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Noviembre 8 de 1843. Natalicio del doctor Ramón Claudio Delgado Amestoy

Autor: Lic. José Antonio López Espinosa

Centro Nacional de Información de Ciencias Médicas

 

El País Vasco español es una comunidad autónoma del nordeste de España, que forma parte de la región geográfico-histórica localizada en el extremo oeste de los Pirineos, cordillera europea entre el Océano Atlántico y el Mar Mediterráneo, que sirve de frontera natural y política entre Francia y España. Dicha comunidad abarca las provincias de Álava, Vizcaya y Guipúzcoa. La ciudad capital de esta última es Donostia, también conocida como San Sebastián, situada al noroeste al pie del Monte Urgull en una península entre dos bahías. En esa ciudad nació el 8 de noviembre de 1843 el doctor Ramón Claudio Delgado Amestoy, amigo y fiel e inseparable colaborador durante muchos años del sabio cubano Carlos J. Finlay Barrés (1833-1915).

A muy temprana edad quedó huérfano de ambos padres y pasó a los cuidados de un tío, quien al poco tiempo también murió y fue a parar al amparo y protección de su madrina, bajo cuya tutela dio los primeros pasos en la instrucción primaria y aprendió el idioma francés, teneduría de libros, pintura y música (violín). Cuando falleció su buena protectora, decidió trasladarse a Cuba a “buscar fortuna”, al igual que otros muchos inmigrantes españoles de su tiempo, acción que acometió en diciembre de 1857 con 14 años de edad. Se radicó en la ciudad de Cienfuegos, en la que permaneció por espacio de siete años y donde trabajó como perito calígrafo y como tenedor de libros. Con el fin de hacerse médico, se trasladó en 1864 a La Habana, donde tuvo que vencer primero los estudios de Bachillerato para poder más tarde matricular en la Universidad la carrera de Medicina, la cual venció con notas de sobresaliente en todas las asignaturas desde el primero hasta el quinto año, así como en los tres ejercicios de grado para la obtención de los títulos de Bachiller,  Licenciado y Doctor en Medicina.

En la labor asistencial logró tener una considerable clientela y llegó a ser el médico de confianza de muchas familias, de las que fue, además de un consejero indiscutible, el hombre a cuyo buen juicio y discreción se confiaban los problemas más íntimos y delicados.

Cuando en 1881 Finlay dio a conocer su teoría sobre la transmisión del contagio de la fiebre amarilla, ésta se vio opacada por la incomprensión y el escepticismo, en tanto se trataba de algo que irrumpía de modo discrepante en el curso natural del conocimiento médico, al producir una ruptura brusca con todos los conceptos entonces vigentes. En tal sentido hubo sólo una excepción, la del doctor Delgado, quien se mostró partidario de la teoría finlaísta desde el momento mismo en que fue enunciada. Se ofreció a Finlay para auxiliarlo y éste lo aceptó como apreciable colaborador. Ambos integraron una especie de colectivo de trabajo que sometía a discusión distintos aspectos de la labor de experimentación y cuya conducta puso de relieve su bien formado método operativo de estudio y de trabajo. Su principio metodológico se basaba en el precepto de que en la experimentación científica era indispensable la cooperación y el intercambio de puntos de vista incluso contrarios en algo tan delicado como era llevar a cabo las inoculaciones experimentales en el ser humano.

El binomio formado por los doctores Finlay y Delgado fue la conjunción de dos personalidades que se complementaron muy bien desde que asumieron juntos por primera vez tareas relacionadas con la inoculación a voluntarios con los mosquitos infectados. La experiencia de Delgado, sobre todo en hematología, fue muy útil para los trabajos concebidos y ejecutados por Finlay en el análisis de la sangre de los mosquitos para encontrar en ella el medio generador de la fiebre amarilla.

En Delgado se conjugaron varias positivas cualidades. Era un hombre discreto,  culto, serio, afable, activo y muy trabajador, que unía a una clara inteligencia, una voluntad de hierro y una intachable honradez. A pesar de haber nacido muy lejos de Cuba, dejó en la isla huellas muy trascendentes. En 1875 comenzó a ejecutar un plan de mejoramiento físico y superación moral de las prostitutas, que incluía su instrucción por selectos profesores en labores manuales y domésticas, según sus inclinaciones vocacionales. En 1878 se le nombró Secretario fundador de la Sociedad de Socorros Mutuos para los médicos de la provincia La Habana, cuyos Estatutos fueron por él redactados. En agosto de 1879 se le designó el cargo de Secretario General de la Sociedad de Estudios Clínicos de La Habana y, al mes siguiente, el de bibliotecario y archivero de la Sociedad Antropológica de la Isla de Cuba. Fue el fundador de la primera sala de asepsia y antisepsia establecida en Cuba y en 1880 fue el primero en realizar con éxito una transfusión de sangre en el país. En 1881 se le nombró miembro efectivo de la Comisión de Fiebre Amarilla en la Sociedad de Estudios Clínicos; en 1882 el Nuevo Liceo de La Habana lo eligió Vocal de su Junta Facultativa y en 1883 fue Académico de Número de la Academia de Ciencias Médicas, Físicas y Naturales de La Habana y Socio de Número de la prestigiosa Sociedad Económica de Amigos del País. En 1885 hizo la segunda operación de perineorrafia de Emmet en Cuba y, ocho años después, en 1893, fue el tercero en practicar la laparohisterectomía completa en el fibroma intersticial subperitoneal del útero. También en 1885 y hasta 1887 fue designado bibliotecario de la Academia de Ciencias y, de 1887 a 1889, fue el Director de los Anales de esa organización, tiempo durante el cual nutrió a esa revista con valioso y abundante material científico. En 1889 lo hicieron miembro de la Comisión de Saneamiento de La Habana; en 1894 Académico Honorario y en 1908 Académico de Mérito.

La muerte de su entrañable amigo y maestro, el doctor Carlos J. Finlay, el 20 de agosto de 1915, unida al padecimiento de una enteritis crónica pertinaz y rebelde a todo tratamiento que lo afectaba desde hacía algún tiempo, fue minando cada vez más su existencia. Al amanecer de un domingo, manifestó que haber soñado con un viaje a través de tierras vascas le proporcionó gran alivio a su mal. Por ello embarcó hacia España en junio de 1916 y el 13 de julio siguiente falleció víctima de una bronconeumonía. Ocho años más tarde, su viuda e hijo que permanecieron en Cuba escribieron a España para solicitar la exhumación y el traslado a ésta de sus restos, hecho que se hizo efectivo el 6 de octubre de 1924. Desde entonces descansa en la segunda bóveda del cuadro 8 del cuartel N.O. en el Cementerio de Colón.

El doctor Ramón Claudio Delgado Amestoy, quien colaboró con Finlay durante 20 años consecutivos y a su lado soportó las burlas y diatribas de muchos de sus colegas; el fiel amigo de quien no pocas veces el propio sabio manifestó que de no haber sido por él “no habría llegado a feliz término su descubrimiento”; el hombre de ciencia mitad español y mitad cubano que dedicó lo mejor de sus energías a la prosperidad de la Medicina en la época que le tocó vivir, merece un lugar muy bien ganado en el espacio destinado a los protagonistas de grandes hazañas en la historia de la ciencia. Es en virtud de ello que con este trabajo de recordación a la fecha del nacimiento de este hombre singular, se ha tratado de rendir un modesto homenaje de gratitud y reconocimiento a su memoria.

 

 

Bibliografía

 

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Noviembre 1ro. de 1840. Puesta en circulación de la primera revista médica cubana

Autor: Lic. José Antonio López Espinosa
Centro Nacional de Información de Ciencias Médicas

