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La cólera de esculapio

Prof. Dr. Miguel González-Carbajal Pascual Especialista de 2do Grado en Gastroenterología Profesor Auxiliar de Gastroenterología Investigador Auxiliar

 

Relato de una sierpe, también conocido en la literatura como “Vindicación de Esculapio por un Ofidio”.

                    EXORDIO

 Si bien es cierto que las serpientes no hablan, también lo es, el que nadie ha visto jamás una asida sempiternamente a un cayado y condenada a lo largo de los siglos a permanecer allí, a despecho de sus más legítimos instintos: entiéndase el inefable placer de arrastrarse por las praderas, los bosques y maniguales, o simplemente enroscarse plácidamente sobre sí misma para dormir la siesta, después de una opípara cena compuesta de ratas y lagartijas, aderezadas con hierbas verdes y jugosas —en vez  de cumplir el penoso castigo de persistir, en equilibrio inmutable, sobre un bastón que la mayoría de las veces está en movimiento y chocando contra el piso.

En nombre de las colosales licencias concedidas a todos los poetas y de los esfuerzos realizados a lo largo de toda mi vida para dar un símbolo digno a los trabajadores de la salud: el Caduceo de la Medicina, constituido por mi cuerpo solitario enrollado al Báculo de Esculapio,  permítaseme continuar este relato fidedigno, del cual yo legendaria culebra, soy el único testigo. Y de paso, precisar que en contraposición a dicho distintivo existe otro emblema: el de los mercaderes, viajeros, traficantes y ladrones, representado por dos serpientes enroscadas a una vara alada, que al menos tienen el consuelo de compartir su castigo, ya sea por la afable condición del Dios Hermes-Mercurio o debido a un acto de amabilidad, poco común, de quienes suelen preferir el ábaco que calcula las ganancias al más portentoso acto de solidaridad; divisa ésta, que con inusitada frecuencia es confundida con el emblema de la Medicina, lo que no deja por ello de ser insultante y vergonzoso para todos aquellos que han inclinado su vocación por el ejercicio de esta profesión —la más hermosa de todas— y desean desempeñarla con la honestidad y el altruismo, que tanto necesitan los que padecen el flagelo de alguna enfermedad.

El hecho de que haya sido escogida una sierpe como componente del Caduceo no debería sorprender a nadie, porque desde sus más añejos ancestros, el hombre ha mostrado una devota inclinación a entregarse a la idolatría de las culebras. Es más, el ritual más antiguo del mundo, posiblemente debido a un enigmático influjo cosmogónico, tuvo como centro una serpiente. Una profesora de la universidad de Oslo, Sheila Coulson, tropezó con evidencias de dicho culto al estudiar el origen de la tribu San que habita en un área poco poblada del noroeste de Bostwana, África; continente que tiene el honor de ser la cuna de la humanidad y desde donde tuvo lugar la diáspora de los primeros hombres a los restantes lugares del planeta donde habita actualmente. El equipo de científicos se adentró en una pequeña caverna donde encontró la simulación en piedra de un enorme pitón de seis metros de largo —una roca con figura de serpiente con cientos de muescas que sólo pudieron ser labradas manualmente por el hombre. De inmediato, decidieron excavar al pie de la roca en busca de los utensilios utilizados para hacer las incisiones y encontraron muchos instrumentos de piedra con los que fueron realizados los cortes. Pero, lo más importante es que descubrieron una pieza, que conformaba la serpiente, que debió caerse durante la obra, hace 70 mil años. El rito más antiguo del mundo tuvo lugar pues, en África, donde —30 mil años antes del primer hallazgo de este tipo que haya tenido lugar en Europa—, un grupo de hombres desamparados y temerosos adoraban una boa de piedra, que a la luz de las antorchas parecía moverse en sigilo, debido a su sinuosa anatomía y a las cisuras que le habían sido esculpidas (1).    

Una vez clarificados tan importantes asuntos, insisto en mis intenciones narrativas, a pesar de la mala fama que injustamente se ha otorgado a todos los de mi especie como proclives a cotillear, intrigar y calumniar  lo que ha conducido a que las lenguas de los que sienten inclinación por esas deplorables costumbres, casi por antonomasia sean calificadas desdeñosamente de viperinas —¿o será porque algunos ejemplares de mi género destilan veneno al morder, no precisamente a través del bífido órgano muscular carente de huesos, sino a través de sus colmillos?.

Sabido es que yo, animal adivinatorio, he sido concebido para escoltar inseparablemente a Esculapio en todas partes, afición tan constante por parte de ambos, que hizo que el Piadoso Dios, tozudamente, se negara siempre a posar para pinturas o esculturas si yo no estaba presente. Por ello, nadie debería dudar de la grandiosa intimidad que animó en todo momento nuestra amistad, lo que motivó que sin proponérmelo, deviniera en el mejor testigo de las aventuras, a veces prodigiosas, en las que se vio involucrado el Dios de la Medicina.

  Ésta, que voy a develar, resulta muy ilustrativa de cómo toda una pléyade de calumniadores inescrupulosos se dieron a la tarea, primero, de imputar a tan célebre personaje ominosas afirmaciones que nunca hizo, y después, con estudiada crueldad, propalar a los cuatro vientos tamañas infamias, que a fuerza de ser repetidas con encono, se han convertido, poco más o menos, en verdades; pérfida costumbre desplegada, más tarde, a nivel de política de estado por Hitler, Goebels y luego por Bush al tener en cuenta su tremenda eficacia —ya que sería injusto requerir, sobre todo a este último, el enorme esfuerzo que le supondría la lectura de Psychologie des foules, de Gustavo Le Bon, como referencia teórica de dicha estrategia, o simplemente tomarse el trabajo de leer algo.

FÁBULA

Pues bien, una tarde de verano, situada en el tiempo a varios cientos de años de distancia, nos encontrábamos Esculapio y yo preparándonos para disfrutar una merecida siesta, después de haber trabajado intensamente en la resucitación y rescate de los Avernos de varios de sus más distinguidos huéspedes, que allí habían sido enviados por la Parca —que entonces, como ahora, jamás mostró pizca alguna de conmiseración—, donde permanecían bajo tenaz custodia de Plutón.

Cansado, sudoroso y casi extenuado se hallaba Esculapio, minutos antes de dedicarse a dar cuenta de un frugal refrigerio acompañado, ¡eso sí! de un ánfora colmada de exquisita Ambrosía que, a no dudar, lo había inducido al sueño casi tanto como su agotamiento y las caricias de una tenue brisa mediterránea, que desafiaba a duras penas la ardiente canícula.

Al poco rato de concluida la colación divina, cuando el Distinguido Anciano comenzaba a adentrarse en los halagadores y misteriosos laberintos de Morfeo, abruptamente irrumpió en escena su hija Panacea sin que su hermana Higea, que la acompañaba, pudiera detenerla para dar tiempo a que se calmara un poco e impedir que importunara al Dios de forma tan irreverente; acto que podría, virtualmente, poner en peligro el éxito de la reivindicación de la terrible queja que animaba en ese momento las acciones de ambas Deidades. Iracunda, ciega de furor y despecho, daba largas zancadas que levantaban la túnica de lino blanco que cubría su cuerpo seráfico dejando entrever sus dorados muslos perlados de sudor. La joven, mientras agitaba al desgaire su tupida cabellera rubia, gritó:

—— ¡Viejo libidinoso, eso no se hace! Encima de abandonar la Medicina para dar rienda suelta a tu lujuria senil, te pones a darle “consejitos” a tu hijo bastardo ¡y en una carta abierta para que todo el mundo se entere! ¡Papi, esto le zumba, vaya!

