Infomed

Fechas Memorables

Versión para impresión Enviar a un amigo

Febrero 19 de 1842. Realización de la primera operación de talla hipogástrica en Cuba

Autor: Lic. José Antonio López Espinosa
Centro Nacional de Información de Ciencias Médicas

Un magnífico ejemplo de voluntad perseverante, de entusiasmo permanente y de coraje sostenido es del doctor Nicolás José Gutiérrez Hernández (1800-1890), un cubano cuya vida se desenvolvió en medio de acontecimientos que sacudieron el suelo patrio durante el último siglo de dominio colonial español y quien, a pesar de las dificultades que esto implicaba, supo comportarse dignamente en los días de duras pruebas y afrontar serenamente los peligros, siempre resuelto en el servicio de la causa de su país y siempre sereno ante la adversidad en la lucha.
Nacido en La Habana el 10 de setiembre de 1800, se graduó de cirujano en 1821, de Bachiller en Medicina en enero de 1827 y de Doctor en Medicina en febrero del mismo año en la Real y Pontificia Universidad de La Habana.
Como resultado de su destacada labor durante la renombrada epidemia de cólera que azotó La Habana en 1833, en la que asumió la peligrosa misión de realizar las necropsias, escribió en colaboración con el doctor Agustín Encinoso de Abreu y Reyes Gavilán (1798-1854) una memoria donde dio a conocer sus observaciones al respecto, la cual se publicó como apéndice en el Repertorio Médico Habanero, título de la primera revista médica cubana que circuló en Cuba por su iniciativa y que le valió ser reconocido como el fundador de la prensa médica nacional.
En 1836 viajó a París con el objetivo de ampliar sus conocimientos y, a su regreso, incorporó valiosos progresos a la Medicina cubana. La relevancia de ese viaje fue de tal magnitud, que se le puede calificar como el iniciador del éxodo progresista y beneficioso de muchos médicos criollos de prestigio que le imitaron con el mismo propósito. Asimismo se puede afirmar que fue él esencialmente el precursor del vuelco positivo de esta ciencia en la isla y, sobre todo, de la Cirugía. En 1938 fue designado Cirujano Mayor del Real y Militar Hospital de esta plaza donde, un año después, inauguró un curso de grandes operaciones de cirugía, primero impartido en la isla de Cuba con demostraciones en los cadáveres. En 1839 publicó un libro de 270 páginas bajo el título de “Breve manual de medicina operatoria dispuesto en lecciones para el curso del año de 1839”, cuyo texto incluyó los procedimientos más adelantados de aquella época en Cirugía.
Si bien el doctor Gutiérrez fue protagonista de muchos hechos importantes para el desarrollo cultural y científico nacional, en este breve trabajo se trata de resaltar su labor como cirujano, en el contexto de la cual fue el personaje principal de muchas primicias. En especial se desea mencionar su actuación en la primera operación de talla hipogástrica realizada en Cuba hace ya 164 años.
Se conoce como cistotomía la operación consistente en incidir la vejiga con el fin de extraer cálculos u otros cuerpos extraños. La talla hipogástrica es la cistotomía a través de una incisión inmediatamente por encima de la sínfisis pública.
La primera intervención quirúrgica de este tipo que se hizo en Cuba la realizó con éxito justamente el doctor Gutiérrez el 19 de febrero de 1842, con el fin de extraer un cálculo de casi una pulgada de diámetro y de media onza de peso al paciente nombrado Ramón Diago quien curó sin recaída. Después de esta operación, hizo otras dos de igual tipo en 1850 a un esclavo y al paciente Ángel María Revolta. Al año siguiente la practicó al Alcalde Mayor de La Habana Ramón Padilla; en 1853 a un campesino de 60 años y, en 1856, a los enfermos Mariano Hernández y Andrés Delgado.
De lo anterior se desprende que el acontecimiento ocurrido el 19 de febrero de 1842 marcó el inicio de una serie de intervenciones quirúrgicas similares con igual éxito, lo que justifica considerar este día como una fecha memorable en la historia de la Medicina y, en especial, de la Cirugía cubana.

BIBIOGRAFÍA

Delgado García G. Nicolás José Gutiérrez. Precursor y fundador científico en Cuba. La Habana: Academia de Ciencias de Cuba;1978. p. 8
----. Dr. Nicolás J. Gutiérrez Hernández (1800-1890). Cuad Hist Salud Pub 1984;(67):26-28.
Ferrer Gutiérrez V. Nicolás Gutiérrez, ciudadano y hombre de ciencia. Cuad Hist Hab 1941;(21):21-61.
Gutiérrez NJ. Noticias concernientes a la historia de la Medicina en La Habana. La Enciclopedia 1886;2(7):313-318.
Pla E. Biografía del Dr. D. Nicolás J. Gutiérrez. Cron Med Quir Habana 1875;1(1):21-23.
Rodríguez Prieto JM, ed. Diccionario terminológico de ciencias médicas. T1. La Habana: Editorial Científico-Técnica; 1984. p. 201.
Síntesis histórica de la cirugía cubana en el siglo XIX. Selec Med 1954;(ene):7-11.
Torralbas JI. Elogio del Ilmo. Dr. Nicolás Gutiérrez. Habana: Establecimiento tipográfico de A. Álvarez y Compañía; 1892. p. 19-20.
Zulueta Blanco ME, ed. Nicolás José Gutiérrez. Apuntes autobiográficos. La Habana: Editorial Academia; 1991.  p. 9.

 

 

Febrero 18 de 1881. Anuncio de la existencia de un agente intermediario transmisor de la fiebre amarilla

Autor: Lic. José Antonio López Espinosa
Centro Nacional de Información de Ciencias Médicas

 

En 1858, apenas tres años después de graduarse de médico en el Jefferson Medical College de Filadelfia, el sabio cubano Carlos J. Finlay Barrés (1833-1915), se empezó a dedicar al estudio de la etiología de la fiebre amarilla. Desde sus primeros experimentos en este sentido presintió que el origen del trastorno se podía atribuir al exceso de alcalinidad en la atmósfera, lo cual se correspondía con las ideas de la época, que achacaban a los factores atmosféricos y a las emanaciones de los cuerpos corrompidos la aparición de las enfermedades infecciosas.
Durante algunos años Finlay mantuvo esta ruta equivocada, hasta que, a fuerza de profundos análisis, llegó al convencimiento de que las alteraciones fisicoquímicas de la sangre y las lesiones vasculares son rasgos característicos de esta afección. En virtud de ello consideró errónea toda hipótesis que sostuviera como factores causantes de la fiebre amarilla las influencias atmosféricas o la falta de higiene y pensó en la posibilidad de la existencia de un agente capaz de transmitirla por inoculación, con lo cual dio un giro de 180 grados a sus criterios anteriores. Por otra parte, cuando se percató de que, durante los tiempos de epidemias, los amarílicos residentes en un conjunto de casas en una o varias cuadras no se hallaban siempre en locales inmediatos, discurrió que ello se podía explicar con la intervención de un pequeño organismo viviente.
En principio pensó en los animales microscópicos; pero después comprendió que ese agente intermediario no podía mantenerse de forma homogénea extendido como una nube en el aire pues, de ser así, los enfermos se localizarían en locales adyacentes. Así fue como llegó a la conclusión de que la transmisión tenía lugar por medio de un insecto chupador de sangre con un hábitat propio de los países afectados por la fiebre amarilla.
En la búsqueda de un insecto con esas características, halló en el mosquito diurno de La Habana, al cual llamó Culex mosquito (conocido actualmente como Aedes aegypti) ciertas peculiaridades en la puesta de sus huevos y en la prontitud con la que volvía a picar apenas había terminado de digerir la sangre ingerida previamente. Estos rasgos parecían distinguir al Aedes aegypti de otras especies y lo hacían especialmente apto para la propagación de una enfermedad en forma de epidemia. En la continuación de sus estudios, Finlay descubrió que este insecto se entumecía y no podía picar a 15 grados centígrados de temperatura; que en New Orleans, Río de Janeiro y La Habana habían cesado las epidemias de fiebre amarilla, justamente al bajar la temperatura a esa cifra; y que al mantenerse un tiempo dentro de una atmósfera enrarecida, donde no es posible transmitir la enfermedad, el mosquito perdía gran capacidad para perforar la piel.
Apenas comenzado el año 1881, el Gobernador General de la Isla seleccionó a Finlay para que integrara la delegación de Cuba y Puerto Rico ante la Conferencia Sanitaria Internacional, que se debía celebrar en Washington el 18 de febrero. Dada la rapidez con la que tuvo que prepararse para participar en esa reunión, no le alcanzó el tiempo para hacer los experimentos que justificaran su teoría. En ese evento, un representante de España, el doctor Rafael Cervera, se pronunció a favor de realizar investigaciones sobre la enfermedad, momento que aprovechó el cubano para exponer por primera vez en público los resultados de sus estudios. Sin mencionar al mosquito, ofreció indicios bastante firmes, cuando declaró que para la propagación del mal se debían cumplir tres condiciones, a saber: 

La existencia previa de un caso de fiebre amarilla en un período determinado de la enfermedad.
La presencia de un sujeto apto para adquirirla.
La presencia de un agente cuya existencia sea del todo independiente, tanto de la enfermedad como del enfermo, pero indispensable para transmitirla de un individuo enfermo a otro sano. 

Aunque ya estaba convencido de que el agente misterioso era un mosquito, no dio más detalles en esa reunión acerca de su genial descubrimiento. Su modestia y su ética científica le impusieron la obligación de demostrar su hipótesis con hechos. Por ello se limitó a referirse en la tercera condición a “la presencia de un agente cuya existencia sea del todo independiente, tanto de la enfermedad como del enfermo”.
El 18 de febrero de 1881 fue pues la fecha memorable, en la que el cubano Carlos J. Finlay anunció por primera vez la existencia de un agente intermediario transmisor de la fiebre amarilla.

