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El mensaje de Esculapio. 3ra Parte

Dr. Miguel González-Carbajal Pascual Especialista de 2do grado en Gastroenterología Profesor Auxiliar de Gastroenterología Investigador Auxiliar Jefe del Departamento de Endoscopia del Instituto Cubano de Gastroenterología email:carbajal@infomed.sld.cu

De cómo el animoso escriba se convierte en licántropo y muerde fianlmente ...el polvo de la derrota

[DBOLD]De las aventuras en que posteriormente participó el intrépido jinete que reclamó con orgullo los fueros sobre tan execrable Código de Falsos Valores y sus Aforismos, de las que no salió bien parado luego de negar a Esculapio la pleitesía merecida por su condición de Dios; datos estos provenientes de muy buena tinta y que fueron guardados como preciado tesoro por los bardos errantes.

Cuentan variadas sagas que el Rudo Maestrante solo detuvo su galope meteórico y triunfal, hasta ese minuto con casi todos los vientos a favor y muchos en contra, cuando divisó las costas de una diminuta Isla iluminada por un resplandor, del que no se tenía antecedentes, que hacía brillar sus selvas y sus ríos con matices increíbles, en donde sus habitantes daban muestras de buena convivencia y ninguno de ellos vivía a expensas del esfuerzo, el sudor y el trabajo de los otros; no se rendía culto fetichista a la propiedad privada ni al dinero; las riquezas generadas por el trabajo eran distribuidas equitativamente y no se veía un mendigo en las calles; en esa verde Ínsula tropical los discípulos de Esculapio no exigían onerosas contribuciones por la prestación de sus servicios sino que los ofrendaban gratuitamente a otros hombres haciendo honor a la dignidad humana, lo que no era óbice para que las ciencias médicas hubieran alcanzado un desarrollo inconmensurable y su prestigio creciera sin cesar; la educación también era dispensada sin requerimiento pecuniario y todos la disfrutaban, sabían leer y escribir, muchos tenían títulos de bachiller o habían cursado estudios universitarios, y eran muy cultos; sus pobladores ocupaban uno de los primeros lugares del mundo en los deportes, haciendo gala a lo más sano de la cultura Helenística que dio origen, como a muchas otras, a la propia leyenda de Esculapio; el tráfico y el consumo de drogas eran flagelos prácticamente desconocidos entre sus pobladores; los niños jugaban felices en los parques sin que los padres sintieran temor a que fueran secuestrados; los prejuicios raciales solo pervivían en las mentes de unos pocos que no se jactaban de ellos sino que, por el contrario, solo escapaban de sus labios, de vez en cuando y en sordina en ambientes muy íntimos, donde cuando eso ocurría eran severamente amonestados por sus hijos y nietos, que no creían siquiera en la existencia de razas, por lo que algunos se habían enlazado en matrimonio con parejas con rasgos étnicos muy disímiles a los suyos —vale decir, muchachas de ojos celestes y blonda cabellera, aventajadas herederas de la Venus de Milo, contraían nupcias impenitentemente con jóvenes con la piel más oscura que el ébano y pelo apretadamente ensortijado, que una jerga, ya para entonces desechada, calificara definitivamente como “negros cocotintos”—; y por si esto fuera poco, los lugareños prestaban muy poca atención a un modelo, ampliamente difundido entre las naciones por entonces, que consistía en escoger el Jefe de Gobierno mediante unas elecciones llamadas democráticas —desdichada palabra de la que casi todo el mundo se ha permitido abusar, desde la Antigua Grecia, en que pomposamente la empleaban al tiempo que existía una mayoría abrumadora de esclavos que no tenían acceso a sus bondades, hasta hoy— pero en las que los intereses económicos y los fraudes más flagrantes decidían realmente quién sería el vencedor; en dicha Isla perdida en el mar, finalmente, los habitantes habían decidido vender caras sus vidas en defensa de su independencia que les permitía disfrutar de tales beneficios y otros muchos. Ante esta tremebunda visión el ardiente Centauro quedó mudo por el espanto; pero luego de sobreponerse a su pasmo, comenzó a apoderarse de él una sensación extraña y avasalladora, reluctante al raciocinio, que hizo que desde el cuello hasta la base de su cola siguiendo todo el trayecto de la espina dorsal los pelos se le erizaran como los de un dogo furioso listo a lanzarse sobre su presa; mas encontró fuerzas para