Esculapio, medio dormido, se incorporó en su humilde lecho pedregoso con los ojos aún nublados por el celeste néctar que acaba de degustar con largueza —lo que otorgaba a su rostro una peculiar expresión onírica—, hedónica libación aquella que no impidió que de inmediato aquilatara la gravedad de la equívoca situación en que estaba metido. Una vez repuesto de su sorpresa, respondió casi rugiendo:

—— ¡Blasfemia! ¡Blasfemia! ¡Por todos los rayos y truenos del Olimpo! ¿De qué me hablas? ¡Qué hijo bastardo de mis culpas! ¡Retira en el acto tus aciagas, injustas, e indecorosas palabras!  ——mientras esto decía alargó con rapidez su mano derecha hacia el Caduceo blandiéndolo con tan feroz expresión, que hasta yo, humilde sierpe, sentí como la sangre que me corría por la venas y que nunca fue cálida, se congelaba.  Panacea quedó fulminada por aquella reacción del Anciano, que ella no esperaba y se echó sobre una roca a llorar tan desconsoladamente, que únicamente los alaridos de un perro vagabundo bajo amenaza de muerte, podrían rasgar el oído humano con acentos tan lastimeros y patéticos. Higea, sin embargo, permaneció en silencio con el rostro angustiado y la atención fija en cada palabra y movimiento de su padre.

Una vez restablecido su control sobre la situación y después de darle algún tiempo para que se recuperara, Esculapio comenzó a reconvenir a Panacea por su impetuosidad, lo irrespetuoso del tono y los epítetos empleados contra el progenitor de sus días, que además no era un antecesor cualquiera, sino un Dios Venerable. Al emplear una voz tan tierna y comprensiva, pronto vio el Anciano que sus argumentos comenzaban a surtir efecto. En el rostro de su otra hija, Higea, comenzó a esbozarse tímidamente la sombra de una duda. Hizo entonces el Dios, votos de inocencia, juró y perjuró que tal hijo bastardo no existía; que Higea y Panacea eran sus únicas descendientes y les recordó como su devoción por la familia había atravesado con éxito la prueba, no de los años —lo que para él, en su condición de Dios, no significaba mucho aunque para los simples mortales, casi siempre, resultaba un desafío imposible de superar—: ¡sino de los siglos!   

La sinceridad con que hablaba y gesticulaba el Respetable Anciano, su voz quebrada por el dolor de la ofensa recibida, y sobre todo, su limpia mirada que reflejaba con franqueza su decencia y su acostumbrado desinterés, acabaron por aplacar la rabia y las lágrimas de Panacea; que aunque de brillante desempeño en su trabajo de curar, o al menos aliviar, con los procedimientos más disímiles a los enfermos —recuérdese la quimera de obtener la “Panacea Universal” o remedio fantástico capaz de curar todas las dolencias— nunca pudo superar a Higea en su sabiduría, que consistía en prevenir las enfermedades —de donde proviene el vocablo higiene— lo que siempre dio mejores resultados que intentar revertir el proceso una vez que ya el mal estaba establecido. Tanta fue su elocuencia, que finalmente, logró hacer que se desvanecieran los últimos vestigios de incertidumbre en sus hijas. 

La paz familiar había sido restablecida —por ventura, en esta ocasión, sin que Esculapio tuviera que poner en funciones el grueso y pesado garrote que estaba diseñado no solo para servir de bastón,  sino en situaciones extremas, como era aquella, caer pacificadoramente sobre cualquier punto de la humanidad de quienes en su familia o fuera de ella, anduvieran en litigios y así restituir la calma. Al sumarse mi flexible cuerpo de ofidio enroscado a él surge un emblema, el Caduceo, del término latino: caduceum, por la virtud de hacer caer las discordias y apaciguarlas.

Así las cosas, y en total armonía, el Noble Anciano comenzó a indagar —sin poder ocultar del todo su disgusto— sobre aquellos Consejos, con que supuestamente había gratificado a un vástago que resultó ser, al fin y al cabo, un infame impostor.

—— ¡Aquí están! ——saltó como siempre Panacea, la menor y más impulsiva de sus dos bellas hijas.

 —— ¡Y han sido publicados y difundidos por el mundo entero con el título de “Los Consejos de Esculapio”! ——añadió Higea, que a diferencia de Panacea, era trigueña aunque de piel muy blanca, mientras clavaba sus ojos más negros que la noche en los de su padre, con el ceño fruncido, lo que infundía un peculiar encanto a sus atractivas facciones. Al decir esto, extendió a su Progenitor un pergamino contentivo de Los Consejos, que lamentablemente y sin que nadie pudiera evitarlo comenzaban a hacerse célebres.

Esculapio acercó el Bastón a su cuerpo en busca de apoyo —en este caso, más en busca de sustento para su alma que para su equilibrio, pues estaba sentado— y comenzó a leer. Pude sentir su aliento y los latidos de su corazón, al principio acompasados. Sin embargo, a medida que el Benemérito Dios avanzaba en la lectura del documento incrementaron su ritmo, hasta alcanzar rápidamente límites peligrosos; al mismo tiempo, la tez rosada de su rostro fue adquiriendo un color cada vez más intenso hasta volverse de un rojo tan vivo como el de un tomate maduro; sus manos temblaban de indignación mientras sostenían la epístola, que examinó de una sentada, como quien apura un trago de aceite de ricino.

¿Cuál es el texto del documento conocido por “Los Consejos de Esculapio” (2), que sacudió con semejante pujanza al Dios de la Medicina y lo hizo estremecerse hasta sus fibras más íntimas?

Helo aquí:

“¿Quieres ser médico, hijo mío? Aspiración es ésta de un alma generosa, de un espíritu ávido de ciencia. ¿Deseas que los hombres te tengan por un Dios que alivia sus males y ahuyenta de ellos el espanto? ¿Has pensado bien en lo que ha de ser tu vida?

La mayoría de los ciudadanos pueden, terminada su tarea, aislarse lejos de los inoportunos; tu puerta quedará siempre abierta a todos; vendrán a turbar tu sueño, tus placeres, tu meditación; ya no te pertenecerás. Los pobres, acostumbrados a padecer, no te llamarán sino en caso de urgencia; pero los ricos te tratarán como a un esclavo encargado de remediar sus excesos; sea porque tengan una indigestión, sea porque estén acatarrados, harán que te despierten a toda prisa tan pronto como sientan la menor inquietud; habrás de mostrar interés por los detalles más vulgares de su existencia, decidir si han de comer cordero o carnero, si han de andar de tal o cual modo. No podrás ausentarte, ni estar enfermo; tendrás que estar siempre listo para acudir tan pronto como te llame tu amo.

¿Tienes fe en tu trabajo para conquistarte una reputación? ten presente que te juzgaran no por tu ciencia, sino por las casualidades del destino, por el corte de tu capa, por la apariencia de tu casa, por el número de tus criados, por la atención que dediques a las charlas y a los gustos de tu clientela. Los habrá que desconfiarán de ti si no vienes del Asia; otros si crees en los dioses; otros si no crees en ellos.

