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Fechas Memorables

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Diciembre 29 de 1776. Nacimiento del iniciador de la lucha contra el escolasticismo en Medicina en Cuba

Autor: Lic. José Antonio López Espinosa
Centro Nacional de Información de Ciencias Médicas

El nombre de Manuel J. Calves González se inscribe en los fastos históricos de la ciencia en Cuba, por cuanto fue el primer cubano que expuso y defendió públicamente el sistema de Copérnico en el seno de la Universidad Pontificia de La Habana y el iniciador de la lucha contra el escolasticismo en Medicina en el territorio nacional.
Fruto del matrimonio constituido por los habaneros Lucas Calves Fernández y María Josefa González de Ocampo, vino al mundo en la misma ciudad que sus progenitores el 29 de diciembre de 1776. Comenzó a estudiar Filosofía en abril de 1792 en el Convento de San Agustín, donde cursó Lógica, Metafísica y Física general, materias en las que obtuvo magníficos resultados al decir de su lector en Artes, el fraile Joaquín Salazar. Su profesor de Texto aristotélico en el Convento de San Juan de Letrán, el doctor José Rafael de los Santos, certificó que los cursos de esta materia los venció con “regular aprovechamiento”. Tras terminar sus estudios de Filosofía en 1794 comenzó de inmediato la carrera de Medicina en la Universidad. Al terminarla, aspiró al grado de Bachiller en Artes y en el cuestionario que presentó al efecto incluyó dos proposiciones en Física, en las cuales expresó su adhesión al sistema de Copérnico. En una de ellas declaró que “el lugar principal lo ocupa el sol” y en la otra se pronunció porque  “en lo que respecta al sistema del mundo, los fenómenos se ven, se explican y se acomodan mejor por el sistema de Copérnico”.
El hecho de sostener tal doctrina en un acto público en la Universidad, regida entonces por los frailes dominicos, y en una época en que estaba prohibida por la iglesia católica, constituyó una audaz conducta por parte del examinando y una prueba de su vigor intelectual y de su independencia de criterio. El Tribunal examinador lo aprobó y obtuvo el grado de Bachiller el 8 de julio de 1797. 
En diciembre del año siguiente se presentó como aspirante a graduarse de Bachiller en Medicina y con ese fin sometió a la consideración del Pro-Decano  José Julián de Ayala González (1750-1818), el cuestionario a defender, según exigía el Reglamento. Esto originó una aguda controversia entre ellos, al punto de que Ayala lo increpó públicamente y lo amenazó con reprobarlo si no incluía en el cuestionario proposiciones de carácter dogmático. Calves no sólo rechazó la imputación, sino también defendió su prerrogativa de seleccionar con entera libertad las materias a incluir en su tesis y acusó a Ayala ante el Rector por haberlo llamado insolente, cuya expresión calificó de “ignominioso título”.
Es indudable que este pleito tuvo una gran trascendencia, en tanto señaló de modo inequívoco que con él había comenzado la lucha entre lo experimental y lo dogmático en el seno de la Universidad. También es posible que la defensa pública de la teoría copernicana le haya ganado a Calves la fama de opositor a los criterios imperantes en la enseñanza universitaria.
En la investigación practicada a tenor de esa denuncia contra el doctor Ayala, los testigos propuestos por Calves (el carpintero y el boticario del hospital de San Ambrosio) corroboraron lo que él había manifestado, lo cual conllevó que las autoridades de la Universidad resolvieran la separación del Pro-Decano del Tribunal de examen y ubicar en su lugar a quien correspondiera según el orden de antigüedad.
De esta resolución se pudo traducir claramente el inicio de la penetración en la Universidad de nuevas corrientes científicas, que se habían ido formando en virtud de las necesidades generadas por el surgimiento de condiciones socio-culturales de una naturaleza cualitativamente distinta. Fue justamente durante el bienio 1797-1798 que se produjo la eclosión científica como culminación de un lento y laborioso proceso de integración de conocimientos de la naturaleza, en pugnaz contienda contra el escolasticismo.
En definitiva Calves resultó aprobado y se le expidió su título de Bachiller en Medicina el 14 de diciembre de 1798. Al cabo de casi un mes, exactamente el 8 de enero de 1799, comenzó sus prácticas con vista a obtener la licencia para el ejercicio legal de la profesión, las cuales terminó el 18 de febrero de 1803. Tras cumplir este requisito, se presentó al Real Tribunal del Protomedicato y sufrió el examen impuesto por éste en el Hospital Real de Marina, el cual aprobó y le valió para que se le otorgara el derecho oficial para ejercer la Medicina el 22 de febrero del mismo año 1803.
Es lamentable que hasta ahora no se hayan encontrado rastros acerca de su actividad profesional, si se tiene en cuenta lo que representó en la controversia entre lo experimental y lo dogmático. Es muy probable que haya abandonado la isla de Cuba, dada la hostilidad que le rodeaba en los medios académicos. De cualquier manera, del análisis realizado en este breve trabajo, se desprende lo justo de considerar el día de su nacimiento como una fecha memorable en los anales de la Medicina cubana.

 

BIBLIOGRAFÍA 

Alonso Porro I. El año del boom, 1797. En: En Red. Suplemento científico técnico del periódico Juventud Rebelde 1997;(13):3.
Archivo Central de la Universidad de La Habana. Expediente 2004 de 1797.
Archivo de la Parroquia del Espíritu Santo. Libro 12 de bautismos, libro94v.
Calves González MJ. Scientia, fidees, etopinio, ineadem mente de eadem re, simul esse pessunt. Tesis en opción al grado de Bachiller en Artes. Havana: Real y Pontificia Universidad del Máximo Doctor San Jerónimo; 1797.
----. Consultate ratione, et experientia saquentium conclusionum veritates querenti demostrabo. Tesis como aspirante al título de Bachiller en Medicina: Havana: Real y Pontificia Universidad del Máximo Doctor san Jerónimo; 1798.

Diciembre 24 de 1824. Impresión de la primera obra de Obstetricia escrita en Cuba

Autor: Lic. José Antonio López Espinosa
Centro Nacional de Información de Ciencias Médicas