dominarse y decidió emprender un largo viaje, no solo en el espacio sino también en el tiempo —facultad de la que había sido dotado desde su creación—, hasta entrevistarse con el oráculo de Delfos a quien inquirió en forma abrupta y descompuesta sobre los medios más seguros y eficaces para arrasar con el repulsivo Islote y con todos su habitantes, que con su forma de vida y su sola presencia eran un desafío ante sus propias barbas y una tentación a sus más primarios instintos de exterminio; el oráculo, tan descortésmente interpelado, tuvo la paciencia suficiente para contenerse —afortunadamente para él— y le respondió después de reflexionar durante un largo rato:
—No conozco precedentes de una cosa parecida; en nuestra época por una serie razones muy largas de explicar no existen condiciones materiales objetivas para que tal cosa ocurra, y por tanto, tampoco subjetivas; deberán pasar cientos de años para que el hombre esté preparado para empeñarse en un proyecto como ése; vivimos en contextos históricos muy diferentes. ¡Es por eso que no te puedo ayudar!
Su interlocutor, estupefacto y sobre todo indignado, pero muy lejos de sentir desaliento abandonó el templo como una exhalación por lo que a punto estuvo de provocar que la túnica del augur, después de flotar breve pero agitadamente como una banderola, se le desprendiera del cuerpo mostrando su mustia desnudez. Fue directamente a su recámara y consultó una edición de lujo de los Aforismos de los que blasonaba ser autor; los leyó y releyó varias veces, estudiándolos como si tuviera un examen estatal de pase de grado con un tribunal conformado por enemigos personales a quienes acabara de ofender peligrosamente; llevó a cabo todas las cábalas que consideró menester hacer; libró una guerra económica —que sus ideólogos se empecinaban en denominar “embargo”, pero que era mucho más que un bloqueo comercial, o sea, una verdadera conflagración financiera, mercantil y cambiaria—, política e ideológica, en la que no se observó jamás asomo de indulgencia, contra la pequeña Isla y no tuvo reparos en derrochar las más brutales y abyectas formas de terrosismo de estado; distribuyó subrepticiamente entre todos los jefes insulares que se prestaron al ardid el código de sus Aforismos, que algunos —si bien es cierto que en casos excepcionales— venían aplicando para sacar provecho en su propio beneficio, pero no todo lo sistemáticamente que hubiera sido necesario; con estas medidas pretendía ir ablandando el terreno, creando malestar e irritación entre los insulares, agriar sus ánimos y encaminar subversivamente su inconformidad contra el gobierno legítimamente constituido en aquel pedazo de tierra rodeado de agua por todas partes. No obstante, no le quedó otro remedio que acostumbrarse a la idea de que todas las disposiciones encaminadas a desestabilizar el orden en aquella sociedad, para él desconocida y que nunca pudo comprender ni siquiera medianamente —con más exactitud: de la que nunca entendió nada—, ejercían un efecto contraproducente y los moradores de la Isla, lejos de soliviantarse, se unían cada vez más a sus adalides y con mayor empuje lo repudiaban a él. Finalmente, no tuvo otra alternativa que asistir decepcionado al fracaso de todas sus tentativas, lo que lo llevó de la mano al peor de todos sus errores, que fue menospreciar la capacidad de los naturales de aquel pedazo de tierra —desliz muy común entre los que eligen el oficio de conquistadores, del que no escapó tampoco el sin par navegante Fernando de Magallanes al cometerlo, por curiosa coincidencia, también en una isla remota pero pérdida en otras aguas, lo que dio al traste con su flamante carrera... y con su vida—; que a fin de cuentas no eran más que un montón de depravados que se negaban con tozudez a usar cuello y corbata, alegando como excusa el calor inclemente que reinaba por todas partes; hablaban alto y se pasaban el día haciendo chistes que nunca lograba entender, ni lo hacían reír; pasaban largas horas cantando y bailando incomprensibles ritmos al compás de tambores y guitarras con sinuosos movimientos de cintura —que nunca pudo siquiera acercarse a remedar porque cada intentona terminaba en una parodia grotesca— sobre todo los de sus hembras cuyas caderas, en comparación con las de las damas de su país, eran como montañas y cuyos sólidos muslos encendían sus más lúbricas pasiones sin que encontrara fuerzas para atemperarse.