Las fuentes de información histórica son un rico manantial de conocimientos, ya que con el tiempo se van convirtiendo en monumentos que hacen perpetuar de generación en generación la memoria de los hombres y de los hechos que, de una u otra manera, han tenido que ver con el desarrollo cultural y científico de una nación.
El objetivo de este trabajo es, justamente, hacer una modesta contribución a la historia de las revistas médicas cubanas, tratando en este caso de poner a la disposición de los interesados en el tema una fuente de información, con la que a la vez se trata de rendir tributo a lo que, sin duda, constituyó el 1ro. de noviembre de 1840 un acontecimiento relevante: la puesta en circulación de la primera revista médica publicada en Cuba.
Mucho antes de que gracias a la invención de la imprenta se pudieran originar manuscritos transmitidos a la posteridad, en la antigua Roma se producía un pequeño boletín de noticias, del que se dice fue el progenitor de la publicación periódica moderna, tal como la que se fundó en Amberes en 1605. Cuando en 1603 se fundó la Academia dei Lincei, en 1657 la Academia Florentina de Experimentos, en 1662 la famosa Royal Society de Londres y en 1665 la Academia Francesa de Ciencias, cada una de estas organizaciones comenzó a publicar sus actas en revistas propias al poco tiempo de creadas.
Sin embargo, la aparición de la primera revista científica, la Journal des Scavans, se produjo realmente en 1665; y la de la primera revista puramente médica, la Nouvelles Découvertes, en 1679, ambas en París, editadas por Nicolás de Blegny. Ya en el siglo XVIII existían 55 revistas médicas alemanas, 4 inglesas, 3 francesas, una estadounidense y otra escocesa.
En 1733, surgió en Edimburgo la Scottish Medical Journal, la revista médica más antigua que todavía existe; y en 1824 Thomas Wakley ofreció al mundo la reconocida revista núcleo de la comunidad cientificomédica internacional, al fundar The Lancet en Londres.
Los orígenes de la bibliografía médica cubana datan de 1723, año en que apareció la primera obra impresa, a saber, un folleto bajo el título de Tarifa general de precios de medicinas, donde se relacionaban en orden alfabético los nombres de los medicamentos con los respectivos precios puestos en vigor durante esa época. A su importancia desde el punto de vista bibliográfico, este folleto une la de ser una obra médica, en la cual han quedado consignados curiosos datos acerca de los medicamentos empleados por los galenos cubanos de entonces, así como los precios en que éstos se comercializaban.
Aun cuando se considera que el despegue de la bibliografía cientificomédica cubana se produjo el 5 de abril de 1797, con la publicación de la monografía firmada por el doctor Tomás Romay (1764-1849) bajo el título de "Disertación sobre la fiebre maligna llamada vulgarmente vómito negro, enfermedad epidémica de las Indias Occidentales", no se puede pasar por alto que desde 1790 el propio Romay y otros médicos de la época plasmaban sus observaciones por escrito en el Papel Periódico de La Havana, primera publicación periódica producida en el país, y en otras publicaciones de carácter popular como el Noticioso y Lucero, La Siempreviva, La Cartera Cubana, La Mariposa, La Moda o Recreo Semanal del Bello Sexo, así como en las Memorias de la Sociedad Económica de Amigos del País, que dedicaba algunos espacios a difundir también los progresos de la medicina de entonces a escala internacional.
Esta incipiente literatura médica, registrada en periódicos rudimentarios en los finales del siglo XVIII, fue cobrando cada vez mayores alientos, a medida que se incrementaban las inquietudes científicas. En los albores del siglo XIX, ya se escribía acerca de la importancia de la creación de cementerios y de la propagación de la vacuna de Jenner, entre otros aspectos que contribuyeron a la evolución favorable de la higiene en la isla. En el segundo cuarto de dicha centuria, se produjo la reforma de la Universidad Pontificia, de acuerdo con los progresos que se habían operado en las ciencias médicas.
Por esa época se encontraba en Europa, en viaje de estudios, el doctor Nicolás José Gutiérrez Hernández (1800-1890), uno de los médicos cubanos más ilustrados de entonces, quien luego de entablar relaciones con personalidades de diversos países de esa región, introdujo a su regreso a la patria los adelantos científicos del Viejo Mundo, entre los que se destacan la aplicación de la anestesia con cloroformo y la apertura del primer curso de clínica quirúrgica que se impartió en La Habana. Muchos jóvenes cubanos, que luego fueron notables médicos, siguieron su ejemplo y fueron a París a estudiar la ciencia de curar las enfermedades. Fueron ellos quienes colocaron la práctica de la medicina en el país en una posición envidiable, y los que sentaron las bases para el desarrollo posterior de la prensa médica nacional, dada la necesidad cada vez más creciente de divulgar sus logros.
Nicolás J. Gutiérrez, el cirujano hábil e innovador, introductor del estetóscopo en Cuba y fundador de la Academia de Ciencias Médicas, Físicas y Naturales de La Habana, fue además el precursor de la prensa médica nacional, al crear en 1840 el Repertorio Médico Habanero, título de la primera revista cubana especializada en medicina.
Cada número de esta revista estaba indistintamente dividido en cuatro secciones: la primera con el título de Clínica médico-quirúrgica, exponía la constitución médica y daba a conocer las enfermedades prevalecientes en el mes inmediato anterior, las estadísticas hospitalarias, así como observaciones y reflexiones acerca de las enfermedades en cuestión y de los efectos producidos con la aplicación de diferentes estrategias terapéuticas. La segunda sección estaba destinada a los trabajos originales sobre cualquier ramo de la ciencia. En la tercera, con el título de Bibliografía, se anunciaban obras nuevas y se hacían reseñas analíticas de las consideradas de mayor utilidad. La cuarta, con el título de Variedades, anunciaba medicamentos secretos prohibidos en Francia y alguna otra noticia que por su naturaleza no tenía cabida en las secciones precedentes.
Estas cuatro secciones que aparecían en cada número del Repertorio Médico Habanero, cuyo tamaño era de 25 por 16 centímetros, se distribuían en las 16 páginas de sus cuadernos.
El primer tomo, que incluyó 12 entregas con periodicidad mensual, abarcó desde noviembre de 1840 hasta octubre de 1841 con 192 páginas.
Todo parece indicar que problemas financieros dieron al traste con la aspiración de continuar la publicación de la revista de modo ininterrumpido, pues no fue hasta el 16 de julio de 1842 que vio la luz el primer número del segundo tomo o segunda serie.
Esta segunda serie con frecuencia quincenal -salía los días 1ro. y 16 de cada mes-, abarcó del 16 de julio de 1842 al 16 de febrero de 1843, con un total de 12 entregas en foliación corrida que llegó hasta la página 160. En este último año se hizo cargo de la dirección de la revista el doctor Manuel Valdés Miranda (1808-1952).
La tercera serie, también con entregas quincenales que llegaron a 12 con comienzo en la página 161, se extendió del 1ro. de marzo al 16 de agosto de 1843. Con este último número llegó a la página 304.
La cuarta serie -comenzó en la página 305 y terminó en la 348-, sólo contó con los cuatro números correspondientes a los días 1ro. y 16 de septiembre y 1ro. y 16 de octubre de 1843.
Durante todo este período, un total de 42 colaboradores dejaron constancia de haber sido los autores de muchos artículos interesantes publicados en la revista, entre ellos varias figuras destacadas de entonces, como fueron el propio Nicolás J. Gutiérrez, Ramón Zambrana, Fernando y Esteban González del Valle, Luis Costales, Blas de Ariza, José de la Luz Hernández, Manuel Govantes, Julio Jacinto Le Riverend, Francisco Grimá, José González, Justino Valdés Castro y Rafael Blanco.
Otra cuestión digna de mencionar es la diversidad de aspectos abordados en sus páginas, si bien destacan los relativos a las estadísticas de hospitales y a la morbilidad de las enfermedades en La Habana.
En 1843, el nuevo director del Repertorio Médico Habanero, empezó a gestionar la fusión de éste con el Boletín Científico, revista fundada en agosto del año anterior por el doctor Vicente Antonio de Castro Bermúdez (1809-1869) y por el licenciado Justino Valdés Castro (1823-1895). Dicha decisión se fundamentó en la falta de recursos y en la pobre circulación de ambas publicaciones. La salvadora medida se materializó a partir del 1ro. de noviembre de 1843 con un nuevo título, a saber, el Repertorio Médico Habanero y Boletín Científico, en el que se amplió el círculo de materias que abrazaban por separado las dos revistas que le sirvieron de base. Cada número de la nueva publicación constaba de dos secciones; la primera divulgaba principalmente artículos de medicina, cirugía y farmacia, mientras la segunda se reservó para registrar aspectos relacionados con la física, la química, la botánica y otras ciencias naturales.
Su primer tomo, correspondiente al volumen II del extinguido Boletín Científico, se compuso de 15 entregas con un total de 410 páginas, que abarcó el período comprendido entre el 1ro. de noviembre de 1843 y el 15 de junio de 1844. Las medidas de esta publicación de periodicidad quincenal era de 22 por 16 centímetros, o sea, de tamaño algo más pequeño que el del Repertorio Médico Habanero.
El volumen III, compuesto de 12 números y 288 páginas, se extendió del 1ro. de julio de 1844 al 15 de enero de 1845, y el volumen IV comenzó el 1ro. de febrero siguiente y terminó en abril del propio año. Esta última entrega significó el cese definitivo de la revista.
El Repertorio Médico Habanero fue el pionero de un abundante número de títulos de revistas médicas surgidas con posterioridad, que llegaron a ser más de 60 en el período colonial español y a sobrepasar la cifra de 150 en la etapa republicana burguesa.
Hoy día, en que sólo la Editorial Ciencias Médicas produce un gran número de revistas de diversas especialidades y que los esfuerzos se concentran en elevar su prestigio dentro y fuera de Cuba, justo es que se trate de que las nuevas generaciones de médicos, gerentes de la salud y publicistas del sector encuentren una obra de referencia donde satisfacer alguna necesidad de información relativa al ancestro bibliográfico de la nación. Por ello se ha sacado a la luz pública esta pequeña fracción de la rica historia de la medicina cubana en un intento de que no se olvide y de evitar que en algún momento se llegue a ignorar.

