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Septiembre 18 de 1828. Inauguración del primer hospital cubano para enfermos mentales

Autor: Lic. José Antonio López Espinosa
Centro Nacional de Información de Ciencias Médicas

A pesar que desde el siglo XI se atendía en España a los enfermos mentales en determinados hospitales y que desde inicios del XV se fundó en Valencia el primer manicomio del mundo,  los pacientes psiquiátricos de la isla de Cuba no tuvieron atención médica hasta principios del siglo XIX. Cuando las autoridades de esta colonia consintieron en tal sentido, lo hicieron más bien por la idea, generada por el Cabildo habanero, de cuidar su seguridad personal mediante la reclusión de los dementes que deambulaban por las calles para evitar de ese modo cualquier posible agresión, que por preocupación de la salud mental de estos enfermos y de su adecuada asistencia. Hasta 1804 los hombres con este padecimiento y conducta agresiva que se recluían se hallaban dispersos en las cárceles públicas, confundidos con los criminales o encerrados en calabozos estrechos. Por otro lado, las mujeres se internaron primeramente en la Casa de Recogidas de San Juan Nepomuceno y luego en el Hospital de Paula.

Esto último inspiró al Cabildo a solicitar al Gobierno metropolitano le cediera el inmueble donde había funcionado el hospicio de San Isidro, concebido por el Obispo Compostela, para consagrarlo a la asistencia de las pacientes del sexo femenino, cuyos asilados habían sido trasladados a la recién fabricada Casa de Beneficencia. Se ha dicho que con ello el Cabildo perseguía evitar que tanto la Casa de Recogidas como el Hospital de Paula sufrieran los inconvenientes que las pacientes psiquiátricas causaban con su conducta al resto de las enfermas y a las asiladas en uno y otro sitio. Todo parece indicar que esa solicitud no fue atendida, ya que las aquejadas se mantuvieron en las respectivas instituciones hasta que se produjo el derrumbe casi completo del hospicio de San Isidro. Los hombres habían sido trasladados para entonces de las cárceles al leprosorio de San Lázaro.

En virtud de ello y, por la sugerencia del Obispo Espada, el Capitán General Dionisio Vives comenzó a edificar en 1826 lo que fue el primer hospital cubano para enfermos mentales, que se inauguró el 18 de septiembre de 1828 y llevó el nombre de Hospital de San Dionisio, patronímico de ese gobernante. Esta institución se concibió para atender sólo a los pacientes del sexo masculino procedentes de la capital y su jurisdicción. Para las mujeres se construyó un pabellón especial junto a la Casa de Beneficencia, el cual tenían que compartir con los esclavos valetudinarios y emancipados. En principio el Hospital de San Dionisio contaba con sacerdotes para atender a los enfermos, lo cual es una manifestación del sistema imperante en aquella época en cuanto a la función y al funcionamiento de los hospitales. De ahí la explicación del tiempo que hubo de transcurrir para que comenzaran a ejercer allí los médicos.

Su proximidad al leprosorio de San Lázaro y al Cementerio Espada, a la cual se atribuían las enfermedades intercurrentes que exterminaban a los pacientes;  el gran número de esclavos incapacitados para el trabajo y los emancipados de edad avanzada que convivían con las mujeres locas recluidas en el pabellón de la Casa de Beneficencia, fueron factores que hicieron pensar en la creación de un establecimiento que brindara mejor atención a los enfermos mentales y que estuviera más distante de los focos de infección. A tal efecto se compró por la suma de 17 000 pesos el potrero de Ferro, ubicado en la sabana Almendares  en la zona del Wajay al sur de La Habana, que era propiedad de José Mazorra. Allí se construyeron inicialmente dos pabellones: uno para los enfermos que se encontraban en el Hospital de San Dionisio y el otro para las locas procedentes de la Casa de Beneficencia.

Esta institución se inauguró en 1857, bautizada entonces como Asilo General de Enajenados. Años más tarde se le conoció como Hospital de Dementes de Cuba, nombre con el cual se identificó hasta 1959, en que se le llamó Hospital Psiquiátrico de La Habana.

 

BIBLIOGRAFÍA

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Septiembre 10 de 1896. Estreno de la Revista de Medicina y Cirugía de La Habana

Autor: Lic. José Antonio López Espinosa
Centro Nacional de Información de Ciencias Médicas