Así las cosas, desesperado, y muy atribulado por sus múltiples ocupaciones decidió olvidarlas todas y asistir —por una sola vez durante ese día— a una grata cena familiar, en una noche serena en la que la luz de la luna traspasaba sutilmente los vastos ventanales y el cielo tachonado de estrellas se veía reflejado en el tintineante cristal de las copas, contentivas de un suave y cálido vino borgoñés —que como siempre que paladeaba alguna bebida espirituosa, aunque fuera el más bronco whisky de Kentucky, despertaba sus ansias por consumir con apremio la botella hasta la última gota—, en compañía de su esposa —los derechos al oficio de súcubo debieran ser vindicados por el movimiento feminista— y de su irritable perro gruñidor de negro pelaje —que desde que no era más que un travieso cachorro sin necesidad de pretexto alguno se excitaba, y cuyos ladridos estallaban en los oídos su dueño, desde donde actuaban como alucinógenos estimulantes de un cerebro ya un tanto deteriorado por las constantes libaciones. Se entregaba pues, aquel hombre piadoso a la enaltecedora tarea de cultivar su vida conyugal; pero esa noche el noble can se extremó, sus agudos ladridos se sucedían sin cesar; no conocía el descanso ¡La casa parecía el infierno! ¡La morada del Diablo era! En ese instante, la dulce y amante esposa, que tuvo un comportamiento heroico, notó —por un peculiar fulgor que vislumbró en los ojos de su cónyuge— que en su marido se comenzaba a operar, una vez más —al parecer por el efecto cruzado del proceder del perro, la luz de la luna y los vapores del vino—, la ya habitual metamorfosis de la licantropía y en un esfuerzo por evitarlo lanzó con voz gutural una imprecación, que hubiera herido los tímpanos de un presidiario, para reprender al perro por su desconsiderada conducta, al tiempo que se levantó presurosa para deslizar los cortinajes de la amplia ventana y cerrar el paso al tenue resplandor lunar, comprobando con horror que se habían atascado las correderas —aunque de inmediato reaccionó lanzando otro taco y amenazó con la norteamericana costumbre de imponer una demanda a los vendedores de las cortinas. Contra la avidez de su consorte por el vino, sabía por desagradables experiencias anteriores que era mejor no hacer nada, so pena de empeorar las cosas —es decir, atraer sobre su frágil anatomía una andanada de coscorrones, si bien es cierto que preventivos, propinados por alguien que en tales trances desplegaba la fuerza de un demente. Era a pesar de todo, demasiado tarde; excesivos factores se habían reunido para incidir sobre su marido y lamentablemente, a pesar de las ingentes energías tan tempranamente empleadas, lo único que logró la mujer fue que el can trocara los ladridos por espeluznantes aullidos que más parecían de lobo que, es fácil adivinar, ocasionaban un efecto todavía peor sobre su amo, que la ventana siguiera filtrando los plateados rayos de la luna y que el ofuscado esposo continuara empinando el codo. Con creciente rapidez su infortunado consorte comenzó, estremecido, primero a jadear muy corto y repetidamente en búsqueda desesperada de una transpiración que su piel ya le impedía al poblarse aceleradamente de un hirsuto pelaje grisáceo, de sus encías sangrantes brotaron pavorosos colmillos y su boca, que como el resto de las facciones de su rostro había adquirido unas inconfundibles facciones lupinas, comenzó a segregar espumarajos