BIBLIOGRAFÍA

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Octubre 24 de 1925. Constitución de la Federación Médica de Cuba

Autor: Lic. José Antonio López Espinosa
Centro Nacional de Información de Ciencias Médicas

Existen muchas pruebas de conductas dignas y de actos de rebeldía, abnegación, desinterés personal y heroísmo de parte de los médicos cubanos durante la época de la seudorepública, en tanto parte integrante de una sociedad entonces siempre oprimida y mal gobernada. Uno de los ejemplos más elocuentes de consecuencia ideológica y de lealtad sin reservas a los intereses fundamentales de la generación de médicos criollos de la primera mitad del siglo XX, fue la posición digna y decorosa de los integrantes de la Federación Médica de Cuba, quienes dejaron a un lado tendencias y manifestaciones individualistas y se fundieron en un haz de unidad monolítica para luchar unidos y hacer realidad proyectos fraguados al conjuro de ambiciosas esperanzas.
El teatro Payret, amplio coliseo ubicado en la esquina de las calles Prado y San José en la ciudad de La Habana, alojó el 24 de octubre de 1925 a más de dos mil médicos de varias regiones de la isla, para dejar oficialmente constituida esa organización, que se creó con el propósito de elevar el nivel moral y cultural de sus miembros; exigir el cumplimiento estricto de las reglas de ética profesional y proteger a los asociados en cualquier caso de justicia.
Los antecedentes de la Federación Médica de Cuba se remontan al 29 de octubre de 1835, fecha en la que apareció un artículo en el Diario de La Habana, rubricado por el doctor Manuel Valdés Miranda con el seudónimo de “El médico del campo”. El autor dio a conocer que en París se había fundado una Asociación Médica de Socorros Mutuos, cuyo ejemplo se siguió en Madrid, y sugería que se hiciera lo mismo en la isla de Cuba. Esta sugerencia se fundamentaba en la justa aspiración de impedir que los médicos se desopinaran recíprocamente, de que se les ofreciera protección en caso de invalidez y de que sus viudas e hijos recibieran amparo al momento de su muerte.
Para que la iniciativa se materializara, hubo que esperar hasta 1874 pues, si bien la fundación en 1861 de la Real Academia de Ciencias Médicas, Físicas y Naturales de La Habana había empezado a canalizar las inquietudes científicas; en el orden profesional propiamente dicho se constataban problemas que requerían urgentes soluciones. Así el primer intento formal de los médicos cubanos para organizarse en forma colegial tuvo lugar en Cienfuegos, cuando el 15 de julio de 1874 los galenos que ejercían en esa ciudad dirigieron una instancia al Gobernador General, en la que le pedían autorización para organizar un Colegio de Ciencias Médicas que creara un fondo para socorrer en caso de necesidad a los socios o a sus familiares; formara lazos en los cuales reinara la armonía y el decoro y celebrara reuniones para tratar asuntos científicos y acordar las medidas convenientes para los intereses profesionales. Todo parece indicar que esta propuesta no pasó de ahí, pues no hay constancia de que el proyecto fuese aprobado por las autoridades superiores.
De esta misma época data otro intento de organización de la clase médica, esta vez destinado a crear un Colegio Médico Nacional. Sin embargo, aunque ya comenzaba a sentirse el descontento a lo largo del país por la falta de atención a los intereses de la profesión desde el punto de vista moral y material, éste no era todavía suficientemente intenso para que cristalizara tan hermoso pensamiento.
En 1880 se trató de constituir una agrupación de ese tipo en Sancti Spíritus, integrada por todos los elementos científicos de la localidad. Con tal fin se celebraron reuniones preparatorias por algunos médicos, veterinarios, farmacéuticos y letrados residentes en el lugar, en las que se discutieron las bases de la asociación, inaugurada en una sesión pública y solemne presidida por el Alcalde Municipal. En esa sesión, donde reinaba el entusiasmo, se pronunciaron discursos y hasta se pensó en crear una publicación que fuese el órgano de la organización. Pero después no se volvió a hablar de ella, por lo que murió el mismo día de su nacimiento.
En 1881 la aspiración en este sentido de los médicos matanceros de crear un centro “que por el afecto y el íntimo trato estrechara los lazos de confraternidad” se frustró de una manera insólita, dada la determinación de las autoridades de la isla de suprimir la provincia de Matanzas.
En 1884 los médicos habaneros lanzaron por segunda vez la idea de crear un Colegio Médico Nacional. El 2 de febrero de ese año médicos de La Habana y muchos otros del interior de la isla se reunieron en la sede de la Sociedad Económica de Amigos del País para hablar sobre la normalización de los honorarios, el aseguramiento de su cobro y el nombramiento de una comisión que redactase los Estatutos del Colegio y se encargara de su constitución. La comisión se reunió en nueve ocasiones en el domicilio del doctor Joaquín García Lebredo (1833-1889) para dar cumplimiento a esas tareas. Por razones desconocidas, los Estatutos no se aprobaron hasta el 14 de diciembre de 1889, fecha en la que también se designó una comisión para redactar el Reglamento y otra para estudiar y redactar el Código de Moral y Ética. Ese día se decidió además que la nueva organización se nombrara Asociación Médica de la Isla de Cuba y no Colegio Médico Nacional, como se había concebido en un principio. Pero, de ahí en adelante, quizás la desconfianza originada por los malogrados intentos anteriores de crear organizaciones similares y la indiferencia mostrada en el trabajo de la comisión organizadora fueron los factores que llevaron al fracaso a esta nueva tentativa.
En el mismo año 1884, los médicos cardenenses dieron al fin vida al Centro Médico Farmacéutico con la aprobación del Gobierno General. Este Centro no sólo se consagró al estudio de las ciencias médicas y farmacéuticas, pues también ostentaba el carácter de una sociedad de socorros mutuos, al amparar a aquellos de sus miembros enfermos o imposibilitados de ejercer la profesión.
En 1887 comenzó a funcionar también, pero de manera extraoficial, el Colegio Médico de Sancti Spíritus, creado en defensa y como necesidad científica de los profesionales de la medicina del lugar. En un trabajo presentado al Primer Congreso Médico Regional de la Isla de Cuba, que tuvo lugar en La Habana en enero de 1890, el doctor Sebastián Cuervo Serrano (1847-192?) comentó: “No nos hemos constituido legalmente porque nos consideramos como un ensayo práctico”. Esta organización existió hasta agosto de 1891, en que se acogió a la Ley de Asociaciones.
En 1890 se concibió la idea de agrupar a los médicos, farmacéuticos y comadronas de un mismo barrio en células a las que se les llamó “cantones médicos”, con el fin de cambiar impresiones sobre las enfermedades reinantes en cada localidad, intimar las relaciones personales entre los asociados y evitar en lo posible cualquier aspereza que se pudiera originar debido a la identidad de intereses. El primer “cantón” organizado fue el del Vedado, al que siguieron los de Jesús del Monte, Luyanó y Arroyo Apolo. Este intento también fracasó.
En 1892 los médicos del municipio de La Habana crearon una sociedad, presidida por el doctor Eduardo F. Plá Hernández (1851-1921), que muy pronto dispuso de un órgano de publicidad propio titulado Gaceta Médica Municipal. Al año siguiente se desintegró.
Luego de esta última tentativa de organización de los médicos criollos en la época de dominación española, en 1910 el doctor Enrique Núñez Palomino (1872-1916) lanzó de nuevo la idea de organizar un Colegio Médico Nacional a través de una moción que sometió a la consideración de la Academia de Ciencias Médicas, Físicas y Naturales de La Habana en su sesión del 30 de septiembre. La aspiración fundamental de los que participaron en esa asamblea era que los galenos criollos fundaran el Colegio Médico Nacional, divididos en Colegios locales para cada provincia y unión de municipios que contaran con 25 médicos residentes en ellos y en pleno ejercicio profesional. Pero esta idea dio al traste con los intereses de algunos centros regionales, por lo que también se malogró.
Con todos estos antecedentes y experiencias, el doctor Alberto Recio Forns (1885-?) propuso la creación de la Federación Médica de Cuba, previa celebración de una gran asamblea en La Habana, a la que concurriera el mayor número posible de médicos de todo el país, así como de un Congreso Médico de Ética y Defensa Profesional. Todo el proyecto fue aprobado; se señaló la fecha del 24 de octubre de 1925 para efectuar esos actos y se nombró una comisión integrada por los doctores Ángel Arturo Aballí Arellano (1880-1952), Eduardo Salazar, Vicente Pardo Castelló (1892-?), Ernesto R. de Aragón del Pozo (1892-?) y Alberto Recio para que se responsabilizara con lo concerniente a la organización de la Asamblea Magna y del Congreso.
Tras una intensa campaña propagandística, el 15 de octubre de 1925 se logró reunir a un número considerable de médicos de toda la República con el fin de leer y discutir el Reglamento y los Estatutos por los cuales se regiría la Federación Médica de Cuba, los que debían ser presentados al Gobierno Provincial y aprobados por éste antes de llevarse a la Asamblea Magna, señalada para el día 24 del mismo mes. En esa reunión se eligieron la Junta Nacional y el Comité Ejecutivo de la nueva organización. Para la Junta Nacional, que era el organismo supremo con reunión una vez al año, fue elegido como Presidente el doctor Juan Guiteras Gener (1852-1925) y para el Comité Ejecutivo, que tendría a su cargo la dirección directa de los asuntos de la Federación, resultó electo el doctor Aballí.
En el Congreso de Ética y Defensa Profesional, que comenzó a las 7:00 a.m. del día antes señalado, se estudiaron y discutieron todas las mociones generadas en la reunión celebrada una semana antes. Sus conclusiones fueron brillantes. Seis horas más tarde se inició en el teatro Payret la gran Asamblea Magna de la Federación Médica de Cuba, donde se proclamaron las directivas previamente electas para la Junta Nacional y para el Comité Ejecutivo. Cuando el doctor Guiteras fue llamado a ocupar su puesto en la Presidencia, fue objeto de una entusiasta y continuada ovación. Este venerable médico pronunció un bello discurso, el último que dijera en público, pues falleció cinco días más tarde en su natal ciudad de Matanzas. A la de Guiteras, siguieron las alocuciones de los representantes de las provincias La Habana, Camagüey, Matanzas, Oriente, Pinar del Río, Santa Clara y Cienfuegos. También pronunciaron vibrantes discursos los doctores Julio Ortiz Cano (1873-?), tesorero de la Junta Nacional, Aballí y Santiago Verdeja Neyra (1882-?), Vicepresidente del Comité Ejecutivo, quien hizo el resumen.
Con aquella asamblea inició sus pasos la que fue la pujante y prestigiosa Federación Médica de Cuba, organización con la que se hicieron realidad los sueños y cristalizaron los esfuerzos de una pléyade de ilustres médicos de diversos puntos geográficos de la isla en el propósito de unirse para defender sus intereses profesionales como pivote de su superación colectiva y garantía de una mejor y mucho más responsable protección de la salud pública. Surgida por imperativo del tiempo, del medio y de los intereses, la agrupación desarrolló una activa campaña en beneficio de los médicos y de la salud del pueblo cubano, a pesar de los recios ataques que recibía de parte de sus detractores y hasta de algunos gobernantes. Dejó en el camino sufrimientos y mártires inmolados y mantuvo como objetivos primordiales el decoro y el prestigio de la clase médica cubana y la defensa de sus más elevados intereses, con lo que poco a poco fue conquistando logros antes vedados a otros colectivos similares.
La organización funcionó con el nombre de Federación Médica de Cuba hasta 1944, pues ese año se dictó un Decreto Presidencial que estableció la colegiación obligatoria para todo profesional universitario. Fue por ello que a partir de 1945 empezó a llamarse Colegio Médico Nacional, denominación que mantuvo hasta 1962, a raíz del trabajo de reorganización del sistema de salud cubano, emprendido por el gobierno revolucionario.