El doctor José Antonio Presno Bastiony (1876-1953) fue uno de los médicos cubanos más destacados durante los últimos años del período colonial y gran parte de la etapa republicana. Desde sus tiempos de estudiante sobresalió por sus altas calificaciones y por los premios ordinarios y extraordinarios, así como por las matrículas de honor de que fue merecedor. Una vez graduado, demostró grandes habilidades en la técnica quirúrgica, que causaron admiración entre sus colegas de Cuba y de otras naciones en las que la practicó. Entre sus numerosas contribuciones al desarrollo de la cirugía en la isla procede mencionar la introducción en 1900 de la conservación de cadáveres con el uso del formol para el estudio de la técnica anatómica y de operaciones, con el fin de evitar que éstos se descompusieran o que fueran objeto de la acción de inoculaciones infecciosas; su papel protagónico en la utilización por primera vez en Cuba en 1901 de la raquianestesia en los salones de operaciones, a sólo dos años de su divulgación por Bier en Alemania; y la práctica en 1929 de la primera tiroidectomía subtotal por bocio tóxico con anestesia endovenosa de amitol sódico.
Su labor docente fue también de gran relevancia. En 1901 ingresó por oposición como catedrático auxiliar en la Escuela de Medicina de la Universidad de La Habana, donde desempeñó la función de jefe de trabajos anatómicos; en 1920, también por oposición, ocupó la cátedra de Anatomía topográfica y operaciones y, tres años más tarde, obtuvo la de Operaciones con su clínica.
Su producción científica fue muy abundante, principalmente en artículos sobre cirugía del hígado y de las vías biliares, cáncer de útero y pulmón, úlcera gástrica, embarazo extrauterino y aneurismas, que publicó en revistas nacionales y extranjeras, además de los libros que escribió, entre los que sobresalen Clínica quirúrgica y técnica operatoria, que vio la luz en 1920; Impresiones quirúrgicas del extranjero, en 1928, y Al través de la cirugía, en 1946.
En 1929 fue el fundador y el primer Presidente de la Sociedad Nacional de Cirugía. Integró asimismo la Academia de Ciencias Médicas, Físicas y Naturales de La Habana y la Sociedad de Estudios Clínicos de La Habana, las cuales llegó a presidir. También fue Miembro Honorario de la Academia Nacional de Medicina de Madrid; Miembro Correspondiente extranjero de la Academia de Medicina de París; Presidente de Honor del Congreso Francés de Cirugía de 1934; Miembro de la Academia de Ciencias de Halle y Miembro Asociado de la Academia de  Medicina de New York  y de la Academie de Chirurgie de Paris; así como Miembro de la Asociación Médica Panamericana.
Ocupó además importantes cargos de dirección en Cuba, como los de Rector de la Universidad de La Habana, de Secretario de Sanidad y Beneficencia y de Ministro de Salubridad y Asistencia Social.
La vida ejemplar y laboriosa desde el punto de vista profesional del doctor Presno, se comenzó a manifestar con gran evidencia cuando aún no había obtenido el doctorado en Medicina, con la puesta en circulación de la Revista de Medicina y Cirugía de La Habana, la cual constituyó un gran aporte a la bibliografía médica nacional durante 56 años y a cuya fecha de estreno se dedica este espacio a modo de recordación.
Entre los nombres de las personalidades de la época que colaboraron con él para formar el primer Comité de Redactores de la revista figuran los de los doctores Alberto Sánchez Bustamante, Antonio Díaz Albertini Mojarrieta, Gustavo Duplessis Aizpurua, Enrique Fortún André, Emilio Martínez Martínez y Vicente de la Guardia Madam, lo que da la medida del prestigio que desde un principio la acompañó.
Los números correspondientes a cada año formaban tomos. El primero de ellos llegó hasta la entrega ocho, del 25 de diciembre de 1896. Su frecuencia de aparición fue en principio bimensual, con salidas los días 10 y 25 de cada mes. En el tomo 29 de 1924 las entregas comenzaron a ser mensuales ininterrumpidamente, hasta el tomo 54 de 1949 en el cual, aunque salieron los primeros seis números de los meses de enero a junio, en el segundo semestre hubo sólo una entrega que abarcó de julio a diciembre. Del tomo 55 de 1950 se produjeron sólo cuatro números y del tomo 56 de 1951 nada más hubo dos entregas con periodicidad trimestral, correspondientes a enero-marzo y abril-junio, con las cuales dejó de circular para siempre la publicación. El promedio de páginas por tomo fue de 500, aunque hubo algunos más voluminosos por la producción de ediciones extraordinarias, como las 1905 y 1925, dedicadas respectivamente a los aniversarios 10 y 40 de la fundación de la revista.
El total de autores que escribieron para este título entre 1896 y 1951 fue 725, de ellos 637 cubanos y 88 extranjeros procedentes de los Estados Unidos de América, Francia, Alemania, Venezuela, Panamá, México y Grecia. Entre los autores cubanos sobresalen los nombres del propio doctor Presno, así como los de varias excelsas personalidades de la medicina cubana como Carlos J. Finlay Barrés, Ángel Arturo Aballí Arellano, Luis María Cowley Valdés Machado, Vicente de la Guardia Madan, Juan Santos Fernández Hernández y Jorge Le Roy Cassá, entre otros.
En los números de la Revista de Medicina y Cirugía de La Habana se podían ver la sección Editorial con comentarios sobre un tema de actualidad; Trabajos originales, con artículos inéditos y extensos; Reproducciones, con trabajos científicos antes publicados en revistas extranjeras traducidos al español; Literatura médica analizada o Revista de la prensa, donde en un breve espacio aparecía la síntesis del contenido de artículos publicados en revistas de diferentes naciones; Biografías, dedicadas la mayor parte a los científicos cubanos, que hoy día tienen un gran significado para la historia médica nacional; Necrología, en la cual se daban detalles de médicos notables de todos los países a raíz de su fallecimiento; y Variedades o Noticias, donde se informaba acerca de la celebración de congresos y jornadas médicas, así como sobre docencia, planes de estudios y cátedras de la Escuela de Medicina de la Universidad de La Habana, viajes, visitas de personalidades y otros asuntos de interés.
Por la valiosa información que atesora en sus páginas, la Revista de Medicina y Cirugía de La Habana ocupa un lugar destacado en la historia de la bibliografía médica nacional. Su condición de fuente de consulta obligada para todo interesado en conocer el desenvolvimiento de la medicina cubana en los últimos cuatro años del siglo XIX y la primera mitad del XX, ha servido de motivación para dedicarle unos párrafos, con el fin de recordar la fecha memorable de su estreno el 10 de septiembre de 1896.

 

BIBLIOGRAFÍA

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Septiembre 6 de 1728. Graduación del primer médico en la Universidad de La Habana

Autores: Dr. José López Sánchez y Lic. José Antonio López Espinosa
Centro Nacional de Información de Ciencias Médicas

Al médico francés Louis Fontaine Cullembourg (1689-1736), descendiente de una familia de médicos y boticarios, corresponde el mérito de figurar ante la historia como el primer graduado de Doctor en Medicina en la Real y Pontificia Universidad del Máximo Doctor San Jerónimo de La Habana, acontecimiento que tuvo lugar el 6 de septiembre de 1728. El doctor Fontaine integró además el primer claustro del alto centro docente y fue el primer Decano de su Facultad de Medicina.
Hijo del Doctor en Medicina y Regente de la Facultad de Medicina de la Universidad de París Philippe Fontaine y de Marie Madelaine Cullenbourg, vino al mundo en Clermont et Beauvaisis el 18 de abril de 1689. Comenzó los estudios de Medicina en la Universidad de Montpellier el 30 de septiembre de 1711. Allí obtuvo el título de Bachiller el 26 de enero de 1713 y el 20 de abril del mismo año, tras haber sido electo consejero, solicitó al Decano le permitiera dar lecciones “sobre las diferencias de todas las enfermedades”. La solicitud le fue aceptada y, al terminar el curso, se le expidió una certificación, fechada 20 de mayo y firmada por los más de 40 doctores, licenciados, bachilleres, consejeros y estudiantes que participaron en él.
El 10 de junio siguiente se graduó de Maestro en Artes y Filosofía; dos días después de Licenciado en Medicina y el 12 de julio obtuvo el grado de Doctor. El 6 de octubre de 1714 fue designado Protomédico en la posesión colonial francesa de la isla de Guarico, de donde se trasladó el 15 de enero de 1717 a la Isla Tortuga. Desde allí solicitó al Rey de España le posibilitara pasar a sus dominios pues, según él, padecía de indisposiciones ocasionadas por el clima.
El 19 de febrero de 1717 se presentó ante el Protomedicato habanero, a fin de adquirir la licencia para ejercer en la villa. En virtud de que regía una Ley, en la cual se establecía que los graduados fuera de los dominios españoles no podían curar en ellos sin aprobación del Rey, el Cabildo, con el interés de retenerle para contrarrestar la falta de médicos existentes en La Habana, suplicó a Su Majestad despachara una cédula que lo admitiera como tal.
El Real Decreto fue expedido a su favor el 15 de enero de 1718, pero él había viajado a México con el objetivo de revalidarse en aquel Real Protomedicato “para mayor esplendor de sus grados”. Su solicitud del 15 de mayo de ese año de que se le admitiera acudir a examen fue aceptada, luego de un largo y laborioso dictamen del Fiscal, quien se apoyó para su admisión en la dispensa que le concedió de la ley prohibitiva de poder avecindarse a los extranjeros. En el examen que aprobó el 24 del mismo mes, expuso el capítulo IV del libro IX del método de Galeno.
El 20 de diciembre de 1718 emprendió viaje a París. En el camino se detuvo en Veracruz, donde nació su hijo Luis Felipe Graciliano, quien luego falleciera en La Habana durante su segunda estadía en esta villa. Luego de permanecer en Francia por algún tiempo, se trasladó a España. El 13 de diciembre de 1722 se le nombró médico del Real Hospital de la Coruña, donde se mantuvo hasta 1727 en que regresó a La Habana.
Se supone que la motivación para emprender ese segundo viaje a la isla de Cuba se debió a que conocía de la autorización concedida para erigir una Universidad, donde podía aspirar por sus títulos a ser profesor. El 19 de diciembre de 1727 presentó su documentación legal al Cabildo y el 15 de enero de 1728 se acordó otorgarle título de Catedrático en Anatomía, aun cuando tres doctores opinaban que debía obtenerlo mediante oposición. Es obvio que entonces no era posible cumplir esa exigencia, pues existían muy pocos médicos capaces de integrar un tribunal para juzgar sus conocimientos.
El hecho de haberse prestado a desempeñar la cátedra gratuitamente, demuestra que no fue el lucro el móvil que lo impulsó a ponerse al frente de ella. En ese tiempo gozaba de un gran prestigio y se le consideraba uno de los mejores médicos en La Habana. En cuanto a su actividad docente se dispone de poca información. No obstante, se puede decir que en los 10 años que ocupó la cátedra de Anatomía no demostró haber promovido avances serios en esa materia. Siempre aceptó que esta materia mantuviera su carácter teórico y que no se practicaran disecciones en cadáveres, proceder que lo mantuvo en todo momento sometido a las prescripciones impuestas por los dominicos y que invalida su propia crítica acerca de que ni los médicos ni los cirujanos conocían la estructura del cuerpo humano.
Al producirse el fallecimiento del bachiller Francisco González del Álamo (1675-1728), el Protomédico Regente, doctor Francisco Teneza Rubira (1666-1742), lo designó para ocupar la plaza que éste dejara vacante de Fiscal del Protomedicato, hecho que se produjo el 11 de marzo siguiente. Meses después, exactamente el 6 de septiembre, la Universidad le confirió todos los grados de la Facultad de Medicina y lo nombró su Decano. Con ello se convirtió en el primer graduado de Doctor en esa institución y también en el primero que ocupó un cargo de tanta relevancia en ella.
A raíz de este nombramiento, solicitó se creara para él la plaza de Protomédico Segundo. En el texto donde justificó su petición, planteó como argumentos que él no deseaba pasar lo mejor de su edad ejerciendo en una ciudad como La Habana, con una población constituida por tropas y pobres, razón que explicaba por qué eran tan pocos los médicos que venían a residir y a ejercer en ella. Por ello quería proveerse de un destino que le posibilitara “algún sitiado” en el futuro. Otra de las causas que adujo fue que el Protomédico Teneza estaba ya en edad muy avanzada, corto de vista y achacoso, lo que le impedía continuar asistiendo a todos los enfermos del Hospital San Lázaro y del Convento de San Juan de Dios y demás pobres, labor que podía él hacer en lo adelante. Asimismo enfatizó en su solicitud que se le reconociera al Segundo Protomédico el derecho de ocupar la plaza de Primero por ausencia o muerte del titular, sin necesidad de título ni despacho, con iguales cargos y comisiones, goce de privilegios, sueldos y emolumentos.
Su reputación quedó demostrada con el gran número de recomendaciones que apoyaron su solicitud, entre ellas la del propio doctor Teneza, el Gobernador, el Rector y el claustro de la Universidad, además de las de todos los Priores o Presidentes de conventos y órdenes religiosas. Por Real Decreto fechado en el Puerto de Santa María el 3 de julio de 1729, se le hizo merced del cargo de Protomédico Segundo, que aceptó el Cabildo el 16 de diciembre siguiente.
Con anterioridad había fungido como Primer Protomédico durante dos años que el doctor Teneza estuvo asilado en la Parroquial Mayor, para eludir el cumplimiento de una sanción que le impusiera el Gobernador por un delito de desobediencia a la autoridad, al no aceptar la Resolución por éste dictada en un pleito seguido por el boticario Lázaro del Rey contra él como Protomédico.
El primer graduado de Doctor en Medicina en la Real y Pontificia Universidad, a la vez que el primer catedrático de Anatomía y primer Decano de su Facultad de Medicina, estaba casado con María Josefa Garavito cuando falleció el 29 de agosto de 1736. Su entierro se realizó en la Parroquial Mayor de la villa de La Habana.