inconteniblemente. Siguiendo las instrucciones que había recibido de los más renombrados expertos en leyendas del medioevo —aunque las ideas de su esposo, que ella compartía sin ningún remilgo, casi siempre correspondían con las que estuvieron en boga en períodos mucho más remotos de la historia—, se puso a buen recaudo para evitar una dentellada, preventiva —como puede apreciarse aquel hombre precavido tenía una especial inclinación por anticiparse a sus rivales en el momento de atacar y por eso había educado a sus alumnos, deslumbrados por su sapiencia, en aquello de: “él que da primero da dos veces”; siguiendo esta estrategia infalible cuándo se daban cuenta que el supuesto adversario ni siquiera había pensado en agredirlos era siempre demasiado tarde y ya los muertos, de ambas partes, se contaban por miles—, que asestada inopinadamente por cónyuge tan vehementemente enamorado, podría ser el vehículo para contaminarla de la incurable enfermedad; tomó rauda el teléfono celular y llamó a la Agencia Periférica de los Trabajos Sucios, de la que su suegro había sido director durante cierto tiempo —después de haber sido despachado a una peligrosa misión en los confines del mundo— con cuyos principales directivos, buenos muchachos todos, la familia mantenía estrechos nexos de amistad —sólo comparables a los que sostenía con Bin Laden, los principales cabecillas de Al Kaheda, Posada Carriles y sus secuaces, así como con casi todos los terroristas del planeta—, para que enviaran los agentes que solían encargarse de asunto tan espinoso, que como podrán suponer había sido catalogado como “Top Secret” para salvaguardar la seguridad nacional de tan egregio país, lo que quería decir que sólo sería revelado a la luz pública después de transcurrir ciento noventa años, tres meses y dos días. Una vez hecho esto, se sentó a esperar con impaciencia, pero tuvo tiempo para lamentarse de nuevo amargamente, por el flagrante desafuero que cometían los siempre exigentes y empedernidamente curiosos comentaristas al criticar a su marido sin piedad por las prolongadas, pero obligadas, ausencias a la oficina elíptica, que es el ombligo del universo entero, y que malintencionadamente pretendían confundir con un desmedido apego al reposo y a las vacaciones ¿Cómo presentarse en esa facha; jadeando, peludo y babeante, ante el resto del mundo? Y con unos largos colmillos que aunque lobunos semejaban los de un vampiro ¡Capaces de causar espanto hasta a los niños, acostumbrados y curtidos en el regocijo ante las más truculentas escenas de violencia que continuamente eran exhibidas en el cine y la televisión!
Eso fue todo y, además, suficiente. Después de la llegada de los agentes pretorianos que había solicitado urgentemente su media naranja y previas las pertinentes consultas a Dios y a todos los Santos —no a sus autorizados representantes en la tierra— con los que el licántropo creía comunicarse con holgura —dando por descontado el perfecto dominio del inglés por parte de Dios y los Predestinados—; y no sin antes acusar —damos por descontado que sin ninguna prueba, como aficionaba hacer— a todos los habitantes sin excepción de aquella Isla, de terroristas, proxenetas, pederastas y prostitutas; vióse el buen padre de familia obligado por todas las circunstancias y sobre todo por su nunca bien ponderado espíritu pacifista a tomar una decisión cesárea, que después resultó trágica: ¡Atacar inmediatamente!