 

BIBLIOGRAFÍA 

Finlay CJ. Alcalinidad atmosférica observada en La Habana. An Acad Cienc Med, Fis, Nat Habana 1872;9:183-192.
----. Memoria sobre la etiología de la fiebre amarilla. Gac Med Habana 1879;1:161-165, 177-181.
----. Memoria sobre la etiología de la fiebre amarilla. Gac Med Habana 1879;2:7-9, 20-23, 33-35, 53-59.
---- Extracto de las deliberaciones de la Conferencia Sanitaria Internacional de Washington. An Acad Cien Med Fis Nat Habana 1880;17:449-495.
----. Método para extirpar la fiebre amarilla, recomendado desde 1899. Rev Asoc Med Farm Isla de Cuba 1903;3:179-185.
----. ¿Es el mosquito el único agente de transmisión de la fiebre amarilla? Rev Asoc Med Farm Isla de Cuba 1903;3:245-250.
----. Conferencia Sanitaria Internacional de Washington. Protocolo 7. Sesión del 18 de febrero de 1881, página 34. En: Obras completas. T1. La Habana: Academia de Ciencias de Cuba; 1965. p. 197-198.

 

 

Febrero 10 de 1804. Introducción de la vacuna contra la viruela en Cuba

Autor: Lic. José Antonio López Espinosa
Centro Nacional de Información de Ciencias Médicas

Durante los primeros años de dominación española en Cuba, caracterizados por la penuria económica y el abandono social, había más preocupación por el perfeccionamiento de las condiciones defensivas contra los corsarios y piratas que por el estado de salud e higiene de la población. En esa situación, no es difícil comprender que muchas epidemias alcanzaran proporciones enormes al llegar a las playas cubanas y causaran serios estragos. Como no se aplicaban métodos científicos para combatir y prevenir los males epidémicos, era enorme el número de víctimas que ellos arrastraban a su paso por el territorio nacional. También es fácil imaginar cuál sería el destino de las incipientes poblaciones cubanas de los comienzos del siglo XVI, cuando una centuria después carecían aún de personal capacitado para hacer frente a los males habituales y a las plagas esporádicas.
La dominación británica, tan dolorosa para la población española, dio lugar a un cambio favorable en la personalidad política y económica de Cuba, por cuanto al asimilar la antigua Metrópoli la lección recibida por los ingleses respecto a la abundancia agrícola y mercantil de la isla, cambió en cierto modo la consideración de España a ella y se advirtió el tránsito de la factoría a la colonia con un consiguiente ligero progreso social. El Protomedicato, que surgió como institución oficial a principios del siglo XVIII, se convirtió en el núcleo básico del desarrollo posterior de la Medicina, en tanto fuente fecunda de sabios conocimientos y aplicaciones de gran valor a esta ciencia.
No obstante esos pequeños avances, el estado higiénico de las ciudades dejaba aún mucho que desear. Las calles eran más bien cenegales inmundos, donde los vecinos arrojaban los desperdicios domésticos, sin contar que por ellas transitaban a diario numerosos animales sueltos que calmaban su sed en las mismas fuentes públicas que surtían de agua potable a la población.
Lo expuesto hasta aquí basta para suponer los graves daños que causaba a la población de la época de la colonia cualquier viajero patógeno que, a su llegada, encontraba como medio favorable a su propagación un campo fertilizado por la incultura y la falta de preparación de los llamados a evitarla. Una de las infecciones que durante la dominación española asoló varias veces a la isla fue la viruela, introducida en América a los pocos años de conocerse por los europeos, y que sufrió considerablemente la población cubana.
La viruela fue durante el siglo XVIII una de las enfermedades infecciosas más temidas por el número de víctimas que arrastraba consigo y por las secuelas que dejaba en las personas que salían de ella con vida. En aquel tiempo era fácil identificar a los individuos que sobrevivían a los embates de la enfermedad, en virtud de que en muchos casos quedaban desfigurados. No obstante se había observado que los que no morían por su causa quedaban protegidos contra una infección posterior. Había epidemias benignas y otras graves. En las primeras eran mínimos los casos de muerte, mientras que en las segundas la mortalidad era en extremo elevada. Por lo tanto, era muy ventajoso contraer la enfermedad durante una epidemia ligera, por cuanto ello implicaba quedar protegido para toda la vida. En consecuencia, se procuraba provocar el contagio artificialmente en vez de dejar su advenimiento a la casualidad. En la India se vestía a los niños con las ropas de enfermos de viruela. En China se utilizaban pequeños tubos, para soplar a través de ellos las costras de granos de viruela, pues se había notado también que su pus pierde virulencia cada vez que se deja secar. En Asia Central se transmitía este pus a las personas sanas mediante pinchazos con agujas. En África se aplicaban métodos similares con los esclavos para evitar que sus dueños perdieran su “mercancía”. Las esclavas caucásicas eran famosas por su belleza, que constituía el principal medidor de su precio. Sin embargo, las que tenían marcas de viruela perdían su valor. Una esclava protegida contra la enfermedad tenía pues mucha más estimación en el mercado, porque ello daba seguridad al comprador de que no sería desfigurada.
En la última década del siglo XVIII se propagó la noticia de que en Inglaterra se había hallado un material de vacunación ideal y, cuando en 1800 afectó a Viena una grave epidemia de viruela, Johann Peter Frank (1745-1821), director del Hospital General de esa ciudad, vacunó con él a 26 niños el 1ro. de noviembre de 1801. En cada niño se formaron pústulas que se cubrieron de costras, las cuales finalmente cayeron. Días más tarde, el 12 de noviembre, 13 de esos niños se inocularon con la viruela verdadera y ninguno de ellos tuvo reacción alguna, pues todos estaban inmunizados.
El descubridor de este nuevo método fue el médico inglés Edward Jenner (1749-1823), quien en su pueblo natal observó que las vacas sufrían una enfermedad con la misma apariencia que las costras de la viruela. Jenner llamó a esta enfermedad variolae vaccinae (viruela de las vacas), de la que notó también su capacidad de infectar al ser humano cuando observó que las personas que trataban a los bovinos enfermos se infectaban y les aparecían las mismas costras en las manos y los brazos. Tras hacer varios estudios al respecto, realizó el experimento decisivo. En una finca cercana a la suya enfermaron varias vacas de viruela y una muchacha llamada Sarah Nelmes contrajo la enfermedad. El 14 de mayo de 1796 Jenner vacunó al niño de ocho años nombrado James Phipps con la viruela de las vacas. El material de la vacuna lo había obtenido de las costras de la muchacha enferma. Tras sufrir los signos característicos del mal, el niño se repuso pronto. El 1ro. de junio lo vacunó con la viruela verdadera, sin que tuviera reacción alguna. Luego de transcurridos unos meses, repitió la prueba con los mismos resultados.
Este experimento sirvió para demostrar que la viruela de las vacas inmuniza al hombre contra la viruela verdadera y que la linfa de la viruela de estos animales es el material ideal para vacunar. Así, de la inoculación surgió la inoculación de la viruela de la vaca y de la variolización la vacuna. Gracias a Jenner se había encontrado pues un medio, mediante el cual la viruela se podía evitar fácilmente.
En la historia de la medicina cubana abundan nombres que han quedado para la posteridad y que por sus grandes aportes son acreedores del reconocimiento eterno. Uno de ellos, el doctor Tomás Romay Chacón (1764-1849) en quien confluyeron las facetas de médico, escritor, orador y poeta, contribuyó de modo tan notable a la ilustración de esta ciencia, que con justicia se le ha otorgado el merecido lugar como iniciador del movimiento científico cubano. En su extensa hoja de servicios sobresale la introducción y propagación en 1804 de la vacuna contra la viruela en La Habana.
Los médicos cubanos conocieron el procedimiento de la eficaz inoculación preventiva contra la viruela en 1802, es decir, cinco años después de que Jenner anunciara su genial descubrimiento. De ello se infiere que la inoculación con el pus de la viruela o variolación era el método que se aplicaba en Cuba hasta entonces. Aunque no se dispone de datos que justifiquen cuándo y por quién se introdujo en la isla la inoculación, se sabe que ya se conocía en 1795, en virtud de un artículo científico escrito por Romay, que se publicó en dos partes en el Papel Periódico de la Habana el 29 de octubre y el 1 de noviembre de ese año, donde la defendía como método idóneo de preservación de las viruelas naturales.
Las autoridades de la Sociedad Económica de La Habana, impuestas del descubrimiento de la vacuna y de su creciente progreso en el mundo civilizado, consideró oportuno poner este nuevo conocimiento a la disposición de los profesores médicos cubanos. A ese efecto orientó en 1802 la reimpresión de 500 ejemplares de una obra traducida del francés por el doctor Pedro Hernández e impresa en Madrid ese mismo año, en la que se ofrecían detalles sobre el origen y descubrimiento de la vacuna. Por otra parte, la Junta Económica del Real Consulado ofreció un premio de 400 pesetas a quien descubriera y manifestara el fluido vaccino tomado de vacas en Cuba, indicara cómo debía formarse y lo comunicara al doctor Romay. Asimismo indicó la adjudicación de otro premio de 200 pesetas a quien trajera ese fluido de otros países. En este acuerdo, que se publicó en la edición del Papel Periódico de La Habana del 3 de febrero de 1803, se establecía además que los premios se adjudicarían luego de consumada la erupción de las viruela, bajo la dirección de Romay.
La presencia de Romay en momentos de tanta trascendencia, como el de inspeccionar y decidir si debía reimprimirse en Cuba la traducción del doctor Hernández, o la de dirigir la operación de provocar la erupción de la viruela por la vía artificial, demuestran la grandeza de su prestigio y cómo éste gravitaba con autoridad sobre la opinión médica y pública de su época. En diferentes oportunidades recibió virus vaccinal de distintas procedencias, que inoculó con las precauciones de rigor sin lograr nunca su desarrollo. Con posterioridad la Sociedad Económica le encomendó la difícil misión de buscar él mismo el virus vaccinoso. En función de esa encomienda, se lanzó a la audaz empresa de recorrer toda la isla con la esperanza de encontrar la vaccina en las vacas en algún lugar y de comenzar la vacunación. Ni en esta búsqueda ni en ensayos practicados a sus propios hijos tuvo éxito.
Pero llegó el 10 de febrero de 1804 y, con la fecha, la posibilidad de introducir y propagar la vacuna en Cuba. Ese día arribó a La Habana María Bustamante procedente de Aguadilla, Puerto Rico de donde había salido el 2 del mismo mes y quien, el día anterior a su partida, hizo vacunar a su único hijo de 10 años y a sus dos criadas mulaticas de ocho y seis en cada caso. Entre el cuarto y el quinto día después de la vacunación, se comenzó a formar en cada uno un solo grano vaccino sin que ninguno experimentara la menor incomodidad. Al entrar al puerto de La Habana estaban todos en un estado de perfecta supuración.
María Antonia García, quien había visitado el día anterior a su paisana María Bustamante luego de su arribo a Cuba, se presentó en la residencia de Romay, acompañada del menor de sus dos hijos y con la mayor de las criadas vacunadas, cuyo grano, según el sabio, se correspondía con el de la verdadera vacuna. Sin pérdida de tiempo, tomó pus de ese grano con el que de inmediato vacunó en ambos brazos al niño de la visitante y a sus tres hijos mayores. Poco después lo visitó el niño vacunado en Aguadilla, cuyo grano tenía los caracteres más sensibles y el pus más líquido y transparente. Con ese pus vacunó Romay a sus dos hijos pequeños, a otros cinco niños y dos criados. Ese mismo día en la tarde vacunó con el pus de la mulatica menor a cuatro criados y una niña. En total vacunó a 42 personas de distintas edades y sexos con el pus de tres granos: desde el más pequeño de sus hijos de sólo 29 días de nacido, hasta varios hombres y mujeres que pasaban de 40 años.
A pesar de que la forma de aparición de las pústulas, su forma y el orden uniforme en que éstas progresaban no dejaba lugar para dudar de que todas esas personas tenían la verdadera vacuna, Romay los hizo reconocer por otros profesores que la habían visto en España y Puerto Rico, quienes confirmaron su legitimidad.
La Sociedad Económica, informada del acontecimiento por el mismo Romay, adjudicó a la señora Bustamante el premio anunciado.
Cuando el 26 de mayo de 1804 llegó al puerto de La Habana la corbeta “María Ritz” con la expedición dirigida por Francisco Xavier de Balmis, que el 30 de noviembre del año anterior había salido de la Coruña con el objetivo de llevar la vacuna a los dominios españoles, ya ésta se había propagado por toda la isla. El jefe de la expedición española quedó gratamente sorprendido al haber encontrado la vacuna ya establecida y calificó a Romay de sabio cuando dio cuenta a Su Majestad de su cometido. Permaneció en la ciudad 20 días, en los realizó cientos de inoculaciones. Para perpetuar la vacuna, inoculó en unión de Romay varias vacas con aquel virus, al presumir que podían comunicar la enfermedad a otras y hacerla epidémica entre ellas. También propuso al Capitán General establecer en el país una junta de vacuna, que se encargara de conservar y propagar el preservativo y que se confiara en Romay como el facultativo idóneo para esta misión. Así, el 30 de julio de 1804 quedó establecida y organizada la Junta Central de Vacuna, de la que se designó a Romay como Secretario Facultativo, quien la dirigió durante más de 30 años con una constancia sorprendente y un celo inusitado.
En su puesto de Secretario de la Junta Central de Vacuna rindió Romay muchos informes, en los que, además de dar cuenta del estado de esta actividad en todo el país, demostraba con notoria evidencia su nivel de conocimientos sobre inoculación variolosa y vaccinal. En el último de ellos, en 1835, se despidió de la Junta como Secretario, cargo que sus achaques le impedían ya ejercer con la efectividad acostumbrada. Ese documento contiene datos muy valiosos, pues en él presentó el sabio las estadísticas de todos los vacunados por la Junta Central de La Habana y sus locales y Diputaciones en el interior desde 1804 hasta 1835.
No obstante haber cesado en estas funciones, continuó Romay administrando la vacuna hasta poco antes de su muerte, ocurrida el 30 de marzo de 1849.
Por iniciativa del Ayuntamiento de La Habana, se acordó colocar en su casa natal, sita en la calle Empedrado No. 71 entre Compostela y Habana (donde actualmente está ubicado el edificio “Cuba” con la numeración 360), una lápida con una inscripción conmemorativa de los méritos de este ilustre médico, en cuyo texto se lee:

¡HONRA Y PREZ A LA MEDICINA ESPAÑOLA!

________________

EN ESTA CASA NACIÓ EL DÍA 21 DE DICIEMBRE DE 1764 EL
Dr. D. TOMAS ROMAY Y CHACON
SABIO MÉDICO Y ESCRITOR INSIGNE,
Á QUIEN LA ISLA DE CUBA
DEBE ENTRE OTROS GRANDES BENEFICIOS, EL DE LA
INTRODUCCIÓN Y PROPAGACIÓN DE LA VACUNA
__________

EL AYUNTAMIENTO DE LA HABANA
ACORDÓ CONSAGRAR ESTE RECUERDO Á SU MEMORIA,
EL DÍA 12 DE AGOSTO DE 1887,
BAJO LOS AUSPICIOS DEL EXCMO. SR. GOBERNADOR
Y CAPITÁN GENERAL D. SABAS MARIN

BIBLIOGRAFÍA

García Mayo M. La introducción de la vacuna en Cuba. Habana: Editorial “Alfa”; 1938. p. 19-94.
Garrison FH. An Introduction to the History of Medicine. Philadelphia: WB Saunders; 1929. p. 372-375.
Gordón y de Acosta A de. Higiene colonial en Cuba. Habana: Sarachaga y Miyares; 1895. p. 5-57.
Haggard HW. La medicina a través de los tiempos. En: Drogas, demonios y doctores. México DF: Editorial Diana; 1954. p. 432.
Hernández P tr. Origen y descubrimiento de la vaccina. Traducido del francés con arreglo a las últimas observaciones hechas hasta el mes de mayo del presente año y enriquecido con varias notas. Habana: Imprenta de la Capitanía General; 1902.
Jenner E. An inquiry into the causes and effects of the variolae vaccinae. London: S. Low; 1798.
Junta Económica del Real Consulado. Premio de 400 pesetas a quien descubra el fluido vaccino y otro de 200 a quien lo traiga de otros países Papel Periódico de la Habana 1803;10:37-38.
López Sánchez J. Tomás Romay y el origen de la ciencia en Cuba. Habana: Academia de Ciencias de Cuba. Museo Histórico de las Ciencias Médicas “Carlos J. Finlay”; 1964. p. 53-137.
Pérez Beato M. Historia de la vacuna y progresos realizados de la administración de la isla de Cuba. Habana: Imprenta Compostela número 89; 1899. p. 53-73.
Romay T. Homines vitam suam et amant sinul, et oderunt, Senec. Papel Periódico de la Havana 1795; 87:345-347.
----. Homines vitam suma et amant sinul, et oderunt, Senec. Papel Periódico de la Havana 1795;88:349-350.
----. Memoria sobre la introducción y progresos de la vacuna en la isla de Cuba, leída en las juntas generales celebrada en la Sociedad Económica de la Havana. Havana: Imprenta de la Capitanía General,; 1805. p. 3-28.
Sigerist HE. Los grandes médicos. Historia biográfica de la Medicina. Barcelona: Ediciones AVE; 1949. p. 174-179.
Sociedad Económica de Amigos del País. Acuerdos 1804; libro 3, folio 136. p. 60.
Trelles CM. Contribución de los médicos cubanos a los progresos de la medicina Habana: A. Dorrecker; 1926. p. 46-47.
 