BIBLIOGRAFÍA

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Septiembre 5 de 1974. Apertura del Primer Congreso Nacional de Ciencias Farmacéuticas

Autor: Lic. José Antonio López Espinosa
Centro Nacional de Información de Ciencias Médicas

En los salones del Consejo Científico del Ministerio de Salud Pública (MINSAP), se inauguró el 5 de septiembre de 1974 el Primer Congreso Nacional de Ciencias Farmacéuticas, cuya comisión organizadora, presidida por la doctora Isaura López Valiente, estuvo integrada por representantes de la Dirección de Medicamentos, de la Universidad de La Habana y de otros organismos vinculados a este perfil, miembros todos de la Sociedad Cubana de Ciencias Farmacéuticas.
En el evento, que se celebró por espacio de tres días, se presentaron más de 70 trabajos científicos, se impartieron varias conferencias, se debatieron tres mesas redondas y se desarrolló un simposio bajo el tema “El farmacéutico en los planes de salud”. Las ponencias se distribuyeron en ocho secciones según los temas que abordaron, a saber:

- Farmacia
- Plantas medicinales
- Tecnología farmacéutica
- Control
- Docencia
- Microbiología farmacéutica
- Bioquímica farmacéutica
- Farmacología.

El desarrollo del simposio con el tema central constó de las partes siguientes:

- El farmacéutico en la organización de la salud pública - La farmacia del hospital
- El farmacéutico en el plan asistencial en los tecnológicos
- El farmacéutico de la industria en los planes de salud
- Perspectivas del desarrollo de la industria farmacéutica
- Las farmacias de servicio público y perspectivas para su desarrollo.

Los debates en las mesas redondas versaron sobre:

- Plantas medicinales
- Fármacos de origen marino
- Experiencias en el estudio-trabajo de los estudiantes de la carrera de Ciencias Farmacéuticas.

En el contexto de ese encuentro científico, se llevó a cabo un conversatorio con la primerísima ballerina Alicia Alonso, conjuntamente con la exhibición de algunos documentales sobre ballet. Asimismo se montó una exposición donde se reflejó la evolución y desarrollo de las ciencias farmacéuticas desde 1959, año del triunfo de la Revolución, hasta 1974.
Cerca de 400 delegados e invitados de toda la isla asistieron a este Congreso, cuya celebración constituyó una evidencia del desarrollo alcanzado en este campo de la salud pública en Cuba. Entre los ponentes de los trabajos que se debatieron se contaban representantes de la Academia de Ciencias de Cuba, la Universidad de La Habana, el Instituto de Medicina Veterinaria, el Ministerio de las Fuerzas Armadas Revolucionarias y el Ministerio de la Industria Alimenticia.
En la sesión de clausura, presidida por el doctor Jorge Aldereguía Valdés-Brito, Viceministro de Higiene y Epidemiología, el ingeniero Tirso Sáez, Vicepresidente de la Academia de Ciencias y la doctora Isaura López, Presidenta de la Sociedad Cubana de Ciencias Farmacéuticas, pronunció un discurso Ramón Díaz Vallina, Viceministro de la Industria Farmacéutica, quien se pronunció a favor de la labor en colaboración entre profesionales del ramo que trabajan en actividades afines en los distintos organismos del Estado, de lo cual fue un fiel exponente ese primer Congreso en el que participaron representantes de las instituciones antes mencionadas.

BIBLIOGRAFÍA

Preparan Primer Congreso Farmacéutico Nacional. Inf Corr 1974;9(32):6.
Primer Congreso Farmacéutico Nacional. Inf Corr 1974;9(36):6.
Primer Congreso Farmacéutico Nacional. Inf Corr 1974;9(38):5-6.