De más está decir que los repetidos intentos de destruir la Isla en cuestión —que en el lenguaje propio del espionaje que empleaban los experimentados agresores pronto pasó a llamarse entre otras denominaciones “oscuro rincón”, para evitar incómodas filtraciones de cierto tipo de información que no debía ser conocida por los enemigos insulares— fueron infructuosos. Durante el ataque final que, por cierto, también resultó ser el último —porque como consecuencia del mismo los frustrados conquistadores nunca más intentaron una aventura parecida en ninguna otra parte del Orbe—, los poderosos invasores, encabezados por el irascible Centauro Negro, fueron descalabrados para siempre, aunque a un alto precio por parte de la pequeña Ínsula que se bañó en sangre. Esa vez, el colérico Jinete de los Atuendos Negros casi logra empequeñecer ante la historia las hazañas del capitán araña, ya que primero se colocó al frente de sus tropas y luego ordenó una carga formidable y feroz. Sin embargo, no tardó en darse cuenta que la aguerrida resistencia era no solo férrea sino indoblegable, porque en ella participaban todos los insulares: obreros, campesinos, estudiantes, intelectuales, artistas, médicos, científicos y hasta los trabajadores por cuenta propia; en fin, hombres, mujeres y niños, que habían percibido hacía tiempo las funestas consecuencias de una derrota dadas las acusadas cualidades vengativas de sus enemigos y habían cerrado filas en torno a su indiscutido Jefe que se encontraba en primera fila como había prometido, con la disposición de morir en defensa de su patria y de la libertad que habían conquistado. Mientras tanto, pudo atisbar como sus huestes imperiales —constituidas, por cierto, por hombres de carne y hueso obligados por él a participar en dicho lance— caían barridos como moscas, uno tras otro, por el fuego de los defensores; exorcismo éste que no por sencillo resultó menos convincente, y que el Supremo Espíritu del Mal no pudo superar puesto que lo obligó, en valiente decisión propia de un guerrero mítico, a volver grupas con la celeridad de un rayo. Mucho después, cuando le dieron tiempo, en angustiosa búsqueda de asueto para su conciencia y gracias a la oportuna intervención de uno de sus asesores —ya que él había tenido desde muy niño la inusual clarividencia de no perder nunca su tiempo en la lectura—, el ejemplar caballero sugirió a todos que leyeran los clásicos, pero hizo especial hincapié en la Ilíada y no se cansaba de invocar a Héctor al enfrentarse a Aquiles ante las puertas de Troya, cuya inmortal iniciativa estuvo a punto de arrebatar a su rival el merecido mote de “el de los pies ligeros”; desconsolado se lamentaba de cómo él en permanente comunicación con Dios, tanto en la guerra como en la paz, pero sobre todo en los momentos en que se decidía por la primera, —en los que le resultaba más cómodo compartir responsabilidades— no había contado con la oportuna participación de algún Dios que lo obligara a detenerse en su fuga, que ocasionó un impacto terrible en todos sus conciudadanos —lo que le hubiera importado un bledo, si no fuera porque esa condición los hacía votantes y potenciales electores suyos, pero se reconfortó pensando que nunca era demasiado tarde para aplicar un diestro pucherazo a su rival y arrebatarle fraudulentamente las elecciones como ya había hecho memorablemente una vez. Lo cierto es que, a pesar de todos sus desvelos y de que empleó a fondo sus inagotables recursos mediáticos, no consiguió refrenar la maledicencia humana que sigue haciendo eco a los relatos de los soldados que estaban más cerca del héroe de esta leyenda —ya en esos dramáticos momentos más fuliginoso que oscuro—, que pudieron notar su rostro lívido, perlado de finas gotas de sudor, observaron cómo se deshizo subrepticiamente de su enorme tridente —de cuya posesión unos instantes antes se ufanaba— escondiéndolo con cautela y rapidez detrás de unos matorrales, y cómo su cola en punta de flecha tropezaba nerviosamente contra la montura tratando de imitar la posición adoptada por la del brioso rocín sobre el que aquel Titán iba a horcajadas, el cual llevaba el rabo entre las patas y corría —como alma que lleva al Diablo— con las orejas bien echadas hacia atrás para que no ofrecieran resistencia al viento, con el objeto de escabullirse de los ríspidos insulares, mientras implantaba un nuevo record de velocidad que hizo época en el Derby de Epsom Downs.