Tu vecino el carnicero, el tendero, el zapatero, no te confiará su clientela si no eres parroquiano suyo; el herborista no te elogiará, sino, en tanto que recetes sus hierbas. Habrás de luchar contra las supersticiones de los ignorantes. ¿Te gusta la sencillez.? Habrás de adoptar la actitud de un augur. ¿Eres activo, sabes qué vale el tiempo.? No habrás de manifestar fastidio ni impaciencia; tendrás que aguantar relatos que arranquen del principio de los tiempos para explicarte un cólico.

¿Sientes pasión por la verdad? Ya no podrás decirla. Habrás de ocultar a algunos la gravedad de su mal, a otros su insignificancia, pues les molestaría.
Habrás de ocultar secretos que posees, consentir en parecer burlado, ignorante, cómplice. No te será permitido dudar nunca, so pena de perder todo crédito; si no afirmas que conoces la naturaleza de la enfermedad, que posees un remedio infalible para curarla, el vulgo irá a charlatanes que venden la mentira que necesita.

No cuentes con agradecimiento: cuando el enfermo sana, la curación es debida a su robustez; si muere, tú eres el que lo has matado. Mientras está en peligro te trata como a un Dios, te suplica, te promete, te colma de halagos; no bien está en convalecencia ya le estorbas; cuando se trata de pagar los cuidados que les has prodigado, se enfada y te denigra.

Te compadezco si sientes afán por la belleza: verás lo más feo y más repugnante que hay en la especie humana; todos tus sentidos serán maltratados. Habrás de pegar tu oído contra el sudor de pechos sucios, respirar el olor de míseras viviendas, los perfumes harto subidos de las cortesanas, palpar tumores, curar llagas verdes de pus, contemplar los orines, escudriñar los esputos, fijar tu mirada y tu olfato en inmundicias, meter el dedo en muchos sitios. Te llamarán para un hombre que, molestado por dolores de vientre, te presentará un bacín nauseabundo, diciéndote satisfecho: "gracias a que he tenido la precaución de no tirarlo". Recuerda entonces que habrá de parecer interesarte mucho aquella deyección.
  Tu oficio será para ti una túnica de Neso: en la calle, en los banquetes, en el teatro, en tu cama misma, los desconocidos, tus amigos, tus allegados te hablarán de sus males para pedirte un remedio. El mundo te parecerá un vasto hospital, una asamblea de individuos que se quejan. Tu vida transcurrirá en la sombra de la muerte entre el dolor de los cuerpos y de las almas, de los duelos y de la hipocresía que calcula, a la cabecera de los agonizantes.

Te verás solo en tus tristezas, solo en tus estudios, solo en medio del egoísmo humano. Cuando a costa de muchos esfuerzos hayas prolongado la existencia de algunos ancianos o de niños deformes, vendrá una guerra que destruirá lo más sano y lo más robusto que hay en la ciudad. Entonces, te encargarán que separes los débiles de los fuertes, para salvar a los débiles y enviar a los fuertes a la muerte.

Piénsalo bien mientras estás a tiempo. Pero sí, indiferente a la fortuna, a los placeres, a la ingratitud; si sabiendo que te verás sólo entre las fieras humanas, tienes un alma lo bastante estoica para satisfacerte con el deber cumplido sin ilusiones; si te juzgas pagado lo bastante con la dicha de una madre, con una cara que sonríe porque ya no padece, con la faz de un moribundo a quien ocultas la llegada de la muerte; si ansias conocer al hombre, penetrar todo lo trágico de su destino, entonces hazte médico hijo mío.” 
  Una vez finalizada la lectura del documento, lívido y con el rostro transfigurado por la furia, el Dios Olímpico reflexionó durante unos instantes que me parecieron una eternidad, al término de los cuales se dirigió a sus hijas e inquirió su opinión sobre el mismo —independientemente de que aclarado estaba ya, para siempre, que se trataba de un plagio y que estaba dirigido a un hijo suyo que sólo existía en la febril imaginación de los pérfidos autores del documento.

Como era habitual, fue Panacea quien se adelantó para emitir su juicio:

——Padre, después de todo no se puede negar que están bellamente escritos. Es un legado para que los jóvenes aspirantes a médicos mediten sobre los sacrificios que conlleva su profesión y sepan que deben dedicarse por entero a sus pacientes y llevar una vida de martirologio, consagrada a ellos.

——Y tú, Hija Mía ¿qué piensas sobre lo que aquí se expresa? ——dijo Esculapio dirigiéndose a Higea y mostrándole el pliego que acababa de leer. Rápidamente, y con firmeza, Higea respondió:

——Hay una serie de apreciaciones en la parte inicial del escrito que son propias de una sociedad dividida en clases, donde tengo poco espacio para desarrollar mi trabajo pues la medicina, como todas las cosas, se convierte en una mercancía y a la prevención de las enfermedades no se le confiere la importancia requerida. Pero esto no es algo que invalide el resto de las valoraciones contenidas en los Consejos… ——no pudo terminar porque Panacea la interrumpió transida de emoción diciendo:

—— ¡Y sobre todo aquello de!: “si te juzgas pagado lo bastante con la dicha de una madre, con una cara que sonríe porque ya no padece, con la faz de un moribundo a quien ocultas la llegada de la muerte” ¡Ayy… eso sí que es hermoso! ¡Mira como me pongo! ——agregó señalando hacia uno de sus brazos poblados por finos vellos rubios que en ese momento, relucientes bajo los rayos del sol, se erizaban por la intensa conmoción que se había apoderado de la excelsa doncella.  

——O cuando dice: “sabiendo que te verás sólo entre las fieras humanas”. ¡Eso no es cualquier cosa, Papito! ——añadió Panacea.

Esculapio quedó anonadado. Súbitamente se había percatado que la magnitud de la ofensa de poner en sus labios palabras que nunca había pronunciado, era desestimable ante la maldad de redactarlas en un lenguaje aparentemente culto y con argucias —que si bien parecían arrancadas del más burdo de los folletines— se abrirían paso, sin remedio, en millares de ingenuas mentes juveniles, algunas de ellas proclives a desfallecer ante los manidos resortes del melodrama y las emociones fáciles, por lo que llegarían a humedecer miles de púberes ojos con lágrimas sinceras, que aunque salidas de la profundidad del alma, no dejarían de ser fruto de la más pura candidez.

—— Bah, ¡Este libelo debiera recibir el nombre de los “Consejos de Satanás” y no los míos! ——dijo como en un gruñido el Ilustre Anciano.

—— ¡Papaaaá! ——Gritaron a coro sus hijas. Fue suficiente para que Esculapio se diera cuenta de inmediato, que de esa forma no podría llegar lejos con ellas, ni conseguir que razonaran como es debido sobre el cavernícola ideario en el que descansan los susodichos “Consejos”.  