El doctor Domingo Rosaín Castillo (1791-1853), médico cubano que se hizo cirujano romancista en 1810, bachiller en Artes en 1813, bachiller en Medicina en 1816, catedrático de Vísperas y doctor en Medicina en 1822, había realizado sus prácticas con el cirujano madrileño licenciado Francisco Lubian (1753-1829), considerado en aquellos tiempos una de las personalidades de más prestigio en el ejercicio de la Obstetricia, y del cual derivó aquél su amor por esa especialidad. Muy contados eran los cirujanos cubanos que mostraban entonces todas las habilidades necesarias para la práctica del arte de partear, con independencia de que, con la excepción de los de Rosaín y los de algún otro especialista, apenas se conservan escritos de la época que den fe acerca de la pericia e inteligencia de otros que se dedicaron a esta disciplina.
En 1824, en su condición de Fiscal de parteras del Tribunal del Protomedicato de La Habana, Rosaín notó lo escasa y deficiente de la enseñanza que se les impartía a las aspirantes a ejercer esa profesión, no sólo por la falta absoluta de una escuela, en la que ni se había pensado todavía, sino también por la ausencia de un texto para su preparación teórica con conocimientos más profundos en relación con una tarea de tanta responsabilidad. Ello le sirvió de motivación para escribir un folleto que tituló “Examen y cartilla de parteras”. Este manual de 44 páginas, que se imprimió por el impresor de la Real Marina José Boloña el 24 de diciembre de 1824, fue la primera obra escrita y publicada en la isla de Cuba sobre el particular.
Su redacción obtuvo carácter oficial con la autorización de los protomédicos doctores Lorenzo Hernández (1761-1832) y Juan Pérez Delgado (1769-1831), quienes a su vez lo habían sometido el 15 de noviembre a la consideración del Excelentísimo Señor Gobernador con una comunicación, en parte de cuyo texto decía:
“... que en cumplimiento de su instituto y en obsequio de la humanidad ha tenido á bien nombrar dos profesores del arte obstetrice bien conocidos en este público por su idoneidad y datos positivos que los acreditan para que formasen una cartilla con el título de Exámen de Parteras la que contiene todo lo necesario y preciso al efecto para la instrucción de dichas parteras. El Dr. Domingo Rosain y el Ldo. Francisco Lubian han cumplido puntualmente con su comisión; han presentado su obra y la han leido íntegramente ante este Tribunal, que hallándola arreglada á las doctrinas de los mas clásicos autores, la aprueban en la parte que les corresponde”.
El Capitán General dispuso el 26 de noviembre la publicación del folleto, en cuya introducción escribió Rosaín:
“...contiene en sí lo más preciso que debe saber una Partera, que es á quien solo me dirijo, como lo conocerán todos los Profesores de mi Arte”.
A principios de 1828, el doctor Rosaín presentó por escrito a la Real Sociedad Patriótica, de la que era socio, una instancia que acompañó con varios ejemplares de la cartilla y en la cual dio a conocer su criterio acerca de la conveniencia de que se pusiera en funcionamiento una academia del arte de partear con el auspicio de esa institución. El 15 de febrero de ese año publicó en el Diario de la Habana un oficio con el reglamento de parteras y en el que se exigía a todas las que aspiraban a practicar ese arte se matricularan en el curso que él impartiría en el Hospital de San Francisco de Paula. El 15 de junio siguiente tuvo lugar la apertura de la Academia de Parteras bajo el patronato de la Sociedad Patriótica y apoyada por el Obispo Espada, con el doctor Rosaín como profesor y con el “Examen y cartilla de parteras” como texto docente. El establecimiento prestó servicios muy valiosos, tanto a las aspirantes a parteras como a las pacientes que debían someterse a sus cuidados, hasta que dejó de funcionar en 1833.
Con su incorporación ese año a la vacunación antivariólica, la tarea más importantes de su época, Rosaín se consagró al desarrollo de la medicina profiláctica en el barrio de Guadalupe. La Sociedad Económica lo designó vacunador por aclamación un nime y esta función la desempeñó hasta su fallecimiento, ocurrido el 12 de noviembre de 1853, producto de una hemorragia cerebral.
Era un trabajador infatigable y gozaba de buena reputación como comadrón, condición acreditada por su numerosa clientela y por las complejas e importantes operaciones obstétricas para su tiempo que practicó. En esa faceta asumió, como ya se ha apuntado, el papel protagónico en la fundación y funcionamiento de la Academia de Parteras y en la autoría de la primera obra de Obstetricia escrita en Cuba, la cual constituye el argumento fundamental de este breve trabajo, redactado justamente para recordar la fecha de su impresión.

BIBLIOGRAFÍA

Calcagno F. Diccionario Biográfico Cubano. New York: Imprenta y librería de Ponce de León, 1878. p. 557.
Cowley RA. Breves noticias sobre la enseñanza de la Medicina en la Real y Pontificia Universidad del Máximo Doctor S. Jerónimo. Habana: Imprenta y Librería de A. Pego, 1876. p. 214-217, 328-329
Dr. Domingo Rosaín. La Clase Médica1909;3(5):6-7.
Martínez Fortún Foyo JA. El Diario de la Habana en la mano. Índices y sumarios (años de 1812 a 1848). La Habana: s/e, 1955. p. 27.
Ramírez Olivella J. Bosquejo histórico y evolución de la Obstetricia en Cuba, desde los indígenas hasta nuestros días. Rev Cubana Obstet Ginecol 1942;4(3):109-135.
Rosaín D. Examen y cartilla de parteras, teórico practica. Habana: Oficina de Don José Boloña, 1824.
Rosaín D. Necrópolis de la Habana. Historia de los cementerios de esta ciudad. Habana: Imp.“El Trabajo”, 1875. p. 334-350
Torriente Brau Z de la, López Sánchez, J. Bibliografía Científica Cubana (1790-1848). La Habana: Editorial Academia, 1979. p. 89, 93, 108
Trelles CM. Biblioteca Científica Cubana. T2. Matanzas: Imprenta de Juan F. Oliver, 1919. p. 329.
 

 

Diciembre 8 de 1892. Investidura de la primera mujer cubana con el título de Doctor en Farmacia

Autor: Lic. José Antonio López Espinosa
Centro Nacional de Información de Ciencias Médicas

El jueves 8 de diciembre de 1892 tuvo lugar en el Aula Magna de la Real Universidad de La Habana un acontecimiento de gran significación, pues ese día se le confirió allí el título de Doctor en Farmacia por primera vez a una mujer cubana. El hecho cobró aún mayor trascendencia cuando el doctor José Práxedes Alacán Berriel (1866-?), tutor de la agraciada, la señorita María de Jesús Pimentel Peraza, anunció que la perseverante y estudiosa joven había logrado un honor poco frecuente entre las de su sexo, por cuanto era la primera mujer graduada de Doctor en Farmacia no sólo en Cuba, sino en todos los dominios españoles.
Para dar fe del prestigio de quien hiciera pública una afirmación de tanta importancia, procede argumentar que en febrero de 1894 fue elegido el doctor Alacán académico numerario de la Academia de Ciencias Médicas, Físicas y Naturales de La Habana; que desde 1907 hasta 1913 fue el Vicesecretario de la corporación y que entre 1921 y 1923 su Tesorero.
Teniendo en cuenta la significación de este hecho histórico y las pocas posibilidades de acceder a los documentos que lo acreditan, se decidió reproducir tanto el discurso de presentación del doctor Alacán, como el discurso de gracias de la graduada, a fin de que su contenido esté disponible por este conducto para los interesados en el tema.

Discurso de presentación:
Excmo. e Iltmo. Sr. Rector:
Ilustre Claustro:
Señores:

Para la historia de la Farmacia en Cuba, en cuanto a la serie no interrumpida de sus legítimos representantes, en cuanto a los que, con brillantez los unos y modestamente los otros, han venido y vienen divulgando sus importantes enseñanzas, que tanto sirven a la Medicina, para la realización de los humanitarios fines que noblemente persigue, el día de hoy resulta memorable, de aquellos que el destino colora de rosa en los registros del tiempo; porque hoy por vez sin precedente aspira la hermosa y la buena compañera que la providencia, en su bondad infinita, otorgó al hombre, a cubrir su encantadora e inteligente cabeza con la morada borla de los Doctores en Farmacia.
Y por cierto, Excmo. Sr. y Sres. que la mujer que este día de recordación gratísima honra a su sexo, proveyéndole de la mayor de las distinciones académicas en el campo de los estudios farmacéuticos no puede ser, para ese levantado objeto, ni más meritoria ni más digna. Porque mi apadrinada, la Srta. Da María de Jesús Pimentel y Peraza no vino a estas aulas a suplicar honores en la ciencia a título de mujer, por ser la mujer quien es, dueña y señora del que es señor y dueño de las cosas de la tierra.
Lejos, muy lejos de ella pretensión tan abusiva. Lejos, muy lejos de ella el propósito de tan disculpada injusticia. Llegó aquí para luchar, sin concesiones, al igual que sus compañeros, con decisión, con entusiasmo, por la conquista de la verdad científica; y así luchando sin vacilaciones, sin tibiezas, sin desmayos, triunfó con toda legitimidad en su noble empeño. Si saber quereis los sobresalientes que esmaltan su brillante carrera universitaria, os bastará contar sus actos académicos.
Ciña pues -porque el derecho lo exige, no porque la galantería lo recomiende- las sienes de mi inteligente apadrinada, como recompensa en justicia a sus relevantes méritos, el birrete morado, símbolo del supremo magisterio en la ciencia gemela de la Medicina, con la que libra a diario recias batallas con la muerte por la vida del hombre.
Hacedlo así -yo os lo suplico- Excmo. Sr. en virtud de las superiores facultades que os han sido delegadas. Y bienvenida sea al Claustro ilustre de la Universidad de La Habana la benemérita adolescente, distinguida tres veces, por su virtud, por su belleza y por su talento, a quien con el mayor de los honores apadrino, la primera mujer que se titulará Doctora en Farmacia en todos los dominios españoles.
He terminado.