Por esa fecha las noticias provenientes del Medio Oriente eran cada vez más desesperanzadoras; el mundo árabe por una vez siquiera había logrado unirse en una causa común que denominaron Guerra Santa —no solo por la genialidad de sus más connotados dirigentes sino producto de las inteligentes acciones de sus enemigos encabezados por el Señor de los Dominios Negros que hicieron que no les quedara otra alternativa—; los actos terroristas no se multiplicaron sino que crecieron en una proporción geométrica que daba miedo y se esparcieron por todo el Orbe; los ataúdes con los cadáveres de jóvenes, convertidos en soldados de la potencia agresora de casi todos los países, atestaban los aviones de Fuerza Aérea; el poderoso Centauro Negro se enriquecía obscenamente, al igual que los miembros de su camarilla; la economía de su país, antes la más sólida de la Tierra, solo podía compararse con la salud de un enfermo de cáncer terminal y el pueblo de ese gran nación, desconcertado, se empobrecía cada vez más, mientras el sufrimiento de las madres y los familiares de las víctimas del inútil holocausto invadían lentamente la sociedad, hacía mucho tiempo ya ahíta de tanta sangre y lágrimas sin poder vislumbrar la luz al final del oscuro laberinto en que había sido embaucada por el licántropo.
Esas fueron sólo algunas de las consecuencias de la reelección de un astro de la política, de tan especial estirpe, como presidente de la nación más poderosa del mundo.
Con la esperanza de que tan triste destino no se haga nunca realidad termina esta historia del valeroso Esculapio de quién el Centauro Negro se mofó y de la dulce Ínsula, cuyos hijos a un precio terrible, pusieron coto a los tropelías del augusto Picador.

Epílogo

Si por ese raro apego a elucubrar las conjeturas más inverosímiles, alguien se sintiera injustamente inculpado u ofendido ante la lectura de esta mal hilvanada leyenda; le pido encarecidamente que me crea, cuando le digo que:
“Cualquier parecido entre la realidad y lo que aquí se ha relatado es pura coincidencia.”
De no ser bastante con la proclamación de mi inocencia, antes de desasirme de mi pluma, trocaré mi habitual timidez en un envite de coraje al invocar un célebre pasaje del Nuevo Testamento. Ello pudiera atajar —como el símbolo de la cruz a los demonios y vampiros— el furor de Erinias que algún que otro impulsivo caballero —acicateado por el reclamo de su meridiana hidalguía— pudiera desplegar contra mí, olvidando —gracias a un malentendido— las más elementales reglas de educación y el derecho que me asiste a brindar culto a la libre expresión del pensamiento. En dicho fragmento se mencionan las célebres palabras de Jesús ante Pilato:

“Pilato le preguntó:
—¿Eres tú el Rey de los Judíos?
—Tú lo has dicho —contestó Jesús.
Entonces Pilato dijo a los jefes de los sacerdotes y a la gente:
—No encuentro en este hombre razón para condenarlo.”

San Lucas 23.

Una vez cumplido este supremo deber, cruzo sobre el índice de mi mano el dedo medio —no confundir esta seña con otra, carente de urbanidad, pero que también suele esgrimirse con frecuencia—, como señal de que encomiendo mi hado a mejor suerte mientras aguardo, palpitante de zozobra, por el desarrollo de los acontecimientos venideros.

Bibliografía
1.Abascal Vera H. El Juramento Hipocrático. Crónica –Quirúrgica de La Habana. Octubre, 58(10) 1938: p. 385-87
2.Dickens C. Historia de Dos Ciudades. EDIMAT Libros. Ediciones y distribuciones Mateos. Impreso en España. Obras Selectas. Libro Primero. Devuelto a la Vida. Capítulo I. La época p. 385-87