Sin dudas, el problema era más complicado de lo que había imaginado. Apeló entonces a la serenidad que le habían otorgado sus vastos siglos de vida imperecedera. Pidió a sus hijas que se sentaran, pues no quedaba otro remedio que dar comienzo a un Consejo —no de Esculapio sino, de Familia; por lo que escanció delicada Ambrosía en grandes y sendos cántaros hasta casi desbordarlos; al fin y al cabo, sus hijas eran también diosas, situación ésta que las distinguía de los efímeros mortales, condenados a ingerir en similares circunstancias vino, cerveza u otros licores, que por muy alta calidad que pudieran conseguir, ocasionaban siempre que se tomaban en demasía, las resacas más atroces al día siguiente; aparte de lesionar sin remedio el hígado, el páncreas y todos los órganos y sistemas del cuerpo humano, incrementar el riesgo de muchos tipos de cáncer, estimular el deseo de realizar relaciones sexuales pero perturbar su feliz culminación, ocasionar conflictos laborales y crear verdaderos cismas familiares, entre otros males.

El Dios de la Medicina invitó a sus hijas a beber, luego de brindar ceremoniosamente por el culto a la verdad y los mejores valores atesorados por la humanidad a través de su historia. Acto seguido, terminada la liturgia y con total dominio de sus emociones y de sus sentidos, se dirigió a sus vástagos diciéndoles:

——Hijas mías, las veo confundidas y lo peor es que están profundamente persuadidas de la conveniencia de esa sarta de sandeces que con un lenguaje florido y atractivo están contenidas en los llamados “Consejos de Esculapio”, con las que estoy en completo desacuerdo. ——Ambas mujeres abrieron desorbitadamente los ojos con intención de discrepar. Panacea, casi se puso de pie de un salto; pero Esculapio las detuvo con un gesto de su mano —el Caduceo lo empuñaba firmemente en la otra— y prosiguió su discurso:

——Permítanme terminar la idea y para demostrarles los subterfugios y sofismas contenidos en Los Consejos de Esculapio, las invito a desglosar el documento y analizarlo, parte por parte; lo que nos proporcionará la manera de comprender no solo la mendacidad, sino la perfidia que esconden prácticamente todas sus afirmaciones. Como ustedes vieron, los “Consejos de Esculapio”, entre otras cosas, proclaman:

 “¿Quieres ser médico, hijo mío?... ¿Deseas que los hombres te tengan por un Dios que alivia sus males y ahuyenta de ellos el espanto?

 ——Deberían aceptar, al menos, que el sobreentendido que encierra la segunda pregunta no pertenece a una filosofía en la que brille, por cierto, la modestia. Parece más bien un deseo que nace de un Ego sometido a una sobrealimentación enfermiza. Imagínense, por un instante nada más, ¡sólo un instante! un mundo en el que todos los médicos se valoren a sí mismos como dioses  y por consecuencia expedita de esta concepción pretendan colocarse en un lugar situado por encima de otros profesionales, de su sociedad y de su pueblo. No exagero, el bodrio consejador dice textualmente: “¿Deseas que los hombres te tengan por un Dios…” ¿de dónde proviene esa vocación suprahumana y, sobre todo, a dónde nos conduciría? Para mí es palmario que se está haciendo una exhortación a la conquista de un lugar privilegiado, de alabanzas, lisonjas y adulaciones para los profesionales de la medicina —ya de por si respetados y  queridos por todos, asunto del que nos ocuparemos más adelante. Si no, ¿por qué inferir que los que optarán por esta carrera aspiran a ser tratados como dioses y no como humildes seres humanos dedicados a salvar vidas de otros hombres y aliviar su dolor sin pretender nada a cambio? ¿Cuál es la razón de ese afán consagratorio, que presupone la anuencia tácita  de los médicos, que con tan asombrosa displicencia accederían a ser  deificados? ¿No será éste el germen nefasto que encontrará triste floración más tarde en las turbias mentalidades de esos petimetres que una vez alcanzado el título de médicos se mostrarán remisos a realizar tareas manuales por considerarlas propias de burdos obreros y campesinos iletrados? —seres inferiores estos últimos, en la errática escala de valores de aquellos. Payasos trasnochados, se negarán a manipular una moto mochila de fumigación durante una campaña contra el Dengue que ciega las vidas de decenas de compatriotas, algunos de ellos niños. Dotados de la suficiente astucia para alegar, a cambio de su  no participación, “problemas de bronquitis asmática” o de “la columna”. Dichos señores, se negarán también, con saña, a empuñar una mocha para cortar caña o chapear, o un pico y una pala para colaborar en labores constructivas, o una escoba y un recogedor ¡en fin! la aberración de portadores de ideas que en cortedad rivalizarían con las de un pollo y que se complacen en la vocación onanística de cultivar un fetichismo delirante al trabajo intelectual. Estos afortunados caballeros de la ilustración —muchas veces alcanzada como un don, no como resultado de sus propios esfuerzos— sueñan con ser usufructuarios legítimos de ecuménica idolatría debido a su pericia y destreza profesional, inaccesible a los —para ellos— vulgares profanos, apreciación que se desprende directamente de la honda y acerada fibra, con vitalidad de mala hierba, que caracteriza sus atávicos prejuicios pequeño-burgueses que rebullen en sus mentalidades triviales, al juzgar que mancilla y deshonra lo que en realidad enaltece y levanta. Y no puedo dejar de referirme a algo, que no por elemental es de menos importancia: estos profesionales de la bata blanca, con visión tapiada, no han reparado en que, cuando las esbeltas y hematófagas hembras de los dípteros transmisores de la epidemia, apresten sus alas dotadas de escamas para saciar con femíneo furor —terrible siempre— su inagotable sed de sangre después de haber mordido algún enfermo y haber succionado con deleite el purpúreo líquido infectante, no harán distinciones en el momento de volver a atacar, entre los hijos de los menestrales y los de los universitarios e intelectuales —y el hecho que los padres de estos últimos hagan gala de ridículas ínfulas de seudo-aristócratas criollos, no brindará protección alguna a sus descendientes. ——el Dios de la Medicina se irguió sobre sus propios pies y su pecho se ensanchó cuando dijo:

—— ¡Hijas mías! Yo vaticino, un día como hoy, en mi condición de Dios, que por cada uno de estos infames profesionales de la medicina, surgirán mil médicos dispuestos a ocupar un lugar de honor junto a su pueblo, compartiendo sus alegrías y sus penurias y dispuestos a defender la patria al precio que sea necesario. ——Esculapio hizo entonces una pausa durante la cual su rostro dejó traslucir una mueca que era mezcla de asco y lástima, para dar lectura después a otro fragmento del legajo:

   “Los pobres, acostumbrados a padecer, no te llamarán sino en caso de urgencia; pero los ricos te tratarán como a un esclavo encargado de remediar sus excesos;”