Discurso de gracias

Excmo. e Iltmo. Sr. Rector:
Ilustre Claustro:
Señores:

Desde aquel día de grandes esperanzas en que llegué a las puertas de este santuario donde vosotros, apóstoles de la enseñanza, explicais inspirados los misterios de la ciencia; desde aquel día en que niña aún, pero ya instintivamente idólatra del progreso, vine a pediros un puesto en estas aulas, laboratorio de la idea; desde aquel día en que comencé a vivir con vuestras señorías la vida de la ciencia, la vida de la fraternidad que se respira en estos claustros, templos levantados a la ilustración; desde aquel día, en fin, de santas aspiraciones, hasta el de hoy de ardientes alegrías en que me habeis honrado con la suprema de las distinciones académicas, alzándome hasta vosotros, los maestros, y abriéndome un sitio entre los propagadores de la verdad científica, hora por hora y momento por momento he recogido de este ilustre instituto beneficios que no debo olvidar y que nunca olvidaré; beneficios que me constituyen en deudora de tal reconocimiento, que me acompañará hasta el sepulcro, hasta donde alentará también en mí el delicioso recuerdo de esta Universidad querida, teatro de mis afanes y madre cariñosa que se goza en recompensar con largueza los desvelos de sus hijos.
Y si a vosotros, mis maestros venerados, os debo inmensa e imperecedera gratitud, débola también al joven catedrático que se ha dignado presentarme ante este Claustro benemérito, a recoger el lauro por el que he venido aspirando.
Gratitud para todos guardará mi corazón, que no conoce el olvido de los beneficios; y al daros testimonio público de esta mi gratitud en cumplimiento de la ley universitaria, y al decir mi adiós de despedida a estas aulas que siempre recordaré cariñosamente, debo prometeros y os prometo que llevaré impresos en mi alma los saludables consejos que de vuestros labios con avidez he recogido y que procuraré hacerme digna del alto honor con que me habeis distinguido.
He dicho.

BIBLIOGRAFÍA

Alacán Berriel JP. Discurso de Presentación. Rep Med Farm Habana 1893;4:1-2.
Grado de Doctor. Rep Med Farm Habana 1892;3:424.
Índice biográfico de los miembros de la Academia de Ciencias Médicas, Físicas y Naturales de La Habana. La Habana: Compañía Editora de Libros y Folletos; 1942. p. 6.
Pimentel MJ. Discurso de gracias. Rep Med Farm Habana 1893;4:2-3.
----. Tesis de Doctorado. Rep Med Farm Habana 1893;4:3-15.
 

 

Diciembre 8 de 1872. Inauguración del primer establecimiento de hidroterapia que funcionó en Cuba

Autor: Lic. José Antonio López Espinosa
Centro Nacional de Información de Ciencias Médicas

Se conoce por hidroterapia al procedimiento terapéutico consistente en emplear el agua para el tratamiento de las enfermedades, sobre todo en forma de duchas, baños y abluciones. La primera referencia que se tiene acerca del comienzo de la práctica de este método en Cuba, data de los años finales de la década de 1860 y primeros de la de 1870, con el doctor Eduardo Belot (1830-1898) como principal protagonista.

El doctor Eduardo Belot, hijo de franceses, nació en La Habana el 20 de julio de 1830 en la antigua casa de su padre, el doctor Carlos Ignacio Nepomuceno Belot (1793-18?), contigua a la quinta de salud que llevaba su nombre, ubicada en el fondo de la bahía en el ultramarino pueblo de Regla, exactamente en terrenos donde hoy día radica la refinería “Ñico López”. Desde temprana edad fue enviado a París, ciudad donde realizó todos sus estudios, con inclusión de los de la carrera médica, con notable aprovechamiento. Luego de su graduación y de ostentar el título de Doctor en Medicina, contrajo matrimonio con la hija del Director del Conservatorio de Música de la capital francesa y regresó a La Habana para hacerse cargo de la casa de salud “San Carlos” de su padre.

En 1869 fundó otra casa de salud, denominada “San Rafael”, en la calle Reina No. 149,  en la que hizo sus primeros ensayos de hidroterapia en un departamento con bastantes deficiencias en el orden material para someter a los pacientes a ese método terapéutico. No obstante este inconveniente, obtuvo magníficos resultados y ello lo incitó a fundar en la calle Prado un establecimiento especializado en ese procedimiento. La apertura al público de esa unidad sanitaria, el 8 de diciembre de 1872, constituyó un acontecimiento de gran relevancia para las ciencias médicas en Cuba. Prueba de ello es la gloria que con justo título ostenta desde esa fecha  el doctor Belot como el fundador de la hidroterapia en la isla.

El funcionamiento de la casa de salud hidroterapéutica del doctor Belot fue tan positivo, que hasta la prensa anunciaba las recomendaciones de allí procedentes en cuanto a la efectividad de los baños para curar o aliviar varias enfermedades y síntomas como las parálisis, las epilepsias, el ahogo, la bronquitis y las afecciones de útero y ovario, entre otras.

Al igual que su padre, dominaba varios idiomas. Además del español, hablaba el inglés, el francés y el alemán, cuyos conocimientos, unidos a los de Medicina, lo hicieron aparecer como un médico distinguido que gozó de una gran clientela. En lo particular, era un hombre culto y bondadoso, tanto en el seno familiar como en el ámbito de sus amistades.

Falleció poco antes de cumplir los 68 años de edad, víctima de una enfermedad que se le presentó de repente, el 10 de julio de 1898.

A 136 años de la inauguración de su establecimiento hidroterapéutico, el primero que funcionó en la isla de Cuba, y a 110 de su deceso, se trata de honrar su memoria con este modesto trabajo.

 

BIBLIOGRAFÍA

Gómez Luaces E. Regla: su aporte a la Medicina cubana en el siglo XIX. Cuad Hist Salud Pub 1973;(57):24-28.
López Serrano E. Efemérides médicas cubanas. Cuad Hist Salud Pub 1985;(69):71.
Necrología. El doctor Eduardo Belot. Cron Med Quir Habana 1898;23(13):208.
Rodríguez Prieto JM, ed. Diccionario Terminológico de Ciencias Médicas. T1. La Habana: Editorial Científico-Técnica; 1984. p. 485.

