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Bioética y Ética Médica

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La responsabilidad moral de los profesionales de la salud en las acciones más sencillas del actuar cotidiano

Prof. María del Carmen Amaro Cano Profesora e Investigadora Auxiliar de Salus Pública. Presidenta de la Cátedra de Bioética FCM “Gral. C. García”

El Diario Médico de Galicia, España, comentaba el pasado 13 de enero de este año, un artículo de Javier Álvarez-Cienfuegos, publicado en el Periódico Tribuna, titulado: “Cumplir los pequeños detalles reduciría notablemente los efectos adversos”

 

El comentario se iniciaba con una referencia al hecho de que, en tanto la sanidad nacional se desvive por la innovación y la inauguración de modernos equipos tecnológicos, se está dejando de lado tareas sencillas, como el lavado de manos, que resultan fundamentales para reducir los efectos adversos de la práctica clínica.

 

El artículo hace referencia a los avances científicos más relevantes del año 2008 publicados por la prestigiosa revista Science, entre los cuales se encuentra, en primerísimo lugar, la reprogramación celular, descrita el pasado año 2006 Shinya Yamanaka, en tanto la figura destacada de la primera mitad del siglo XIX, que fuera el gran protector de las mujeres parturientas, ha quedado prácticamente en el olvido, no solo teórico, sino también en la práctica, lo que resulta aun más peligroso. El destacado médico húngaro, Ignaz Philipp Semmelweis (1818-1865), resulta un gran desconocido para las nuevas generaciones de profesionales sanitarios.

 

Hace ya más de un siglo y medio que Semmelweis demostró la eficacia del lavado de manos con una solución de cloruro cálcico, antes y después de examinar a un paciente, en la drástica reducción de la mortalidad materna causada por la sepsis puerperal (de un 26 por ciento al 1 por ciento). No obstante este gran aporte a la medicina clínica y a la salud pública, Semmelweis fue expulsado de Viena, falleciendo en un hospital psiquiátrico en Hungría, su país natal, en el mayor de los ostracismos y sin ningún reconocimiento a sus sencillos y eficacísimos métodos de higiene hospitalaria.

 

Lo peor de todo en estos gestos de ingratitud que rodearon la figura de Semmelweis es que hoy día el grado de cumplimiento de los profesionales de la salud en el lavado de manos no supera el 40 por ciento, dato que a simple vista resulta relevante para ser destacado en las publicaciones científicas de medicina y enfermería, fundamentalmente.

 

El autor del comentario llama la atención de que, en lugar de eso, las publicaciones científicas en el campo de las ciencias de la salud de la segunda mitad del pasado siglo XX y los primeros años de este nuevo milenio están cada vez más relacionadas con el culto a la tecnología y a la novedad científica. A diario se promete incluso soluciones a enfermedades crónicas como el Alzheimer, el Parkinson y la diabetes, y el uso de tratamientos personalizados del cáncer; lo que evidencia un triunfalismo carente de moderación y realismo.

 

Tiene razón el comentarista, pues las noticias acerca de la incorporación de equipos novedosos, tecnologías de avanzada y de enfermos recuperados exitosamente tras intervenciones quirúrgicas complejas hacen olvidar las medidas ordinarias en la actividad cotidiana.

 

Esa actividad cotidiana de las instituciones de salud, las Hogares de Ancianos y, muy especialmente los hospitales, ofrece oportunidades de mejora de la calidad de la atención con pocos medios, algunos tan sencillos como el lavado de las manos con agua y jabón antes y después de explorar un enfermo, lo que se reflejaría de inmediato en una ostensible disminución de las infecciones nosocomiales.

 

Recientemente se publicó en los EUA un artículo en el cual la compañía aseguradora más importante de Estados Unidos (Medicare) dejará de abonar sus gastos derivados en 2008 a los centros hospitalarios donde ocurran complicaciones teóricamente prevenibles. De siete de los eventos enunciados, cuatro están relacionados con infecciones nosocomiales.

 

De igual forma, el artículo de Javier Álvarez-Cienfuegos publicado en Tribuna, refiere cómo la Joint Commission International ha mantenido entre los objetivos prioritarios para 2009 la prevención de la infección de sitio quirúrgico. Asimismo hace referencia a que, tanto en Europa como en Estados Unidos, han sido los periódicos los que han destacado el fallecimiento de pacientes por infecciones nosocomiales (Staphylococcus aureus, Clostridium difficile, etc.) y, a su vez, han puesto de manifiesto las pobres condiciones de limpieza e higiene del personal sanitario y de las instalaciones hospitalarias.

 

Lo más lacerante de todo esto es que se conoce bien por parte de los profesionales de salud las consecuencias de las transgresiones de las normas de asepsia y antisepsia, tales como: prolongación en los días de ingreso hospitalario por la sepsis diagnosticada y tratada en el post-operatorio, reintervenciones quirúrgicas, reingresos y, lo peor de todo, fallecimientos.

 

Ante esta situación, entre otros cuestionamientos, cabría preguntarse: ¿por qué no somos capaces de eliminar esas complicaciones?, ¿por qué se descuidan los pequeños detalles, lo aparente irrelevante? Los profesionales de salud saben bien que la omisión de las cosas pequeñas suele tener consecuencias devastadoras para los pacientes.

 

El comentarista, en su artículo para Tribuna, hace alusión a las catástrofes aéreas con elevado número de muertos, que aparentemente fueron pequeños descuidos. De estos lamentables hechos las compañías aseguradoras de instituciones de salud han tomado experiencias y, en consecuencia, han tomado medidas, algunas de ellas implantadas con éxito en áreas hospitalarias de alto riesgo (como quirófanos, cuidados intensivos, etc.).

 

Frente a los grandes impactos causados por las nuevas tecnologías es posible pronosticar que la excelencia en los resultados, en el campo de las ciencias de la salud, suele ir aparejada con el silencio y el cuidado de los detalles, aunque resulte difícil la construcción de nuevos valores profesionales y el fortalecimiento de los valores ciudadanos y personales porque frecuentemente se alaba lo estrambótico y lo extraordinario.