Febrero 8 de 1886. Inauguración del Hospital "Nuestra Señora de Las Mercedes"

Autor: Lic. José Antonio López Espinosa
Centro Nacional de Información de Ciencias Médicas

En las proximidades de la antigua Batería de Santa Clara, que fuera en centurias anteriores la fortificación conocida por Seborucales Altos de Oliver, en la manzana 88 de lo que entonces era el Reparto Medina, se empezó a construir en noviembre de 1882 el Hospital “Nuestra Señora de las Mercedes”. La construcción se apoyó en primera instancia en los legados de los benefactores doña Josefa Santa Cruz de Oviedo, el Marqués de Marianao don Salvador Samá y don Joaquín Gómez. Estos legados, que en principio fueron de 217 mil pesos, llegaron a 271 044.00 cuando se unieron a las donaciones de varias sociedades regionales y de otros contribuyentes.
El primer antecedente de esta institución se remonta a los años finales del siglo XVI, cuando el Gobernador don Juan Maldonado y Barrionuevo fundó un hospital denominado “San Felipe el Real” o de “San Felipe y Santiago”, cuya construcción comenzó en 1597 con los 4 ó 5 mil pesos obtenidos de la venta de los almacenes donde se guardaban los pertrechos de las galeras de resguardo, al suprimirse este servicio. La instalación, ubicada en la llamada Pequeña Ciénaga, donde hoy está el parque San Juan de Dios en La Habana Vieja, abrió sus puertas a los enfermos en 1599. Su nombre se debe presumiblemente a Felipe II, quien era entonces el monarca español de turno, o bien al hecho de haberse inaugurado un día 1ro. de mayo, fecha de fiesta de San Felipe de Nery y Santiago Apóstol. A partir de 1602 se cambió la denominación al hospital por el de “San Juan de Dios”, pues ese año se comenzó a regir por los religiosos de la Orden hospitalaria española del mismo nombre.
En su época el “San Juan de Dios” era el único hospital general de San Cristóbal de La Habana y prestaba servicios a los enfermos tanto civiles como militares. En 1793 los frailes juaninos entregaron su administración al municipio de la ciudad y cuando en 1861 se derrumbó el viejo caserón que ocupaba, se trasladó su sede a los altos de la cárcel con carácter provisional, hasta tanto se terminara de construir el edificio donde después se instaló. El nuevo local del hospital se construyó en lo que actualmente es la manzana formada por las calles Aguiar, San Juan de Dios, Habana y Empedrado, también en La Habana Vieja.
En noviembre de 1880 se colocó la primera de la edificación que cinco años más tarde ocuparía el Hospital “Nuestra Señora de las Mercedes”, reconocido como el continuador en la secuencia de nombres de “San Felipe y Santiago” y “San Juan de Dios”, según consta legalmente en la Resolución del Tribunal Supremo español publicada en la Gaceta de La Habana con fecha 20 de febrero de 1894. El acto de su inauguración tuvo lugar el 8 de febrero de 1886 con la presencia de notables personalidades de la época y, seis días después, se trasladaron a él los enfermos del local que ocupaba el Hospital de “San Juan de Dios”.
El primer director de la institución fue el doctor Emiliano Núñez de Villavicencio y Álvarez (1845-1894), cuyos perseverantes esfuerzos fueron factor determinante en la ejecución de las obras. Al término de la dominación española, el interventor del gobierno de los Estados Unidos de América, General Leonard Wood, puso fin al patrocinio real del hospital y entregó su administración a una Junta de Patronos, bajo la dirección del propio doctor Núñez de Villavicencio. Durante su gestión todo lo que se requería para restablecer la salud estuvo a la disposición de la población menos pudiente.
Entre otros muchos progresos de la ciencia médica a los que el hospital sirvió de anfitrión, se pudiera citar el haber dado cabida al primer departamento de rayos X, rayos Finsen y radio que existió en Cuba, inaugurado el 1º de mayo de 1907. Seis años antes, exactamente el 21 de agosto de 1899, había comenzado a funcionar allí la primera escuela de enfermeras en un hospital cubano.
En noviembre de 1954 la Junta de Patronos acordó trasladar la sede del hospital a otro lugar, en virtud del amplio desarrollo urbano y la gran densidad de población de la zona. El 12 de mayo de 1955 se colocó la primera piedra del nuevo edificio de la loma del príncipe, obra del arquitecto Víctor Morales, donde funciona desde 1957, si bien no fue hasta el día 25 de agosto de 1958 que se demolió el antiguo local de la céntrica manzana donde hoy radica la heladería Copelia.
A pocos meses de haber comenzado a funcionar el hospital en el nuevo local, en enero de 1959, se produjo el triunfo de la Revolución y éste se convirtió en la sede de la Junta de Gobierno de los Hospitales Universitarios. Desde el 1º de diciembre de 1960, la instalación se identifica con el nombre de Hospital Clínico Quirúrgico Docente “Comandante Manuel Fajardo”, en honor al médico y héroe del Ejército Rebelde, caído ese año en la lucha contra bandidos.
En el hospital “Mercedes” o “Reina Mercedes”, como también se le identificaba popularmente, muchos precursores y forjadores de la medicina cubana dejaron la huella de su fecunda obra. Entre tantos nombres que se pudieran mencionar en este sentido, destacan los de Carlos J. Finlay Barrés (1833-1915), Juan Guiteras Gener (1852-1925), Francisco Domínguez Roldán (1864-1942), Gabriel Casuso Roque (1851-1923), Raimundo Menocal Menocal (1856-1917) y Ángel A. Aballí Arellano (1880-1952).

BIBLIOGRAFÍA

Ancheta Niebla E. Historia de la enfermería en Cuba. La Habana: ECIMED; 2003. p. 17, 70-73.
Arce LA de. Nuestra Señora de las Mercedes 1597-1952. Historia de un hospital. La Habana: Editorial Selecta; 1952.
Argüelles Casals D. Hospital Mercedes. Arte y Medicina 1958;7(51):16-18.
Domínguez Roldán ML. Panchón Domínguez Roldán. Mambí, médico, ministro. La Habana: Editorial Luz Hilo; 1957. p. 23, 36.
Isern J. Atalaya. Carteles 1960;41(1)::87.
Mena CA, Cobelo AF. Hospital Reina Mercedes. En: Historia de la Medicina en Cuba. Hospitales y centros benéficos en la Cuba colonial. T1. Miami: Ediciones Universal; 1992. p. 166-172.
Núñez E. Hospital Nuestra Señora de las Mercedes. Rev Med Cir Habana 1905;10(17): 476-479.
Pino de la Vega M de. Apuntes para la historia de los hospitales en Cuba (1523 a 1899). Cuad Hist Salud Pub 1963;(24):29-34.
Torre JM de la. Lo que fuimos y lo que somos o La Habana antigua y moderna. La Habana: Imprenta de Spencer; 1857. p. 11.
Wrigth IA. Historia documental de San Cristóbal de La Habana durante el siglo xvi. Habana: s.n.; 1927. p. 77.

 

 

Febrero 8 de 1863. Comunicado del primer caso de bocio exoftálmico observado en Cuba

Autor: Lic. José Antonio López Espinosa
Centro Nacional de Información de Ciencias Médicas

Con su genial descubrimiento del agente transmisor de la fiebre amarilla, Carlos J. Finlay contribuyó de modo considerable al desarrollo de la Medicina preventiva,  la Medicina tropical, la Virología y la Entomología. Se conoce que el sabio cubano consagró la mayor parte de su vida al estudio de esta enfermedad, la cual abordó con preferencia en su amplia bibliografía. No obstante, si se revisa detenidamente su producción científica publicada, se notará que a sus abundantes escritos sobre la fiebre amarilla se agrega un número no escaso de trabajos en los cuales trató otros aspectos importantes en el contexto de las ciencias de la salud. Entre ellos se pueden citar los relativos a las enfermedades de la visión, pues la Oftalmología fue la especialidad con la que inició su ejercicio profesional, o los relacionados con la Salud Pública, sobre todo durante el período que fungió como Jefe de Sanidad. Otras enfermedades objeto de su atención fueron la filariasis, el cáncer, la lepra, el tétanos infantil, la malaria, el beriberi, la corea, la tuberculosis y el abceso hepático por sólo citar algunas.

En este trabajo se hace un breve comentario sobre un comunicado presentado,  el 8 de febrero de 1863, por el eminente científico cubano en la Real Academia de Ciencias Médicas, Físicas y Naturales de La Habana, el cual resulta sumamente interesante por tratarse de la presentación del primer caso de bocio exoftálmico  observado en Cuba.

Finlay inició su comunicado con mención al interés que habían despertado en el continente europeo las discusiones de la Academia de París respecto a la extraña enfermedad, lo que le sirvió de motivación para recoger los pormenores del primer caso detectado en la isla de Cuba, ocurrido en Matanzas en diciembre de 1862. En su intervención hizo el sabio una exhaustiva descripción de los síntomas de la paciente objeto de sus observaciones, los cuales coincidían con los descritos con anterioridad por el irlandés Robert Graves (1797-1853) y por el alemán Carl A. von Basedow (1799-1854). En este trabajo detalló los pormenores de las pruebas que practicó a la enferma y de los signos que halló, con los que llegó a la conclusión de que efectivamente se trataba de bocio exoftálmico. También informó acerca de la estrategia terapéutica que aplicó y de los favorables resultados que obtuvo con ella al cabo de las tres semanas. Finalmente dedicó gran parte del texto al análisis y discusión de los resultados, sobre la base del pronóstico de la evolución del mal, observado por sus colegas europeos. En esa discusión fundamentó y defendió su criterio de clasificar la enfermedad dentro de las neurosis del nervio gran simpático a partir de fenómenos por él observados, tales como la dilatación de los vasos y la elevación de la temperatura del cuello y de la cara; las palpitaciones del corazón; la prominencia del globo ocular y la dilatación de las pupilas. Otro argumento que alegó Finlay para defender su posición acerca del origen nervioso del trastorno fue la posibilidad de curación de la dilatación hipertrófica del corazón.

Con este interesante bosquejo del bocio exoftálmico, realizó el sabio cubano un gran aporte al conocimiento de la enfermedad en Cuba, al hacer un llamado a sus compatriotas acerca de su existencia en el territorio nacional, al tiempo que puso sobre aviso la necesidad de su estudio, ya no como un objeto de mera curiosidad, sino como una exigencia que imponían los nuevos tiempos. A la prioridad que con justicia le corresponde como descubridor del vector transmisor del vómito negro, se agregan otras importantes contribuciones al bienestar de sus semejantes que constituyen también primicias de la Medicina cubana, entre ellas el trabajo objeto de este comentario. Dicho comunicado, que luego se publicó en los Anales de la Academia de Ciencias Médicas, Físicas y Naturales de La Habana, tiene además desde el punto de vista bibliográfico la importancia de haber sido el primer trabajo científico que él publicó y el primer artículo sobre bocio exoftálmico que vio la luz en una revista editada en el archipiélago cubano.