BIBLIOGRAFÍA

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Octubre 24 de 1790. Aparición de la primera publicación periódica cubana

Autor: Lic. José Antonio López Espinosa
Centro Nacional de Información de Ciencias Médicas

Hasta la última década del siglo XVIII constituían una rareza los documentos que se publicaban en Cuba, no obstante haberse introducido la imprenta desde 1720 y haber comenzado la vida intelectual con la fundación en 1728 de la Universidad Pontificia. Es necesario llegar pues al gobierno de don Luis de las Casas, para comenzar a hablar de los factores que condicionaron las acciones sistemáticas en tal sentido. Cuando asumió el mando de la isla en julio de 1790, ese gobernante encontró que no había en ella ni un solo papel donde insertar siquiera las noticias oficiales. Por tal motivo concibió la idea de establecer un periódico y, puesto de acuerdo con el célebre médico habanero doctor Tomás Romay Chacón y con don Diego de la Barrera, quien ya en 1782 había dado a la publicidad una hoja de anuncios denominada La Gazeta, decidió fundar la que había de ser la primera publicación periódica de Cuba.
El 24 de octubre de 1790 comenzó a circular bajo el título de Papel Periódico de la Havana esta publicación, cuyas páginas conservan mucha información valiosa para la historia de Cuba. En ellas aparecen, entre otros aspectos, discursos, tratados, poesías, inventos en las ciencias y las artes, compras y ventas, avisos de hallazgos y pérdidas, aranceles, estadísticas en general, entradas-salidas de embarcaciones y observaciones meteorológicas, además de artículos sobre moral y religión, agricultura, arquitectura, comercio, hidráulica, legislación, pirotécnica, química, física, higiene y medicina.
Los artículos médicos abordaban básicamente las afecciones prevalecientes en cada mes y su relación con los cambios climatológicos. Asimismo se reproducían trabajos publicados con anterioridad en revistas europeas y se emitían opiniones sobre algunas enfermedades como la tisis, el tétanos del recién nacido y la fiebre amarilla, entre otras.
Después de erigida la Sociedad Patriótica de Amigos del País de la Havana por el propio las Casas el 9 de enero de 1793, éste propuso al cuerpo directivo de la nueva corporación se ocupara del manejo del periódico. Así, con la acertada dirección de su fundador y con el valioso apoyo de los intelectuales Agustín de Ibarra, Joaquín Santa Cruz, Antonio Robredo y Tomás Romay, quienes lo acompañaron a partir de entonces en la magna empresa, la publicación adquirió mucho más auge. El 10 de noviembre de ese año, el doctor Romay publicó, con el seudónimo de Tomás Moro, su primer artículo médico en el Papel Periódico de la Havana, en el cual se opuso a ciertas virtudes que se otorgaban a una receta general contra la elefancia, la alferecía, la hidropesía y otras enfermedades.
Tras quedar la publicación a cargo de la Sociedad Patriótica, se creó una comisión encargada de su redacción y administración en la forma siguiente:

Enero Alonso Benigno Muñoz
Febrero Tomás Romay
Marzo Juan González
Abril Antonio Robredo
Mayo José Agustín Caballero
Junio Domingo Mendoza
Julio José Antonio González
Agosto Agustín de Ibarra
Septiembre Nicolás Calvo
Octubre Juan Manuel O’Farril
Noviembre Francisco de Arango
Diciembre José de Arango

Esta comisión estaba presidida por el presbítero José Agustín Caballero, mientras Antonio Robredo fungía como administrador principal. El plan de los 12 redactores o del apostolado como también se le llamó, funcionó durante algún tiempo. Cada uno de sus miembros asumía su responsabilidad en el mes que le correspondía y durante él debía garantizar el contenido del periódico. En particular, el redactor de diciembre tenía la obligación, contraída de modo voluntario, de confeccionar la guía de la ciudad.
Entre el 24 de octubre de 1790, en que vio la luz su primer número, hasta el 31 de diciembre del propio año salieron sólo 10 números, que se ponían a disposición de los lectores los domingos. Desde 1791 hasta 1805 salía dos veces por semana, los jueves y los domingos. Procede destacar que con parte de los beneficios logrados con las 196 suscripciones del periódico hasta finales de 1793, se compraron en España los primeros libros con los que se creó la Biblioteca Pública de la actual Sociedad Económica de Amigos del País, con sede en la Ciudad de La Habana.
El Papel Periódico de la Havana mantuvo ese título hasta 1805, cuya identificación comenzó a variar con distintas denominaciones como El Aviso (1805-1808), Aviso de la Habana (1809-1810), Diario de la Habana (1810-1812), Diario del Gobierno de la Habana (1812-1820), Diario Constitucional de la Habana (1820), Diario del Gobierno Constitucional de la Habana (1820-1823), Diario del Gobierno de la Habana (1823-1825) y Diario de la Habana (1825-1848). El 3 de febrero de 1848 se transformó en la publicación oficial del Gobierno y asumió definitivamente el nombre de Gaceta de la Habana.
En las páginas de la publicación apareció en primera línea el nombre del doctor Tomás Romay, quien desde ellas dio a conocer muchas particularidades sobre las vacunas, los cementerios y la fiebre amarilla entre otros aspectos vinculados a la salud pública y a la medicina social. Asimismo en el periódico quedó constancia de la obra de muchos médicos cubanos afamados de esa época como Francisco Alonso Fernández, Carlos Belot, José A. Bernal Muñoz, Ángel J. Cowley, Ambrosio y Fernando González del Valle, José M. González Morillas, Nicolás José Gutiérrez, Simón Vicente de Hevia, Pablo Humanes, Manuel José de Piedra, Domingo Rosaín, Marcos Sánchez Rubio, Justino Valdés Castro, Manuel Valdés Miranda, Nicolás Vicente del Valle y Ramón Zambrana, entre otros.
A su indiscutible importancia desde el punto de vista bibliográfico como fiel exponente de la cultura nacional en general entre la última década del siglo XVIII y el decenio de 1840, el Papel Periódico de la Havana une la significación de haber sido prácticamente el único depositario de los resultados de las investigaciones médicas expresados en forma de artículos, ya que entonces no existían en Cuba revistas científicas dedicadas a atesorar los trabajos de los galenos criollos. Ello ha servido de justa motivación para recordar por este conducto la fecha de la puesta en circulación de su primera entrega.