 

La forma en que se experimenta e interpreta, en su sentido más amplio, ha hecho que el mundo depende de la clase de ideas que llenan las mentes ciudadanas. En este sentido resulta interesante lo expresado por el doctor Ernst Friedrich Schumacher, que publicó en 1973 un libro realmente premonitorio de lo que ocurre en la actualidad (Small is beautiful. 1978. Edit. Crítica/Alternativas). Este científico aseguraba que, mientras no se sepa descubrir la importancia y la grandeza de las cosas aparentemente irrelevantes, pequeñas y ocultas en el quehacer cotidiano, los profesionales de salud, independientemente de sus grados de especialidad, sus categorías de investigadores, docentes y científicas, continuarán equivocándose y, de seguro, estas profesiones convertirán su actividad en algo gris, rutinario y aburrido. Se convertirá lo fácil en difícil, lo inocuo en peligroso, lo benévolo en dramático, lo feliz en tragedia.

 

Todo parece indicar que no pocos médicos y enfermeras en la actualidad han olvidado que la responsabilidad es un principio ético de todas las profesiones; pero que en el caso de las profesiones sanitarias está relacionada directamente con valores muy preciados: la vida y la salud.

 

Responsabilidad significa prever las posibles consecuencias inmediatas y mediatas de los actos, pues deberá asumirlas. El profesional sanitario responsable está respetando la dignidad de las personas que atiende, que no es más que reconocerles a esas personas el derecho a ser respetados. ¿Y qué mejor expresión del respeto a esas personas que prevenir las posibles consecuencias peligrosas para ellas y actuar para evitarlas?.....

 

En el caso de los profesionales cubanos no podemos olvidar que la transgresión del respeto a la dignidad de las personas constituye una flagrante violación del principio ético fundamental de la Revolución Cubana, que con orgullo conmemora este año su aniversario 50. Pero también constituye una violación de la Carta Magna de la Nación, pues en el preámbulo de ella está materializado el sueño del autor intelectual del Asalto al Cuartel Moncada: “Quiero que la Ley Primera de mi república sea el culto a la dignidad plena del hombre”.

 

 

El presbítero Félix Varela Morales en el aniversario 220 de su natalicio

 

Prof. María del Carmen Amaro Cano. Profesora Auxiliar y Consultante de Salud Pública. Presidenta de la Cátedra de Bioética. Facultad de Ciencias Médicas “General Calixto García”. Secretaria de la Sociedad Cubana de Historia de la Medicina.

RESUMEN

Se propuso reconstruir el tiempo y el espacio en que se desarrolló el proceso de formación de la personalidad de Félix Varela Morales. La segunda mitad del siglo XVIII fue testigo de notables cambios en la base económica de la sociedad cubana, el desarrollo plantacionista. Este siglo se expresó dentro de una concepción pedagógica y gnoseológica que respondía a los paradigmas de la educación escolástica. En esos tiempos la Escolástica resultaba, no sólo una expresión ideológica que frenaba el desarrollo del pensamiento, sino que, además, impedía el desarrollo de las ciencias. La crítica a este sistema de educación se inició desde finales del siglo. El padre Agustín Caballero fue el primero en combatirlo. El Dr. Tomás Romay y Chacón, estrechamente vinculado a la institución universitaria, se identificó también como un crítico con argumentos irrebatibles. A principios del siglo XIX el Obispo Espada decide transformar radicalmente los estudios de filosofía en el Seminario San Carlos. La empresa requería de un hombre de inteligencia excepcional. El Obispo no dudó: ese hombre era, sin lugar a dudas, el joven presbítero Félix Varela. Los años de 1818 y 1819 fueron muy activos en la vida intelectual de Varela. Uno de sus trabajos más importantes, Máximas morales y sociales, que escribió junto con Justo Vélez, demuestra claramente su intención de influir de forma directa en la vida social del país. Esta obra puede considerarse como la primera formulación de una moral práctica en la sociedad cubana. Una de las obras más importantes de la producción vareliana, Cartas a Elpidio, escritas en su destierro en E. U. A., tuvo como objetivo fundamental el desarrollo moral y patriótico de la juventud cubana. 
Palabras clave: Varela; identidad nacional; patriotismo; ética; moral

TIEMPO Y ESPACIO DE LA FORMACIÓN DE LA PERSONALIDAD DE FÉLIX VARELA

La segunda mitad del siglo XVIII es testigo de notables cambios en la base económica de la sociedad cubana, consecuencia directa del desarrollo interno que había ya alcanzado la Isla durante los siglos anteriores. Los sucesos bélicos ocurridos durante esta segunda mitad del siglo que nos ocupa (Guerra de los Siete Años, la Revolución Industrial Inglesa, la Revolución Francesa, la Guerra de Independencia de las Trece Colonias de Norteamérica y la Revolución de Haití, entre otras) favorecieron la vinculación creciente de la Isla al mercado mundial. Los precios del azúcar subieron vertiginosamente y el capital fluyó hacia la estimulación de la producción azucarera, la cual pasó de un 2,68% en 1760 a un 6,92% treinta años más tarde.

La posición geográfica de la Isla, sus condiciones climatológicas y las características de la fuerza de trabajo, así como la función de La Habana como puerto-escala entre dos mundos, fue extraordinariamente favorable para la Isla. Pero se hizo necesario remodelar la mentalidad económica, rompiendo los viejos parámetros de la sociedad criolla.

La sociedad esclavista cubana, basada en el desarrollo plantacionista, puede dividirse en dos grandes períodos: el primero, que cubre desde las dos últimas décadas del siglo XVIII hasta la década de los años 40 del siglo siguiente, se caracteriza por el desarrollo acelerado de los factores económico-sociales promovidos por la plantación y la esclavitud. La plantación constituye en esta etapa un medio para lograr una acumulación de capital que permita el salto al desarrollo industrial. Los plantadores criollos tomaban el ejemplo de los plantadores ingleses y franceses  quienes, junto a los comerciantes dedicados a la trata de esclavos, lograron la acumulación originaria del capital que les permitió convertirse en una burguesía industrial.

