigos en la falacia, los embustes y el cotilleo— con la aviesa intención de enfrentar a unos contra otros, y hacer florecer el recelo cuyo fruto es el odio y la desunión, que debilitan y merman; aprensivos y medrosos por naturaleza, de esta forma se nutren para equilibrar un tanto sus almas entecas de depredadores, preñadas de insalvables temores —¡Todo les espanta!: la energía de la juventud, la nobleza, la elegancia, la brillantez, la cultura, la destreza, la entrega, la dedicación y la capacidad de otros, que no son como ellos. Estos tristes señores edifican el provecho propio sobre el resquemor, la suspicacia y el fraccionamiento de aquellos que íntegros pero desprevenidos —las más de las veces, como tú, jóvenes e inexpertos—, les sirven de gladiadores o podencos y, también... como víctimas de su gula insaciable de poder y hegemonía propia de hienas y de buitres que se alimentan de carroña en parajes donde ser vencido equivale a la muerte.
Como resulta elemental que ningún grupo social puede lograr objetivo alguno —sino, más bien, malograrlos todos— al no estar cohesionado y fuertemente unido—, queda muy claro que los gestores de esa política disparatada y suicida —que se sustenta en el fomento de enconadas e ininterrumpidas luchas intestinas entre los miembros de una comunidad humana— buscan únicamente un fatuo objetivo: el provecho propio, aunque sea a expensas de la aniquilación de la colectividad a que pertenecen. No conocen el recato; el miedo y la codicia les clavan con saña las espuelas en el alma y por eso no se detienen ante nada, lo que conduce ineluctablemente al quebrantamiento sistemático de todas las posibilidades de progreso y superación de la congregación a que pertenecen.
He aquí una segunda muestra que te será muy instructiva. Todo grupo humano con independencia de la latitud del planeta en que se asiente y de la época a que nos quisiéramos referir, ha dispuesto siempre de cónclaves cuyo cumplimiento es obligado respetar porque en ellos se discuten los problemas más relevantes que afectan a la comunidad. Unos son denominados consejos de ancianos, consejos de guerra, reuniones para distribución de las tareas diarias de recolección de hortalizas y frutos o relacionadas con la caza, en relación con las ocupaciones a que se dedique la colectividad en cuestión; a otras reuniones, en colectivos más avanzados, se les llama concilios, asambleas, juntas, convenciones o congresos. Pues bien, ha sido una norma social, históricamente validada, que los autócratas rehuyan estos eventos para evadir responsabilidades e impedir que la comunidad les exija rendir cuentas de sus actos. Desde lúgubres y poco ventilados recintos, desde allá abajo en los sótanos conspiran en silencio, urden perversas maquinaciones que no resistirían los embates del veredicto público y delinean con esmero sus planes siniestros.
Finalmente el tercer ejemplo; que será, el de los pequeños caudillos de sectores de una congregación que erigen con celo su esfera de poder y de influencias dentro de ella; así se satisfacen a sí mismos, ceban su apetito egocéntrico y se yerguen con jactancia por encima de los demás, en franca bravuconada ante el poder legítimo y central; diminutos caporales de escuálidas facciones que tironean cada una en su propio favor y ayuda y, por tanto, en incontables direcciones diferentes, lo que impide a la colectividad la adopción de objetivos comunes; impúdicos beneficiarios del caos que propician con contumacia; sediciosos sin causa válida, cuya orfandad de ideas y de futuro es tan insólita como patente.
Estos Aforismos constituyen, Hijo Mío, todo un código de valores éticos bestiales que suelen blandir, cerriles, como adargas y rejones algunos ejemplares de la raza humana, no extintos aún, durante su paso por el reino de este mundo y que mancillan la hermosa y respetada profesión médica; ideólogos mezquinos, recalcitrantes prohombres del fracaso histórico, auténticos homúnculos del medioevo, caballeros retrógrados con orejas y narices peludas, y cerebros crispados de larvas de renacuajo; insertados en la sociedad como tiranosaurios en los albores del tercer milenio.
Hijo Mío, huye de estas funestas concepciones como si fuera de la peste bubónica, el vómito negro, el SIDA o las drogas. Pon, tierra, mar y aire de por medio. Pero, si es preciso, enfréntate a ellas con dignidad, inteligencia y valor. De esta forma, ten la seguridad de que podrás vencer y salvar el bien y la verdad, para que prevalezcan sobre la maldad y la traición.