 ——Esta recomendación puede ser útil en un país de estructura económica capitalista, con una sociedad dividida en clases, donde la medicina privada es, las más de las veces deshumanizada, y una persona —no solo el médico— vale tanto como el dinero que puede acumular; pero tienen muy escasa relevancia en sociedades que, cada vez más, sobrevendrán en la historia —que no en vano soy un Dios y además uno de los mejores oráculos de Grecia—, como será el caso de Cuba, pequeña ínsula del Caribe, al mismo tiempo la mayor de la Antillas, que a pesar de las adversas circunstancias que desde el punto de vista económico deberá padecer durante años —como consecuencia del genocida bloqueo al que será sometida por el Imperio más poderoso de la historia—, conseguirá conservar los logros sociales fundamentales del Socialismo y esos abismos entre ricos y pobres que caracterizan a la sociedad capitalista serán abolidos para siempre      ——sentenció el Augusto Anciano.
——Pero llevemos el asunto a su última instancia ——prosiguió: 
——Aceptemos que estamos ejerciendo la medicina en un país donde impera la explotación del hombre por el hombre ¿Quién dijo que los ricos tratarán a todos los médicos como esclavos? ¡A eso se someterán los médicos que tengan almas de esclavos! ¡Los que por un puñado de dinero estén dispuestos a dejarse tratar como esclavos y vender su alma al diablo! Y aquí ——continuó exponiendo Esculapio—— no debemos descuidar algo que tiene una importancia ética singular: los ricos también tienen derecho a una asistencia médica calificada. No por ser ricos debemos tratarlos con menos cuidado y cariño. ¡Hasta los prisioneros de guerra tienen derecho a una atención médica calificada! (3) y esto no queda tampoco explícito en el manuscrito, sino que, más bien, se presta a confusión, puesto que se acentúa que “los ricos te tratarán como a un esclavo encargado de remediar sus excesos;” como si las personas adineradas no enfermaran nunca y todos, sin excepción, se pasaran la vida de una orgía en otra —y no es que pretenda hacer un panegírico a la burguesía. 
 “te juzgarán no por tu ciencia, sino por las casualidades del destino, por el corte de tu capa, por la apariencia de tu casa, por el número de tus criados,”...

 ——En todo el orbe, más tarde o más temprano, no se medirá a nadie por el dinero que posee —o “por el corte de tu capa, por la apariencia de tu casa, por el número de tus criados”, lo que quiere decir lo mismo— sino por lo que realmente vale, que son sus cualidades humanas y morales. Y mejor, dejémonos de tonterías, que en cualquier país del mundo y bajo cualquier sistema social se sabe quién es diestro, serio y responsable en el ejercicio de cualquier profesión por los resultados que cosecha ¡qué poco han ayudado, en cualquier época, “las casualidades del destino,”! ——Terminó diciendo el Dios de la Medicina, mientras extendía ambas palmas de sus manos hacia delante y al lado del cuerpo en un gesto de impaciencia, para dar lectura al siguiente párrafo:

  “Tu vecino el carnicero, el tendero, el zapatero, no te confiará su clientela si no eres parroquiano suyo; el herborista no te elogiará, sino, en tanto que recetes sus hierbas.”
 ——En nuestro planeta —como dije anteriormente—, algún día se ejercerá una medicina socialista, que no dará cabida a la especulación, el lucro y la mercantilización del sufrimiento ocasionado por las enfermedades. Por otra parte, todos aquellos que se desempeñarán como médicos no se comportarán unánimemente como advenedizos, vividores y mercachifles, sino muchos de ellos, como seres humanos sencillos y decentes. En el propio sistema capitalista habrá siempre médicos que no perderán el decoro, sabrán defender las ideas más puras y humanas y tendrán el valor de enfrentar, si es preciso, la pobreza y eludir la participación en la dinámica del sistema, de por sí, corrupto. No citaré nombres pues no quiero herir susceptibilidades, pero esos médicos han existido y existirán sin que quepa la menor duda. Y es que los apologistas de semejantes anatemas; los que con irresponsables eufemismos aprecian con el aire irrelevante de la indulgencia los brutales desatinos del panfleto; uno de ellos éste, que toma cuerpo en la absolución de la vocación servil de vulgares buhoneros que pueden exhibir ciertos médicos, a la que ellos prestan su espaldarazo basados en que forma parte del sistema: ¡Miden a los demás por su propio rasero! Y digo más ——profirió Esculapio levantando, indignado, la voz——: ¡yo los acuso! ¡son, en realidad, voceros encubiertos que pronuncian una oración laudatoria del sistema capitalista, cuyos falsos valores llevan clavados en el alma! ¡Rastacueros heridos de incurable nostalgia! ——Después de tomarse una pausa y otro sorbo de Ambrosía, el Honorable Dios continuó leyendo:
 ¿Eres activo, sabes qué vale el tiempo? No habrás de manifestar fastidio ni impaciencia; tendrás que aguantar relatos que arranquen del principio de los tiempos para explicarte un cólico.
 ——Es el mejor tiempo empleado; ——Esta afirmación fue hecha en voz apenas audible, con un especial acento, lo que creó una expectativa aún mayor por sus palabras—— el que se utiliza para escuchar a un enfermo. Médicos de mucho prestigio han señalado que el instrumento que más diagnósticos ha contribuido a realizar ¡es la silla! —en alusión a que allí sentado el enfermo puede conversar y relacionarse ampliamente con su médico. Además, todo clínico experimentado sabe lo que es un interrogatorio dirigido. No se trata de “...aguantar relatos que arranquen del principio de los tiempos para explicarte un cólico” —ya aquí el tono ha subido y adquiere matices peyorativos— sino de tener una actitud atenta y solícita hacia el enfermo y, así, tratarlo como nos gustaría ser atendidos nosotros mismos. El interrogatorio es a mi juicio, el arma fundamental del método clínico, sin subvalorar los otros elementos. Un buen interrogatorio nos acerca al diagnóstico en el 90% de los casos y debe tener en cuenta todos los detalles por un lado, y el orden de aparición de los síntomas y signos por otro; por tanto, es una labor que necesariamente requiere mucho tiempo y paciencia. Y éste es el verdadero Consejo que yo, Esculapio, en mi facultad de Dios de la Medicina quiero legar, en lugar del anterior, escrito evidentemente por un chapucero que probablemente no fue ni siquiera médico; o si lo fue, indudablemente fue un mal médico. ——El Prestigioso Anciano rubricó sus palabras con el índice de la mano derecha en alto, apuntando directamente al cielo.

 “No cuentes con agradecimiento: cuando el enfermo sana, la curación es debida a su robustez; si muere, tú eres el que lo has matado.”

 ——La Medicina es, tal vez, la profesión que mayor respeto social atesora en todas partes del mundo y a los médicos se les han  rendido honores de excepción en todas las épocas. Todos nosotros sabemos que cuando se trata a un enfermo con respeto y amor, el paciente y muchas veces sus familiares —porque, a veces, el desenlace por las características de la enfermedad, puede ser fatal— quedan sinceramente agradecidos. La envergadura del embuste ha superado todos los límites imaginables. Francamente, Hijas mías, ¡en cierto modo somos privilegiados! ya que pocas veces se tiene la oportunidad de escuchar una mentira de tan descomunales proporciones cómo es decirle a un futuro médico: “No cuentes con agradecimiento…” (4).  ——Ciertamente, en pocas ocasiones vi al Patriarca de la Medicina tan seguro de sí mismo, como cuando agregó, ceñudo y sombrío:

——Buen pretexto para los que han cometido errores —algo que no puede excluirse en ninguna obra humana— durante el ejercicio de la medicina, ya sea de impericia, falta de profesionalidad, negligencia o irresponsabilidad; cuyo trato con pacientes y familiares ha sido incorrecto o  despótico. Se puede llegar, incluso, al penoso extremo de que por el mal manejo del paciente se contribuya a ocasionar una muerte objetable, lo que ha generado una queja de los familiares en la que hay puntos en que no les falta razón o, incluso, tienen toda la razón. ¡Qué genuinamente indigno entonces para ese médico, carente de escrúpulos —excepción entre millones de profesionales de la medicina—, acogerse a este gentil Consejo!: “…si muere, tú eres el que lo has matado.”.  “¡Je, Je, Je!” —exclamará sin ánimo alguno de rectificar sus faltas, con una sonrisa cómplice dibujada en el rostro y un brillo extraño en los ojos: “¡tal y como está escrito en los Consejos de Esculapio!”.  