Agosto 14 de 1881. Presentación por Finlay del trabajo que lo inmortalizó

Autor: Lic. José Antonio López Espinosa
Centro Nacional de Información de Ciencias Médicas

La mañana del 14 de agosto de 1881 se presentó en La Habana con indicios amenazadores de un ciclón que la rondaba. Los grandes chubascos obligaron a quienes acostumbraban jugar en la calle a la pelota a cambiar este entretenimiento por el del tradicional dominó. Los hombres de negocios charlaban acerca de posibles soluciones para subsanar las considerables pérdidas que les causaba la Ley de abolición de la esclavitud en Cuba, promulgada por el gobierno de España el año anterior.
Algunos jóvenes se reunieron para hablar de la Junta General de la Asociación de Dependientes del Comercio, que se celebraba en horas de la tarde en el Casino Español, mientras otros esperaban ansiosos el comienzo del baile con orquesta organizado por el Centro Gallego. También había quienes pensaban en la puesta en escena de una buena obra teatral. Varias damas conversaban acerca de la fastuosa festividad religiosa de la parroquia de Nuestra Señora de Monserrate; y algunos habaneros seducidos por el romanticismo sentían gran complacencia con el anuncio de la última novela de Víctor Hugo, o disfrutaban la lectura de los poemas de amor de su preferencia.
Mientras todo eso ocurría, la misma mañana del 14 de agosto de 1881, un hombre delgado de baja estatura, de frente amplia y rostro dulce, adornado con amplias patillas, asistió muy temprano a la misa de la capilla de Belén, sita en la calle Compostela y Luz.
Consciente de la misión que se había propuesto cumplir ese día, ese hombre de 47 años de edad, tomó luego su paraguas, un grupo de papeles y de revistas y, bajo lluvias más fuertes y continuas que las caídas durante la mañana, se dirigió al exconvento de San Agustín en la calle Cuba, en cuya planta alta radicaba la sede de la Real Academia de Ciencias Médicas, Físicas y Naturales de La Habana, que esa fecha celebraba sesión pública ordinaria.
Después que se brindaron algunos informes sobre cartas y revistas y se abordaron varias cuestiones relacionadas con la medicina legal, ese hombre llamado Carlos Juan Finlay y Barrés, se puso de pie, tomó en sus manos varios de los papeles que llevaba consigo y, con pronunciación pausada y algo defectuosa, dio lectura a un trabajo que lo inmortalizó, pues con él escribió el capítulo más brillante de la patología tropical y la página más hermosa de la medicina preventiva.
En ese trabajo, presentado bajo el título de EL MOSQUITO HIPOTÉTICAMENTE CONSIDERADO COMO AGENTE DE TRANSMISIÓN DE LA FIEBRE AMARILLA, el autor explicó la manera en que el Aedes aegypti propaga la enfermedad, al picar a personas infectadas, portar el agente patógeno e inocularlo luego a otros individuos.
El doctor Finlay no se conformó con el simple enunciado de su teoría, pues dedicó todas sus energías a demostrarla y a divulgarla, según consta en los numerosos documentos que luego publicó al respecto. Convencido de la verdad de su hallazgo, propuso un plan completo de campaña profiláctica contra la fiebre amarilla, que si bien tuvo que esperar casi 20 años para su aplicación práctica, sirvió para reducir progresivamente las zonas de distribución de la terrible enfermedad, salvar cientos de miles de vidas, abrir al emigrante las regiones tropicales despobladas de América y borrar el mal de la faz de la Tierra.
Muchos de los numerosos científicos cubanos de la medicina que hoy se consagran a investigar sin descanso los secretos de las enfermedades, estarán quizás trabajando en un laboratorio o, al igual que el doctor Finlay hace más de un siglo, exponiendo los resultados de sus observaciones ante un auditorio, mientras que gran parte de la población se recrea en una playa, en un teatro, en un estadio, en una fiesta o, simplemente disfruta en su hogar los placeres de unas merecidas vacaciones. La constancia y persistencia en función de la felicidad de sus semejantes, es el mejor homenaje diario de estos científicos a aquel hombre menudo que engrandeció infinitamente su estatura, cuando en la tarde lluviosa del 14 de agosto de 1881 puso al descubierto a la fiebre amarilla.

BIBLIOGRAFÍA

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Agosto 13 de 1962. Gestión de la Academia Cubana de la Lengua para legalizar los términos finlaísmo y finlaísta

Autor: Lic. José Antonio López Espinosa
Centro Nacional de Información de Ciencias Médicas

En la página 644 del primer tomo del Diccionario de la Real Academia Española, en su versión de 1984, aparecen registrados los términos finlaísmo y finlaísta con las siguientes definiciones:

Finlaísmo: teoría propuesta y demostrada por el médico cubano doctor Carlos J. Finlay, según el cual el agente transmisor de la fiebre amarilla es el mosquito Aedes aegypti.
Finlaísta: 1. Perteneciente o relativo al finlaísmo// 2. Partidario de esta teoría.
La oficialización de ambos vocablos tuvo su origen en una moción presentada por el célebre historiador César Rodríguez Expósito en la séptima reunión anual de la Sociedad Cubana de Historia de la Medicina, celebrada en julio de 1962, con el objetivo no sólo de otorgar el merecido testimonio filológico a la obra y la gloria de Finlay, sino también porque en esa época eran ya modismos generalizados en toda la América de habla hispana. Las dos palabras se venían fomentando desde la celebración de la IV Asamblea de la Liga de las Naciones de Ginebra en 1921 y la V Conferencia Panamericana de Santiago de Chile en 1923 y se empleaban en libros, folletos, periódicos, discursos y en el hablar cotidiano, sin tener aprobación oficial.
En virtud de la moción de Rodríguez Expósito, la Sociedad Cubana de Historia de la Medicina se dirigió a la Academia Cubana de la Lengua, a fin de que ésta tramitara con su homóloga matriz de España la inclusión de los dos términos en ediciones posteriores del Diccionario de la Real Academia Española. Con fecha 13 de agosto de 1962, la Academia Cubana de la Lengua elevó la solicitud recibida a la española. La iniciativa tuvo gran acogida, especialmente por los doctores José María Chacón y Calvo, Director de la Academia Cubana de la Lengua, y Esteban Rodríguez Herrera, autor de la obra “Léxico Mayor de Cuba”, en la cual, desde 1958, figuraban las dos palabras. La petición cubana fue también apoyada por los Presidentes respectivos de las Sociedades Española y Chilena de Historia de la Medicina, doctores Pedro Laín Entralgo y Gregorio Lira Silva, quienes con sendas cartas dirigidas a la Real Academia Española se pronunciaron a favor de la idea.
Por su importancia, se transcriben a continuación la moción del historiador César Rodríguez Expósito y la carta de aceptación firmada por el Secretario Perpetuo de la Real Academia de la Lengua, primero y último de los documentos que validan la inclusión de finlaísmo y finlaísta en el Diccionario de la Real Academia Española.