Diciembre 3 de 1933. Instauración del “Día de la Medicina Americana"

Autor: Lic. José Antonio López Espinosa
Centro Nacional de Información de Ciencias Médicas

El martes 3 de diciembre de 1833 fue para los entonces habitantes de la isla de Cuba y de todo el mundo un día como otro cualquiera, pues nada presagiaba que el nacimiento de un niño, como otros tantos que vieron la luz por primera vez la misma fecha, convertiría con el tiempo a ese día en una efemérides gloriosa en los anales de la Medicina. Así fue porque el matrimonio residente en la villa de Puerto Príncipe, integrado por el escocés Edward Finlay Wilson y la francesa Marie Elizabeth de Barres de Molard trajo al mundo ese martes a un pequeño que, 47 años después, proclamaría su teoría de la transmisión de enfermedades de un sujeto enfermo a otro sano por vectores biológicos chupadores de sangre.
Ese niño, devenido en científico, aplicó dicha teoría a la solución del misterio acerca de la propagación de la fiebre amarilla, enfermedad que desde 1762 era endémica en Cuba donde había producido considerable número de víctimas, y descubrió al mosquito Aedes aegypti como el único agente capaz de transmitirla. Por si eso hubiera sido poco, creó el método experimental de producir formas atenuadas del mal en los seres humanos, lo que además de permitirle comprobar la veracidad de sus concepciones y descubrimientos, le posibilitó el estudio de los mecanismos inmunológicos de las enfermedades infectocontagiosas. Por otro lado formuló las reglas básicas para erradicar al mosquito, que todavía se aplican como medida preventiva, con lo que dio inicio al procedimiento sanitario social conocido como lucha antivectorial.
Por sus grandes contribuciones para librar al hombre de los terribles estragos de la fiebre amarilla y erradicar otras enfermedades, se le considera al doctor Carlos J. Finlay Barrés un benefactor de la humanidad y el más grande científico cubano de todos los tiempos.
En el acta de la sesión de la Junta de Gobierno de la Academia de Ciencias Médicas, Físicas y Naturales de La Habana del 12 de diciembre de 1932, consta la proposición de nombrar una comisión que se encargara de los preparativos para conmemorar al siguiente año el centenario del natalicio de Finlay.
Esta iniciativa de celebrar con solemnidad los 100 años del nacimiento del sabio cubano, había sido lanzada mucho tiempo antes por el doctor Jorge Le Roy Cassá y fue el día de esa reunión que adquirió carácter oficial. Más aún, en el acta de la referencia se hizo también costar que el entonces joven médico Horacio Abascal Vera, preocupado porque una vez que transcurriera la fecha del 3 de diciembre de 1933 desaparecería de la escena una efemérides tan gloriosa, sugirió como forma de perpetuarla la realización de las gestiones pertinentes para constituirla como “Día de la Medicina Americana”, de manera que todos los países dieran cuenta esa fecha de sus progresos, tanto en el área médica en particular, como en los aspectos económicos y culturales en general, en los cuales la obra de Finlay había ejercido una influencia favorable.
Tras las deliberaciones de rigor, se designó la comisión, cuya denominación respondió a las propuestas de los mencionados doctores Le Roy y Abascal. En virtud de ello se bautizó con el nombre oficial de Comisión del Centenario del Nacimiento de Finlay y del Día de la Medicina Americana. Este colectivo funcionó bajo la presidencia del entonces Presidente de la Academia, doctor Francisco M. Fernández, auxiliado por cuatro Vicepresidentes, a saber, los doctores José A. Presno Bastioni, Presidente saliente de la Academia; Manuel Martínez Cañas, Presidente de la Sociedad de Estudios Clínicos de La Habana, en la cual Finlay dio a conocer gran parte de sus trabajos fundamentales; José A. López del Valle, colaborador de Finlay en su obra de erradicación de la fiebre amarilla y Antonio Díaz Albertini, también colaborador además de médico personal del sabio y miembro de la Junta Nacional de Sanidad y Beneficencia. La comisión se integró además por los doctores Le Roy y Abascal como Secretario y Secretario Adjunto, respectivamente, quienes tuvieron la responsabilidad de llevar adelante el trabajo práctico con vistas al logro de sus iniciativas, así como por los también doctores Julio Ortiz Cano como Tesorero y Enrique J. Montoulieu como Vicetesorero.
La sugerencia del doctor Abascal prosperó meses después, en ocasión de la celebración en Dallas, Texas, Estados Unidos de América, del IV Congreso de la Asociación Médica Panamericana, entre el 21 y el 25 de marzo de 1933. La conclusión del trabajo que presentó como ponencia a ese evento bajo el título de “Finlay, panamericanismo y día de la medicina americana”, proponía justamente la conmemoración solemne, el 3 de diciembre de ese mismo año, del centenario del natalicio del científico cubano y la instauración de la fecha como el “Día de la Medicina Americana” con carácter permanente. La proposición tuvo una acogida muy favorable de parte de los representantes de los países allí reunidos, quienes la aprobaron por unanimidad.
Así, desde del 3 de diciembre de 1933 y por la iniciativa del doctor Abascal, se celebra anualmente cada nuevo aniversario del nacimiento de Carlos J. Finlay.
Durante cerca de 30 años, la trascendental efemérides se conmemoró como el “Día de la Medicina Americana”, según se había acordado en el referido Congreso de la Asociación Médica Panamericana. Sin embargo, con posterioridad al triunfo de la Revolución cubana, se consideró que el 3 de diciembre de cada año debían ser objeto de homenaje todos los trabajadores que de cualquier forma dedican su esfuerzo a las disímiles labores que tienen que ver con el fomento, la preservación y el restablecimiento de la salud dentro o fuera del país.
Esta es la razón por la que se celebra desde entonces en esa fecha el “Día de la Medicina Latinoamericana y del Trabajador de la Salud.

BIBLIOGRAFÍA

Abascal H. Finlay y el Día de la Medicina Americana [editorial]. Cron Med Quir Habana 1932;58(11):443-444.

----. El centenario “Finlay” y el Día de la Medicina Americana [editorial]. Cron Med Quir Habana 1933;59(1):1-2.
Beldarraín Chaple E, López Espinosa JA, eds. Carlos J. Finlay a través del tiempo [página Web]. La Habana: Infomed; 2003. Disponible en: http://carlosjfinlay.sld.cu
Delgado García G. Antecedentes históricos del Día de la Medicina Latinoamericana y del Trabajador de la Salud. Inf Corr 1976;11(48):4-5.
Domínguez Roldán F. Carlos J. Finlay. Su centenario (1933). Su descubrimiento (1881). Estado actual de su doctrina (1942). La Habana: Cultural; 1942.
López Sánchez J. Carlos J. Finlay. His life and his work. La Habana: Editorial José Martí; 1999.

 

Diciembre 3 de 1833. Nacimiento del Dr. Carlos J. Finlay Barrés

Autor: Dr. José López Sánchez y Lic. José Antonio López Espinosa
Centro Nacional de Información de Ciencias Médicas