 Te llamarán para un hombre que, molestado por dolores de vientre, te presentará un bacín nauseabundo, diciéndote satisfecho: "gracias a que he tenido la precaución de no tirarlo". Recuerda entonces que habrá de parecer interesarte mucho aquella deyección.

 ——Es que, ¡No es así!, Higea y Panacea, únicas, legítimas y queridísimas Hijas mías. Las palabras no son: “...habrá de parecer interesarte...”, éstas contienen un error de concepto mayúsculo; las palabras correctas son: “deberá interesarte la observación cuidadosa”, dada la importante información que se puede encontrar en los rasgos de una “...deyección”. Tanto es así, que en los casos en que se sospecha un sangramiento digestivo alto, si el enfermo o los familiares no han tenido la previsión de conservar en un recipiente las heces fecales del paciente ¡gracias a no haber tenido la precaución de conservarlo! está indicado realizar un tacto rectal para inspeccionar las características de las heces fecales al salir el dedo del explorador, recubierto por un guante e impregnado por las mismas, lo que permite confirmar si se trata de una melena. Eso es pasando por alto, el valor que puede brindar el reconocimiento ocular directo de las heces fecales, cuando se descubre en ellas pus, sangre, gotas de grasa que flotan sobre ellas o, simplemente, la apreciación de su cantidad, color, o consistencia; ¡Hasta el olor de las heces fecales es útil! ya que, por ejemplo, la melena es, particularmente maloliente, debido a la gran cantidad de productos derivados del amonio que contiene por su alto contenido de proteínas degradadas, provenientes de los glóbulos rojos digeridos y esta fetidez constituye un rasgo semiológico, no menos importante que otros, para determinar si estamos realmente ante una melena, o se trata de una pseudomelena. Pero dejemos a un lado esta disquisición clínica —aunque cada vez me convenzo más de que este churro ha sido escrito por falsificadores ¡qué ni siquiera son médicos!—, ya que, la afirmación que ha motivado este comentario desde el punto de vista ético, precedido mordazmente, por la siguiente frase:  ...hombre que, molestado por dolores de vientre, te presentará un bacín nauseabundo, diciéndote satisfecho:…”, sólo, a mi juicio, puede encubrir el propósito de salpicar, con rasgos ominosos, el ejercicio de la profesión médica —intención desmañadamente oculta, pero que se hace patente a lo largo de todo el documento. Observen que el bacín es calificado de “nauseabundo” adjetivo empleado con intención despectiva, pero que deslinda con claridad la diferencia entre la fraseología de los no avezados, con respecto al lenguaje científico que emplean los médicos cuando practican la propedéutica clínica y la semiología. ——Mientras Esculapio desplegaba sus razonamientos Panacea, que lo escuchaba con disimulada indolencia, entrecerraba sus ojos que recordaban los de un felino, al tiempo que Higea apoyaba su barbilla sobre los nudillos de su mano derecha en actitud reflexiva, sumamente concentrada en las palabras de su padre. 

           “Tu oficio será para ti una túnica de Neso (5)”

 ——Ya les he explicado en otras ocasiones, y sé perfectamente que ustedes conocen, en que consiste el significado de dicha túnica. Sinceramente, confieso que al menos para mí, la elección de la medicina como profesión  ha sido siempre objeto de orgullo y satisfacción. Por tanto, la más de las veces ha sido todo lo contrario; esta elección me ha otorgado una oportunidad de entrega y de servicio única; me ha permitido sentirme realizado plenamente, y con ese inefable placer que proporciona el cumplimiento del deber a lo largo de toda mi vida perpetua. Y por si todo lo que les he explicado fuera poco, el prestigio que he adquirido y el infinito agradecimiento que he inspirado, es lo que me ha elevado a la categoría de Dios, émulo del mismísimo Zeus o de cualquiera de los Dioses del Olimpo, gloria ésta que nunca ambicioné. La adoración del templo de Epidauro proviene precisamente del respeto que ha merecido mi desempeño como médico y es un símbolo que encarna, de cierta manera, a todos los que desempeñan esta profesión. ——Higea no pudo reprimir un movimiento de aprobación al inclinar levemente su rostro perfecto, pero Panacea continuaba expectante e impasible; sus ojos, de inusitado verdor, eran impenetrables como una copiosa cerca vegetal bien cuidada en plena primavera, por lo que mantenían sus emociones y sus más recónditos pensamientos a buen recaudo.

 “Te verás solo en tus tristezas, solo en tus estudios, solo en medio del egoísmo humano.”…“Cuando a costa de muchos esfuerzos hayas prolongado la existencia de algunos ancianos o de niños deformes, vendrá una guerra que destruirá lo más sano y lo más robusto que hay en la ciudad.”

“…si sabiendo que te verás sólo entre las fieras humanas,…”

 ——Vibrante exordio a la más excelsa misantropía y que destila amarga hiel en cada una de sus aserciones. Algo así como aquello de “¡Mientras más conozco a los hombres… más quiero a mi perro!”. ——Exclamó el Dios Insigne, que entre paréntesis, siempre había sido amante de los animales —invariablemente pensé que ese generoso sentimiento suyo pudo intervenir, de algún modo, en que depositara toda su confianza en mi como compañero inseparable. Acto seguido, continuó de esta manera:

——Pero veamos que se refiere a que “a costa de muchos esfuerzos hayas prolongado la existencia de algunos” y se indica de manera muy específica que son “ancianos” y, con relación a los niños, puntualiza que son “deformes”; lo que sin que incurra en apasionamiento alguno me deja entrever, que estos niños por ser deformes o los ancianos por su edad avanzada, tienen menos derechos que los demás a que se empleen esfuerzos en su atención médica. También, tengo plena justificación para pensar que se me inculca la idea de que es lamentable destruir “…lo más sano y lo más robusto que hay en la ciudad.”, pero que no lo es en igual medida si se trata de “…ancianos o de niños deformes,” y que los esfuerzos para prolongar la “…la existencia de algunos ancianos o de niños deformes,” son un tanto baldíos  —circunstancia que de manera muy obvia nos conduce, en esta oportunidad, a penetrar dentro de los confusos y mezquinos linderos del movimiento eugenésico y la ideología nazi-fascista, en cuya mediocre amplitud se desplaza, como un péndulo, el mensaje de la sórdida perorata. A continuación, añade que necesariamente —fíjense, Hijas mías, que esto se da por hecho— “…vendrá una guerra que destruirá lo más sano y lo más robusto que hay en la ciudad.”