Es precisamente este período el que interesa para analizar las ideas y la personalidad de Varela, quien, como todos los de su época está comprometido de alguna forma con la esclavitud.

EL PENSAMIENTO FILOSÓFICO DE VARELA

El siglo XVIII cubano se expresó dentro de una concepción pedagógica y gnoseológica que respondía a los paradigmas de la educación escolástica de la Edad Media tardía. La escolástica fue la teorización dominante durante esa época histórica. La escolástica definía el objetivo del pensamiento abstracto como “la definición y el reconocimiento, más allá de la multiplicidad de lo sensible, de la totalidad universal concebida en la trascendencia”. Se trata por tanto del problema que la religión plantea como fundamental: la relación entre el ser primero, increado, inmóvil y eterno y el mundo creado.

La Escolástica no es sólo un cuerpo filosófico en sentido estricto, sino que abarca un amplio campo teológico-pedagógico-filosófico. Su centro no es una gnoseología, como sucede en la filosofía moderna, sino una integración de conocimientos basados en las “verdades reveladas” o en las “verdades racionales” sostenidas en la tradición.

Las “verdades racionales” son aquellas que resultan del proceso intelectual del hombre, mediante el cual el hombre llega a una verdad sometiendo la cuestión al análisis de su razón, utilizando el método silogístico (se parte de una premisa mayor que se da por cierta, de modo que si la premisa es falsa, toda la deducción resulta errónea). De esta forma, si ocurría que una verdad de fe era contradicha por otra razón, se explicaba por error en el método racional; pero nunca se podía poner en duda la fe. Esta es precisamente una de las conclusiones más importantes de Santo Tomás de Aquino en su Summa Theologica, conclusión expresada en su “teoría de la doble verdad”.

EL QUE NOS ENSEÑÓ EN PENSAR PRIMERO

La Escolástica tiene su origen y desarrollo vinculados a la enseñanza. Desde el siglo IX se inició la tradición de que la enseñanza se ejerciera en los conventos o en los locales adjuntos a una iglesia con el objetivo de formar clérigos que difundieran los principios de la religión cristiana. Este carácter pedagógico determinó la forma de escribir, el método expositivo, la indagación “científica” y los contenidos mismos en los cuales se encerró el pensamiento escolástico.

El mundo del criollo de la “siempre fiel Isla de Cuba” del siglo XVIII estaba marcado por los elementos de una sociedad que aun no se había definido intelectualmente en la búsqueda  de una expresión propia. En esos tiempos la Escolástica resultaba, no sólo una expresión ideológica que frenaba el desarrollo del pensamiento, sino que, además, impedía el desarrollo de las ciencias y no resultaba conforme a la nueva y agitada vida productivo- comercial, en la cual la plantación esclavista y las relaciones con el mercado capitalista mundial, colocaban a la Isla.

En La Habana, la estructura gótica de la Real y Pontificia Universidad de San Gerónimo de La Habana albergaba al centro sostenedor y propagador del pensamiento medieval. En el período se intentaron tres reformas, el último intento lo llevó a efecto el padre Agustín Caballero, una noche de finales del siglo XVIII, cuando propuso en la Real Sociedad Económica de Amigos del País, cambios sustanciales en el sistema de enseñanza: “El sistema actual de la enseñanza pública de esta ciudad retarda y embaraza los progresos de las artes y ciencias, resiste el establecimiento de otras nuevas, por consiguiente, en nada favorece las tentativas y ensayos de nuestra Clase (...) Que esta reforma debe comenzar por la Universidad (...) que la ilustre Universidad al cabo de 57 años, no ha querido reconocer la necesaria vicisitud de los conocimientos humanos, y ha carecido de energía para desembarazarse de antiguas preocupaciones, desterradas mucho tiempo ha de las academias más respetables de Europa, de quien es y debe ser émula la América”  (1)

La Facultad de Medicina distaba mucho de lo que eran los estudios que se realizaban en la Europa del XVIII, especialmente en lo que se refiere a la concepción misma de esta ciencia. La Universidad habanera se mantenía aun deudora de Hipócrates y Galeno. Como base de los estudios de Medicina estaban la Articela y los Aforismos, partes integrantes del Corpus Hipocraticum. La Anatomía se impartía por un Libro Anatómico, que no se ha podido precisar su autor, y partes integrantes del Corpus Hipocraticum. La Anatomía se impartía por un Libro Anatómico, que no se ha podido precisar su autor, y la Cirugía se enseñaba siguiendo rigurosamente a Galeno, mientras ya los médicos holandeses lo criticaban severamente al haber iniciado la práctica sobre cadáveres.

La Cátedra de Prima, la más importante de la Facultad de Medicina, se nutría de Avicena, quien tuvo entre sus más importantes méritos el rescate de Aristóteles. Su Canon de la Medicina fue tan utilizado como en la Europa medieval. La importancia que en la Real y Pontificia Universidad de La Habana se le daba a Avicena corrobora el carácter escolástico, aristotélico y tomista de la institución. Ello impidió la actividad científico-experimental y práctica, uno de los pilares de la Medicina moderna.

Las enseñanzas en la Facultad de Leyes tenían su centro en los libros que resumían el Derecho Romano. La Facultad de Cánones se regía, en lo esencial, por las Decretales, que están formadas por elementos de Derecho Romano beatizados. La Facultad mayor de Teología se regía de manera estricta por la teoría tomista.