El 3 de diciembre de cada año, con la conmemoración del natalicio del sabio cubano, doctor Carlos J. Finlay y Barrés, se celebra el “Día de la Medicina Latinoamericana y del Trabajador de la Salud”. Eso constituye un motivo más que justificado para dedicar unos párrafos a la efemérides.
Hurgar en la obra de Finlay representa para todo historiador médico una sorpresa, motivada por la riqueza y potencialidad de su pensamiento teórico, en el que se advierte una ruptura permanente con la sustentación empírica de la medicina de su tiempo e, incluso, de la modernidad.
En un intento por suplantar la clásica tradición académica de empezar por el aspecto biográfico, se abre este breve ensayo con una primera visión de la obra de este gigante, nacido el 3 de diciembre de 1833 en la ciudad de Puerto Príncipe, hoy día Camagüey, en lo que fue su presupuesto: “la subversión del concepto del contagio de las enfermedades denominadas epidémicas y, posteriormente, infectocontagiosas”.
Lo que Finlay se propuso fue el modo de extinguir la enfermedad de la fiebre amarilla como un primer paso para ulteriores investigaciones, es decir, no sólo sobre su modo de propagación, sino también sobre sus dos vertientes: la inmunización y los métodos o las reglas para las campañas sanitarias de erradicación.
El contenido del trabajo que expuso en 1881 en la Academia de Ciencias Médicas, Físicas y Naturales de La Habana fue el resultado de una investigación científica bien concebida, que constituyó su primera y más conocida praxis: la transmisión del mal por intermedio de un vehículo biológico, en este caso, el mosquito Aedes aegypti, con lo que sustituía, por un lado, a la vieja y desacreditada conceptualización del contagio de los humanos a través del contacto entre sujetos enfermos y sanos y, por otro lado, a la que estaba en boga en su tiempo que era la miasmático-anticontagionista.
Por razón de su descubrimiento, ciudades tropicales como La Habana, antes cuna de mayor insalubridad, se convirtieron en las más saludables del planeta y a ellas siguieron luego todas las del trópico, donde se produjo un notable aumento de su coeficiente de habitabilidad. Los resultados de su trabajo científico, a la vez que libraron al mundo del terrible azote, sentaron las bases para el estudio de epidemias como las del paludismo, el dengue, la enfermedad de Chagas y otras.
Si Finlay hubiera escogido el camino de la búsqueda del agente patógeno, no habría alcanzado el éxito con el que coronó su labor; tampoco habría podido identificar el virus causante de la enfermedad ni recomendar medidas para su erradicación, pues los medios de investigación existentes en su tiempo en todo el mundo eran impotentes ante la tarea de reconocer adecuadamente un virus o de elaborar una vacuna contra estas afecciones. El tiempo se ha encargado de demostrar que el conocimiento del vector biológico y la lucha contra el mismo, son cuestiones imprescindibles para el control efectivo de males como la fiebre amarilla.
El anuncio de la hipótesis del sabio y la posterior confirmación experimental de su doctrina, que se adelantó a la época y a los conocimientos generalmente aceptados por entonces, constituyen el hecho científico más importante ocurrido hasta ahora en Cuba, dada su trascendencia para la humanidad. Por otra parte, esta nueva concepción finlaísta del contagio a través de un vector biológico, significó un aporte de valor imperecedero al estudio de las enfermedades, pues de hecho colocó a la epidemiología sobre una base experimental.
Al rendir este 3 de diciembre el merecido reconocimiento a Finlay, no se debe obviar su magnífica actividad de investigación en otros terrenos de las ciencias médicas. A su papel de protagonista principal en la conquista de la fiebre amarilla, hay que agregar su valiosa contribución a la cirugía oftalmológica y la admirable diversidad y profundidad de su ejecutoria clínica, que abarcó apreciables y fructíferos estudios sobre la parálisis infantil, el tétanos del recién nacido, la tuberculosis, la fiebre tifoidea, la lepra, el bocio exoftálmico, la malaria y otros muchos males que azotaban a la población cubana en el siglo XIX.
Al nombre de Finlay y a los de sus más cercanos colaboradores, está también asociado
el primer intento de crear en Cuba un sistema de salud pública basado en la higiene y en la prevención de enfermedades.
Ese amplio universo donde el ilustre médico desenvolvió con tanto éxito su quehacer científico; ese vasto campo de actividades donde desarrollara su infatigable lucha por la vida, da fe de su excepcional talento, de sus acertados métodos de investigación y de su elevado sentido del deber profesional, el cual interpretó siempre como su compromiso más sagrado con la humanidad.
Finlay, al igual que Tomás Romay, Álvaro Reynoso y Felipe Poey, entre otros, dio un significativo aporte al desarrollo de las ciencias en Cuba y sentó pautas luego asimiladas por otras eminentes personalidades como Carlos de la Torre y Huerta, Antonio Bachiller y Morales, Joaquín Albarrán y Angel Arturo Aballí, por mencionar algunos, a los cuales los especialistas de hoy deben el basamento de sus conquistas. Las concepciones de este sabio han quedado pues plasmadas en el actual sistema de salud pública cubano y han sido inspiración a las actividades de prevención de las enfermedades.
Por ello, apoyados en los notables logros de la medicina cubana, los trabajadores de la salud son fieles al legado de virtud profesional, de rigurosidad científica, de desinterés y de modestia del doctor Carlos J. Finlay, de cuyo natalicio se cumplen 169 años.

BIBLIOGRAFÍA

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Noviembre 27 de 1871. Fusilamiento de ocho inocentes estudiantes de Medicina

Autor: Lic. José Antonio López Espinosa
Centro Nacional de Información de Ciencias Médicas