BIBLIOGRAFÍA
Basedow CA von. Exophthalmos durch Hypertrophie des Zellgebewes in der Augenhöhle. Wchschr Ges Heilk 1840;6:197-220.
Finlay CJ. Bocio exoftálmico. Observación. An Acad Cien Med Fis Nat Habana 1864;1:21-27.
Graves RJ. Palpitation of the heart with enlargement of the thyroid gland. Lond Med Sur J 1835;7:516-517.
López Sánchez J. Finlay. El hombre y la verdad científica. La Habana: Editorial Científico-Técnica; 1987. p. 477-489.

 

 

 

 

Febrero 2 de 1806. Inauguración del primer cementerio de La Habana

 

Lic. José Antonio López Espinosa
Centro Nacional de Información de Ciencias Médicas

Antes del arribo de los europeos a la isla de Cuba, el gran problema social que significaba separar los muertos de los vivos se resolvía por los indios siboneyes mediante la disección de los cadáveres hasta dejarlos como momias. Para la conservación de los huesos utilizaban estatuas de madera hueca, que adquirían el nombre de la persona a que pertenecían. Entre los taínos era más común la realización de los enterramientos en lugares apartados, aunque también practicaban la cremación cuando deseaban saber si el médico había tenido alguna responsabilidad en un deceso determinado.
En los primeros tiempos posteriores a la conquista, los españoles construyeron iglesias en las cuales enterraban a sus muertos, como era su costumbre en la Península, y donde luego comenzaron también a inhumar a los indios sometidos al catolicismo. La Parroquial Mayor, primer templo edificado en La Habana por los ibéricos, fue también, por consiguiente, la primera iglesia donde se dio sepultura a los fallecidos.
Como los libros parroquiales que comenzaban en 1519 fueron quemados por los piratas, la primera referencia que se tiene de un entierro, por conducto de los que se restablecieron en 1582, es la de María Magdalena Comadre, inhumada el 24 de enero de 1613.
Luego se construyeron otras feligresías como la del Espíritu Santo, el Santo Cristo, la los Conventos de Santo Domingo y San Francisco, la de Jesús del Monte, etc. que arraigaron la
costumbre de depositar en los templos religiosos todos los cadáveres, con inclusión de los de los pardos libres y los de los negros esclavos.
El crecimiento de la población criolla y extranjera trajo consigo el lógico incremento de defunciones por año, con la consiguiente escasez de espacio para los enterramientos. A ello se agregó la infestación de las iglesias, en algunas de las cuales era imposible permanecer mucho tiempo, dado el insoportable olor que despedían las sustancias de la descomposición de los muertos. Esta circunstancia, además de conspirar contra el buen servicio del culto religioso llegó a constituir una amenaza para la salud pública. Por ello, con el transcurso del tiempo, las iglesias dejaron de ser sede de los enterramientos.
La primera manifestación del deseo de acabar con la perniciosa costumbre de enterrar los muertos en las augustas moradas de Dios fue del Capitán General Don Luis de las Casas, quien no pudo concretarlo por los obstáculos que halló en la adquisición del terreno para el cementerio que pensaba edificar. El propósito e las Casas fue tomado con posterioridad por el Obispo Juan José Díaz de Espada y Fernández de Landa, quien contó al efecto con el apoyo del Cabildo Eclesiástico. El Obispo Espada financió la construcción del campo santo en un terreno, cedido por el Protomédico Francisco Teneza Rubira, situado a una milla al oeste de la ciudad y cerca de la costa junto al Hospital de San Lázaro.
El doctor Tomás Romay Chacón, iniciador del primer movimiento científico desarrollado en Cuba y representante por excelencia de los proyectos de modernización de la práctica de la medicina a finales del siglo XVIII y principios del XIX, colaboró estrechamente con el Obispo Espada en su anhelo de eliminar los enterramientos dentro del perímetro urbano, en tanto compartía por entero sus preocupaciones, sobre todo las de carácter higiénico. A fin de apoyarlo en este afán, publicó su elocuente DISCURSO SOBRE LAS SEPULTURAS FUERA DE LOS PUEBLOS, en el que ofreció sobrios razonamientos y sólidos argumentos que ejercieron una favorable influencia para vencer la resistencia que en un principio se hacía al proyecto y contribuyeron a que la población habanera comprendiera la importancia de enterrar a los muertos en lugares distantes a las poblaciones y fuera dando, en forma gradual, preferencia al primer cementerio de La Habana, inaugurado el 2 de febrero de 1806.
La necrópolis se erigió con el nombre oficial de CAMPO SANTO, pero siempre se conoció como el CEMENTERIO DE ESPADA. En señal de regocijo, los concurrentes a su inauguración llevaron grandes antorchas cuyo fulgor, combinado con el de la puesta del sol, ofrecía un grandioso espectáculo.
El CEMENTERIO DE ESPADA fue durante cerca de 27 años el único existente en La Habana. Luego surgieron el CEMENTERIO DE LOS INGLESES, el DEL CERRO, el DE JESÚS DEL MONTE y el DE COLÓN.
La instauración del CEMENTERIO DE ESPADA significó en su época un indiscutible paso de avance desde el punto de vista higiénico-sanitario. Por ello se le han dedicado estas líneas a la fecha en que tuvo lugar la solemne ceremonia de su apertura oficial.

BIBLIOGRAFÍA

Cementerios de Espada y de Colón. Habana: Imprenta de Villa, 1874. p. 1-15.
Coronado DG de. Los cementerios de la Habana. Apuntes históricos de su fundación. Habana: La Propaganda Literaria, 1888. p. 11-18.
Gordón de Acosta A de. La iglesia y la cremación. Habana: Imprenta La Moderna, 1893. p. 7-19.
----. Datos históricos acerca de los cementerios de la ciudad de la Habana. Habana: Imp. de J. Huguet, 1901. p. 8-13.
López Sánchez J. Tomás Romay y el origen de la ciencia en Cuba. La Habana: Academia de Ciencias de Cuba. Museo Histórico de las Ciencias Médicas “Carlos J. Finlay”, 1964. p. 112-118.
Pezuela J de la. Diccionario geográfico, estadístico, histórico de la isla de Cuba. T3. Madrid: Imprenta del Establecimiento de Mellado, 1863. p. 453-454.
Romay T. Discurso sobre las sepulturas fuera de los pueblos. Havana: Imprenta de Esteban Boloña, 1806.
Rosaín D. Necrópolis de la Habana. Historia de los cementerios de esta ciudad. Habana: Imprenta “El Trabajo”, 1875. P. 12-20.

 

Enero 27 de 1929. Inauguración de la Sociedad Cubana de Cirugía

Autor: Lic. José Antonio López Espinosa
Centro Nacional de Información de Ciencias Médicas

El eminente cirujano cubano doctor José Antonio Presno Bastiony (1876-1953), quien dio numerosos y valiosos aportes a la práctica quirúrgica en el territorio nacional y cuyo prestigio lo llevó a ocupar entre otros importantes cargos los de Presidente de la Sociedad de Estudios Clínicos de La Habana, de la Asociación Médica Franco Cubana “Joaquín Albarrán” y la Academia de Ciencias Médicas, Físicas y Naturales de La Habana; así como los de Rector de la Universidad de La Habana, Secretario de Sanidad y Ministro de Salubridad y Asistencia Social, fue también el gestor y el Presidente fundador de la corporación científica, que hoy día se identifica con el nombre de Sociedad Cubana de Cirugía.

Todo comenzó en una de las sesiones del VII Congreso Médico Nacional, que tuvo lugar en La Habana entre el 14 y el 20 de diciembre de 1927 y en la cual el doctor Presno presentó una moción donde fundamentó la necesidad de que se pusiera en funcionamiento una organización, que agrupara de manera oficial a todos los cirujanos de la isla de Cuba.

La sugerencia se basó en la experiencia del proponente en sus incursiones por otros congresos médicos, celebrados con anterioridad tanto en Cuba como en el extranjero. Según argumentó, todas estas reuniones científicas abarcaban la Cirugía, la Farmacia, la Veterinaria y otras especialidades. El gran número de trabajos que en ellas se presentaban, apenas se podían poner a discusión, por cuanto el tiempo resultaba muy reducido para ello, con independencia de que muchos congresistas eran ajenos o se mostraban indiferentes ante los temas que no eran de su interés profesional.

Con estos antecedentes y con la convicción de la competencia de sus colegas y compatriotas, lanzó su iniciativa, cuya excelente acogida quedó demostrada  cuando fue oficialmente aprobada en la sesión plenaria que precedió a la clausura del Congreso.

En esta moción, señaló el doctor Presno entre otros aspectos, que en el seno de la agrupación por él propuesta se presentarían y discutirían los trabajos de sus miembros en sesiones que se celebrarían periódicamente; aunque también se someterían a discusión cada año asuntos de gran interés y actualidad, con la encomienda de su estudio a ponentes especialmente designados. Cada tres años, en la época de la celebración de los Congresos Médicos Nacionales, la Sociedad Cubana de Cirugía debía incorporar su reunión al evento general.

Y así se hizo, pues todos los cirujanos participantes en el VII Congreso Médico Nacional manifestaron su conformidad y muchos se pronunciaron porque era ya hora de asociarse para intercambiar ideas y conocimientos y para conocer el fruto de la experiencia de los demás.