BIBLIOGRAFÍA

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Octubre 11 de 1879. Inauguración de la primera sociedad médica cubana

Autor: Lic. José Antonio López Espinosa
Centro Nacional de Información de Ciencias Médicas

La actividad intelectual estuvo prácticamente dormida en Cuba desde que se produjo el Grito de Yara el 10 de octubre de 1868, hasta el Pacto del Zanjón el 12 de febrero de 1878. Terminada la Guerra de los 10 Años, se manifestó cierto despertar de este movimiento, uno de cuyos exponentes fue la creación de algunas agrupaciones científicas en varias ramas del conocimiento
A mediados de 1879, el doctor Serafín Gallardo Alcalde reunió a un grupo de médicos, a los cuales expresó su propósito de fundar una sociedad que se dedicara al estudio clínico de las manifestaciones morbosas, cuyos miembros se consagraran al perfeccionamiento de los conocimientos médicos y quirúrgicos, a la vez que se convirtieran en multiplicadores del fruto de sus tareas para beneficio de la clase médica. Estos colegas estuvieron de acuerdo con la iniciativa y, tras varias reuniones preliminares, el 29 de junio de ese año se discutió y aprobó el Reglamento por el cual debía regirse la organización, el que fue oficialmente sancionado por el Gobierno General de la Isla el 3 de julio siguiente.
El 31 de agosto se celebraron las elecciones de su primera Junta de Gobierno y de la Junta de Examen y Publicación, con sus Secciones de Medicina y de Cirugía. Como resultado de los comicios, éstas quedaron constituidas de la forma siguiente:

PRESIDENTE: Dr. Serafín Gallardo Alcalde
VICEPRESIDENTES: Dr. Antonio Mestre Domínguez y Dr. Federico Horstmann Cantos
TESORERO-CONTADOR: Dr. José Redondo Salfrán
SECRETARIO GENERAL: Dr. Claudio Delgado Amestoy
VICESECRETARIO: Dr. Eduardo Echarte
COLECTOR BIBLIOTECARIO: Dr. Francisco Obregón Mayol

COMISIÓN DE EXAMEN Y PUBLICACIONES
SECCIÓN DE MEDICINA
Dr. Antonio Gordón Acosta
Dr. Vicente Benito Valdés
Dr. Joaquín García Lebredo Lladó
Dr. Eduardo F. Plá Hernández
Dr. Agustín Wenceslao Reyes Zamora
Dr. Emiliano Núñez de Villavicencio Alvarez
Dr. Miguel Núñez Rossié
Dr. Francisco Cabrera Saavedra
Dr. Juan M. Espada
Dr. Pablo Valencia García

SECCIÓN DE CIRUGÍA
Dr. José Pulido Pagés
Dr. Casimiro Saez
Dr. Juan Santos Fernández Hernández
Dr. Raimundo de Castro Alló
Dr. Ignacio Plasencia Lizaso
Dr. Luis Montané Dardé
Dr. Manuel V. Bango León
Dr. José Rafael Montalvo Covarrubias
Dr. Bernardo Figueroa García
Dr. Joaquín Laudo Estévez

El 11 de octubre de 1879 se celebró en la sede de la Real Academia de Ciencias Médicas, Físicas y Naturales de La Habana la sesión solemne inaugural de la Sociedad de Estudios Clínicos de La Habana, bajo la presidencia del Gobernador Civil de la provincia Alejandro Rodríguez Arias y con la presencia de sus miembros fundadores, de representantes de otras corporaciones científicas y literarias, de la Universidad, del Instituto de Segunda Enseñanza y de la Escuela Profesional de Pintura y Escultura de San Alejandro. Estaban también en el acto representantes del Cuerpo de Sanidad Militar y de Sanidad de la Armada, de la prensa y otras personas notables de la época, que escucharon primeramente las palabras del doctor Claudio Delgado, quien hizo una reseña histórica de la constitución de la Sociedad. Luego de la intervención del Secretario General, el doctor Gallardo pronunció el discurso oficial de inauguración de la agrupación en el cual se refirió, entre otras cosas, a la importancia de la clínica; a las complejas pero hermosas tareas que tenían por delante los integrantes de la organización y a su fe en que ésta tendría larga existencia. A continuación, el Gobernador Civil declaró oficialmente inaugurada la Sociedad de Estudios Clínicos de La Habana, tras cuyas breves palabras se levantó la sesión.
Los miembros fundadores de la corporación fueron todos los que respondieron al llamado del doctor Gallardo para su constitución y que, antes del 16 de noviembre de 1879, fecha en que tuvo lugar la primera sesión pública ordinaria, se inscribieron en las redacciones de las revistas CRÓNICA MÉDICO QUIRÚRGICA DE LA HABANA, GACETA MÉDICA y PROPAGANDA CIENTÍFICA. Estas tres publicaciones, además de apoyar moralmente a la organización con la difusión de la idea de crearla, la ayudó en el aspecto material al servirle como centro de recepción de sus primeros afiliados, que sumaron 125 en total. Los miembros titulares eran los que, con posterioridad a la fecha antes señalada, ingresaban por votación secreta en sesión extraordinaria convocada al efecto, a propuesta de tres miembros en activo, y tras presentar un trabajo científico en sesión pública ordinaria. Los socios corresponsales eran los residentes fuera de La Habana que cumplieran los requisitos exigidos a los titulares.
La Junta de Gobierno se nombraba por elección cada dos años en el mes de septiembre. Cada 11 de octubre celebraba una sesión solemne en conmemoración a los aniversarios de su constitución, además de las sesiones públicas ordinarias programadas todos los meses y de las extraordinarias que convocaba la Junta de Gobierno o que solicitaban por escrito diez o más miembros. Estas reuniones tenían lugar indistintamente en las sedes de la Academia de Ciencias y de la Sociedad Económica de Amigos del País, pues nunca contó con un local propio.
Durante su larga vida de casi 81 años hasta su desaparición en 1960, registró las actas y trabajos de sus sesiones en la publicación titulada ARCHIVOS DE LA SOCIEDAD DE ESTUDIOS CLÍNICOS DE LA HABANA, que entre 1881 y 1896 salía en forma de libro y con periodicidad irregular. A partir de ese último año se convirtió en una revista, donde se atesoran valiosas contribuciones de las figuras más representativas de la medicina cubana en el último cuarto del siglo XIX y la primera mitad del XX.
En su seno se trataron importantes cuestiones sobre clínica médica, demostrativas de la cultura y originalidad de sus afiliados, a quienes se les debe, por cierto, la organización y la celebración del Primer Congreso Médico Regional en 1890 y del Primer Congreso Médico Nacional en 1905.
Por los útiles servicios que prestó al país durante su existencia y por haber sido la primera agrupación cubana genuinamente médica, bien merece la Sociedad de Estudios Clínicos de La Habana que se le haya dedicado esta modesta memoria en ocasión de cumplirse el 11 de octubre de este año el 123 aniversario de su inauguración, para que la actual y las futuras generaciones de médicos conozcan al menos los aspectos básicos sobre su quehacer durante más de 80 años.

BIBLIOGRAFÍA

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Octubre 10 de 1868. Inicio de las luchas por la independencia de Cuba

Autor: Lic. José Antonio López Espinosa
Centro Nacional de Información de Ciencias Médicas

Cuando el 10 de octubre de 1868 Carlos Manuel de Céspedes (1819-1874) se levantó en armas contra el dominio español en su ingenio La Demajagua, libertó a sus esclavos y suscribió la Declaración de Independencia, se dio inicio a la históricamente conocida Guerra de los Diez Años, con la cual comenzaron las luchas por la independencia de la isla de Cuba. La literatura histórica recoge los nombres de muchos héroes que se lanzaron a la manigua en busca de la emancipación, entre los que aparecen los de profesionales de la salud de aquella época, que cambiaron el instrumental médico por el machete.
Reunidas sus fuerzas, Céspedes se dirigió con ellas a la ciudad de Bayamo, la cual tomó y mantuvo en su poder desde el 21 de octubre hasta enero de 1969, fecha en que fue incendiada y destruida por los propios revolucionarios, antes de que volviera a caer en manos de las huestes españolas. Esa fue la que se pudiera llamar la primera acción de guerra que dio comienzo a la larga y cruenta revolución, mantenida hasta enero de 1959, con el triunfo de las fuerzas rebeldes lideradas por el Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz. 
A la toma de Bayamo sucedió el alzamiento de Camagüey, iniciado el 4 de noviembre de 1868. En aquellos mismos días tenían lugar en La Habana los atropellos por parte de los voluntarios españoles, entre los que merecen ser recordados el asalto al teatro de Villanueva y el ataque a la muchedumbre indefensa, llevados a cabo el 22 de enero de 1969, así como el ataque al café del Louvre y el saqueo a la casa de Aldana los días siguientes. A raíz de estos escandalosos hechos, el General Dulce requirió duro a los voluntarios; pero luego cedió a sus exigencias e inició un período de intransigencias y  persecuciones, al punto de llegar a desterrar a 250 cubanos a la isla de Fernando Poo, acontecimiento ocurrido el 21 de mayo de 1869, que sirvió para acrecentar el odio de los cubanos hacia los españoles. Entre los deportados figuraban 10 médicos, dentistas y farmacéuticos, que fueron trasladados a su lugar de destino a bordo del buque San Francisco de Boja. Ellos fueron: 

Martín Agüero, dentista de Puerto Príncipe de 30 años de edad
Manuel Álvarez, farmacéutico de Cabañas de 40 años
Manuel Bravo Santis, médico de Cárdenas de 35 años
Carlos Cónor, farmacéutico de Guatemala de 30 años
Rafael Forts, dentista de Guanabacoa de 25 años
Patrocinio Freires, médico de Cárdenas de 40 años
Silvestre Pérez, farmacéutico de Calabazar de 30 años que falleció en la travesía
Joaquín del Río, farmacéutico de Remedios de 38 años
Dionisio Sáez, médico de Cárdenas de 30 años
Ángel Sandoval, médico de Corralito de 44 años.