Moción de César Rodríguez Expósito

CONSIDERANDO: que la denominación “finlaísmo” y “finlaísta” son dos palabras que se deben incluir en el Diccionario de la Lengua Española como voces cubanas que tienen una circulación por el uso y la costumbre de carácter internacional.
CONSIDERANDO: que ello significaría también un reconocimiento filológico a la memoria y grandeza de la obra del sabio cubano Dr. Carlos J. Finlay, descubridor del medio de transmisión de la fiebre amarilla logrando liberar a la humanidad de tan terrible azote.
CONSIDERANDO: que la Academia Cubana de la Lengua, correspondiente de la Real Academia de la Lengua Española, prepara actualmente las voces cubanas que deben ser aceptadas e incluidas en el Diccionario de la Lengua Española.
CONSIDERANDO: que ya el Dr. Esteban Rodríguez Herrera, miembro distinguido de la Academia Cubana de la Lengua, en su brillante obra “Léxico Mayor de Cuba” (volumen uno, página 535) clasificó las palabras “finlaísmo” y “finlaísta” de la forma siguiente:
FINLAÍSMO.- De Finlay, Carlos J. Profesión de las ideas y doctrinas y aplicación práctica de las teorías científicas expuestas por el Dr. Finlay, sabio médico cubano de renombre universal, en relación con la fiebre amarilla, originada por la picadura de un mosquito Aedes aegypti (Stegomia fasciata), su agente trasmisor.
FINLAÍSTA.- Partidario de las teorías científicas de Finlay en relación con la fiebre amarilla y su agente trasmisor, el mosquito Aedes aegypti.
PROPONGO
PRIMERO: que la Sociedad Cubana de Historia de la Medicina solicite de la Academia Cubana de la Lengua, correspondiente de la Real Española, se incluyan las palabras FINLAÍSMO y FINLAÍSTA entre las nuevas voces cubanas que esa docta corporación proponga para el Diccionario de la Lengua Española.
SEGUNDO: que esta moción, de ser aprobada, se publique en la Revista de la Sociedad Cubana de Historia de la Medicina para su mayor difusión.
La Habana, 10 de junio de 1962.

Carta de aceptación por la Real Academia Española
Madrid, 31 de marzo de 1963

Dr. Ignacio Alvaré Gómez
Presidente de la Sociedad Cubana de Historia de la Medicina
Cuba No. 460
La Habana (Cuba)
Muy señores míos:
Tengo el gusto de acusarles recibo de su atenta carta dirigida al ilustre Director de esta Academia y a la humilde persona del firmante.
No es ésta la primera vez que se plantea en nuestra corporación la solicitud de ustedes referentes a las voces finlaísmo y finlaísta, que ya nos fue comunicada en su día por nuestra correspondiente de la Academia Cubana.
Dicha solicitud choca con el criterio constante de nuestra corporación de que en el Diccionario académico no se incluyan vocablos derivados del nombre de autores de descubrimientos famosos, como son, por ejemplo en el dominio de la Medicina, los franceses Roux y Pasteur, los alemanes Koch y Ehrlich, el inglés Fleming, los españoles Ferrán, Ramón y Cajal, etc. Este criterio es el que ha impedido hasta el presente una solución favorable para la pretensión de ustedes.
No obstante, en nuestro vivo deseo de complacerles les proponemos la inclusión en la próxima edición del Diccionario de los vocablos que les interesan, pero en la forma siguiente:

Finlaísmo. m. Cuba. Teoría propuesta y demostrada por el médico cubano doctor Carlos J. Finlay, según la cual el agente transmisor de la fiebre amarilla es el mosquito Aedes aegypti.
Finlaísta. adj. Cuba. Perteneciente o relativo al finlaísmo.// Partidario de esa teoría.
U.t.c.s.
Con el deseo de que esta solución sea satisfactoria para ustedes, les envía un cordial saludo su muy atento s.s.

Julio Casares
Secretario Perpetuo de la Real Academia Española

BIBLIOGRAFÍA

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----. Editorial. Rev Soc Cubana Hist Med 1963;6(1-4):1-2.
Bernal C. Del lenguaje. Granma 2003;39(90):2.
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López Serrano E. Efemérides médicas cubanas. Cuad Hist Salud Pub 1985;(69):136-137.

 

 

Agosto 13 de 1891. Graduación del doctor Francisco Domínguez Roldán en la Facultad de Medicina de París

Autor: Lic. José Antonio López Espinosa
Centro Nacional de Información de Ciencias Médicas

Existen muchos ejemplos de médicos cubanos de diferentes épocas que se han destacado en el aspecto asistencial, docente y científico -o en los tres a la vez. También son abundantes los nombres de galenos criollos que han brillado por su actitud ejemplar como patriotas en las distintas luchas por la independencia, o que han sido paradigmas por la dignidad y el decoro demostrados en el desempeño de funciones de dirección. Uno de los tantos modelos elocuentes que se pueden citar en este sentido es del doctor Francisco Faustino de la Caridad Domínguez Roldán (1864-1942), en quien se conjugaron desde su juventud hasta sus últimos días las virtudes de estudiante íntegro; de médico conscientemente comprometido con el cumplimiento de su deber como tal; de luchador de firmes convicciones por la libertad de su patria; de profesor de gran reputación en la Facultad de Medicina de la Universidad de La Habana, de la cual llegó a ser su Decano; de honesto Secretario (Ministro) de Instrucción Pública y Bellas Artes; de introductor de los estudios de radiología y fisioterapia en Cuba y de uno de los máximos defensores de la prioridad de la doctrina finlaísta en la conquista de la fiebre amarilla.
Los mencionados atributos convirtieron al doctor Domínguez Roldán en una de las personalidades médicas más interesantes del último tercio del siglo XIX y del primero del XX. A él se le dedica este trabajo para conmemorar el aniversario 115 de su graduación en la Facultad de Medicina de París, donde estudió por espacio de seis años luego de haber vencido la carrera con notas de sobresaliente en la Universidad de La Habana.
“Panchón”, como lo apodaron sus amigos, nació en La Habana el 15 de febrero de 1864. Fue el segundo de los seis hijos que tuvo el matrimonio constituido por Bernardo Domínguez Langenheim y Dolores Roldán Casanova. En 1877 se hizo bachiller en los Escolapios de Guanabacoa y, de inmediato, matriculó la carrera de Medicina en la Universidad de La Habana, donde obtuvo la Licenciatura en 1883 con notas de sobresaliente. Una vez graduado, estudió tres cursos de ampliación para perfeccionar sus conocimientos.
En virtud de que las autoridades de la metrópoli habían dispuesto que no se podía obtener el Doctorado en Medicina en La Habana, se vio obligado a viajar a España, donde logró obtener ese título en mayo de 1885 tras presentar la tesis titulada “Contribución al estudio de la fiebre amarilla”, para cuya elaboración le sirvió de motivación lo aprendido junto con su maestro y amigo, el doctor Carlos J. Finlay Barrés (1833-1915).
Terminados sus estudios en España, comprendió que le faltaba aún mucho por aprender. Por ello, en vez de regresar a Cuba para iniciar su carrera profesional, decidió viajar a Francia para matricular de nuevo la carrera médica en París desde el principio. Allí permaneció durante seis años más dedicado de lleno al estudio de la ciencia de preservar la salud y curar las enfermedades, hasta que llegó la fecha del 2 de julio de 1891.
Era un día caluroso de verano. El Anfiteatro de la Escuela de Medicina parisina se aprestaba a servir de sede a la discusión de la tesis presentada con el título “Contribution a l’ etude des Kystes de l’ epidydime” (Contribución al estudio de los quistes del epidídimo), trabajo preparado por Francisco Domínguez Roldán como aspirante al título de Doctor en Medicina. El candidato, un hombre de 27 años, de mediana estatura y vestido elegantemente, comenzó su exposición en francés con una voz dotada de un acento cubano, pero seguro de sí mismo con las siguientes palabras (traducidas al español):

“Señor Presidente del Tribunal; señores Jueces: tengo el honor de presentarles mi tesis para el Doctorado en Medicina de la Facultad de París. La dedico a mi padre, a mi madre. Se titula “Contribución al estudio de los quistes del epidídimo”.