Pocas reuniones bastaron para que se aprobara el Reglamento de la Sociedad y para la elección de su primera Junta Directiva, luego de la designación de los 40 miembros titulares que la integraron. Como resultado de las elecciones con la participación de sus fundadores, la Sociedad Nacional de Cirugía, que así se llamó en sus inicios, tuvo sus primeros dirigentes en las siguientes personas:

Presidente
Dr. José A. Presno Bastiony

Vicepresidente
Dr. Benigno Souza Rodríguez

Secretario general
Dr. Manuel Costales Latatú

Secretario de correspondencia
Dr. Félix Pagés

Secretario de actas
Dr. Ernesto R. de Aragón del Pozo

Tesorero
Dr. José Varela Zequeira

Vicetesorero
Dr. Gonzalo Aróstegui del Castillo

En el discurso que pronunció el 27 de enero de 1929, con motivo de la apertura de la Sociedad Nacional de Cirugía, el doctor Presno afirmó que este hecho marcaba una tendencia a la exaltación y exteriorización del buen nombre de la cirugía cubana. Y no le faltó razón, pues la rica trayectoria de esta agrupación científica durante el tiempo transcurrido desde entonces se ha encargado de demostrar la certeza de sus palabras.

 

BIBLIOGRAFÍA 

Presno Bastiony JA. Curriculum vitae. En: Informe documentado a la Facultad de Medicina de la Universidad de La Habana. La Habana: Compañía Editora de Libros y Folletos; 1942. p. 5-6.
----. Discurso pronunciado el inaugurarse la Sociedad Nacional de Cirugía. Enero 27 de 1929. En: Al través de la Cirugía. La Habana: s/n; 1946. p. 81.88.
----. Palabras de agradecimiento por el homenaje recibido el 19 de marzo de 1932 como Presidente fundador de la Sociedad Nacional de Cirugía. En: Al través de la Cirugía. La Habana: s/n; 1946. p. 355-356.
López Serrano E. Efemérides médicas cubanas. Cuad Hist Salud Pub 1985;(69):153, 189.

 

 

Enero 27 de 1909. Nombramiento del primer Ministro de Salud de Cuba y del mundo

Autor: Lic. José Antonio López Espinosa
Centro Nacional de Información de Ciencias Médicas

Cuba fue el primer país del mundo que contó con una Secretaría de Sanidad, cuando por Ley Orgánica del Poder Ejecutivo, dictada el 27 de enero de 1909, se convirtió en tal al Departamento Nacional de Sanidad, que desde 1902 respondía al entonces Ministerio de Gobernación. Esa misma fecha se nombró Secretario de Sanidad al doctor Matías Duque Perdomo, quien asumió el cargo al día siguiente. Por disposición de la Constitución de la República que empezó a regir en 1940, se modificó el nombre a la Secretaría de Sanidad por el de Ministerio de Salubridad y Asistencia Social. En 1959 volvió a cambiar su denominación por el de Ministerio de Salubridad y Asistencia Hospitalaria y, al año siguiente, se intituló Ministerio de Salud Pública, nombre que aún mantiene.
A continuación se presenta una relación con los nombres de todos los que han ejercido la función de Secretario de Sanidad, Ministro de Salubridad y Ministro de Salud Pública en la isla desde su instauración a principios del siglo XX, junto a los cuales aparece en cada caso la fecha de nombramiento o la de toma de posesión del cargo.

Dr. Matías Duque Perdomo
28 de enero de 1909

Dr. Manuel Varona Suárez
30 de octubre de 1910

Dr. Enrique Núñez Palomino
20 de mayo de 1913

Dr. Raimundo Menocal Menocal
4 de octubre de 1916

Dr. Fernando Méndez Capote
10 de agosto de 1917

Dr. Juan Guiteras Gener
20 de mayo de 1921

Dr. Arístides Agramonte Simoni
19 de junio de 1922

Dr. Enrique M. Porto Castillo
20 de mayo de 1923

Dr. Daniel Gispert García
20 de mayo de 1925

Dr. Francisco María Fernández Hernández
28 de mayo de 1926

Dr. Victoriano Rodríguez Barahona
4 de abril de 1931

Dr. Miguel Ángel Céspedes
12 de mayo de 1932

Dr. Ángel E. Madan
26 de junio de 1933

Dr. José Antonio Presno Bastioni
14 de agosto de 1933

Dr. Ramón Grau San Martín
5 de septiembre de 1933

Dr. Carlos Eduardo Finlay Shine
12 de septiembre de 1933

Dr. Santiago Verdeja Neyra
20 de enero de 1934

Dr. Rafael Lorié Marín
20 de agosto de 1934

Dr. Aurelio Ituarte Gutiérrez
11 de marzo de 1935

Dr. Emilio Martínez Martínez
13 de enero de 1936

Dr. Manuel Mencía García
20 de mayo de 1936

Dr. Zenón Zamora García
24 de diciembre de 1936

Dr. Manuel Costales Latatú
11 de agosto de 1938

Dr. Juan de Moya Flamand
27 de mayo de 1939

Dr. Demetrio Despaigne Grave de Peralta
10 de octubre de 1940

Dr. Sergio García Marruz
18 de julio de 1941

Dr. Domingo F. Ramos Delgado
2 de febrero de 1942

Dr. Gustavo Adolfo Bock Jorge
22 de junio de 1942

Dr. Juan M. Portuondo Domenech
18 de agosto de 1942

Dr. Alberto Recio Forns
7 de marzo de 1944

Dr. José Antonio Presno Bastioni
10 de octubre de 1944

Dr. Octavio Rivero Partagás
17 de abril de 1945

Dr. José R. Adreu Martínez
3 de junio de 1947

Dr. Ramiro de la Riva Domínguez
5 de diciembre de 1947

Dr. Alberto Oteiza Setién
10 de octubre de 1948

Dr. Carlos Ramírez Corría
24 de junio de 1949

Dr. José Antonio Rubio Padilla
28 de septiembre de 1950

Dr. José R. Adreu Martínez
4 de abril de 1951

Dr. Enrique Saladrigas Zayas
11 de marzo de 1952

Dr. José Elías Olivella Lastra
10 de agosto de 1953

Dr. Carlos Salas Humara
5 de agosto de 1954

Dr. Armando J. Coro de la Cruz
24 de febrero de 1955

Dr. Alberto Recio Forns
19 de julio de 1955

Dr. Carlos Salas Humara
30 de enero de 1956

Dr. Octavio Montoro Saladrigas
6 de marzo de 1958

Dr. Manuel Ampudia González
13 de marzo de 1958

Dr. Julio Martínez Páez
6 de enero de 1959

Dr. Serafín Ruiz de Zárate
13 de junio de 1959

Dr. José Ramón Machado Ventura
23 de mayo de 1960

Dr. Heliodoro Martínez Junco
22 de enero de 1968

Dr. José A. Gutiérrez Muñiz
18 de diciembre de 1972

Dr. Sergio del Valle Jiménez
14 de diciembre de 1979

Dr. Julio Teja Pérez
17 de diciembre de 1985

Dr. Carlos Dotres Martínez
22 de mayo de 1995

Dr. Damodar Peña Pentón
15 de julio de 2002
 

BIBLIOGRAFÍA

Delgado García G. En el 90 aniversario de la fundación en Cuba del primer Ministerio de Salud del mundo. ACIMED 2000;8(1):60-63.
López Espinosa JA. Los Ministros de Salud Pública de Cuba. ACIMED 1998;6(3):206-207.
López Serrano E. Efemérides médicas cubanas. Cuad Hist Salud Pub 1985;(69):12, 21, 22, 86, 100, 212.
Rodríguez Expósito C. La primera Secretaría de Sanidad del mundo se creó en Cuba. Cuad Hist Salud Pub 1964;(25):140-145.
Teuma E. La Secretaría de Sanidad y Beneficencia. Su origen. El fundador. Habana: Imprenta “La Prueba”; 1917.

 

 

Enero 15 de 1890. Sesión inicial del Primer Congreso Médico Regional de la Isla de Cuba

Autor: Lic. José Antonio López Espinosa
Centro Nacional de Información de Ciencias Médicas

En la segunda mitad de la década de 1880, las Academias de Medicina habían dejado de ser los foros principales donde se exponían y debatían los conceptos de los amantes de la ciencia que vivían dentro del estrecho marco de una misma ciudad. El crecimiento de la literatura médica las había hecho ya insuficientes para ocuparse del considerable número de trabajos que entonces se generaban. De ahí que con la espontaneidad propia de las cosas necesarias surgieron los Congresos a modo de reunión, no ya de los médicos de una ciudad, sino de todo un pueblo y hasta de todos los pueblos que entendían de Medicina.
Cuba también marchaba en aquella época en pos de ese movimiento científico, en tanto contaba con una generación entusiasta de médicos con sólida formación, que había sido capaz de perfeccionar los estudios universitarios y de fundar una Academia de Ciencias, una Sociedad de Estudios Clínicos, una Antropológica y una Odontológica, entre otros muchos logros. En esas instituciones se revelaba el progreso científico en La Habana, aunque en diversos puntos del interior de la isla ejercían también médicos aventajados, cuyo concurso al nivel local era de un valor inapreciable y apenas se conocía.
Estos fueron los argumentos fundamentales con los que el doctor Enrique López Veitía (1847-1910), laborioso médico cubano que amaba la ciencia ilimitadamente y fue un pilar en el desarrollo inicial de la especialidad oftalmológica en el territorio nacional, justificó la moción que presentó en la sesión ordinaria de la Sociedad de Estudios Clínicos de La Habana, celebrada el 6 de septiembre de 1888, en la cual propuso la celebración en la capital de un Congreso médico con la participación de galenos de otras regiones del país.
La iniciativa, que ese día se sometió a votación y fue aprobada por unanimidad, fue objeto de discusiones posteriores. Así, en sesión extraordinaria que tuvo lugar 10 días después se convino en el nombramiento de una comisión que redactara el Reglamento, propusiera un programa de trabajos y se ocupara de todo lo relativo a la organización del evento. Para integrar la comisión se eligieron a los doctores Enrique López, Juan Santos Fernández y Hernández (1847-1922), Gabriel Casuso y Roque (1851-1923), Julio San Martín y Carriere (1854-1905) y Joaquín Jacobsen y Cantos (1862-?).
El día 20 del mismo mes se reunieron los miembros de esta comisión con el fin de distribuir los cargos. A propuesta del doctor Casuso quedó como Presidente el doctor Juan Santos Fernández, como Secretario el doctor Enrique López y, como Vocales, los doctores Jacobsen, Casuso y San Martín.
Redactados los proyectos del Reglamento y del programa, se convocó a sesión extraordinaria para su presentación. En esta reunión, celebrada el 17 de octubre de 1888, quedaron definitivamente aprobados estos documentos luego de algunas modificaciones.
A las 7:30 p.m. del 15 de enero de 1890 se dio inicio al Primer Congreso Médico Regional de la Isla de Cuba, con la participación de 194 delegados de diferentes localidades del país y con el doctor Agustín Fernández Ibarra como representante de los Estados Unidos de América y los doctores Félix Gouyon, Joaquín Albarrán Domínguez (1860-1912) y Enrique Lluriá en representación de Francia. La sesión se abrió con unas breves palabras doctor Diego Tamayo y Figueredo (1863-1926),
Presidente de la Sociedad de Estudios Clínicos de La Habana, quien se expresó en la primera parte de su intervención en los siguientes términos:

“Señores, es la primera vez que los médicos de la isla de Cuba se reúnen para intercambiar y discutir sus ideas en un Congreso.
Hace poco más de un año nació este pensamiento en la mente de un distinguido profesor, el doctor López, que lo propuso en la Sociedad de Estudios Clínicos, en la que fue aceptado y acogido con general entusiasmo, deseosos de ver realizado este espectáculo gratísimo y consolador que hoy contemplamos. Es indudable que esta congregación de médicos lleva en su seno gérmenes fecundos de progresos futuros y de halagadoras y patrióticas esperanzas”.

A continuación el doctor Fernández, Presidente de la comisión organizadora, dio cuenta de las gestiones realizadas por sus integrantes y luego se procedió a elegir la mesa definitiva del Congreso, la que por votación secreta quedó constituida por los doctores Nicolás José Gutiérrez Hernández (1800-1890) y Fernando González del Valle y Cañizo (1803-1899) como Presidentes honorarios; el doctor Francisco Zayas Jiménez (1827-?) como Presidente; los doctores Juan Santos Fernández, Emiliano Núñez de Villavicencio y Álvarez (1845-?), Luis Montané Dardé (1849-?) y Federico Horstmann y Cantos (1832-1901) como Vicepresidentes; los doctores Enrique López Veitía y Braulio Saenz Yánez (1851-1897) como Secretarios y los doctores Julio San Martín y Joaquín L. Dueñas como Vicesecretarios.
Una vez dados a conocer los resultados del escrutinio, el doctor Tamayo invitó a los miembros de la mesa para que ocuparan sus respectivos puestos. El doctor Zayas, en su condición de Presidente del Congreso, se dirigió al auditorio al cual le expresó su agradecimiento por el honor de haberle impuesto tal responsabilidad mediante sus votos; a la vez que manifestó su convicción del éxito del evento que ese día iniciaba sus sesiones.
Luego de esta intervención, el doctor López Veitía dio lectura a la orden del día de la primera sesión y, acto seguido, el doctor Zayas declaró oficialmente abierto el Primer Congreso Médico Regional de la Isla de Cuba, el cual fue un triunfo de la clase médica cubana, pues por su conducto demostró al mundo su actividad y su afán de superación.

TRABAJOS PRESENTADOS EN EL PRIMER CONGRESO MÉDICO REGIONAL  DE LA ISLA DE CUBA
Enrique Acosta Mayor:
La rabia y el tratamiento de Pasteur en la Habana.
De la frecuencia de la iritis específica.

Oscar Amoedo
Cocaína. Acción fisiológica y terapéutica. Crítica de las observaciones publicadas.

Pedro Albarrán Domínguez
Neuropatía urinaria.

José Francisco Arango Lamar
Relación entre la lepra y la tuberculosis.

Gonzalo Aróstegui del Castillo
Corea crónica progresiva.

Avelino Barrena
Extirpación del saco en aneurismas arteriales y arterio-venosos de los miembros.

Eduardo Belot
La hidroterapia en la anemia.

Rafael Bueno
Despegamiento epifizario de la extremidad superior del húmero.

Gabriel Casuso Roque
Un caso de eclampsia.

Ricardo Coronado
Intervención quirúrgica en los grandes abscesos hepáticos.

Tomás Vicente Coronado Interián
Estadística de una localidad de Vuelta Abajo.
Dermatophilus penetrans.
Consideraciones sobre el diagnóstico y pronóstico de intoxicados por paludismo.
Apreciaciones sobre el tratamiento de los palúdicos.
Paludismo. Naturaleza del agente infeccioso.
Formas anormales de paludismo en Cuba.

Sebastián Cuervo Serrano
Notas sobre dos luxaciones traumáticas de la rótula.
Noticia sobre agrupación médica en Sancti Spíritus.

Juan Nicolás Dávalos Betancourt
Aumento de la virulencia del microbio del muermo por la temperatura media del país.

Manuel Delfín Zamora
La leche en la Habana.

Carlos María Desvernine Galdós
Contribución al estudio de las parálisis laríngeas del territorio de los recurrentes.
Contribución al estudio de la anatomía patológica de la parálisis agitante.

Joaquín Diago Du Bouchet
Hematoquiluria de los países cálidos.

Joaquín Dueñas
Del empleo de la quinina en la Habana.

Manuel Espada
Del paludismo larvado.

Juan Santos Fernández Hernández
Pérdida de la vista por herida de bala.
Autoplastia, párpado inferior.
Método operatorio del chalacion.
Ciegos de nacimiento.
Conjuntivitis catarral convertida en purulenta.

Agustín Fernández Ibarra
Notas clínicas y observaciones sobre el nacimiento de un feto doble.

Juan Bautista Fuentes
Caracteres clínicos de la infección muermosa.

Antonio Rudesindo García Rijo
Apuntes clínicos sobre el envenenamiento por la leche en los niños recién nacidos y fiebre de la primera infancia.

Antonio González Curquejo
Nota sobre los extractos fluidos.

Vicente de la Guardia y Madan
Consideraciones demográficas relativas a la ciudad de La Habana, año 1889.
Relación de la última epidemia de viruelas, 1887 a 88.

Félix Gullon y Joaquín Albarrán
Estudio experimental de la retención de orina.

Ricardo Gutiérrez Lee
Fiebre de borras.

Enrique Lluria
Asepsia y antisepsia de las vías urinarias.

Gustavo López García
Notas sobre las afecciones mentales más frecuentes en Cuba y particularidades que ofrecen.
¿Existe en la locura ese intervalo de razón que entiende y determina el código penal?

Enrique López Veitía
Queratitis leprosa.

Domingo Madan Bebeagua
Conjuntivitis edematosa dependiente de la arterio esclerosis

José Malberti
El hipnotismo y sus aplicaciones en la terapéutica de las afecciones mentales.

Nicolás Manzini
El tétanos de las Cinco Villas.
Fragmentos de los estudios fisiológico-patológicos de la mujer cubana.
De l’emploi du mercure dans la zone torride.

Fernando Méndez Capote
Estadística demográfica de la ciudad de Cárdenas, tomando un período de seis años.

Raimundo Menocal Menocal
Úlceras del recto. Tratamiento.

Luis Montané Dardé
Estudio de patología social.

Enrique Morado
Importancia del estudio microscópico de la sangre al bicromato de potasa, bajo el punto de vista terapéutico.

Alejandro Neira
Albuminuria en los primeros meses del embarazo.

Eligio Palma
Estadística médica de Santiago de las Vegas.

José María Pardiñas Barreiro
Nota sobre las indicaciones y contraindicaciones de las aguas minero-medicinales de Madruga.

Abrahan Pérez Miró
Aparatos especiales para las fracturas de las extremidades. Presentación.
Fractura complicada grave del húmero en su cuello anatómico y en la parte media.

Luis Perna de Salomó
Desimplantación prematura y espontánea del cordón umbilical.
Observaciones hechas en la epidemia de viruelas de Cienfuegos de 1887 a 1888.

Eduardo F. Pla Hernández
Naturaleza infecciosa del tétanos.

Ignacio Plasencia Lizazo
Tratamiento del hidrocele por el ácido fénico.

Enrique Portuondo y Juan Nicolás Dávalos Betancourt
Análisis bacteriológico de las aguas del canal de Albear.

Agustín Wenceslao Reyes Zamora
De la fiebre de borras o vómito de los criollos. Casos clínicos.

Francisco Rodríguez
Patología hepática de la fiebre remitente infantil de los países cálidos.

Francisco P. Rodríguez
La gingivitis expulsiva en la isla de Cuba.

Ignacio Rojas
Estudio sobre el modo de atenuar, abolir y combatir los efectos generales de la cocaína y manera de aplicarla en inyecciones submucosas.

Luis Ros Pochet
Atresia del cuello uterino producida por el raclaje del endometrio.

Braulio Sáez Yánez
Tétanos infantil congénito.

Enrique Saladrigas Lunar
Tuberculosis pulmonar. Consideraciones sobre el tratamiento por las inyecciones rectales gaseosas y por el tanino.