Relatar los innumerables combates y operaciones realizadas a lo largo de la Guerra de los Diez Años, así como relacionar los nombres de la infinidad de héroes que en ella participaron, no es a propósito de este trabajo por razones de espacio. No obstante, a la lista anterior de profesionales de la salud deportados por sus principios revolucionarios, se agrega otra con los nombres de los estudiantes y entonces recién graduados como médicos, dentistas y farmacéuticos en la Universidad de La Habana caídos en combate.  Ellos fueron:

Alfredo Álvarez Carballo, estudiante de Medicina caído en 1875
Enrique de Jesús Álvarez Martínez, estudiante de Medicina caído en 1871
Sebastián Amabile Correa, licenciado en Medicina caído en 1869
Rafael Argilagos Guinferrer, doctor en Medicina caído en 1869
Filipo Carlos de Ayala, doctor en Medicina caído en 1869
Pedro Betancourt Viamonte, cirujano dentista caído en 1870
Honorato del Castillo Cancio, bachiller en Medicina caído en 1869
José María de Castro Meneses, bachiller en Medicina caído en 1869
Ramón José Cortés Artiles, flebotomiano (sangrador) caído en 1870
José Genaro Díaz Valdivia, bachiller en Medicina caído en 1875
Luis Magín Díaz y Zayas Bazán, dentista caído en 1870
Francisco Figueroa Velis, doctor en Farmacia caído en 1870
José Manuel González Guerra, farmacéutico caído en 1870
Francisco María Jiménez Rojas, estudiante de Medicina caído en 1869
Antonio Lorda Ortegosa, licenciado en Medicina caído en 1871
Agustín Morales Martín, estudiante de Medicina caído en 1875
Esteban Poncet Álvarez, estudiante de Medicina caído en 1877
Isidro Portillo Junco, estudiante de Medicina caído en 1870
Alejandro del Río Rodríguez, licenciado en Farmacia caído en 1872
Domingo Sterling Varona, estudiante de Medicina caído en 1871
José Antonio Toymil Zapela, estudiante de Medicina caído en 1871
Antonio María Urbano Pedroso, estudiante de Medicina caído en 1875.

Con este breve ensayo se ha querido, a la vez que recordar una efemérides de tanta importancia para la historia patria como el 10 de octubre de 1868, honrar la memoria de los médicos, dentistas, farmacéuticos, estudiantes y otros profesionales de la salud que dieron su vida a la causa de la libertad en el transcurso de esa contienda iniciadora de una prolongada lucha que se extendió por espacio de casi un siglo. Por otra parte, se ha tratado de agregar valor a esta obra uniendo por primera vez en su solo cuerpo los datos de estos héroes, hasta ahora dispersos en diversas modalidades documentarias producidas en diferentes épocas. De ahí la esperanza de que su contenido pueda ser de alguna utilidad.

 

BIBLIOGRAFÍA

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Octubre 9 de 1967. Muerte del doctor Ernesto Guevara de la Serna

Autor: Lic. José Antonio López Espinosa
Centro Nacional de Información de Ciencias Médicas

La fecha del 9 de octubre de 1967 es bien conocida y recordada por el legado que dejara para la posteridad. Ese día entregó su preciosa vida por la libertad de América en Bolivia el médico humanista, el ejemplar revolucionario internacionalista, el hombre del siglo XXI, el Guerrillero Heroico comandante Ernesto Guevara de la Serna.
La efemérides resulta propicia para registrar algunos apuntes biográficos de esta figura cumbre de los movimientos revolucionarios con activa participación de profesionales de la salud, en tanto su nombre está para siempre unido a los de muchos médicos cubanos como Félix Figueredo Díaz (1829-1892), Antonio Luaces Iraola (1842-1875), Sebastián Amabile Correa (1845-1869), Antonio Lorda Ortegosa (1845-1870), Eusebio Hernández Pérez (1853-1933), Pedro Betancourt Dávalos (1858-1933), Eugenio Sánchez Agramonte (1865-1933), Juan Bruno Zayas Alfonso (1867-1896) y Mario Muñoz Monroy (1912-1953), entre otros que tomaron parte en la lucha contra España durante el período colonial en la Guerra de los Diez Años (1868-1878), en la llamada Guerra Chiquita de 1879, en la Revolución de Martí o Guerra de Independencia (1895-1898) o en las contiendas contra las sanguinarias tiranías que imperaban en Cuba durante las cinco primeras décadas del siglo XX, entre las que destacaron el enfrentamiento al régimen machadista (1929-1933) y la lucha guerrillera de la Sierra Maestra (1956-1959) contra el despótico gobierno batistiano, en la cual tuvo una participación sobresaliente.
El doctor Ernesto Guevara nació en la ciudad argentina de Rosario el 14 de junio de 1928, fruto del matrimonio constituido por el contratista de obras Ernesto Guevara Lynch y Celia de la Serna, quienes tuvieron otros cuatro hijos: Celia, Roberto, Ana María y Juan Martín.
Tras terminar la enseñanza primaria, comenzó en 1941 los estudios de Bachillerato en la ciudad de Córdoba. Aunque desde los 11 años de edad se le consideraba un as del ciclismo, comenzó en 1944 a practicar otros deportes de manera intensa. Llegó a convertirse también en un buen jugador de fútbol rugby. Mientras cursaba la segunda enseñanza manifestó ideas radicales y tomó parte activa en diversas manifestaciones estudiantiles.
En 1945 se trasladó a Buenos Aires; allí matriculó en la Facultad de Medicina y trabajó en el Instituto de Investigaciones Alérgicas. Durante sus vacaciones solía hacer trabajos de enfermería en barcos de la marina mercante en viajes por puertos nacionales.
Al terminar el cuarto año de la carrera, hizo un recorrido por toda la Argentina, Bolivia, Chile, Perú, Colombia y Venezuela, viaje en el cual invirtió un total nueve meses y sirvió para despertar en él la vocación por la higiene social. Con el afán de empezar lo más pronto posible su trabajo en esa actividad, matriculó a su regreso a Buenos Aires en 1952, por la vía de la enseñanza libre, el total de las 14 asignaturas correspondientes a los dos años que aún le faltaban para hacerse médico.
Luego de obtener el título de Doctor en Medicina el 1ro. de junio de 1953, fue llamado a cumplir el Servicio Militar, aunque fue declarado no apto en virtud del asma que padecía desde los dos años de edad. Meses después inició un viaje a Venezuela, pero en Guayaquil, Ecuador, se desvió hacia Guatemala, donde no se le permitió ejercer su profesión. En ese país participó en el ensayo socialista bajo los gobiernos de Juan José Arévalo y de Jacobo Arbens y estableció contacto con los elementos revolucionarios, entre ellos varios exiliados cubanos.
Cuando se produjo la invasión de Castillo Armas a Guatemala organizó una milicia, pero a la entrada en la capital de los mercenarios se tuvo que asilar en la Embajada argentina. De Guatemala se trasladó a México, donde laboró en el Hospital Central del Distrito Federal, en el Laboratorio del Hospital Francés, así como en el Centro de Investigaciones Alérgicas del Insttituto de Cardiología y donde hizo contacto con los miembros del Movimiento 26 de Julio cubano, exiliados en esa nación.
En 1956 llegó a integrar el grupo de revolucionarios que luchaban por liberar a Cuba de la dictadura militar de Fulgencio Batista Zaldívar. Su nombre aparece en la relación de los 81 expedicionarios del yate Granma al mando del comandante Fidel Castro Ruz. El 5 de diciembre de ese año recibió su bautismo de fuego en Cuba, al sufrir una herida grave en el cuello.
El 5 de junio de 1957 se le confirió el grado de Comandante de la Cuarta Columna, como reconocimiento a sus méritos como médico y como oficial de línea en la lucha de la Sierra Maestra. Tomó parte activa en muchos combates importantes como el de “El Hombrito”, el de “Pino del Agua” y el de “Mar Verde”, entre otros.
En agosto de 1958 el Comandante en Jefe le encomendó ponerse al frente de una columna que debía invadir la provincia de Las Villas, a cuyo efecto dirigió numerosos combates en las zonas de Fomento, Cabaiguán, Placetas, Remedios y Caibarién, hasta que se produjo la toma definitiva de la ciudad de Santa Clara.
A la entrada de la Revolución victoriosa en La Habana el 2 de enero de 1959, ocupó la Cabaña, segunda fortaleza militar en importancia de la capital cubana.
A pocos días del triunfo, por Ley dictada por el Gobierno Revolucionario, fue declarado ciudadano cubano por nacimiento y el 13 de enero el Colegio Médico Nacional le otorgó la categoría de “Médico cubano honorario”.
En el Gobierno desempeñó varios cargos y funciones de primera importancia, tales como el de Jefe del Industrias del Instituto Nacional de Reforma Agraria (INRA); Presidente del Banco Nacional y Ministro de Industrias; delegado de Cuba a la Conferencia del Consejo Interamericano Económico y Social, celebrado en Punta del Este, y presidente de diversas misiones a países socialistas; sin abandonar por ellos sus responsabilidades como oficial de las Fuerzas Armadas ni su pensamiento como médico. Prueba de esto último fue el discurso que pronunció el 20 de agosto de 1960, donde expuso los fundamentos de su concepción sobre una medicina de esencia social y proyección humanista y sus impresiones al “entrar en contacto con la miseria, con el hambre, con las enfermedades, con la falta de capacidad para curar a un hijo enfermo por la falta de medios, con el embrutecimiento que provocan el hambre y el castigo continuo hasta hacer que la pérdida de un hijo sea para un padre un accidente sin importancia”.
En octubre de 1965 el Comandante en Jefe hizo pública una carta del doctor Guevara, en la que éste hacía renuncia oficial a sus cargos en el Gobierno y a su condición de cubano, con el fin de incorporarse a las guerrillas que luchaban en Bolivia contra la tiranía militar que entonces sojuzgaba a ese país.
Fue pues el comandante Ernesto “Che” Guevara de esos hombres extraordinarios que lo dan todo en pos de un ideal. Y lo dio todo, pues entregó su vida en la lucha revolucionaria el 9 de octubre de 1967.

