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Febrero 2 de 1806. Inauguración del primer cementerio de La Habana

 

Lic. José Antonio López Espinosa
Centro Nacional de Información de Ciencias Médicas

Antes del arribo de los europeos a la isla de Cuba, el gran problema social que significaba separar los muertos de los vivos se resolvía por los indios siboneyes mediante la disección de los cadáveres hasta dejarlos como momias. Para la conservación de los huesos utilizaban estatuas de madera hueca, que adquirían el nombre de la persona a que pertenecían. Entre los taínos era más común la realización de los enterramientos en lugares apartados, aunque también practicaban la cremación cuando deseaban saber si el médico había tenido alguna responsabilidad en un deceso determinado.
En los primeros tiempos posteriores a la conquista, los españoles construyeron iglesias en las cuales enterraban a sus muertos, como era su costumbre en la Península, y donde luego comenzaron también a inhumar a los indios sometidos al catolicismo. La Parroquial Mayor, primer templo edificado en La Habana por los ibéricos, fue también, por consiguiente, la primera iglesia donde se dio sepultura a los fallecidos.
Como los libros parroquiales que comenzaban en 1519 fueron quemados por los piratas, la primera referencia que se tiene de un entierro, por conducto de los que se restablecieron en 1582, es la de María Magdalena Comadre, inhumada el 24 de enero de 1613.
Luego se construyeron otras feligresías como la del Espíritu Santo, el Santo Cristo, la los Conventos de Santo Domingo y San Francisco, la de Jesús del Monte, etc. que arraigaron la
costumbre de depositar en los templos religiosos todos los cadáveres, con inclusión de los de los pardos libres y los de los negros esclavos.
El crecimiento de la población criolla y extranjera trajo consigo el lógico incremento de defunciones por año, con la consiguiente escasez de espacio para los enterramientos. A ello se agregó la infestación de las iglesias, en algunas de las cuales era imposible permanecer mucho tiempo, dado el insoportable olor que despedían las sustancias de la descomposición de los muertos. Esta circunstancia, además de conspirar contra el buen servicio del culto religioso llegó a constituir una amenaza para la salud pública. Por ello, con el transcurso del tiempo, las iglesias dejaron de ser sede de los enterramientos.
La primera manifestación del deseo de acabar con la perniciosa costumbre de enterrar los muertos en las augustas moradas de Dios fue del Capitán General Don Luis de las Casas, quien no pudo concretarlo por los obstáculos que halló en la adquisición del terreno para el cementerio que pensaba edificar. El propósito e las Casas fue tomado con posterioridad por el Obispo Juan José Díaz de Espada y Fernández de Landa, quien contó al efecto con el apoyo del Cabildo Eclesiástico. El Obispo Espada financió la construcción del campo santo en un terreno, cedido por el Protomédico Francisco Teneza Rubira, situado a una milla al oeste de la ciudad y cerca de la costa junto al Hospital de San Lázaro.
El doctor Tomás Romay Chacón, iniciador del primer movimiento científico desarrollado en Cuba y representante por excelencia de los proyectos de modernización de la práctica de la medicina a finales del siglo XVIII y principios del XIX, colaboró estrechamente con el Obispo Espada en su anhelo de eliminar los enterramientos dentro del perímetro urbano, en tanto compartía por entero sus preocupaciones, sobre todo las de carácter higiénico. A fin de apoyarlo en este afán, publicó su elocuente DISCURSO SOBRE LAS SEPULTURAS FUERA DE LOS PUEBLOS, en el que ofreció sobrios razonamientos y sólidos argumentos que ejercieron una favorable influencia para vencer la resistencia que en un principio se hacía al proyecto y contribuyeron a que la población habanera comprendiera la importancia de enterrar a los muertos en lugares distantes a las poblaciones y fuera dando, en forma gradual, preferencia al primer cementerio de La Habana, inaugurado el 2 de febrero de 1806.
La necrópolis se erigió con el nombre oficial de CAMPO SANTO, pero siempre se conoció como el CEMENTERIO DE ESPADA. En señal de regocijo, los concurrentes a su inauguración llevaron grandes antorchas cuyo fulgor, combinado con el de la puesta del sol, ofrecía un grandioso espectáculo.
El CEMENTERIO DE ESPADA fue durante cerca de 27 años el único existente en La Habana. Luego surgieron el CEMENTERIO DE LOS INGLESES, el DEL CERRO, el DE JESÚS DEL MONTE y el DE COLÓN.
La instauración del CEMENTERIO DE ESPADA significó en su época un indiscutible paso de avance desde el punto de vista higiénico-sanitario. Por ello se le han dedicado estas líneas a la fecha en que tuvo lugar la solemne ceremonia de su apertura oficial.

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