Tanto la disertación como la discusión de la tesis fueron exitosas. “Panchón” mandó a imprimir el texto de su trabajo para enviar copias a las Universidades de Madrid y de La Habana y a sus familiares. Luego de un total de 13 años dedicados al estudio de la Medicina, ya se sentía seguro y con los conocimientos necesarios para ejercerla dignamente. Estaba ya preparado para satisfacer con justicia su ambición de siempre de “cuidar y salvar a los enfermos y mejorar las condiciones sociales de su patria”. Por eso rechazó las ofertas de profesores y compañeros de estudios, entre ellos su compatriota Joaquín Albarrán Domínguez (1860-1912), de permanecer en el país galo para ejercer allí la profesión médica. A ellos respondió en los siguientes términos: “Cuba es pequeña, esclavizada; necesita que sus hijos se sacrifiquen para independizarla y engrandecerla”.
A los 42 días de esa fecha, el 13 de agosto de 1891, “Panchón” recibió el título, firmado por el Ministro de Instrucción Pública de Francia, que lo acreditaba como Doctor en Medicina egresado de la Facultad de Medicina de la Universidad de París. Ese día se graduó oficialmente en la patria de Lavoisier, Pasteur, Becquerel y Bernard el que luego fue un eficiente médico y un carismático profesor, además de un valeroso oficial mambí y un honesto Ministro quien, por sus valiosos aportes en el estudio de las radiaciones en sus aplicaciones al diagnóstico y tratamiento de las enfermedades, muchos de los cuales fueron primicias, se ha considerado con justicia como el “padre de la Radiología en Cuba”. Inclusive, varios radiólogos de épocas posteriores a la que le tocó vivir a él han coincidido al afirmar que su mayor contribución a la Radiología fue su exploración mantenida en relación con las nuevas posibilidades de su aplicación, sobre todo en la radioterapia del cáncer. Asimismo muchos sostienen que la labor lúcida y con perspectiva de futuro por él desplegada, contribuyó de manera notable al desarrollo posterior de la disciplina.
Los párrafos dedicados en este trabajo a su faceta de estudiante de pregrado, han querido pues recordar la fecha memorable del 13 de agosto de 1891, la cual marcó el final de una etapa importante de su vida y el inicio de otra que dedicó sin descanso a prolongar y salvar la vida de sus semejantes, hasta su muerte ocurrida de modo sorpresivo por un autobús que lo atropelló el 25 de abril de 1942.

BIBLIOGRAFÍA

Domínguez F. Contribution a l’ etude des Kystes de l’ epididyme. Paris: G Steinheil; 1891.
Domínguez Roldán ML. “Panchón” Domínguez Roldán: mambí, médico, ministro. La Habana: Editorial Luz-Hilo; 1957. p. 2-34.
----. Centenario del nacimiento del Dr. Francisco Domínguez Roldán (1864-1942). Cuad Hist Salud Pub 1964;(27):9-19.
López Espinosa JA. Mayo 1ro. de 1907. Inauguración de la primera unidad de radiología en Cuba. Universidad Virtual de Salud de Cuba. Sección Fechas memorables. Disponible en: http://uvirtual.sld.cu/noticias/showarticle.php?id=70.
López Serrano E. Efemérides médicas cubanas. Cuad Hist Salud Pub 1985;(69):32, 44, 74, 136, 167.
Montoro O. Oración fúnebre del Dr. Francisco Domínguez Roldán. Vida Nueva 1942;16:199-202.
Ortiz Estrada JF. Fundamentos éticos y patrióticos de la medicina cubana. Rev Cubana Med Milit 1999;28(1):73-84.
Presno JA. El profesor Francisco Domínguez Roldán (1864-1942). Rev Med Cir Habana 1942;47:149-152.
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Republique Française. Diplome de Docteur en Medecine au Sieur François Domínguez, á Paris le 13 Aout 1891.

 

 

 

Agosto 8 de 1924. Creación del Laboratorio Carlos J. Finlay en un hospital de Panamá

Autor: Lic. José Antonio López Espinosa
Centro Nacional de Información de Ciencias Médicas

La terminación de la construcción del Canal de Panamá conllevó un considerable auge económico, en virtud de la comunicación que posibilitó entre los océanos Atlántico y Pacífico. La idea de abrir una vía interoceánica a través del Istmo en los reinados de Carlos V y Felipe II, que no llegó a tener por entonces consecuencias efectivas, revivió en el último cuarto del siglo XIX, pues en 1878 se constituyó la Compañía Universal del Canal Interoceánico, presidida por el Conde Fernando de Leseps. En 1888 se iniciaron los trabajos que fracasaron completamente, entre otras razones por el gran número de víctimas que cobró la fiebre amarilla entre los constructores de nacionalidad francesa en un país que albergaba los peligros del Trópico. De las hondonadas salían arrastrándose las venenosas exhalaciones de la fiebre amarilla y por todas partes pululaban los mosquitos con la muerte en sus alas zumbantes que, inadvertida pero ineluctablemente, inyectaban sus ponzoñas a los obreros e ingenieros franceses. Ello terminó en una catástrofe, considerada por muchos una de las derrotas más horribles sufridas por la extirpe humana.

En los primeros años del siglo XX se pudieron recomenzar las obras del Canal, gracias a que el doctor William Crawford Gorgas llevó a la práctica en esa zona las mismas medidas de saneamiento que había aplicado en La Habana basado en la doctrina finlaista. De tal manera, los heroicos franceses fueron sucedidos en el empeño por prácticos norteamericanos, que llegaron a la obra cuando el camino estaba trillado y la senda iluminada por la trágica experiencia de sus antecesores y los destellos luminosos del genial cerebro de Carlos J. Finlay.

En 1924, a raíz de la inauguración de un nuevo hospital en la Ciudad Panamá, se quiso honrar la memoria del sabio cubano, a la vez que manifestar la gratitud eterna del pueblo panameño por el significado de su obra, mediante el bautizo con su nombre a uno de los pabellones de ese hospital dedicado a laboratorio. Dada la significación del acontecimiento, se ha considerado procedente perpetuar por este conducto la fecha en que el mismo se hizo legalmente efectivo. Con ese motivo y, considerando la dificultad actual para acceder a él, se reproduce a continuación el texto del Decreto Presidencial No. 32 de 8 de agosto de 1924, donde se legaliza la creación del Laboratorio Carlos J. Finlay:

"LABORATORIO CARLOS J. FINLAY"

DECRETO NÚMERO 32 DE 1924 (de 8 de agosto) 

por el cual se honra la memoria del eminente Médico cubano, Doctor Carlos J. Finlay

El Presidente de la República,

en uso de sus facultades legales y 

CONSIDERANDO: 

Que la obra de saneamiento del Istmo de Panamá, merced a la cual fue posible la realización del Canal Interoceánico, se debe, en primer término a la extirpación de la fiebre amarilla, azote en otras épocas, de esta región. 
Que tan temida enfermedad sólo pudo ser combatida con eficiencia después de haber sido descubierto el medio transmisor del germen que la origina; y 
 Que el descubrimiento se debe a las perseverantes investigaciones del eminente sabio cubano, doctor Carlos J. Finlay,

DECRETA 

   Artículo 10. El pabellón que en el Nuevo Hospital Santo Tomás estará dedicado a laboratorio, se denominará “Laboratorio Carlos J. Finlay”. 
   Artículo 20. Envíese por conducto de Su Excelencia al Enviado Extraordinario y Ministro Plenipotenciario de Cuba en Panamá, señor doctor Carlos A. Vasseur y, con nota de estilo, copia de este Decreto al Gobierno de la República de Cuba. 