BIBLIOGRAFÍA

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Octubre 7 de 1877. Institucionalización de la Sociedad Antropológica de la Isla de Cuba

Autor: Lic. José Antonio López Espinosa
Centro Nacional de Información de Ciencias Médicas

La Antropología es la ciencia que se ocupa del estudio del hombre en general, con inclusión de sus subdivisiones naturales, con las cuales se constituyen las razas, y sus subdivisiones artificiales, con las que se forman conglomerados de individuos llamados pueblos; de manera que aborda al ser humano tanto física como moralmente y lo clasifica de acuerdo con sus características. En Cuba las investigaciones antropológicas se iniciaron en la segunda mitad del siglo XIX y tuvieron a sus principales precursores en los médicos habaneros Luis Montané Dardé (1849-1936) y Arístides Mestre Hevia (1865-1952), a quienes más tarde se unieron en este movimiento los doctores Juan Santos Fernández Hernández (1847-1922) Antonio Gordon Acosta (1848-1917) y Carlos de la Torre Huerta (1858-1950), entre otros.

La Real Academia de Ciencias Médicas, Físicas y Naturales de La Habana, inaugurada en mayo de 1861 por el célebre médico cubano Nicolás J. Gutiérrez Hernández (1800-1890) y con una membresía constituida mayoritariamente por médicos, brindó siempre apoyo a los temas de Antropología. En su sede fueron debatidos muchos trabajos relacionados con esta disciplina y fue allí donde se puede decir se gestó su desarrollo en el país por un grupo de profesionales de la salud encabezado por el doctor Mestre quien, desde el mismo momento de su ingreso a la corporación, insistió en la necesidad de realizar investigaciones antropológicas en el territorio nacional.

En una sesión pública celebrada a finales agosto de 1877 se dio a conocer a los académicos una comunicación recién recibida de la Sociedad Antropológica de Madrid, donde se sugería la constitución de una corresponsalía suya en La Habana, en atención a la diversidad de razas y de asentamientos poblacionales establecidos en la isla durante el siglo XIX, así como a gestiones realizadas en tal sentido por tres cubanos que eran miembros correspondientes de aquella, a saber, el doctor Santos Fernández, Luis A. Delmas y Gabriel Pichardo. A ese efecto se creó una comisión organizadora presidida por el gobernador y capitán general e integrada por los recién mencionados miembros correspondientes de la sociedad de Madrid. En los últimos días de septiembre siguiente, el doctor Santos Fernández, elegido Vicepresidente de esa comisión organizadora de la asociación próxima a crearse, solicitó y obtuvo la autorización para celebrar su sesión de apertura en el salón de reuniones de la Academia el 7 de octubre. Fue así como ese día nació la Sociedad Antropológica de la Isla de Cuba, la cual contó entre sus miembros con personalidades de la talla de Juan Bruno Zayas, Nicolás J. Gutiérrez, Antonio Mestre, Luis Montané, Felipe Poey Aloy, Ambrosio González del Valle, Eusebio y Fermín Valdés Domínguez, Eduardo F. Plá, José Beato, José Francisco Arango, Manuel Fernández de Castro, José A. Cortina, Juan Santos Fernández, Serafín Gallardo, Antonio Rodríguez Ecay, Fernando Freyre de Andrade, Luis A. Delmas y Gabriel Pichardo.

Como se apuntó con anterioridad, esta agrupación surgió como una institución correspondiente de su homóloga madrileña. Tras su creación, continuó con la divulgación de los trabajos y discusiones en torno al tema, que hasta entonces se realizaban en el seno de la Academia de Ciencias. Su primera junta directiva quedó integrada por los siguientes miembros:

Presidente: Dr. Felipe Poey
Vicepresidente: Dr. José Argumosa Benzanilla
Secretario: Dr. Antonio Mestre
Vicesecretario: Luis Montané
Tesorero: Dr. Fernando Freyre de Andrade
Archivero-bibliotecario: Dr. Gualberto Wellis

A casi dos años de su fundación, comenzó a circular el Boletín de la Sociedad Antropológica de la Isla de Cuba como órgano de la corporación. Fundada por los doctores Santos Fernández y Pichardo, esta publicación se dio a conocer el 1ro. de septiembre de 1879. La salida de este título dio cumplimiento al artículo 62 de los Estatutos de la Sociedad, para dar respuesta a los intereses de sus afiliados y satisfacer las inquietudes de todos los interesados en los adelantos intelectuales del país en relación con el estudio de todas las manifestaciones de la historia natural del ser humano.

Durante el tiempo que se mantuvo en funciones, la Sociedad Antropológica de la Isla de Cuba trató de cumplir sus objetivos sobre la base de un pensamiento eminentemente liberal, por lo que albergó en su seno representantes de todas las especialidades científicas, literarias y artísticas. La primera manifestación de su decadencia se evidenció en una sesión celebrada en 1886, en la cual se anunció el cese de la edición del Boletín que circulaba desde 1879. A partir de enero de 1888 sus actas y trabajos se comenzaron a divulgar en otras revistas médicas, fundamentalmente en la Crónica Médico Quirúrgica de La Habana y en los Anales de la Academia de Ciencias Médicas, Físicas y Naturales de La Habana -esta última guarda también los documentos de ese tipo producidos antes del surgimiento del Boletín. En 1892 apareció un artículo en la Revista de Ciencias Médicas, donde se informaba que la Sociedad había suspendido de modo provisional sus tareas por la incorporación a otras actividades priorizadas de sus principales figuras y por falta de recursos económicos para apoyar sus labores. Hasta 1895 no hubo  más noticias acerca de su funcionamiento. El 8 de marzo de ese año tuvo lugar una reunión privada, tras cuya celebración no se han encontrado documentos que acrediten su trabajo posterior. Todo parece indicar que la situación convulsa existente en la isla durante los tiempos de la guerra contra España entre 1895 y 1898 fue el factor que dio el golpe de gracia a su fructífera existencia.

La Sociedad Antropológica de la Isla de Cuba se llegó a convertir en una de las sociedades científicas cubanas más importantes del siglo XIX, al punto de que hubo quienes la apreciaron como exponente del despertar del asociacionismo científico en la Mayor de las Antillas. Por ello se justifica que se hayan dedicado estos párrafos a recordar la fecha de su institucionalización.

 

BIBLIOGRAFÍA 

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Septiembre 20 de 1941. Inauguración de la Clínica de Maternidad Obrera de La Habana

Autor: Lic. José Antonio López Espinosa
Centro Nacional de Información de Ciencias Médicas

