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La responsabilidad moral de los profesionales de la salud en las acciones más sencillas del actuar cotidiano

Prof. María del Carmen Amaro Cano Profesora e Investigadora Auxiliar de Salus Pública. Presidenta de la Cátedra de Bioética FCM “Gral. C. García”

El Diario Médico de Galicia, España, comentaba el pasado 13 de enero de este año, un artículo de Javier Álvarez-Cienfuegos, publicado en el Periódico Tribuna, titulado: “Cumplir los pequeños detalles reduciría notablemente los efectos adversos”

 

El comentario se iniciaba con una referencia al hecho de que, en tanto la sanidad nacional se desvive por la innovación y la inauguración de modernos equipos tecnológicos, se está dejando de lado tareas sencillas, como el lavado de manos, que resultan fundamentales para reducir los efectos adversos de la práctica clínica.

 

El artículo hace referencia a los avances científicos más relevantes del año 2008 publicados por la prestigiosa revista Science, entre los cuales se encuentra, en primerísimo lugar, la reprogramación celular, descrita el pasado año 2006 Shinya Yamanaka, en tanto la figura destacada de la primera mitad del siglo XIX, que fuera el gran protector de las mujeres parturientas, ha quedado prácticamente en el olvido, no solo teórico, sino también en la práctica, lo que resulta aun más peligroso. El destacado médico húngaro, Ignaz Philipp Semmelweis (1818-1865), resulta un gran desconocido para las nuevas generaciones de profesionales sanitarios.

 

Hace ya más de un siglo y medio que Semmelweis demostró la eficacia del lavado de manos con una solución de cloruro cálcico, antes y después de examinar a un paciente, en la drástica reducción de la mortalidad materna causada por la sepsis puerperal (de un 26 por ciento al 1 por ciento). No obstante este gran aporte a la medicina clínica y a la salud pública, Semmelweis fue expulsado de Viena, falleciendo en un hospital psiquiátrico en Hungría, su país natal, en el mayor de los ostracismos y sin ningún reconocimiento a sus sencillos y eficacísimos métodos de higiene hospitalaria.

 

Lo peor de todo en estos gestos de ingratitud que rodearon la figura de Semmelweis es que hoy día el grado de cumplimiento de los profesionales de la salud en el lavado de manos no supera el 40 por ciento, dato que a simple vista resulta relevante para ser destacado en las publicaciones científicas de medicina y enfermería, fundamentalmente.

 

El autor del comentario llama la atención de que, en lugar de eso, las publicaciones científicas en el campo de las ciencias de la salud de la segunda mitad del pasado siglo XX y los primeros años de este nuevo milenio están cada vez más relacionadas con el culto a la tecnología y a la novedad científica. A diario se promete incluso soluciones a enfermedades crónicas como el Alzheimer, el Parkinson y la diabetes, y el uso de tratamientos personalizados del cáncer; lo que evidencia un triunfalismo carente de moderación y realismo.

 

Tiene razón el comentarista, pues las noticias acerca de la incorporación de equipos novedosos, tecnologías de avanzada y de enfermos recuperados exitosamente tras intervenciones quirúrgicas complejas hacen olvidar las medidas ordinarias en la actividad cotidiana.

 

Esa actividad cotidiana de las instituciones de salud, las Hogares de Ancianos y, muy especialmente los hospitales, ofrece oportunidades de mejora de la calidad de la atención con pocos medios, algunos tan sencillos como el lavado de las manos con agua y jabón antes y después de explorar un enfermo, lo que se reflejaría de inmediato en una ostensible disminución de las infecciones nosocomiales.

 

Recientemente se publicó en los EUA un artículo en el cual la compañía aseguradora más importante de Estados Unidos (Medicare) dejará de abonar sus gastos derivados en 2008 a los centros hospitalarios donde ocurran complicaciones teóricamente prevenibles. De siete de los eventos enunciados, cuatro están relacionados con infecciones nosocomiales.