La crítica a este sistema de educación - que justificaba la unidad hispana, paralizaba la búsqueda científica y sostenía el viejo orden feudal -, se inició desde finales del siglo XVIII. El padre Agustín Caballero fue el primero en combatirlo. El Dr. Tomás Romay y Chacón, estrechamente vinculado a la institución universitaria, de la cual fue Decano de dos de sus Facultades (Filosofía y Medicina) fue también un crítico con argumentos irrebatibles. En este sentido expresó: “Infructuosos serían estos auxilios [se refiere a los intentos de crear un periódico, una biblioteca, etc, en La Habana] extraviada la razón con los vanos delirios del Peripato. Su filosofía prevalece en nuestras aulas, venerando al Estagirita como único intérprete de la naturaleza. Galeno es todavía el corifeo de aquella ciencia, cuyo sistema ha sido trastornado muchas veces en el último siglo por los descubrimientos de la Química, de la Botánica y de la Anatomía. Casi se ignora cuánto contribuyen estas facultades para ejercer la Medicina con acierto y cuánto es preferible la clínica  a las teóricas hipótesis. Justiniano tiene más prosélitos que Alfonso décimo; y Euclides carece hasta de quien dicte sus Elementos”. (2)

VARELA EDUCADOR

Las circunstancias extraordinarias que rodean el primer curso de Filosofía que Varela impartió (1811-1812), están caracterizadas por el desarrollo de las ideas políticas modernas y el avance de la ideología burguesa en el mundo hispano. El grupo del Colegio-Seminario San Carlos, encabezado por el Obispo Espada, encontró el espacio, dentro del amplio proyecto de la clase dominante, para impulsar su propia variante.

Desde 1808 existía un vacío de poder en la Corte española. La etapa del Despotismo Ilustrado de Carlos III, con sus intentos de reformas “desde arriba”, había sufrido serios embates en los comienzos del reinado de su hijo Carlos IV. La concepción de los ilustrados de modernizar el mundo español sobre la base de un régimen monárquico absoluto había dado paso en Francia a la revolución burguesa.

En marzo de 1808 se produce el motín de Aranjuez por el cual un sector de la corte destrona al rey y proclama en su lugar a su hijo, Fernando VII. La presencia de las tropas francesas en España, a causa del tratado de Fontainbleau, firmado entre los representantes de Napoleón y los de Carlos IV, provocó la irritación popular. El 2 de mayo de 1808 se produce el levantamiento popular de Madrid contra el ocupante francés. La sublevación se extendió por toda España.

El 24 de septiembre de 1810 se reunieron en la Isla de León las Cortes extraordinarias que, el 20 de febrero de 1811, se trasladaron a Cádiz, las cuales estaban encargadas de crear la primera Constitución en la historia de España. Después de largas discusiones se aprobó la Carta Magna, el 19 de marzo de 1812.

Entre los principios fundamentales de la Constitución que explican la adhesión ideológica de los hombres del Seminario habanero, entre ellos el Obispo Espada y el novel profesor Félix Varela, se encuentran los siguientes:
1.    La nación española es libre e independiente y no puede ser patrimonio de ninguna familia ni persona.
2.    La soberanía española reside esencialmente en la nación y, por lo mismo, pertenece a ésta exclusivamente el derecho de establecer sus leyes fundamentales.
3.    La nación está obligada a conservar y proteger por leyes sabias y justas la libertad civil, la propiedad y demás derechos legítimos de todos los individuos que la componen.

Los artículos de la Carta Magna establecían también, por primera vez en España, la garantía de un conjunto de libertades, entre las cuales se pueden numerar el reconocimiento a los naturales de América de los mismos derechos políticos que los españoles de la Península y el sufragio amplio y directo. Se establecía, de igual forma, la libertad de asociación, de opinión y otras.

Al calor de este movimiento, las Cortes tomaron medidas que significaron una verdadera apertura hacia el mundo moderno: la libertad de imprenta, la abolición de las torturas, la supresión de la Santa Inquisición en febrero de 1813, la supresión de los señoríos jurisdiccionales, los decretos de desamortización y las leyes de enajenación de los bienes de las Órdenes religiosas.

En La Habana este período fue convulso y complejo. A los intentos de Arango y Parreño de crear una Junta al estilo de las españolas y de otros lugares de América, se opusieron violentamente, tanto una parte de la oficialidad española como una parte de la burguesía esclavista. La solución fue que el gobernador, Salvador del Muro y Salazar, Marqués de Someruelos, gobernara con una Junta asesora y con plenos poderes. El movimiento constitucional era asumido con cierta reserva por la burguesía esclavista cubana.

Es en este contexto político que Espada considera creadas las condiciones para efectuar cambios importantes a favor de la modernización de la sociedad cubana. En 1810 decide transformar radicalmente los estudios de filosofía en el Seminario. La empresa, consistente en la destrucción de la Escolástica y la apertura al pensamiento filosófico y científico modernos, requiere de un hombre de inteligencia excepcional. El Obispo no duda: ese hombre es Félix Varela.

Los años de 1818 y 1819 fueron muy activos en la vida intelectual de Varela. En su celda del Colegio-Seminario, Varela reunía el resultado de sus años de trabajo y preparaba sus obras mayores, resultantes de toda su obra anterior. Uno de sus trabajos más importantes, Máximas morales y sociales que, por encargo de la Sociedad Patriótica de Amigos del País, Varela escribió junto con Justo Vélez, demuestra claramente su intención de influir de forma directa en la vida social del país, a sabiendas de que es rectificando y dirigiendo en un buen sentido las acciones humanas que se perfecciona la sociedad. Esta obra puede considerarse como la primera formulación de una moral práctica en la sociedad cubana.

La obra pedagógica más importante de la producción filosófica de Varela, porque fundamentalmente sirvió de base para las enseñanzas de esa materia en Cuba y otros países de Hispanoamérica hasta 1842, es sus Lecciones de Filosofía. Varela inicia en 1818 sus publicaciones filosóficas con un suelto intitulado Lección preliminar, dirigido a los alumnos que ese año comenzaban su curso. La Lección preliminar de 1818 constituye el preámbulo de las Lecciones de Filosofía, conjuntamente con los Apuntes filosóficos, publicados también en ese año. Estos últimos constituyen el primer tratado de los que contienen las Lecciones de Filosofía. Aquí aparece la concepción de la Lógica del padre Varela, entendida ésta como teoría del conocimiento.