En 1939 el arquitecto Emilio de Soto Segura recibió la tarea de confeccionar el proyecto de edificación de una clínica provincial, concebida para prestar asistencia médica de maternidad a las mujeres obreras y esposas de obreros. Para el diseño del proyecto, de Soto hizo un estudio profundo de las edificaciones de las clínicas maternas existentes entonces en otros países y, sobre esa base, logró relacionar de modo ingenioso la arquitectura del centro con la ciencia médica. La institución se construyó en un terreno de forma trapezoidal con considerables irregularidades, situado en la Calzada de Columbia (actualmente Avenida 31) y calle 84, Marianao, donde el 1º de abril de 1939 el entonces Coronel Fulgencio Batista Zaldívar colocó la primera piedra.
La ceremonia de inauguración de la clínica se había señalado de inicio para el 4 de septiembre de 1941; pero hubo que posponerla porque Batista debió asistir ese día a otras actividades relacionadas con la fecha. Fue en la tarde del sábado 20 de septiembre que quedó oficialmente inaugurada la Clínica de Maternidad Obrera de La Habana, que ya había comenzado a prestar servicios desde el día 1º de ese mes. El acto, presidido por Batista, contó con la asistencia del Ministro del Trabajo Márquez Sterling, jefes de distintas instancias de las fuerzas armadas, médicos y numerosas personas de todas las clases sociales. En esa actividad, ampliamente difundida por la prensa escrita y radial, hablaron, además del Presidente Batista, el doctor Alfredo O. Cabeiro a nombre de la clase patronal; el doctor Arturo Comas Calero, Presidente de la Junta Central de Maternidad, el Ministro de Salubridad doctor Sergio García Marruz, José Llerena Cruz, Presidente de la delegación de La Habana y Francisco Malpica por la Confederación de Trabajadores de Cuba.
Dotada con los equipos más modernos y con los adelantos científicos y técnicos de la época, esta clínica llegó a ser una de las mejores dentro de su clase a escala internacional. Su primer director fue el doctor Alfredo Comas Calero, fiel servidor del Presidente Batista; como administrador se eligió a Luis M. Chappy; como jefe de personal a Otto Giner Frías y como jefa de enfermeras a Eloísa Frías. Manuel J. Moreyra dirigió en principio el departamento de Contabilidad; el doctor Federico Fusté el departamento de Anatomía patológica; el doctor Felipe Carbonell se hizo cargo los servicios de estadísticas de maternidad obrera; Ofelia Cuervo asumió la jefatura de las consultas externas de enfermería y el doctor Jorge A. Domenesis la de la farmacia. Con el servicio de Rayos X se responsabilizó al radiólogo José R. Lambert, con el Laboratorio clínico al doctor Ernesto Velarde y con los servicios internos a Juan Cuadros.
A raíz de su inauguración, la clínica disponía de 250 camas, de las cuales 160 se destinaron a las obreras y a las esposas de los obreros y, el resto, a la atención privada. La reducida plantilla inicial fue en aumento, a medida que se creaban los nuevos servicios, hasta llegar a la cifra de 99 médicos de distintas especialidades. Entre los servicios que se brindaban allí por notables especialistas se cuentan en primer lugar el de Obstetricia y Ginecología, dedicado a atender problemas de las embarazadas, Medicina, Cirugía ginecológica, Cirugía infantil, Otorrinolaringología, Pediatría, Cardiología, Dermatología y Sifilografía, Odontología, Urología, Servicio Social y Esterilidad.
La clínica tenía un museo anatómico y fotográfico, donde se exhibían piezas de tamaño natural trabajadas en cera, en las cuales se representaban los meses del embarazo y también el parto fisiológico. En el museo se mostraban además piezas teratogénicas de malformaciones fetales y de recién nacidos, así como de órganos extirpados en operaciones ginecológicas. El museo desapareció en 1996, cuando el local que ocupaba se convirtió en aulas para impartir clases a los estudiantes de Medicina.
En 1966 el doctor Aquilino Piedra Sarduy, gran conocedor de la vida y obra del obstetra y ginecólogo Eusebio Hernández Pérez, quien fuera General de la guerra de independencia y Profesor Titular de la cátedra de Obstetricia y Ginecología en 1900, sugirió la idea de que la clínica llevara su nombre. La propuesta fue elevada al entonces Ministro de Salud Pública, doctor Heliodoro Martínez Junco, a través del doctor Gustavo Aldereguía Lima, quien fue amigo y compañero de ese médico y patriota. La solicitud fue aceptada y acogida con beneplácito, por lo que desde ese año el centro lleva el nombre de Hospital Gineco Obstétrico “Profesor Eusebio Hernández”.

BIBLIOGRAFÍA

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Se inaugura hoy sábado la obra admirable de la Clínica de Maternidad Obrera. El Sol 1941;(20 sep):1.

 

 

Septiembre 19 de 1866. Primera aplicación de la anestesia local en Cuba

Autores: Dr. José López Sánchez y Lic. José Antonio López Espinosa
Centro Nacional de Información de Ciencias Médicas

Fernando González del Valle y Cañizo (1803-1899), eminente cirujano cubano fundador en 1823 de la primera clínica de Cirugía y de la cátedra de Cirugía en el Hospital San Juan de Dios que con posterioridad incorporó a la Universidad Pontificia; catedrático también de Patología externa, Medicina operatoria y Clínica quirúrgica en la Universidad Literaria; Rector del alto centro docente; académico de número de la Academia de Ciencias Médicas, Físicas y Naturales de La Habana y miembro de muchas comisiones científicas, algunas de las cuales presidió; fue además el primero en aplicar la anestesia local en Cuba, hecho que ocurrió el 19 de septiembre de 1866.
El primer intento de anestesiar a un enfermo se hizo en 1842, sin resultados convincentes, por el cirujano estadounidense W. C. Long. En 1846 el dentista W. Morton aplicó con éxito la anestesia con éter y, un año después, el escocés J. Y. Simpson publicó sus observaciones en 80 casos que anestesió con cloroformo.
El descubrimiento de la anestesia se dio a conocer en Cuba el sábado 26 de diciembre de 1846 en un periódico informativo de la capital que, entre otras noticias, publicó una nota titulada “Anestesia. Sustituto para el mermerismo” en la que se daba cuenta de un método para mitigar el dolor mediante la inspiración de cierto gas. Poco tiempo después, el doctor Vicente Antonio de Castro y Bermúdez (1809-1869) anunció en el mismo periódico haber empleado éter sulfúrico en inhalaciones como anestésico, lo que le otorgó la gloria de haber sido su introductor y el propagador de su uso en la práctica quirúrgica en la isla.
Durante todo el año 1847 se utilizó la anestesia con éter en casi todas las intervenciones quirúrgicas, hasta que el doctor Fernández del Valle informó acerca del primer fracaso en su aplicación a un enfermo, al cual se sometió a la inhalación por espacio de seis minutos con el aparato de Jackson. Esto conllevó la recomendación de usar el éter en combinación con morfina.
El 23 de enero de 1848 se publicó en el Diario de la Habana una nota con el anuncio de que el farmacéutico doctor Luis S. Le Riverend (¿-1887) había obtenido el cloroformo y, tres días después, se anunció por igual conducto que éste había entregado la preparación al doctor Nicolás J. Gutiérrez Hernández (1800-1890) para que la usara en el primer caso que se presentara.
Desde entonces y hasta principios del siglo XX el anestésico preferido en la isla fue el cloroformo y en ello influyó notablemente la medicina francesa, que era la principal fuente de conocimientos médicos para los cubanos en esa época. No obstante, desde fines del siglo XIX había comenzado a recibir el ataque de varios cubanos educados en los Estados Unidos. Uno de ellos fue el doctor Carlos J. Finlay Barrés (1833-1915) quien, antes de dedicarse a su genial descubrimiento del vector de la fiebre amarilla, había practicado la Oftalmología. El sabio cubano se pronunció siempre a favor del éter y sólo administraba el cloroformo en casos indispensables. Basaba su preferencia en el hecho de que en países como los Estados Unidos, Inglaterra y Alemania se usaba más el éter que el cloroformo y que sólo en Francia se le daba prioridad a este último.
Volviendo a la primera aplicación de la anestesia local, procede informar que el doctor Fernández del Valle la practicó en el Hospital San Francisco de Paula, establecimiento del que fue nombrado cirujano en 1831 y donde permaneció hasta 1890, con el procedimiento de pulverización del éter con el aparato de Richardson, acogido con gran curiosidad por sus colegas, aunque sólo se practicaron con él operaciones pequeñas y pronto fue abandonado.
De las notas anteriores se desprende que la historia acerca del uso de la anestesia en Cuba durante el siglo XIX se basó en la rápida asimilación de los descubrimientos extranjeros, con
sus naturales alternativas, sobre todo de los provenientes de Francia. Desde que el doctor Nicolás J. Gutiérrez viajó a esa nación a perfeccionar sus estudios, su ejemplo fue imitado por las generaciones de médicos que le siguieron, unos a cumplir el mismo objetivo que él, otros para cursar íntegramente la carrera en París. No se debe perder de vista tampoco que de aquella ciudad salieron los textos que sirvieron de base fundamental de estudio a la gran mayoría de los médicos cubanos, lo mismo para los que viajaban allá como para los que permanecían en La Habana, lo que explica la hegemonía mantenida durante tanto tiempo por el cloroformo.
Asimismo hay que considerar que cuando el doctor González del Valle realizó la primera demostración de narcosis local por éter, esta sustancia estaba ya en decadencia con respecto al cloroformo, de lo que se puede inferir su efímera aplicación posterior.
De cualquier manera, no se ha querido que pase inadvertida la fecha memorable del 19 de septiembre de 1866, la cual debe conocerse por los profesionales de la salud, en una época como la actual en la que Cuba cuenta con una generación de prestigiosos anestesistas, que tienen garantizado el porvenir de la especialidad. Además de rápidos asimiladores de los hallazgos más recientes, los anestesistas cubanos son capaces de superar las deficiencias de carácter técnico, así como de experimentar y ofrecer valiosas observaciones clínicas sobre la acción de los anestésicos. Porque están conscientes de que el dolor en lo biológico como la miseria en lo social son atributos de infelicidad que hay que vencer a cualquier precio, la nobleza y el humanismo de la disciplina que profesan, les hacen sentir de seguro la gran satisfacción espiritual que con toda seguridad sintieron también en su momento los doctores Vicente A. de Castro, Nicolás J. Gutiérrez y Fernando González del Valle de haber servido a la humanidad, con independencia de que su época les impuso asumir simultáneamente las funciones de cirujanos y anestesistas.
A esta trinidad quirúrgica de precursores, propietarios de la gloria de haber sido elegidos por sus contemporáneos para practicar en Cuba las operaciones más difíciles y peligrosas, y a sus fieles herederos de tiempos posteriores, va dedicado este modesto trabajo.

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