¿Se trata, quizá, de que un mundo mejor no es posible? ¿Son inevitables las guerras? ¿Son una calamidad necesaria para el género humano?                   ——Esculapio se había levantado, me acuerdo muy bien porque movió bruscamente el cayado y al hacerlo, estuvo a punto de hacerme resbalar despeñado sobre la blonda y fragante cabellera de Panacea —los ofidios tenemos un olfato muy desarrollado—, que nunca me miró con buenos ojos sino más bien con antipatía ¡cómo si, acaso, fuera yo un bicho repulsivo!. De más está decir que de haber sucedido ese percance los chillidos de la muchacha y sus aspavientos hubieran sido mayúsculos, al extremo quizás, de hacer recesar el Consejo de Familia. Me apreté pues, con todas mis fuerzas al Báculo de mi amo, siempre en tácita connivencia con él, mientras éste continuaba su disertación de la forma siguiente:

——Pero aquí el sofisma es doble, porque resulta para todos evidente que desde épocas inmemoriales —aunque esta circunstancia se acentuará en el futuro por adelantos científicos, muy cuestionables por cierto, tales como la fabricación de las llamadas bombas “inteligentes” y otros artilugios sofisticadamente mortíferos— las guerras han ocasionado más muertes entre la población civil e indefensa que entre los propios soldados. Y esto es así, debido al hambre y las epidemias, que incluyen ancianos, mujeres y niños independientemente de que sean deformes o no. ¡Por favor! Todos los niños tienen igual derecho a una vida digna y al bienestar, porque la belleza verídica y más valiosa de un niño o una niña, o un hombre o una mujer, se lleva en el alma, no en el cuerpo, que puede tener unos rasgos físicos más o menos graciosos.

——Para finalizar, ——prosiguió el Maestro de Epidauro, con voz pausada, pero no menos firme—— los macarrónicos “Consejos” añaden apenas este escueto mensaje de gratificación moral para los médicos en cierne, una vez  que hayan elegido el ejercicio de la profesión, ya que por obra y gracia del birlibirloque o la nigromancia; el “egoísmo” de las “fieras humanas” y la contumaz agonía de los médicos se disipan repentinamente, para dar paso a la felicidad que otorgan:

 “la dicha de una madre, con una cara que sonríe porque ya no padece, con la faz de un moribundo a quien ocultas la llegada de la muerte”

 ——Se trata, Hijas mías, de uno de los documentos clásicos relacionados con la ética médica al cual se recurrirá con sostenida frecuencia, engañados unos por su lenguaje altisonante y a veces lagrimoso, como el que reviste el último párrafo. Otros quién sabe con cuáles aviesas intenciones; pero sobre el que creo, deberíamos, todos, meditar con un poco de más profundidad. ——En eso momento Esculapio levantó la voz y el Cayado, que llegó a poner sobre su cabeza como si fuera la batuta de un director de orquesta —adminículos éstos que como la varita mágica de los prestidigitadores, la vara del alcalde, el báculo de los obispos, el bastón de los mariscales, el cetro de los reyes, y aún el palo mecongo de los ñáñigos cubierto de piel de chivo y rematado en un gallo plateado, descienden directamente del garrote primitivo, tantas veces esgrimido por el Jefe del Clan en la época de las cavernas. Estacas que deben tener todas un común origen fálico, de divinidad, de poder y de mediación. A continuación, el Venerable Dios en un arranque de locuacidad —inesperado a estas alturas de su alegato—, dijo:

—— ¡Cómo atemperar el rijoso denuedo con el que, alegremente y con ínfulas fundacionales, algunos colegas, probablemente muy bien dotados de espíritu trashumante, pretenden enrolarnos en una asombrosa travesía, que nos transportaría del terreno de las fértiles cumbres del humanismo expresado con elegancia y alto vuelo, como le es propio a la auténtica literatura, a las áridas planicies del folletín y el melodrama, que exhiben, como siempre, principios éticos ramplones formulados con dotes literarias tan prominentes como un penoso vuelo gallináceo!. Con sinceridad, Hijas mías, he llegado a preguntarme ¿cuándo, haciendo honor a la verdad, nos referiremos al documento, en vez de por su título original, con el siguiente: “Los Malos Consejos de Esculapio”, o quizás, “Los Consejos de Satán”? Aunque, gracias a esta forma de pensar, apenas pueda librarme de pagar el precio de que no falte quien, debido a su ancestral idolatría por la tradición, me tilde de hereje, a pesar de ser un Dios del Olimpo con todas la certificaciones necesarias, ya que “Los Malos Consejos”, es indiscutible, que están impregnados de exultantes y torpemente encubiertas inclinaciones de animosidad y rencor hacia la humanidad y que durante su exposición, en no pocos momentos, se siente el hedor inconfundible del cruel cinismo que exhalan. ——El Insigne Anciano, en esos momentos, se paseaba de un lugar a otro transmitiendo toda la pasión de sus ideas, con el Caduceo ya apoyado sobre su hombro derecho, mientras sus hijas se separaban un tanto para abrirle paso a él y a sus palabras, que brotaban de sus labios como un torrente.

——Por estas razones, y al reflejar el ejercicio de la medicina como un angustioso calvario espiritual, el documento que se ha denominado “Los Consejos de Esculapio”, difícilmente puede aproximarse a ser un paradigma de lecciones o admoniciones para las generaciones presentes y futuras de médicos (6). Y por ahora, ¡he terminado! ——dijo hierático el Virtuoso Dios, al tiempo que se ajustaba, con ademán altivo, la capucha que llevaba por toda vestimenta, sabedor de que se había lanzado a fondo y degustando —sin advertir que prematuramente— el triunfo de su argumentación. Higea quedó impresionada por los razonamientos que acababa de escuchar; pero no tanto Panacea —que siempre fue más emotiva y sensual, que intelectual e ilustrada; y sobre todo, más frívola que profunda. Durante unos instantes se hizo un respetuoso silencio que hubiera dejado percibir el sonido de la piel de una serpiente al reptar, pero ni eso se oyó, porque yo, el único de dicha especie que se encontraba presente, quedé paralizado por todo lo que había escuchado y el ardor con que Esculapio había defendido sus puntos de vista. 

Higea se abrazó a su padre con ternura y consternación pues, finalmente, había descubierto el riesgo de que muchas personas, entre ellas jóvenes médicos o aspirantes a serlo, confundidos y sin un ápice de mala fe, llegaran a persuadirse de que tan sórdidos Consejos, inteligentemente colocados en boca de su padre por un despiadado impostor aprovechando su prestigio, eran contentivos de lo más excelso de la sabiduría y la ética médica de todos los tiempos; y dejaran fluir así las emanaciones tóxicas de las más egoístas y retrógradas cavilaciones, lubricadas con un lenguaje aparentemente elegante —pero que más parecía arrancado de una noveleta sensiblera y barata—, aunque no por ello menos embaucador.

               CONSUMACIÓN

Esculapio estaba decidido a presentar batalla sin dilación alguna; por ello manifestó su disposición de dar los primeros pasos para abortar la conjura y convocar a una asamblea de Dioses del Olimpo con el objetivo de esclarecer lo antes posible el fraude y sus opiniones sobre los temas tratados y así evitar la infición de las conciencias lánguidas. ¿Cuál no sería su sorpresa cuando fue inesperadamente interrumpido, nada menos que por una de sus propias hijas?

——Papi ——exclamó entonces Panacea con voz meliflua, hundiendo sus ojos, que parecían esmeraldas de Brasil, en los del Dios——, el Consejo de Familia me parece que aún no ha concluido. Yo tengo mis dudas ¿tú no crees que esas advertencias de los “Consejos” son buenas para que los alumnos sepan lo que les va a pasar si estudian medicina? Además, hay que tener en cuenta la época en que se escribió el documento…”la dicha de una madre”…la cara que sonríe porque ya no padece”… “la faz de un moribundo”.  No sé… ¡sigo pensando igual! ¡me gustan Los Consejos!