CARTAS A ELPIDIO

Una de las obras más importantes de la producción vareliana la comenzó a publicar en su destierro newyorkino, en 1835, con el nombre de Cartas a Elpidio. Según el plan original de la obra, constaría de tres tomos. El primero, publicado en el año citado, trataba sobre la impiedad; el segundo, publicado tres años más tarde, se refería a la superstición, y el tercero, que no llegó a publicarse, trataría del fanatismo.

Desde los tiempos en que apareció la obra muchos se interrogaron sobre quién sería el destinatario de las Cartas. Algunos pensaron que estaban dirigidas a Luz; pero el hecho de que se escribiera asiduamente con éste y que Luz hiciera un extenso comentario de la obra, desmiente esta idea. La tesis más aceptable es la de que se trata de un personaje creado por la imaginación de Varela, como un símbolo que reflejase a la juventud cubana. Etimológicamente, Elpidio significa esperanza y, en los comienzos de la obra, Varela escribe, refiriéndose a la juventud: “Diles que ellos son la dulce esperanza de la patria” (3)

Desde hacía tres años, Varela venía sosteniendo fuertes polémicas con los teólogos protestantes norteamericanos. En esas polémicas se hacían evidentes las diferencias entre la moral católica y la protestante. Paralelamente, recibía cartas de La Habana en que se expresaba la situación difícil existente en la Isla. De esta interacción surgió la idea de Cartas a Elpidio.

CONSIDERACIONES FINALES

Cartas a Elpidio es una obra que, tomando factores humanos y sociales por lo general desarrollados en la problemática religiosa, tiene también un sentido ideológico en la sociedad y la política. La obra tiene como objetivo fundamental el desarrollo moral y patriótico de la juventud cubana.

Algunos historiadores han escrito del éxito que tuvo la obra en La Habana. Pero los documentos demuestran el rechazo que la burguesía esclavista y hasta algunos de los antiguos alumnos que pertenecían a esa clase, experimentaron por una obra que, utilizando un lenguaje fundamentalmente religioso, pretendía influir por medio de la moral en la política y en la formación de un “espíritu público”, ponderando las virtudes autóctonas sobre los deslumbrantes resplandores foráneos.

La cuestión es que la obra tenía un claro trasfondo en cuanto al proyecto de la sociedad cubana futura. Varela estaba minando no sólo la mentalidad colonizada y esclavista, sino también la creciente corriente anexionista de los admiradores de lo norteamericano... y ello molestaba tanto a los anexionistas como a los colonizados que, sin respeto alguno por su antiguo maestro, se expresaron desdeñosamente de la obra y del autor. Sólo Luz y Caballero, quien sabía el sentido ideológico de las Cartas y su envergadura política, ideológica, patriótica y antianexionista, las promocionó, pues “se trata de formar hombres de conciencia en lugar de farsantes de sociedad”. (4)

En los trabajos filosóficos elaborados entre 1816 y 1820 está la concepción ideológica de Varela y en “Espíritu Público”, de sus Cartas a Elpidio, está la Ideología Aplicada: “El pueblo no es tan ignorante como le suponen sus acusadores. Verdad es, que carece de aquel sistema de conocimientos que forman las ciencias, pero no de las bases del saber social; esto es, de las ideas, y sentimientos que se pueden hallar en la gran masa y que propiamente forman la ilustración pública...”  (5)

Sobre esta obra ejemplar – según refiere Vázquez Pérez- ha dicho Monseñor Carlos Manuel de Céspedes: "Se trata de una obra mayor, de una gran densidad ética, destinada a formar hombres capaces de asumir sus responsabilidades sociales y políticas (….). Eligió como destinatario simbólico a ese Elpidio, nombre propio derivado del griego, elpis, que significa esperanza. Los jóvenes cubanos que, según su juicio, deberían leer el texto, eran su esperanza con relación a Cuba; eran ellos los portadores y los merecedores de dicha esperanza de la Iglesia y de la Patria."  (6)

Esa línea de pensamiento tan radical para su época, que tuvo en Varela tres ideas clave: la lucha por la independencia nacional, contra la anexión a cualquier país del mundo y por la emancipación del hombre, constituyen el legado histórico de sus enseñanzas.

 

La cólera de esculapio

Prof. Dr. Miguel González-Carbajal Pascual Especialista de 2do Grado en Gastroenterología Profesor Auxiliar de Gastroenterología Investigador Auxiliar

 

Relato de una sierpe, también conocido en la literatura como “Vindicación de Esculapio por un Ofidio”.

                    EXORDIO

 Si bien es cierto que las serpientes no hablan, también lo es, el que nadie ha visto jamás una asida sempiternamente a un cayado y condenada a lo largo de los siglos a permanecer allí, a despecho de sus más legítimos instintos: entiéndase el inefable placer de arrastrarse por las praderas, los bosques y maniguales, o simplemente enroscarse plácidamente sobre sí misma para dormir la siesta, después de una opípara cena compuesta de ratas y lagartijas, aderezadas con hierbas verdes y jugosas —en vez  de cumplir el penoso castigo de persistir, en equilibrio inmutable, sobre un bastón que la mayoría de las veces está en movimiento y chocando contra el piso.

En nombre de las colosales licencias concedidas a todos los poetas y de los esfuerzos realizados a lo largo de toda mi vida para dar un símbolo digno a los trabajadores de la salud: el Caduceo de la Medicina, constituido por mi cuerpo solitario enrollado al Báculo de Esculapio,  permítaseme continuar este relato fidedigno, del cual yo legendaria culebra, soy el único testigo. Y de paso, precisar que en contraposición a dicho distintivo existe otro emblema: el de los mercaderes, viajeros, traficantes y ladrones, representado por dos serpientes enroscadas a una vara alada, que al menos tienen el consuelo de compartir su castigo, ya sea por la afable condición del Dios Hermes-Mercurio o debido a un acto de amabilidad, poco común, de quienes suelen preferir el ábaco que calcula las ganancias al más portentoso acto de solidaridad; divisa ésta, que con inusitada frecuencia es confundida con el emblema de la Medicina, lo que no deja por ello de ser insultante y vergonzoso para todos aquellos que han inclinado su vocación por el ejercicio de esta profesión —la más hermosa de todas— y desean desempeñarla con la honestidad y el altruismo, que tanto necesitan los que padecen el flagelo de alguna enfermedad.