Nada de esto me han contado; para mi desgracia o mi suerte, lo aprendí viviendo y luchando, junto a mi pueblo, en el ejercicio de la medicina. Sólo con la esperanza de que te sean útiles para no extraviarte en el laberinto de las dudas o en la noche de las vacilaciones y puedas utilizar este conocimiento para sortear honrosamente las trampas que te acecharán a cada paso, mediante las cuales la vida, durante el desempeño de tu profesión te pondrá a prueba; me atrevo a desvelar ante ti este escalofriante código ético que toma cuerpo en las tremebundas aserciones que contienen los siguientes Aforismos, que constituyen en su conjunto, todo un Código de Falsos Valores.
Sobrecogido de espanto, pero con perenne fe en la necesidad de la virtud, en la fuerza del amor, y en la bondad inherente a la naturaleza humana, encuentro fuerzas para revelarte estos Aforismos. Me temo que, al hacerlo, echo sobre mis hombros endebles y mis piernas gotosas y adoloridas una temible carga: la de arrogarme el riesgo de convocar torvas fuerzas que llevan en su fondo algo de inicíaco y mucho de terrible.
Me decido a elegir esta opción por difícil que sea, antes que mentirte; porque ocultar una parte de la verdad, es también una forma de mentir. La verdad, aún cuando resulte hórrida y vergonzosa, debe ser revelada, ya que todo lo que se levanta entre penumbras y engaños, a la larga, se derrumba por la falta de luz y de verdad que le faltó, y nada hay más legítimo que el derecho que te asiste a disponer de todos los elementos, sin salvedades, para alimentar con ellos tu intelecto.
Aunque resulta más placentero soslayar hábilmente todo tipo de litigios e incordios, recuerda que no es meritorio para la estimación que debes a tu propia persona mantener indefinidamente esa imprecisa y degradante posición.
¿Quieres disfrutar despreocupadamente de una vida fácil y colmada de delicias?
No lo veas como algo intangible y distante; muy por el contrario, está a tu alcance y puedes conseguirlo con mayor facilidad de lo que supones. He aquí, lo que debes hacer: acaricia zalameramente con una mano la cola de Satán, la notarás hirsuta y áspera ¡Pero no te detengas!, deslízala con ternura hasta sus partes pudendas y prorroga su placer aunque sientas náuseas, podrás escuchar sus sordos gruñidos de gozo; si continúas sin interrupción y frotando con igual cadencia durante un tiempo más... es casi seguro que, a continuación, exhalará un ronco suspiro que se dilatará en el tiempo, proveniente de lo más profundo y fétido de sus entrañas —así suele premiar Belcebú una traición a alguno de tus maestros que sinceramente te aprecia, sobre todo, si es para mejorar tu posición adulando a otro más poderoso. Entre tanto, corteja a Dios con la otra, halágalo socarronamente y encorva la cerviz ante su altar, desenmaraña su cabellera encrespada mientras cosquilleas con el borde de tus uñas su sacra piel, juguetea con las cerdas de su barba enredándolas entre tus dedos perseverantemente y procura arrullarlo con melosas argucias y dulces promesas; es como venderte a ti mismo y un insulto a tu propio decoro; algo así como soñar con placidez en el olvido eterno, dormir despierto, o morir en vida; y de ese modo penetrar lánguidamente, a través de los linderos del apetecido limbo moral, cuya paz y serenidad tanto añoran los enclenques de ánimo caliginoso y los pusilánimes de corazones de lagarto cuyas musculaturas expelen con isocronía sangre gélida que embebe lentamente sus intelectos de ingratos y desleales, hasta hacerlos aventajadamente aptos para rastrear con tino por las sinuosas veredas del cálculo aprovechado y la reptación; caminos éstos que, aún sin ser buenos —habida cuenta de que no es posible sostenerse en tan ambigua posición perpetuamente—, conducen todos a la Roma de la apostasía.
No olvides que la desmesura destructiva de los ególatras, cobra inusitada eficacia —lo que conlleva consecuencias impredecibles— cuando se les dota de mando, pero los conduce insensiblemente a un naufragio seguro por la parte de verdad, honestidad y decencia que no tuvieron, aunque logren durante muchos años engañar a los impróvidos, cubrirse con el manto de la gloria —al fin y al cabo, toda la del mundo cabe en un grano de maíz—, o forrarse de ventajas materiales a expensas de quienes, más que ellos, las merecen.