Al Ínclito Anciano le pareció que habían echado un cubo de agua casi congelada sobre su macilenta espalda desnuda y estuvo casi al borde del colapso. Pensó para sus adentros que hasta eso de “la faz de un moribundo a quien ocultas la llegada de la muerte” era discutible, pues se trata de un derecho del paciente y que incluso en algunos países sería penado por la ley no hacerlo; pero al decir “moribundo”,  existía un razonable margen para pensar que se refería a una persona en estado agónico —quizás ya oportunamente informada de las características de su enfermedad y su pronóstico—, por lo que prefirió no escarbar más en el asunto para no ser, de contra, tildado de extremista en sus apreciaciones, ya que, en definitiva, no era un asunto medular del documento. El Magnánimo Dios tuvo el buen tino y la presteza de ánimo de respirar profundo y contar hasta diez; tiempo suficiente para que los siglos de su existencia eterna le aconsejaran no insistir más por el momento, pues sabía que cuando su hija —que era terca como una mula— se cuadraba en sus trece, era irreductible al raciocinio. Optó por otra variante; se acercó entonces a ella y le pidió que se pusiera de pie, momento en que la miró con devoción diciéndole con voz queda:

——Esta actitud que has adoptado no hace sino confirmar mis temores con respecto al peligro potencial que encierra este panfleto malévolo. Para combatir sus ideas absurdas y patibularias es preciso un profundo y amplio desarrollo de la educación y la cultura, hay que desplegar una gran batalla de ideas que abarque todas las capas de la población y así poder superar con éxito manifestaciones ideológicas como ésta, próvida en fruslerías, arcaica pero con factura de lujo. Ello será inevitable y se realizará. Algún día, comprenderás todo lo que les he dicho a ti y a tu hermana en la tarde de hoy. Aunque puedo transmitirte con amor todos mis conocimientos, lamentablemente, no es posible hacer lo mismo, ni siquiera, con una sola de mis experiencias. Ésas, las tiene que vivir cada persona en carne propia. No obstante, sé que las palabras no caen en el vacío. ——Acto seguido dio un beso en la frente a Panacea y después hizo lo mismo con Higea; los tres se pusieron de pie y se apretaron entre sí visiblemente emocionados, al tanto que el Legendario Anciano —según su costumbre— sujetaba el cayado al que estaba yo liado, que esta vez, hizo pasar por detrás de los voluptuosos hombros de Panacea para apoyarlo unos instantes a un peñasco y así dejar las manos libres para el abrazo filial. Cuando mi cuerpo rozó la tersa piel de su espalda —el vestido que llevaba era muy abierto en el dorso— no me faltaron ganas, debido a un genuino y súbito impulso de ternura, de abandonar la dura estaca, eje de mi suplicio perenne, para deslizarme —en acto de fogosidad sublime— sobre la hermosa Diosa y abrazar con fervor, mediante sucesivos anillos concéntricos, sus muslos mórbidos, su talle magnífico, sus brazos y su torso, que podrían ser envidiados por la escultura que encarna la Victoria de Samotracia; pero me detuve, porque la joven no pudo evitar sustraerse a un respingo de asco al simple contacto con mi cuerpo liso y frío, lo que de inmediato —felizmente— sosegó mis impulsos lascivos, sin que hubiera otras consecuencias dada la solemnidad del momento. 

La tarde estaba cayendo y el sol despedía sus últimos destellos detrás de las nubes y las costas del Peloponeso en el golfo Sarónico.

Mientras… el libelo maldito seguía circulando y difundiéndose, penetrando en el tiempo inexorablemente, como una flecha emponzoñada —con adornos de oropel y la punta, afiladísima, envuelta en terciopelo.

    Notas

 1.      González Lemes Ivet. Un Rito Giró la Manecilla de Europa a África. Orbe. Semanario Internacional Editado por Prensa Latina. Sección de Ciencia y Técnica. 30 de Diciembre al 5 de Enero del 2007. Pag. 13

2.      Se ha señalado que los llamados “Consejos de Esculapio” forman parte del “Corpus Hipocrático” conjunto de escritos legados por los más sabios médicos de la Grecia Antigua, muchos de ellos de gran valor, a pesar del tiempo transcurrido. Este conjunto de escritos se conoce con ese nombre, debido a la gran fama de Hipócrates, reconocido como Padre de la Medicina, que fue un destacado y famoso médico griego que vivió en la isla de Cos y se estima que nació aproximadamente en el 460 A de J. C. Ver, en esta misma sección el trabajo titulado: “Hipócrates, los juramentos médicos y el médico cubano en la Cuba de hoy”. Se ha respetado fielmente la ortografía de la fuente donde se obtuvo el documento titulado “Los Consejos de Esculapio”. Fuente: Versión moderna que repartían entre los médicos cubanos diferentes laboratorios de productos farmacéuticos por las décadas de 1940 y 50. Universidad Virtual. Infomed.

3.      En la obra testimonio de Ernesto Che Guevara, Pasajes de la Guerra Revolucionaria, aparecen múltiples ejemplos del trato humano dado a los prisioneros por el Ejército Rebelde, lo que incluye de manera destacada la atención a los heridos, en ocasiones, con extrema escasez de medicamentos y material de curación. Referencia: Guevara E. Pasajes de la Guerra Revolucionaria Cuba 1959-1969.. Editorial Política. La Habana 2004.

4.      Recientemente en la XXX Cumbre del MERCOSUR, en donde tuvo una destacada e histórica participación, el Presidente Fidel Castro hizo énfasis en el respeto y consideración que generan los médicos durante el desempeño de su profesión. “Todos los respetan…” dijo el Comandante en Jefe.

5.      Cuando el centauro Neso atacó a Deyanira, esposa de Hércules, éste lo hirió con una flecha de las que había envenenado con la sangre de la Hidra —monstruo que vivía en un pantano en Lerna y tenía nueve cabezas. Una cabeza era inmortal y, cuando le cortaban cualquiera de las otras, crecían dos en su lugar. Hércules quemó cada cuello mortal con una antorcha para impedir que crecieran las dos cabezas y sepultó la cabeza inmortal bajo una roca. Después mojó sus flechas en la sangre de la Hidra para envenenarlas—. El centauro moribundo dijo a Deyanira que tomara un poco de su sangre que, según él, era un poderoso filtro de amor; pero era, en realidad, un veneno. Al creer que Hércules se había enamorado de la princesa Yole, Deyanira le envió una túnica mojada con la sangre de Neso. Cuando se la puso, el dolor causado por el veneno fue tan grande que se mató arrojándose a una pira funeraria. Después de su muerte, los dioses lo llevaron al Olimpo y lo casaron con Hebe, diosa de la juventud.

6.      En esta misma sección de Infomed se ha publicado un trabajo, del que también es autor quien suscribe el presente artículo, titulado: “Los Consejos que Esculapio Apartó”.  En el mismo se hace una reseña de una serie de consideraciones omitidas en los “Los Consejos de Esculapio”, que acabamos de analizar y se abordan temas relacionados con el enorme compromiso social de los médicos y la importancia de la lealtad a su pueblo y a su patria, a la vez que se tocan otros aspectos éticos de notable interés para los profesionales de la medicina y los trabajadores de la salud en general.