El hecho de que haya sido escogida una sierpe como componente del Caduceo no debería sorprender a nadie, porque desde sus más añejos ancestros, el hombre ha mostrado una devota inclinación a entregarse a la idolatría de las culebras. Es más, el ritual más antiguo del mundo, posiblemente debido a un enigmático influjo cosmogónico, tuvo como centro una serpiente. Una profesora de la universidad de Oslo, Sheila Coulson, tropezó con evidencias de dicho culto al estudiar el origen de la tribu San que habita en un área poco poblada del noroeste de Bostwana, África; continente que tiene el honor de ser la cuna de la humanidad y desde donde tuvo lugar la diáspora de los primeros hombres a los restantes lugares del planeta donde habita actualmente. El equipo de científicos se adentró en una pequeña caverna donde encontró la simulación en piedra de un enorme pitón de seis metros de largo —una roca con figura de serpiente con cientos de muescas que sólo pudieron ser labradas manualmente por el hombre. De inmediato, decidieron excavar al pie de la roca en busca de los utensilios utilizados para hacer las incisiones y encontraron muchos instrumentos de piedra con los que fueron realizados los cortes. Pero, lo más importante es que descubrieron una pieza, que conformaba la serpiente, que debió caerse durante la obra, hace 70 mil años. El rito más antiguo del mundo tuvo lugar pues, en África, donde —30 mil años antes del primer hallazgo de este tipo que haya tenido lugar en Europa—, un grupo de hombres desamparados y temerosos adoraban una boa de piedra, que a la luz de las antorchas parecía moverse en sigilo, debido a su sinuosa anatomía y a las cisuras que le habían sido esculpidas (1).    

Una vez clarificados tan importantes asuntos, insisto en mis intenciones narrativas, a pesar de la mala fama que injustamente se ha otorgado a todos los de mi especie como proclives a cotillear, intrigar y calumniar  lo que ha conducido a que las lenguas de los que sienten inclinación por esas deplorables costumbres, casi por antonomasia sean calificadas desdeñosamente de viperinas —¿o será porque algunos ejemplares de mi género destilan veneno al morder, no precisamente a través del bífido órgano muscular carente de huesos, sino a través de sus colmillos?.

Sabido es que yo, animal adivinatorio, he sido concebido para escoltar inseparablemente a Esculapio en todas partes, afición tan constante por parte de ambos, que hizo que el Piadoso Dios, tozudamente, se negara siempre a posar para pinturas o esculturas si yo no estaba presente. Por ello, nadie debería dudar de la grandiosa intimidad que animó en todo momento nuestra amistad, lo que motivó que sin proponérmelo, deviniera en el mejor testigo de las aventuras, a veces prodigiosas, en las que se vio involucrado el Dios de la Medicina.

  Ésta, que voy a develar, resulta muy ilustrativa de cómo toda una pléyade de calumniadores inescrupulosos se dieron a la tarea, primero, de imputar a tan célebre personaje ominosas afirmaciones que nunca hizo, y después, con estudiada crueldad, propalar a los cuatro vientos tamañas infamias, que a fuerza de ser repetidas con encono, se han convertido, poco más o menos, en verdades; pérfida costumbre desplegada, más tarde, a nivel de política de estado por Hitler, Goebels y luego por Bush al tener en cuenta su tremenda eficacia —ya que sería injusto requerir, sobre todo a este último, el enorme esfuerzo que le supondría la lectura de Psychologie des foules, de Gustavo Le Bon, como referencia teórica de dicha estrategia, o simplemente tomarse el trabajo de leer algo.

FÁBULA

Pues bien, una tarde de verano, situada en el tiempo a varios cientos de años de distancia, nos encontrábamos Esculapio y yo preparándonos para disfrutar una merecida siesta, después de haber trabajado intensamente en la resucitación y rescate de los Avernos de varios de sus más distinguidos huéspedes, que allí habían sido enviados por la Parca —que entonces, como ahora, jamás mostró pizca alguna de conmiseración—, donde permanecían bajo tenaz custodia de Plutón.

Cansado, sudoroso y casi extenuado se hallaba Esculapio, minutos antes de dedicarse a dar cuenta de un frugal refrigerio acompañado, ¡eso sí! de un ánfora colmada de exquisita Ambrosía que, a no dudar, lo había inducido al sueño casi tanto como su agotamiento y las caricias de una tenue brisa mediterránea, que desafiaba a duras penas la ardiente canícula.

Al poco rato de concluida la colación divina, cuando el Distinguido Anciano comenzaba a adentrarse en los halagadores y misteriosos laberintos de Morfeo, abruptamente irrumpió en escena su hija Panacea sin que su hermana Higea, que la acompañaba, pudiera detenerla para dar tiempo a que se calmara un poco e impedir que importunara al Dios de forma tan irreverente; acto que podría, virtualmente, poner en peligro el éxito de la reivindicación de la terrible queja que animaba en ese momento las acciones de ambas Deidades. Iracunda, ciega de furor y despecho, daba largas zancadas que levantaban la túnica de lino blanco que cubría su cuerpo seráfico dejando entrever sus dorados muslos perlados de sudor. La joven, mientras agitaba al desgaire su tupida cabellera rubia, gritó:

—— ¡Viejo libidinoso, eso no se hace! Encima de abandonar la Medicina para dar rienda suelta a tu lujuria senil, te pones a darle “consejitos” a tu hijo bastardo ¡y en una carta abierta para que todo el mundo se entere! ¡Papi, esto le zumba, vaya!