Era la tarde del viernes 24 de noviembre y los alumnos del primer curso de Medicina esperaban en el Anfiteatro Anatómico la llegada de su profesor, doctor Pablo Valencia y García, quien a las 3:00 p.m. debía impartir una clase de Anatomía. El anfiteatro estaba ubicado en lo que hoy es la calle San Lázaro entre Aramburu y Hospital, muy próximo al cementerio de Espada que en aquella época no se había aún clausurado.
Al enterarse los estudiantes de que demoraría la llegada del profesor, por un examen que tenía en el edificio de la Universidad, situado entonces en la calle O’Reilly esquina a San Ignacio, se dispusieron varios a asistir a las prácticas de disección que explicaba el doctor Domingo Fernández Cubas. Algunos entraron en el cementerio y recorrieron sus patios, pues la entrada no estaba prohibida para nadie. Otros, al salir del anfiteatro, vieron el vehículo donde habían conducido cadáveres destinados a la sala de disección, montaron en él y pasearon por la plaza que se encontraba delante del cementerio. Los nombres de estos últimos eran Anacleto Bermúdez, Ángel Laborde, José de Marcos y Juan Pascual Rodríguez. Por otra parte, un joven estudiante de 16 años llamado Alonso Álvarez de la Campa, tomó una flor que estaba delante de las oficinas del cementerio.
El vigilante del cementerio nombrado Vicente Cobas, mortificado porque aquel grupo de jóvenes “había descompuesto sus siembras”, hizo una falsa delación al gobernador político Dionisio López Roberts, pues le dijo que los estudiantes habían rayado el cristal que cubría el nicho donde reposaban los restos de Gonzalo Castañón. Esa declaración de Cobas, cuyas funestas y terribles consecuencias ni él mismo previó, fue motivo para que el gobernador fraguara con increíble prontitud un plan para elevar su “prestigio” ante sus superiores.
Gonzalo Castañón fue en vida un periodista ávido de notoriedad, que escribía en el periódico La Voz de Cuba, del cual era el director. Integrista furibundo, comenzaba sus artículos con la frase ¡Sangre y fuego! y predicaba siempre el exterminio de los cubanos para repoblar la isla con nuevos españoles. Luego de haber ofendido a la mujer cubana y a los naturales del país en las páginas de su periódico, viajó a Cayo Hueso, Estados Unidos, a batirse con el director del periódico El Republicano que allí se editaba, quien le había salido al paso en términos que consideró injuriosos para La Voz de Cuba y su persona. Su viaje a Cayo Hueso buscaba, más que la realización del duelo propiamente dicho, la publicidad que éste atraería sobre sí. Sin embargo, las cosas no salieron como él pensaba y fue muerto a tiros el 31 de enero de 1870 en el hotel Russell House por el cubano Mateo Orozco, a quien había agredido junto con su compañero de aventuras y compinche, el Capitán de voluntarios Felipe Alonso. Luego de su traslado a La Habana, el cadáver fue embalsamado por el médico y profesor universitario doctor Antonio Caro Carecio y colocado en uno de los nichos del cementerio de Espada en febrero de 1870.
Después de visitar el cementerio, el gobernador político López Roberts se personó en la cátedra del doctor Juan Manuel Sánchez Bustamante y García del Barrio, quien daba una clase de Anatomía descriptiva a los alumnos del segundo año de Medicina. En ese lugar quiso reducir a prisión a todos los estudiantes presentes por profanadores, lo que no logró por la actitud enérgica del profesor Sánchez Bustamante, quien manifestó que, antes de sus discípulos, había que llevarlo a él preso.
Tras este fracaso, López Roberts se apareció en la clase de Anatomía descriptiva que explicaba el doctor Pablo Valencia García a los alumnos del primer año de Medicina. En esta ocasión iba acompañado por el Capitán de voluntarios Felipe Alonso, el mismo que acompañó a Castañón en su infortunada aventura de Cayo Hueso y disparó su revólver contra el cubano Mateo Orozco en el suceso del hotel Russell House. En el aula repitió su acusación y esa vez tuvo éxito, a pesar de las protestas de inocencia de los alumnos por la cobarde postura del catedrático Valencia, que penosamente contrataba con la del profesor Sánchez Bustamante.
Así se decretó prisión para todos los que estaban en clase ese día, con la excepción de un alumno peninsular y militar del cuerpo de sanidad de apellido Godoy, a quien el gobernador político exoneró de culpa por considerar que no podía haber participado en la comisión del supuesto delito. El resto de sus compañeros -45 en total- se condujeron a la cárcel, a la que entraron a las 8:00 p.m. del sábado 25 de noviembre.
Hacia la media noche del domingo 26 y primeras horas de la madrugada del lunes 27 comenzó a funcionar el primer Consejo de Guerra que habría de juzgar a los 45 presos, condenados a las penas que, de haberse cometido en realidad la profanación, imponía el código. Pero los voluntarios manifestaron pronto su inconformidad con esa sentencia y exigieron que se formara otro Consejo de Guerra más severo. El General Romualdo Crespo, entonces en funciones interinas de Gobernador y Capitán General en ausencia del Conde de Valmaseda quien se hallaba en campaña en Las Tunas, integró un nuevo Consejo bajo la presidencia del Coronel Alejandro Jaquetot, con un total de 15 vocales, seis de ellos del ejército y nueve elegidos entre los Capitanes de voluntarios.
A las 12:00 m. del día 27 todavía deliberaba el segundo Consejo de Guerra, no tanto sobre la sentencia, sino sobre el número de prisioneros que se someterían a la pena máxima. El Consejo llegó a fijar en ocho la cantidad total de víctimas, de las cuales las cinco primeras le fueron fáciles de escoger. El primero fue el joven Alonso Álvarez de la Campa y Gamba, quien había arrancado una flor del jardín situado delante de las oficinas del cementerio. A él le siguieron Anacleto Bermúdez y Piñera, José de Marcos y Medina, Ángel Laborde y Perera y Juan Pascual Rodríguez y Pérez, quienes habían jugado con el vehículo de transportar los cadáveres destinados a la clase de disección. Los tres restantes condenados a la pena de muerte se escogieron al azar entre el resto de los presos. Ellos fueron Carlos de la Torre y Madrigal, Carlos Verdugo y Martínez y Eladio González y Toledo. Procede señalar que Carlos Verdugo era natural de la ciudad de Matanzas y el día 24 se encontraba en su hogar. Había llegado a La Habana el día 25; pocas horas antes de la detención masiva en la clase del doctor Valencia.
El Consejo firmó la sentencia a la 1:00 p.m. y, leído el fallo a los ocho estudiantes que debían morir, entraron en la capilla poco antes de las 4:00. Después de permanecer allí por espacio de media hora, se les condujo con las manos esposadas y un crucifijo entre ellas hasta la explanada de la Punta, donde se llevaría a cabo la ejecución. Frente a los paños de pared formados por las ventanas del edificio usado como depósito del Cuerpo de Ingenieros, fueron colocados de dos en dos, de espaldas y de rodillas a los infelices inocentes, fusilados a las 4:20 por el piquete de fusilamiento al mando del Capitán de voluntarios Ramón López de Ayala.
Los cadáveres fueron trasladados a un lugar extramuros de lo que actualmente es el cementerio de Colón y conocido con el nombre de San Antonio Chiquito, acompañados por una compañía de voluntarios, sin que se permitiera a sus familiares reclamar a sus muertos para darles sepultura. En el lugar fueron arrojados los cuerpos sin vida en una fosa de dos metros de largo por metro y medio de ancho y dos y medio de profundidad. Para proporcionarles un mejor acomodo en el fondo, se dispuso la colocación de cuatro en un sentido y los otros cuatro en sentido opuesto.
Las partidas de defunción no se registraron en ninguna iglesia parroquial. No fue sino después de dos meses y medio que se asentaron sus partidas de enterramiento en los libros del cementerio de Colón, donde aparece que los cadáveres fueron inhumados de limosna. Esto permite comprender hasta qué punto de humillación quiso llevarse todo lo concerniente a la ejecución de los ocho estudiantes del primer año de Medicina. De sus restantes compañeros de su curso, 11 fueron condenados a seis años de prisión, 20 a cuatro años y cuatro a seis meses de reclusión, con independencia de que los bienes de todos quedaron sujetos a las responsabilidades civiles determinadas por las leyes.
El fusilamiento de los jóvenes estudiantes causó sorpresa y repulsa en Madrid y en el extranjero en general. La condena de los 31 restantes a penas de seis y cuatro años de prisión levantó un clamor unánime en la prensa madrileña, a la que unieron su voz unos 60 Diputados y Senadores que solicitaron al Gobierno el indulto de los condenados, el cual fue firmado el 9 de mayo de 1872 por el Rey de España Amadeo de Saboya. En el documento se aceptaba la falsa imputación y se concedía el indulto “por el indudable arrepentimiento de los jóvenes penados, hijos de leales y buenos españoles”. La verdad es que el indulto se concedió por la presión de los Diputados y Senadores españoles y porque el extranjero se escandalizaba por lo que toda la prensa americana y europea llamaba asesinatos del 27 de noviembre.
En este breve espacio se ha tratado de divulgar algunos detalles relativos al criminal suceso ocurrido en horas de la tarde del lunes 27 de noviembre de 1871, fecha en que fueron injustamente pasados por las armas ocho inocentes estudiantes del primer curso de Medicina. Al efecto se han considerado en primera instancia el clima que imperaba entonces en la ciudad de La Habana, además de quién había sido Gonzalo Castañón y cuál era la calidad moral y humana de quienes tomaron su nombre como pretexto para convertirse en los principales responsables de este horrendo homicidio colectivo.
A continuación se brindan datos que pueden ser de interés acerca de los nombres y apellidos completos, el lugar y fecha de nacimiento, la iglesia parroquial donde fueron bautizados y la edad que tenían los ocho estudiantes cuando fueron fusilados:

Alonso Álvarez y Gamba nació en La Habana el 24 de junio de 1855: bautizado en la iglesia parroquial de Nuestra Señora de Monserrate; fusilado a los 16 años.
José de Marcos y Medina nació en La Habana el 7 de marzo de 1851; bautizado en la iglesia parroquial de Nuestra Señora de Monserrate; fusilado a los 20 años.
Juan Pascual Rodríguez Pérez nació en La Habana el 24 de junio de 1850; bautizado en la iglesia parroquial del Espíritu Santo; fusilado a los 21 años.
Anacleto Bermúdez y Piñera nació en La Habana el 7 de junio de 1851; bautizado en la iglesia parroquial de Nuestra Señora de Guadalupe, hoy día llamada Nuestra Señora de la Caridad; fusilado a los 20 años.
Ángel Laborde y Perera nació en La Habana el 5 de diciembre de 1853; bautizado en la iglesia parroquial de El Salvador del Mundo en la barriada de El Cerro; fusilado a los 17 años.
Eladio González y Toledo nació en Quivicán el 29 de octubre de 1851; bautizado en la iglesia parroquial de San Pedro Apóstol de Quivicán; fusilado a los 20 años.
Carlos Verdugo y Martínez nació en Matanzas el 15 de enero de 1854; bautizado en la iglesia parroquial de San Carlos de Matanzas, hoy día Santa Iglesia Catedral de San Carlos de Matanzas; fusilado a los 17 años.
Carlos de la Torre y Madrigal nació en Puerto Príncipe, actualmente Camagüey el 29 de julio de 1851; bautizado en la antigua Parroquial Mayor de Puerto Príncipe, hoy día Santa Iglesia Catedral de Camagüey; fusilado a los 20 años.