Dado en la ciudad de Panamá, a los ocho días del mes de Agosto de 1924.

 BELISARIO PORRAS

El Secretario de Fomento
        J. A. JIMÉNEZ

 

La creación del Laboratorio Carlos J. Finlay en un hospital de Panamá fue una evidente manifestación de reconocimiento de que su concepción sobre la transmisión de la fiebre amarilla fue el fundamento de las medidas sanitarias con las que el doctor Gorgas realizó la gigantesca obra de saneamiento del Istmo de Panamá, acción que posibilitó la construcción del Canal, cuya influencia ha sido incuestionable en el progreso de América y del mundo, sobre todo en las esferas de la navegación y el comercio. Este hecho viene a ser, en última instancia, una demostración de la importancia de la medicina preventiva, representada en la figura de Finlay, desde el punto de vista económico, con independencia de su significado para preservar la salud y la vida humana.       

La obra de Finlay en este sentido se puede colocar junto a la de Cristóbal Colón. Si bien éste hizo posible con su descubrimiento el comienzo de la conquista de América, aquel con el suyo posibilitó la terminación de esa conquista. El Trópico americano no se pudo considerar completamente conquistado mientras existió en él la fiebre amarilla. Una vez expulsada la enfermedad de este territorio, se pudo lograr que a través del Canal de Panamá se unieran los océanos sin temor a la muerte.

BIBLIOGRAFÍA

Diccionario Enciclopédico Abreviado. 2 ed. T5. Buenos Aires: Espasa-Calpe; 1945. p.174-175.
Govea J. Doctor Carlos J. Finlay. Un sabio, un descubrimiento y una injusticia. La Habana: Cultural; 1924. p. 26-28.
Guiteras J. El Canal de Panamá y las enfermedades epidémicas. Cron Med Quir Habana 1911;37:584-586.
Ramos DF. Cuba en la higiene internacional y finlaismo. Habana: La Propagandista; 1924. p. 283.
Robreño Díaz G. La huella de Finlay en el Canal de Panamá. Universidad Virtual de Salud. Sección Historia de la medicina. Disponible en: http://www.uvs.sld.cu/humanidades/plonearticlemultipage.2006-08-15.7480657408/la-huella-de-finlay-en-el-canal-de-panama

 

 

Agosto 7 de 1821. Inauguración de la primera clínica privada en Cuba

Autor: Lic. José Antonio López Espinosa

Centro Nacional de Información de Ciencias Médicas

Carlos Ignacio Nepomuceno Belot (179?-1889) un médico de nacionalidad francesa que se estableció en La Habana en 1820, luego de hacer dos años después su convalidación ante el Tribunal del Protomedicato, se trasladó con carácter definitivo al ultramarino pueblo de Regla donde había fundado un establecimiento sanitario, que inauguró el 7 de agosto de 1821, con el objetivo de "recoger, asistir y curar a los marineros enfermos, tanto nacionales como extranjeros". Esta clínica, la primera de su clase en Cuba, fue sometida en principio al dictamen de dos de los miembros de la Junta Gubernativa señores Martín de Aróstegui y Nicolás de Cárdenas, quienes consignaron en su informe que el establecimiento cumplía su cometido en todos los aspectos.
La institución del doctor Belot vino a llenar un vacío, por cuanto en los hospitales de las congregaciones religiosas era difícil encontrar en aquel tiempo camas para los tripulantes franceses, alemanes, ingleses y de otros países que llegaban a las costas habaneras. En la práctica era un hospital de marina bien organizado y atendido. Belot hablaba varios idiomas y ello le facilitaba la comunicación con sus pacientes, quienes podían explicar sus dolencias con facilidad y esperar un buen resultado del tratamiento que se les orientaba. Por otro lado, la casa que servía de sede a la clínica era espaciosa, bien ventilada y estaba ubicada cerca de la orilla del mar, lo que posibilitaba a los enfermos el desplazamiento para tomar el aire puro.
Las estadísticas del corto período durante el cual funcionó registraron 535 ingresos con una mortalidad de 120, bastante alta por los efectos de la fiebre amarilla en los europeos no inmunes, en virtud de su poco tiempo de permanencia en los Trópicos.
En 1824 el doctor Belot se dirigió al Real Consulado para exponerle su necesidad de cerrar la clínica por no haber podido sostenerla debido a que los beneficios obtenidos no se correspondieron con los gastos. También solicitó autorización al Capitán General Dionisio Vives para trasladar a sus enfermos para los altos del Hospital San Juan de Dios. Además le aseguró hacer cuanto estuviera a su alcance para garantizar el aseo, decencia y comodidad de los que lamentablemente tenían que acudir a él.
Años más tarde reconstruyó y amplió la edificación donde instaló de nuevo un hospital, entonces con el nombre de Hospital San Carlos. Junto a la institución existía un cementerio donde se inhumaba a la mayoría de los pacientes fallecidos, ya que eran protestantes y la iglesia no permitía su entierro junto a los católicos. Su construcción se debió también a las gestiones de Belot, quien tras dirigirse al efecto al Obispado obtuvo del Deán Gobernador Juan Bernardo O’Gabán (1782-1838) el permiso para establecerlo. Así, el tercer cementerio reglano fue bendecido el 10 de julio de 1829 por el presbítero don Manuel del Hoyo y, a los tres días siguientes tuvo lugar el primer enterramiento, que correspondió al del cuerpo sin vida de un marinero de 22 años natural de Hamburgo llamado Hans Betoc.
En una oportunidad Belot sugirió al licenciado Edward Finlay Wilson (1796-1872), padre del sabio cubano Carlos J. Finlay y Barrés (1833-1915), se hiciera cargo de la dirección del hospital, por tener proyectado viajar a París. Éste aceptó y se trasladó desde Puerto Príncipe hasta Regla, pero dos meses después renunció al cargo. Las relaciones entre ambos fueron siempre cordiales y amistosas e incluso se admite que por consejos de Belot viajó Carlos J. Finlay a Filadelfia para estudiar la carrera de medicina en el Jefferson Medical College de esa ciudad, donde se graduó de médico en 1855.

BIBLIOGRAFÍA

Al público. Anuncio notificándole que por haberse separado el Dr. Eduardo Finlay del Hospital de San Carlos, situado al otro lado de la bahía, Regla, continuará el mismo bajo la dirección del Dr. Belot. Diario de la Habana 1835;(124):2.
Archivo General de la Universidad. Expediente 1,351/822.
Archivo Nacional de Cuba. Expediente 3,050, legajo 77, 1821-1824.
Gómez Luaces, E. Regla: su aporte a la medicina cubana en el siglo XIX. Cuad Hist Salud Pub 1973;(57):24-33.
Resultados clínicos sobre la fiebre amarilla alcanzados por las observaciones del Dr. Carlos Belot, Dr. En Medicina de la Facultad de París, miembro de la Sociedad de Emulación de la misma ciudad, de la Sociedad de Medicina e Historia Natural de Filadelfia. Diario de la Habana 1825; (279):1-2.