Esculapio, medio dormido, se incorporó en su humilde lecho pedregoso con los ojos aún nublados por el celeste néctar que acaba de degustar con largueza —lo que otorgaba a su rostro una peculiar expresión onírica—, hedónica libación aquella que no impidió que de inmediato aquilatara la gravedad de la equívoca situación en que estaba metido. Una vez repuesto de su sorpresa, respondió casi rugiendo:

—— ¡Blasfemia! ¡Blasfemia! ¡Por todos los rayos y truenos del Olimpo! ¿De qué me hablas? ¡Qué hijo bastardo de mis culpas! ¡Retira en el acto tus aciagas, injustas, e indecorosas palabras!  ——mientras esto decía alargó con rapidez su mano derecha hacia el Caduceo blandiéndolo con tan feroz expresión, que hasta yo, humilde sierpe, sentí como la sangre que me corría por la venas y que nunca fue cálida, se congelaba.  Panacea quedó fulminada por aquella reacción del Anciano, que ella no esperaba y se echó sobre una roca a llorar tan desconsoladamente, que únicamente los alaridos de un perro vagabundo bajo amenaza de muerte, podrían rasgar el oído humano con acentos tan lastimeros y patéticos. Higea, sin embargo, permaneció en silencio con el rostro angustiado y la atención fija en cada palabra y movimiento de su padre.

Una vez restablecido su control sobre la situación y después de darle algún tiempo para que se recuperara, Esculapio comenzó a reconvenir a Panacea por su impetuosidad, lo irrespetuoso del tono y los epítetos empleados contra el progenitor de sus días, que además no era un antecesor cualquiera, sino un Dios Venerable. Al emplear una voz tan tierna y comprensiva, pronto vio el Anciano que sus argumentos comenzaban a surtir efecto. En el rostro de su otra hija, Higea, comenzó a esbozarse tímidamente la sombra de una duda. Hizo entonces el Dios, votos de inocencia, juró y perjuró que tal hijo bastardo no existía; que Higea y Panacea eran sus únicas descendientes y les recordó como su devoción por la familia había atravesado con éxito la prueba, no de los años —lo que para él, en su condición de Dios, no significaba mucho aunque para los simples mortales, casi siempre, resultaba un desafío imposible de superar—: ¡sino de los siglos!   

La sinceridad con que hablaba y gesticulaba el Respetable Anciano, su voz quebrada por el dolor de la ofensa recibida, y sobre todo, su limpia mirada que reflejaba con franqueza su decencia y su acostumbrado desinterés, acabaron por aplacar la rabia y las lágrimas de Panacea; que aunque de brillante desempeño en su trabajo de curar, o al menos aliviar, con los procedimientos más disímiles a los enfermos —recuérdese la quimera de obtener la “Panacea Universal” o remedio fantástico capaz de curar todas las dolencias— nunca pudo superar a Higea en su sabiduría, que consistía en prevenir las enfermedades —de donde proviene el vocablo higiene— lo que siempre dio mejores resultados que intentar revertir el proceso una vez que ya el mal estaba establecido. Tanta fue su elocuencia, que finalmente, logró hacer que se desvanecieran los últimos vestigios de incertidumbre en sus hijas. 

La paz familiar había sido restablecida —por ventura, en esta ocasión, sin que Esculapio tuviera que poner en funciones el grueso y pesado garrote que estaba diseñado no solo para servir de bastón,  sino en situaciones extremas, como era aquella, caer pacificadoramente sobre cualquier punto de la humanidad de quienes en su familia o fuera de ella, anduvieran en litigios y así restituir la calma. Al sumarse mi flexible cuerpo de ofidio enroscado a él surge un emblema, el Caduceo, del término latino: caduceum, por la virtud de hacer caer las discordias y apaciguarlas.

Así las cosas, y en total armonía, el Noble Anciano comenzó a indagar —sin poder ocultar del todo su disgusto— sobre aquellos Consejos, con que supuestamente había gratificado a un vástago que resultó ser, al fin y al cabo, un infame impostor.

—— ¡Aquí están! ——saltó como siempre Panacea, la menor y más impulsiva de sus dos bellas hijas.

 —— ¡Y han sido publicados y difundidos por el mundo entero con el título de “Los Consejos de Esculapio”! ——añadió Higea, que a diferencia de Panacea, era trigueña aunque de piel muy blanca, mientras clavaba sus ojos más negros que la noche en los de su padre, con el ceño fruncido, lo que infundía un peculiar encanto a sus atractivas facciones. Al decir esto, extendió a su Progenitor un pergamino contentivo de Los Consejos, que lamentablemente y sin que nadie pudiera evitarlo comenzaban a hacerse célebres.

Esculapio acercó el Bastón a su cuerpo en busca de apoyo —en este caso, más en busca de sustento para su alma que para su equilibrio, pues estaba sentado— y comenzó a leer. Pude sentir su aliento y los latidos de su corazón, al principio acompasados. Sin embargo, a medida que el Benemérito Dios avanzaba en la lectura del documento incrementaron su ritmo, hasta alcanzar rápidamente límites peligrosos; al mismo tiempo, la tez rosada de su rostro fue adquiriendo un color cada vez más intenso hasta volverse de un rojo tan vivo como el de un tomate maduro; sus manos temblaban de indignación mientras sostenían la epístola, que examinó de una sentada, como quien apura un trago de aceite de ricino.

¿Cuál es el texto del documento conocido por “Los Consejos de Esculapio” (2), que sacudió con semejante pujanza al Dios de la Medicina y lo hizo estremecerse hasta sus fibras más íntimas?

Helo aquí:

“¿Quieres ser médico, hijo mío? Aspiración es ésta de un alma generosa, de un espíritu ávido de ciencia. ¿Deseas que los hombres te tengan por un Dios que alivia sus males y ahuyenta de ellos el espanto? ¿Has pensado bien en lo que ha de ser tu vida?

La mayoría de los ciudadanos pueden, terminada su tarea, aislarse lejos de los inoportunos; tu puerta quedará siempre abierta a todos; vendrán a turbar tu sueño, tus placeres, tu meditación; ya no te pertenecerás. Los pobres, acostumbrados a padecer, no te llamarán sino en caso de urgencia; pero los ricos te tratarán como a un esclavo encargado de remediar sus excesos; sea porque tengan una indigestión, sea porque estén acatarrados, harán que te despierten a toda prisa tan pronto como sientan la menor inquietud; habrás de mostrar interés por los detalles más vulgares de su existencia, decidir si han de comer cordero o carnero, si han de andar de tal o cual modo. No podrás ausentarte, ni estar enfermo; tendrás que estar siempre listo para acudir tan pronto como te llame tu amo.