Julio San Martín Carriere
Investigaciones espectroscópicas de la sangre, bilis y orina en la fiebre amarilla.
El riñón en la fiebre amarilla.
Presentación de una cánula improvisada de traqueotomía del doctor Desvernine.

Eduardo Semprum
Conveniencia de ensayar un nuevo modo de tratamiento de la fiebre amarilla

Diego Tamayo Figueredo
Investigaciones sobre la fiebre amarilla.

Arturo Tejada
Consideraciones históricas sobre el origen de la fiebre amarilla en Cuba.

José I. Torralbas Manresa
Difteria.

Rafael Tristá
Parto múltiple

Justo Verdugo
Ligador de arterias en los casos de aneurismas de los miembros.

Carlos José Ulrici Visiedo
Estudio sobre el Isotoma Longiflora (Revienta Caballo).

José Vila
Consideraciones sobre la naturaleza y tratamiento de las diarreas crónicas de los países cálidos.

Gaspar Rafael Weiss Verson
Estadística de fiebre amarilla.
Albuminuria y eclampsia.

Erastus Wilson
La medicina preventiva.

BIBLIOGRAFÍA

López Carvajal L, López Carvajal E. Dr. Enrique López Veitía, gran oftalmólogo y fundador de los Congresos médicos de Cuba. Cuad Hist Salud Pub 1971;(54):42-48, 187-192.
López Serrano E. Efemérides médicas cubanas. Cuad Hist Salud Pub 1985;(69):17, 75.
Primer Congreso Médico Regional de la Isla de Cuba, celebrado en La Habana en enero de 1890. Habana: Imprenta de A. Álvarez; 1890. p. 5-595.

 

Enero 12 de 1726. Comienzo de la enseñanza de la Medicina en Cuba

 

Autor: Lic. José Antonio López Espinosa
Centro Nacional de Información de Ciencias Médicas

De las órdenes religiosas existentes en Cuba a principios de la época colonial, fue la de los Predicadores (Dominicos), establecida en 1578, la primera en edificar conventos, propiciar estudios de noviciado, que incluían materias como Latinidad, Filosofía y Sagrada Teología, y en capacitar a estudiantes seglares para estudios superiores en Universidades de otros países, principalmente México. La primacía en el dominio cultural correspondía a la Orden de los Dominicos; los Franciscanos eran devotos del auxilio a enfermos; los Agustinos se constreñían a la gramática como fundamento del idioma y los Jesuitas se mostraban indecisos y renuentes a establecerse de modo definitivo en la isla, entonces con un desarrollo industrial muy rudimentario, porque en ellos primaba el Interés económico.
Estos antecedentes permiten comprender por qué la Orden de los Dominicos fue la que asumió el protagonismo educativo y cultural en aquel período y justifica la prioridad que ellos dieron a promover y solicitar la erección de una Universidad en su convento similar a la que existía en Santo Domingo, en la Isla de La Española.
Por otro lado, a pesar de que en el primer cuarto del siglo XVI se habían fundado por el conquistador español Diego de Velázquez (1465-1524) las villas de Nuestra Señora de Baracoa , San Salvador de Bayamo, Santiago de Cuba, Santa María de Puerto Príncipe, Santísima Trinidad, Sancti Spíritus y San Cristóbal de La Habana y contar ya en esa época varias de estas poblaciones con más de dos mil vecinos, no hubo médicos ni boticarios en Cuba hasta que ejerció ambas funciones en la villa de La Habana el licenciado Gamarra allá por 1569.
En distintas ocasiones se solicitó a la Metrópoli enviara un facultativo para que residiese en la colonia, que sólo se servía de los médicos de tránsito que llegaban con las flotas, hasta que apareció en La Habana el licenciado Juan de Tejada y de Pina, a quien el Cabildo acordó el 3 de septiembre de 1610 darle 100 ducados al año para que permaneciese como médico en la ciudad. Luego se establecieron en ella el boticario Francisco Alguerra y el cirujano Gabriel de Salas, a quienes se les encomendó reconocer para ser recogidos a los lazarinos que estaban mezclados en la población.
En 1514 había llegado procedente de la Isla Española el Vicario Fray Gutierre de Ampudia con una comunidad de padres Dominicos. Esta orden fue la que en 1578 fundó en La Habana el Convento de San Juan de Letrán. Estos Predicadores, que contaban con varias Universidades en América, fueron madurando la idea de crear en la ciudad habanera otro centro de enseñanza superior. Así, cuando en 1670 se reunió el Capítulo Definitorio de Provinciales en la Casa de La Habana, uno de los asistentes, Fray Diego Romero, propuso invitar al Ayuntamiento solicitara al Rey se dignara conceder la facultad de establecer en Cuba una Universidad semejante a la de la isla de Santo Domingo.
Aunque la propuesta obtuvo el informe favorable del Municipio, los resultados no fueron satisfactorios. En 1688 se hicieron nuevas gestiones, pero no por conducto del Ayuntamiento, sino realizadas directamente por los mismos religiosos. A través de Fray Diego de la Maza se dirigieron al Rey, a quien se le manifestó que desde hacía muchos años se tenían en el Convento de su orden de San Juan de Letrán estudios de Gramática, Artes y Sagrada Escritura, con la ponderación de que los concurrentes a esos estudios no se podían graduar por no haber Universidad en la isla. Por ello se le suplicó que intercediese con Su Santidad para que concediera al expresado Convento la facultad de otorgar grados en la forma que se le dio al que su religión tenía en la Isla Española. El Monarca ordenó al Duque de Uzeda, su Embajador en la Corte de Roma, por Decreto del 15 de febrero de 1700, pasar oficios al Papa con la solicitud de San Juan de Letrán.
Los Padres Dominicos esperaron en vano más de tres lustros. En 1717 el Rey, a instancia de Fray Bernardino de Membrive, encargó al Cardenal Aguaviva pedir a Su Beatitud concediera la referida gracia por las favorables consecuencias que resultarían al servicio de Dios. Al fin el Papa Inocencio XIII, después de tener el informe del Obispo de la Catedral de Santiago de Cuba, dispensó autorización, por breve de 12 de diciembre de 1721, a la orden de Predicadores, para la erección de Universidad en el Convento de San Juan de Letrán de la ciudad de San Cristóbal de La Habana.
Los Predicadores, que desde el siglo anterior realizaban estudios conventuales, comprendieron la premura que requería la enseñanza médica. Así, sin esperar la apertura de la Universidad y aprovechando la presencia del doctor Don Francisco González del Álamo y Martínez de Figueroa (1675-1728), un cubano que se había trasladado a la Universidad de Santo Tomás de Ciudad México a fin de obtener los conocimientos que en su época le era imposible adquirir en su país natal, abrieron cursos de Medicina que comenzaron el 12 de enero de 1726. Con González del Álamo como iniciador y con los luego incorporados Martín Hernández Catategui y Ambrosio Medrano Herrera (1674-1753), otros dos cubanos también procedentes de la Universidad mexicana, se completó la trilogía de profesores que fundaron la enseñanza de la Medicina como ciencia en la Mayor de las Antillas.
Los primeros discípulos fueron tres alumnos de la carrera sacerdotal, los cuales abandonaron la cátedra teológica para convertirse en estudiantes de Medicina. El hecho de que esos tres jóvenes cubanos, nombrados José Arango Barrios Siscara (1701-1771), Esteban de los Ángeles Vázquez (1692-1742) y José Melquíades Aparicio (1702-1781) cursaran por primera vez la carrera médica en Cuba, fue de gran significación para la vida intelectual del país, por cuanto ellos, conjuntamente con sus profesores González del Álamo y Medrano y el francés Louis Fontaine Cullembourg (1689-1736), formaron el primer claustro que se encargó de impartir la enseñanza médica cuando dos años después tuvo lugar la inauguración de la Real y Pontificia Universidad de La Habana con sede en el mismo Convento de San Juan de Letrán.
De lo anterior se desprende que fue la Medicina lo primero que se enseñó en Cuba con carácter profesional y con nivel superior. Igualmente se intuye que a las personas mencionadas en el párrafo precedente les cupo el honor de haber sido los fundadores de un cuerpo docente que posibilitó a la Medicina irse abriendo paso en la isla y se fuera convirtiendo poco a poco de un simple arte de curar en una verdadera ciencia. De ahí la motivación para redactar este trabajo, con el cual se trata de rendir un modesto homenaje al aniversario 180 de la fecha memorable en que tuvo lugar el notorio acontecimiento que significó para la cultura cubana la primera clase de medicina impartida en La Habana.

BIBLIOGRAFÍA

Abascal H. Los primeros estudios médicos en Cuba. Fundación de la Universidad. Rev Arg Hist Med 1942;1(1):7-24.
Delgado García G. Historia de la enseñanza superior de la Medicina en Cuba. Cuad Hist Salud Pub 1990;(75):9-29.
Lancís Sánchez F. La etapa inicial de la enseñanza de la Medicina en Cuba. Rev Cubana Adm Salud 1978;4(4): 271-279.
Le Roy Gálvez LF. Dominicos habaneros en la Universidad de La Habana. Univ Habana 1962;(158):143-170.
----. Los orígenes de los estudios universitarios de las ciencias médicas en Cuba. Finlay 1966;(7):39-46.
López Espinosa JA, López Sánchez J. Los primeros estudiantes de medicina y el primer claustro médico en la Universidad de La Habana. Univ Habana (258):57-75, 2003.
López Sánchez J. La fundación de la Universidad, paradigma del siglo XVII en La Habana. Rev Feria Dos Hnas 2003;(mayo):143-147.
López Serrano E. Efemérides médicas cubanas. Cuad Hist Salud Pub 1985;(69):16.

Distribuir contenido