La extraña y desapacible sensación de vacío, mezcla de ingravidez y vértigo, que deja el poder cuando se evapora repentinamente, no les será ajena de manera perdurable. Cuando ese momento llegue, si ellos lo permiten y llegaran a mostrarse un día sinceramente arrepentidos —aunque, a todas luces, esto parece muy improbable en criaturas sumergidas tan hondamente en las cloacas de la ignominia—, no actúes con soberbia ni apeles a la venganza —que es como un árbol con raíces muy largas que crecen con lentitud, pero que brinda frutos primorosamente dulces— por apetecible que pueda parecerte, porque hacerlo —aunque ellos se hayan caracterizado por ser empedernidamente despiadados—, entre otros males, reduciría tu estatura ética a la diminuta altura de la integridad de tus antiguos contendientes; piensa en el futuro de tu comunidad; en que una vez despojados de sus peores atributos y conjurado el maleficio de la presunción y el egocentrismo, pudieran en ocasiones ser útiles al bien común; en los ideales puros y grandes que te han iluminado en los momentos difíciles; y en tu honor. Haz un postrer esfuerzo y... ¡Tiéndeles la mano con franqueza!
Pudiera culpárseme de un desbordamiento de maniqueísmo al referirme a problemas tan complejos. Admito que puede no faltar razón a quienes piensan así; quisiera pues, llamarte la atención sobre el hecho de que —aunque al modificar las proporciones de rojo, azul y verde puede reproducirse cualquier sensación de color— la variedad en las tonalidades de gris que separan el contraste entre el blanco y el negro que hacen realidad la transición entre ambos, es infinita; pero no basta para abolir de la visión del ojo humano —que todo lo escudriña— la más impecable blancura, como tampoco la más completa oscuridad; que no solo conviven a veces asombrosamente apretadas una a la otra, sino que se deben recíprocamente su propia existencia y validez.
Si gustas, ya que incursioné en el tema, veamos una percepción del mismo mucho más poética, según Charles Dickens, el más conocido quizás de los novelistas ingleses, que aparece en su novela histórica titulada “Historia de Dos Ciudades” (2) —en aquella época los grandes novelistas solían, no me preguntes por qué, dar nombres simples a sus obras sin apelar a títulos contentivos de curiosas piruetas lúdicas convertidas en atrevidas alegorías—; hela aquí:
“It was the best of times, it was the worst of times, it was the age of wisdom, it was the age of foolishness, it was the epoch of belief, it was the epoch of incredulity, it was the season of Light, it was the season of Darkness, it was the spring of hope, it was the winter of despair…” *
No añadiré otros comentarios sobre este punto, para que puedas reflexionar libremente sobre el mismo.
Conocedor de la importancia del silencio —tanto en la oratoria como en el lenguaje musical y el escrito— te presento una última disyuntiva, hago una pausa; y te invito, si es que no he agotado tu paciencia con tan larga peroración, a dar lectura a los más amargos Aforismos que hayan sido jamás compilados.
¿Qué hacer?
¿Enaltecer tu ánimo defendiendo tus ideales consecuentemente, sin medir los peligros que esta actitud comporta o rendirte inerme ante los avatares y calamidades que el destino pondrá en tu camino?
¿Ascender del lado del deber, que es donde está siempre el porvenir, o menguar cautivo de la vanidad y la codicia soñando melancólicamente con el poder y la opulencia?
Si tienes una respuesta honrada para estas interrogantes…
Si no quedas abrumado por el horror y anonadado por tanta felonía y mendacidad…
Si estás dispuesto a luchar esforzadamente y hasta el fin de tus días…
Si no sientes temor ante tu juventud e inexperiencia...
¡Enfréntate a los Señores de los Dominios Negros con la pujanza desplegada por Hércules cuando, todavía en su cuna, estranguló a las serpientes enviadas para devorarlo!
¡Sólo entonces, abraza con fervor y pasión el ejercicio de la medicina!

* (Nota del Autor) "Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos, era la edad de la sabiduría, era la edad de la insensatez, era la época de la creencia, era la época de la incredulidad, era la estación de la luz, era la estación de la oscuridad, era la primavera de la esperanza, era el invierno de la desesperación…" (2)