BIBLIOGRAFÍA

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Noviembre 20 de 1900. Instalación del campamento Lazear

Autor: Lic. José Antonio López Espinosa
Centro Nacional de Información de Ciencias Médicas

Jesse William Lazear (1866-1900), uno de los cuatro integrantes de la comisión de médicos estadounidenses que, presidida por Walter Reed, confirmó los postulados del doctor Carlos J. Finlay Barrés (1833-1915) acerca del modo de transmisión de la fiebre amarilla por el mosquito Aedes aegypti, fue el único de ellos que desde un principio tuvo confianza en la veracidad de la teoría del sabio cubano. Precisamente Lazear asumió la función de inocular individuos sanos y aptos para adquirir la enfermedad, según había orientado antes Finlay. Lamentablemente, este investigador se convirtió en un mártir de la ciencia, al ofrendar su vida en aras de los estudios que luego demostraron la razón de la doctrina finlaísta.
De Lazear expresó el célebre médico cubano, doctor Francisco Domínguez y Roldán (1864-1942), padre de la Radiología en Cuba y uno de los más destacados luchadores por la reivindicación de Finlay:

«Los cubanos lo recuerdan con cariño y yo le rindo aquí el tributo de mi admiración y respeto. Por su culto a la verdad y el sacrificio de su vida a la causa de la Humanidad, su nombre quedará grabado con letras de oro junto al de C. J. Finlay, al pie del gran monumento científico de la extinción de la fiebre amarilla».

Con el objetivo de corroborar de modo definitivo el protagonismo del mosquito Aedes aegypti en la transmisión de la fiebre amarilla, Reed procedió a levantar una estación experimental, a la que le dio el nombre de campamento Lazear, en tributo a la memoria del compañero desaparecido. Este campo experimental, que comenzó a funcionar el 20 de noviembre de 1900, fue construido en el área donde antes se ubicaba la quinta San José, en uno de los extremos del actual reparto Pogolotti en el municipio Marianao de la Ciudad de La Habana. Allí se montaron siete tiendas de campaña, donde se alojaron 21 voluntarios, varios de los cuales se sometieron a las picadas de mosquitos previamente infectados, contrajeron la enfermedad y sobrevivieron a ella.
Los resultados de estos primeros experimentos despejaron cualquier duda en cuanto a que, como había demostrado Finlay con anterioridad, con la picada del mosquito se podía, además de reproducir a voluntad ataques de fiebre amarilla, lograr la inmunidad de los sujetos sometidos a la prueba. No obstante, la comisión de Reed se propuso indagar la posibilidad de otro medio de contagio aparte del insecto y al efecto ordenó construir dos pequeñas casetas de madera de 14 x 20 pies. En una de ellas, a la que se llamó caseta No. 1 o de los fómites, se ubicaron tres catres y se introdujeron mugrientas y pestilentes ropas de uso personal y de cama y otras pertenencias con sangre, saliva y excremento de individuos que habían sido víctimas de la fiebre amarilla. Un total de siete voluntarios permanecieron durante varios días hacinados bajo esas condiciones en la habitación, en la que además se instaló una estufa con mantenida temperatura tropical. Ninguno contrajo la fiebre amarilla, con lo que se desestimó toda probabilidad de que los fómites la portaran. La segunda habitación, llamada caseta No. 2 o de los mosquitos infectados, se dividió en su interior en dos partes separadas por una fina tela metálica. De uno de los lados se mantuvieron durante varias horas algunos voluntarios en condiciones higiénicas favorables y sin la presencia de mosquitos; mientras que del otro lado permaneció sólo un voluntario acostado en un catre por espacio de algo más de una hora expuesto a las picadas de 15 insectos infectados, que volaban libremente en el local. Este último contrajo enseguida la enfermedad y los que estaban del otro lado de la tela metálica mantuvieron su salud intacta.
Además de las mencionadas, en el campamento Lazear se realizaron otras pruebas con sangre total, suero fresco de sangre y sangre desfibrinada sin calentar de casos de fiebre amarilla. Todos estos experimentos sirvieron para confirmar de un modo definitivo los postulados de Finlay relativos al origen y a la evolución de las epidemias de fiebre amarilla, sobre todo en lo tocante a su forma de propagación, su período de incubación y su gravedad relativa. Otros aportes que hizo allí la comisión de Reed como resultado de sus estudios fueron demostrar la necesidad de un período mínimo de 12 días para que el mosquito esté apto para transmitir el germen infeccioso, tras picar a un enfermo de fiebre amarilla, y descubrir que el agente productor del mal es un virus filtrante, pues puede pasar a través de filtros de porcelana, por donde no pueden circular las bacterias más pequeñas.
De esta estación experimental, que funcionó desde el 20 de noviembre de 1900 hasta el 7 de febrero de 1901, existe aún la caseta No. 1, sitio donde se hicieron las pruebas de la posible contagiosidad sin la participación del mosquito, como testigo del histórico acontecimiento que significó la confirmación de la doctrina finlaísta. El local se declaró Monumento Nacional, por Decreto Presidencial No. 4363 del 3 de diciembre de 1947, gracias a las gestiones que desde 1944 venía realizando al efecto la Junta Nacional de Arqueología y Etnología, en coordinación con el Ministerio de Educación.
El 3 de diciembre de 1952 se inauguró un hermoso parque en la calle 61 entre 88 C y 90 en la barriada de Pogolotti, en cuya área central se destaca el histórico monumento, con un pedestal a la entrada que sostiene una placa donde se puede leer el siguiente texto:

“En este lugar en el año 1900, la comisión de médicos americana presidida por Walter Reed llevó a cabo los trabajos comprobatorios del descubrimiento del doctor Carlos J. Finlay de que el mosquito Aedes aegypti era el agente transmisor de la fiebre amarilla.
Diciembre 3 de 1952”.

En este escenario, bautizado con el nombre de parque Lazear, se honra de manera permanente la memoria del héroe norteamericano, la de Finlay, la de los voluntarios y la de los demás valientes y esforzados hombres que hace poco más de un siglo hicieron posible en ese mismo lugar la victoria definitiva contra el terrible flagelo que significó la fiebre amarilla.

BIBLIOGRAFÍA

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Noviembre 18 de 1894. Una carta de Martí al Dr. Juan Santos Fernández

Autor: Lic. José Antonio López Espinosa
Centro Nacional del Información de Ciencias Médicas