 

De igual forma, el artículo de Javier Álvarez-Cienfuegos publicado en Tribuna, refiere cómo la Joint Commission International ha mantenido entre los objetivos prioritarios para 2009 la prevención de la infección de sitio quirúrgico. Asimismo hace referencia a que, tanto en Europa como en Estados Unidos, han sido los periódicos los que han destacado el fallecimiento de pacientes por infecciones nosocomiales (Staphylococcus aureus, Clostridium difficile, etc.) y, a su vez, han puesto de manifiesto las pobres condiciones de limpieza e higiene del personal sanitario y de las instalaciones hospitalarias.

 

Lo más lacerante de todo esto es que se conoce bien por parte de los profesionales de salud las consecuencias de las transgresiones de las normas de asepsia y antisepsia, tales como: prolongación en los días de ingreso hospitalario por la sepsis diagnosticada y tratada en el post-operatorio, reintervenciones quirúrgicas, reingresos y, lo peor de todo, fallecimientos.

 

Ante esta situación, entre otros cuestionamientos, cabría preguntarse: ¿por qué no somos capaces de eliminar esas complicaciones?, ¿por qué se descuidan los pequeños detalles, lo aparente irrelevante? Los profesionales de salud saben bien que la omisión de las cosas pequeñas suele tener consecuencias devastadoras para los pacientes.

 

El comentarista, en su artículo para Tribuna, hace alusión a las catástrofes aéreas con elevado número de muertos, que aparentemente fueron pequeños descuidos. De estos lamentables hechos las compañías aseguradoras de instituciones de salud han tomado experiencias y, en consecuencia, han tomado medidas, algunas de ellas implantadas con éxito en áreas hospitalarias de alto riesgo (como quirófanos, cuidados intensivos, etc.).

 

Frente a los grandes impactos causados por las nuevas tecnologías es posible pronosticar que la excelencia en los resultados, en el campo de las ciencias de la salud, suele ir aparejada con el silencio y el cuidado de los detalles, aunque resulte difícil la construcción de nuevos valores profesionales y el fortalecimiento de los valores ciudadanos y personales porque frecuentemente se alaba lo estrambótico y lo extraordinario.

 

La forma en que se experimenta e interpreta, en su sentido más amplio, ha hecho que el mundo depende de la clase de ideas que llenan las mentes ciudadanas. En este sentido resulta interesante lo expresado por el doctor Ernst Friedrich Schumacher, que publicó en 1973 un libro realmente premonitorio de lo que ocurre en la actualidad (Small is beautiful. 1978. Edit. Crítica/Alternativas). Este científico aseguraba que, mientras no se sepa descubrir la importancia y la grandeza de las cosas aparentemente irrelevantes, pequeñas y ocultas en el quehacer cotidiano, los profesionales de salud, independientemente de sus grados de especialidad, sus categorías de investigadores, docentes y científicas, continuarán equivocándose y, de seguro, estas profesiones convertirán su actividad en algo gris, rutinario y aburrido. Se convertirá lo fácil en difícil, lo inocuo en peligroso, lo benévolo en dramático, lo feliz en tragedia.

 

Todo parece indicar que no pocos médicos y enfermeras en la actualidad han olvidado que la responsabilidad es un principio ético de todas las profesiones; pero que en el caso de las profesiones sanitarias está relacionada directamente con valores muy preciados: la vida y la salud.

 

Responsabilidad significa prever las posibles consecuencias inmediatas y mediatas de los actos, pues deberá asumirlas. El profesional sanitario responsable está respetando la dignidad de las personas que atiende, que no es más que reconocerles a esas personas el derecho a ser respetados. ¿Y qué mejor expresión del respeto a esas personas que prevenir las posibles consecuencias peligrosas para ellas y actuar para evitarlas?.....

 

En el caso de los profesionales cubanos no podemos olvidar que la transgresión del respeto a la dignidad de las personas constituye una flagrante violación del principio ético fundamental de la Revolución Cubana, que con orgullo conmemora este año su aniversario 50. Pero también constituye una violación de la Carta Magna de la Nación, pues en el preámbulo de ella está materializado el sueño del autor intelectual del Asalto al Cuartel Moncada: “Quiero que la Ley Primera de mi república sea el culto a la dignidad plena del hombre”.