 

 

 

Agosto 1ro. de 1900. Entrevista de la comisión de Walter Reed con Carlos J. Finlay

Autor: Lic. José Antonio López Espinosa
Centro Nacional de Información de Ciencias Médicas

Desde 1881, el sabio cubano Carlos J. Finlay Barrés había demostrado con pruebas fehacientes que el agente transmisor de la fiebre amarilla era el mosquito Stegomia fasciatus, actualmente conocido con el nombre de Aedes aegypti. Sin embargo, sus ideas y experimentos al respecto se consideraron absurdos durante casi 20 años, en los que la mayor parte de sus colegas cubanos y extranjeros ignoraron su convincente tesis, toda vez que para aquella época era demasiado revolucionaria.
Pero llegó el año 1900 y con él la posibilidad de que se confirmara la veracidad de sus postulados, aunque el precio que hubo que pagar para ello fue la pérdida de muchas vidas a causa de la fiebre amarilla, sobre todo de soldados del ejército de ocupación de los Estados Unidos participantes en la última etapa de la guerra de independencia contra España. En tal sentido se ha dicho que esa enfermedad había ocasionado más bajas entre los militares estadounidenses que las balas enemigas, lo que motivó a las autoridades de la nación norteña a tomar medidas para controlar tan incierta situación epidemiológica. A ese efecto se nombró una comisión, presidida por el doctor Walter Reed, e integrada además por los también doctores James Carroll, Jesé William Lazear y el cubano Arísitides Agramonte, los cuales recibieron instrucciones de investigar la etiología y profilaxis del mal.
Los primeros intentos en esa dirección fueron infructuosos, por cuanto resultaron 100% negativos los derroteros hacia los cuales se habían orientado los estudios. Eso hizo que los miembros de la comisión se volvieran hacia la teoría sostenida desde hacía casi dos décadas por Finlay de que la fiebre amarilla se transmitía de un sujeto enfermo a otro sano por mediación del diminuto insecto. Fue así que el 1ro. de agosto de 1900 se produjo la histórica visita de la comisión de Walter Reed a Finlay, la cual marcó el inicio de la etapa de la confirmación de los postulados del científico cubano.
Ese día se presentaron en la casa colonial de la calle Aguacate No. 110, Habana Vieja, donde entonces residía Finlay con su familia, los integrantes de la comisión Reed, Carroll y Lazear, recibidos por su hijo Carlos Eduardo quien los introdujo de inmediato al despacho de su padre, donde había gran cantidad de libros y algunas mesas y estantes con útiles de laboratorio. A la llegada de la visita, se encontraba presente el doctor Antonio Díaz Albertini, quien de modo casual había ido también a visitar a Finlay. En los rostros de los médicos extranjeros se notaba cansancio; no tanto por el agotamiento natural que causa el trabajo intenso y prolongado, como por el derrumbamiento consecuencia del fracaso.
Tras el breve saludo de ritual y de frases vagas e imprecisas para entrar de lleno en el inicio de la conversación que explicara el motivo de aquella visita, Reed le manifestó a Finlay el interés de la comisión que él presidía de estudiar su teoría de la transmisión de la fiebre amarilla por mediación del mosquito. El rostro de Finlay se iluminó al saber que al fin se interesaban por su teoría, luego de tanto tiempo sometida a la indiferencia. Su emoción fue tanta, que se agudizó su viejo mal de corea y apenas podía pronunciar palabra alguna ante la impresión que le produjo aquella agradable noticia.
En medio de su entusiasmo, Finlay miraba con gran atención a Reed, Carroll y Lazear. En el primero notó el semblante frío y duro de quien había sido vencido y tenía que acudir al adversario en busca de ayuda; en el segundo pudo vislumbrar una mirada desdeñosa y poco sincera; mientras que sólo en el tercero percibió el rostro de un hombre franco, afable y honesto. Y fue precisamente Lazear quien se dirigió a él de un modo más gentil cuando le expuso los motivos del interés de la comisión de realizar investigaciones sobre la base de su teoría.
En su intervención, Finlay agradeció el honor que para él significaba que su casa hubiera sido honrada por figuras tan relevantes de la medicina estadounidense y acto seguido relató a grandes rasgos los puntos básicos de sus estudios e hizo una síntesis del proceso de sus trabajos, desde sus errores en 1865, año en el que afirmó que el contagio amarílico tenía su origen en la alcalinidad atmosférica, hasta los resultados de sus últimas inoculaciones con la provocación, inclusive, de formas benignas de la enfermedad para conseguir la inmunidad contra ella. A la vez que hablaba, buscaba en sus notas y documentos inéditos y publicados datos relacionados con sus experimentos para ponerlos a la disposición de la comisión. Casi al final de la conversación Finlay, con el ánimo alegre de quien ve en trance de culminación la obra de su vida para bien eterno de sus semejantes manifestó:

“Al fin lograremos erradicar a la fiebre amarilla”.
A ello repuso Lazear:
“A eso aspiramos. ¡Ojalá que la suerte nos acompañe en los trabajos!”

Las tablas estadísticas; la relación de los sujetos inoculados entre 1881 y 1900 y toda la documentación explicativa de los detalles de los experimentos se habían acumulado en la mesa de Finlay para uso de los comisionados. Por si ello hubiera sido poco y, ante el asombro de los visitantes, el sabio se dirigió a un estante, de donde extrajo una jabonera de porcelana blanca con huevos del mosquito vector que puso en manos de Reed.
Los médicos norteamericanos salieron del domicilio de su colega cubano con el precioso material que éste les había entregado y que les sirvió para llevar a cabo la confirmación de lo que desde 1881 era el descubrimiento del siglo.
En su nota preliminar sobre la etiología de la fiebre amarilla, publicada el mismo año de 1900 en la Philadelphia Medical Journal, los integrantes de la comisión hicieron constar en este sentido los resultados de su visita a Finlay, al exponer los siguientes argumentos:

“Deseamos expresar nuestro más sincero agradecimiento al doctor Finlay por la cortés entrevista que nos concedió. Puso a nuestra disposición sus publicaciones sobre fiebre amarilla durante los últimos 19 años y nos entregó los huevos de la variedad de mosquitos con que había efectuado sus inoculaciones. Nos interesa dejar constancia aquí de una importante observación hecha por el doctor Finlay y es la siguiente: 30 días antes de nuestra visita, esos huevos habían sido puestos por una hembra al borde mismo de una cubeta que contenía agua. A poco sufrió el líquido una ligera evaporación, de modo que los huevos no siguieron en contacto con el elemento húmedo. Mas, a pesar del largo tiempo que habían pasado fuera del agua los huevos, se transformaron pronto en larvas apenas se restableció el nivel del líquido. Con los mosquitos así obtenidos hicimos nuestras experiencias.”
Es lamentable que, luego de este reconocimiento inicial a Finlay por Reed y sus subordinados, se le quisiera atribuir a éste último la prioridad del descubrimiento del vector amarílico. De cualquier modo la nota anterior y los argumentos que han quedado escritos por testigos presentes en aquella entrevista como los doctores Carlos Eduardo Finlay Schine y Antonio Díaz Albertini, así como los textos de las obras de los grandes biógrafos del sabio cubano, a saber, los doctores Francisco Domínguez Roldán, José López Sánchez, el propio Carlos Eduardo Finlay y el historiador César Rodríguez Expósito, han sido las principales fuentes en que se ha basado la confección de este trabajo, en tanto pruebas irrebatibles que marcan la diferencia entre la verdad y la argucia y documentos de obligada consulta para quienes deseen conocer, puntualizar o ampliar aspectos relacionados con su vida y obra. La consulta de estos importantes documentos y de otros que se indican en la bibliografía, han servido por tanto para que no pase por alto la efemérides del 1ro. de agosto de 1900, la cual, como antes se dijo, marcó el inicio de la etapa de confirmación de la doctrina finlaísta.

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