En la vida de José Martí Pérez (1853-1895) hubo muchos amigos en sus distintas facetas de ejemplar patriota, maestro, poeta, escritor y periodista. Numerosas fueron las personas que llegaron a ocupar incluso un lugar especial en su corazón y, entre ellas hubo dos que se distinguieron en el orden afectivo y en la compenetración: Fermín Valdés Domínguez y Gonzalo de Quesada Aróstegui, sus “dos amigos del alma”. El primero de ellos fue médico y su nombre encabeza una extensa relación de galenos que mucho tuvieron que ver con la conservación de la salud del apóstol y/o que trabaron con él una estrecha amistad como partícipes de la lucha redentora.
La historia registra los casos de los doctores Carlos Sauvalle, su fiel compañero y amigo quien lo atendió durante su enfermedad en Madrid, al igual que Hilario Candela, quien lo intervino quirúrgicamente en la misma ciudad; José Álvarez Chacón, quien fuera su médico en New York; Eligio Palma Fuster, al que respondía “Cuba no puede esperar” cada vez que le aconsejaba reposo; Diego Tamayo, quien laboró con él en la emigración; Enrique Barnet y Eusebio Hernández, con los cuales compartió actividades revolucionarias; Juan Antiga Escobar, quien recién graduado y médico de la Trasatlántica Española fuera vehículo eficaz utilizado por el apóstol para el contacto con Cuba; Eduardo Agramonte Piña, calificado por él como héroe de la guerra; Ulpiano Dellundé Prado, quien fuera su delegado en Haití y en Santo Domingo; Ramón Luis Miranda, el médico que lo asistió durante los últimos años de su vida y Juan Santos Fernández, el médico de su adorada madre.
La relación de médicos que tuvieron vínculos con la vida del héroe nacional es aún más extensa. La anterior se ha traído a colación a modo de muestra y de introducción al objeto de este trabajo de poner de relieve un hecho ocurrido hace 108 años, exactamente el 18 de noviembre de 1894, en el cual estuvieron involucrados Martí y uno de sus amigos médicos, a saber, el doctor Juan Santos Fernández, el último de la lista de nombres registrados en el párrafo anterior.
El doctor Fernández, primer cubano que ejerció la Oftalmología y la consolidó como una especialidad independiente en la isla; el escritor científico más fecundo en idioma español de su tiempo y el fundador del laboratorio donde se prepararon y difundieron los primeros sueros y vacunas preventivas y curativas de la rabia en humanos y animales en América, conoció a Martí en Madrid durante su época de estudiante, cuando éste se encontraba allí como desterrado político.
Desde entonces no se volvieron a ver, hasta el 22 de enero de 1877 en que el apóstol fue a visitarlo a su consulta en La Habana, a fin de que le atendiera una afección ocular. Ese día el especialista le diagnosticó conjuntivitis catarral en ambos ojos y flictena conjuntival en el ojo derecho. Poco después de esa consulta, Martí tuvo que viajar de nuevo al extranjero y el médico lo volvió a perder de vista.
En mayo de 1886, durante la estancia del doctor Fernández en New York, para estudiar los detalles de la instalación del laboratorio al cual se hizo antes referencia, éste iba de pie en el centro de un tranvía por estar ocupados todos los asientos, cuando de pronto alguien que iba detrás de él le cubrió los ojos con ambas manos y le preguntó:

-¿Quién soy?
El médico respondió:
-Conozco tu voz como la mía; pero no me atrevo a decir quién eres.
El otro dijo descubriéndose:
-Soy Pepe Martí.
-Pues no te hubiera conocido. La última vez que nos vimos en mi consulta de la calle de
Neptuno 62 no tenías barba y, como soy tan mal fisonomista, conocí tu voz, pero no te hubiera conocido por lo variado que estás.

Se abrazaron la postrera vez, pues si bien mantuvieron correspondencia, no se volvieron a ver.
La última carta que recibió el doctor Fernández de Martí tenía por objeto agradecerle por la asistencia que desde hacía algún tiempo éste venía prestando a su querida madre y por la operación de cataratas que con posterioridad iba a practicarle.
En esa carta, cuyo texto íntegro se reproduce a continuación, el apóstol decía:
EL CAYO, 18 DE NOVIEMBRE DE 1894

AMIGO QUERIDO:

GOZO EN AGRADECER, Y EN SABER QUE EL VIAJE POR EL MUNDO NO HA LOGRADO SACAR LA PIEDAD DE TU CORAZÓN. SÉ LO QUE HACES POR MI MADRE, Y LO QUE VAS A HACER. TRÁTAMELA BIEN, QUE YA VES QUE NO TIENE HIJO. EL QUE LE DIO LA NATURALEZA ESTÁ EMPLEANDO LOS ÚLTIMOS AÑOS DE SU VIDA EN VER CÓMO SALVA A LA MADRE MAYOR.
TÚ NO NECESITAS DE MIS PALABRAS. TÚ SABES QUIÉN ES, Y CON QUÉ TERNURA TE QUIERE, Y RECUERDA TUS BONDADES, TU AMIGO

JOSÉ MARTÍ

Como se conoce, el héroe nacional cayó en combate el 19 de mayo de 1895, apenas seis meses después de haber escrito esta carta llena de amor y ternura a su amigo. En definitiva éste operó a Leonor Pérez de cataratas del ojo derecho el 14 de septiembre de 1896 y, del ojo izquierdo, el 13 de febrero de 1904.

BIBLIOGRAFÍA

Academia de Ciencias de Cuba. Instituto de Literatura y Lingüística. Diccionario de la Literatura Cubana. La Habana: Editorial Letras Cubanas, 1984. p. 560-572.
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Rodríguez Expósito C. Médicos en la vida de Martí. Cuad Hist Sanit 1955;(8):46-48.
 

Noviembre 13 de 1974. Ceremonia inaugural del Primer Congreso Nacional de Medicina Interna

Autor: Lic. José Antonio López Espinosa
Centro Nacional de Información de Ciencias Médicas

Auspiciado por la Sociedad Cubana de Medicina Interna y el Grupo Nacional de esa especialidad, tuvo lugar en los salones del Consejo Científico y en el salón Camilo Cienfuegos del Ministerio de Salud Pública de Cuba el Primer Congreso Nacional de Medicina Interna, que se desarrolló del 13 al 16 de noviembre de 1974 con la asistencia de más de 400 delegados e invitados procedentes de todas las provincias del país. En el evento se presentaron más de 200 temas libres, agrupados por aparatos y sistemas: cardiovascular, nervioso, endocrino y metabolismo, respiratorio, riñón y vías excretoras, etcétera.

En esa importante reunión se celebraron también tres sesiones plenarias en las temáticas de medicina integral, educación en medicina interna y estudios en relación con la morbilidad y la mortalidad en esa rama. La proyección de estas plenarias estuvo orientada fundamentalmente al desarrollo de la medicina en la comunidad.

Otra modalidad de discusión en el Congreso fue la celebración de siete mesas redondas, en las cuales se abordaron los siguientes temas:

 -Hipertensión arterial
- Asma bronquial
- Cardiopatía isquémica
- Shock
- Accidentes cerebrovasculares
-Infecciones del tracto urinario
-Diagnóstico y tratamiento de las anemias.

La ceremonia inaugural fue presida por el entonces Ministro de Salud Pública, el doctor José A. Gutiérrez Muñiz, y las palabras de apertura estuvieron a cargo del doctor Roberto Sollet Guillarte. En ese acto se le hizo entrega simbólica del diploma acreditativo como miembro titular de la Sociedad Cubana de Medicina Interna al doctor Diego Fernández Alfaro, quien lo recibió en representación de los restantes miembros.

Los delegados e invitados procedentes de todas las provincias del país dieron fe de la relevante calidad científica de las ponencias, conferencias especiales y mesas redondas. Las conferencias especiales en particular se convirtieron en vivas y novedosas exposiciones sobre los aspectos entonces más recientes de la laparoscopia, las infecciones recidivantes del tracto urinario en la mujer y el síndrome del nódulo sinusal enfermo, temas brillantemente abordados por los directores de los Institutos de Gastroenterología, Nefrología y Cardiología, los doctores Raimundo Llanio Navarro, Abelardo Buch López y Alberto Hernández Cañero.

La conferencia sobre nódulo sinusal enfermo se había presentado antes por el colectivo del Instituto de Cardiología en el VII Congreso Mundial de Cardiología, que había tenido lugar en Buenos Aires en agosto del mismo año.

El doctor Pedro Azcuy, a la sazón Viceministro de Asistencia Médica y Social, tuvo a su cargo el resumen del Primer Congreso Nacional de Medicina Interna, evento desarrollado con una elevada participación de todos los delegados en las sesiones donde se debatieron durante cuatro jornadas los aspectos de más importancia dentro de la especialidad.

Después de transcurridos 34 años de la celebración de este evento, bien vale la pena haberlo recordado por este conducto, por cuanto el día de la ceremonia de su inauguración quedó como fecha memorable en los anales de la medicina cubana.

 

BIBLIOGRAFÍA 
Primer Congreso Nacional de Medicina Interna. Inf Corr 1974;9(42):3.
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