¿Tienes fe en tu trabajo para conquistarte una reputación? ten presente que te juzgaran no por tu ciencia, sino por las casualidades del destino, por el corte de tu capa, por la apariencia de tu casa, por el número de tus criados, por la atención que dediques a las charlas y a los gustos de tu clientela. Los habrá que desconfiarán de ti si no vienes del Asia; otros si crees en los dioses; otros si no crees en ellos.

Tu vecino el carnicero, el tendero, el zapatero, no te confiará su clientela si no eres parroquiano suyo; el herborista no te elogiará, sino, en tanto que recetes sus hierbas. Habrás de luchar contra las supersticiones de los ignorantes. ¿Te gusta la sencillez.? Habrás de adoptar la actitud de un augur. ¿Eres activo, sabes qué vale el tiempo.? No habrás de manifestar fastidio ni impaciencia; tendrás que aguantar relatos que arranquen del principio de los tiempos para explicarte un cólico.

¿Sientes pasión por la verdad? Ya no podrás decirla. Habrás de ocultar a algunos la gravedad de su mal, a otros su insignificancia, pues les molestaría.
Habrás de ocultar secretos que posees, consentir en parecer burlado, ignorante, cómplice. No te será permitido dudar nunca, so pena de perder todo crédito; si no afirmas que conoces la naturaleza de la enfermedad, que posees un remedio infalible para curarla, el vulgo irá a charlatanes que venden la mentira que necesita.

No cuentes con agradecimiento: cuando el enfermo sana, la curación es debida a su robustez; si muere, tú eres el que lo has matado. Mientras está en peligro te trata como a un Dios, te suplica, te promete, te colma de halagos; no bien está en convalecencia ya le estorbas; cuando se trata de pagar los cuidados que les has prodigado, se enfada y te denigra.

Te compadezco si sientes afán por la belleza: verás lo más feo y más repugnante que hay en la especie humana; todos tus sentidos serán maltratados. Habrás de pegar tu oído contra el sudor de pechos sucios, respirar el olor de míseras viviendas, los perfumes harto subidos de las cortesanas, palpar tumores, curar llagas verdes de pus, contemplar los orines, escudriñar los esputos, fijar tu mirada y tu olfato en inmundicias, meter el dedo en muchos sitios. Te llamarán para un hombre que, molestado por dolores de vientre, te presentará un bacín nauseabundo, diciéndote satisfecho: "gracias a que he tenido la precaución de no tirarlo". Recuerda entonces que habrá de parecer interesarte mucho aquella deyección.
  Tu oficio será para ti una túnica de Neso: en la calle, en los banquetes, en el teatro, en tu cama misma, los desconocidos, tus amigos, tus allegados te hablarán de sus males para pedirte un remedio. El mundo te parecerá un vasto hospital, una asamblea de individuos que se quejan. Tu vida transcurrirá en la sombra de la muerte entre el dolor de los cuerpos y de las almas, de los duelos y de la hipocresía que calcula, a la cabecera de los agonizantes.

Te verás solo en tus tristezas, solo en tus estudios, solo en medio del egoísmo humano. Cuando a costa de muchos esfuerzos hayas prolongado la existencia de algunos ancianos o de niños deformes, vendrá una guerra que destruirá lo más sano y lo más robusto que hay en la ciudad. Entonces, te encargarán que separes los débiles de los fuertes, para salvar a los débiles y enviar a los fuertes a la muerte.

Piénsalo bien mientras estás a tiempo. Pero sí, indiferente a la fortuna, a los placeres, a la ingratitud; si sabiendo que te verás sólo entre las fieras humanas, tienes un alma lo bastante estoica para satisfacerte con el deber cumplido sin ilusiones; si te juzgas pagado lo bastante con la dicha de una madre, con una cara que sonríe porque ya no padece, con la faz de un moribundo a quien ocultas la llegada de la muerte; si ansias conocer al hombre, penetrar todo lo trágico de su destino, entonces hazte médico hijo mío.” 
  Una vez finalizada la lectura del documento, lívido y con el rostro transfigurado por la furia, el Dios Olímpico reflexionó durante unos instantes que me parecieron una eternidad, al término de los cuales se dirigió a sus hijas e inquirió su opinión sobre el mismo —independientemente de que aclarado estaba ya, para siempre, que se trataba de un plagio y que estaba dirigido a un hijo suyo que sólo existía en la febril imaginación de los pérfidos autores del documento.

Como era habitual, fue Panacea quien se adelantó para emitir su juicio:

——Padre, después de todo no se puede negar que están bellamente escritos. Es un legado para que los jóvenes aspirantes a médicos mediten sobre los sacrificios que conlleva su profesión y sepan que deben dedicarse por entero a sus pacientes y llevar una vida de martirologio, consagrada a ellos.

——Y tú, Hija Mía ¿qué piensas sobre lo que aquí se expresa? ——dijo Esculapio dirigiéndose a Higea y mostrándole el pliego que acababa de leer. Rápidamente, y con firmeza, Higea respondió:

——Hay una serie de apreciaciones en la parte inicial del escrito que son propias de una sociedad dividida en clases, donde tengo poco espacio para desarrollar mi trabajo pues la medicina, como todas las cosas, se convierte en una mercancía y a la prevención de las enfermedades no se le confiere la importancia requerida. Pero esto no es algo que invalide el resto de las valoraciones contenidas en los Consejos… ——no pudo terminar porque Panacea la interrumpió transida de emoción diciendo:

—— ¡Y sobre todo aquello de!: “si te juzgas pagado lo bastante con la dicha de una madre, con una cara que sonríe porque ya no padece, con la faz de un moribundo a quien ocultas la llegada de la muerte” ¡Ayy… eso sí que es hermoso! ¡Mira como me pongo! ——agregó señalando hacia uno de sus brazos poblados por finos vellos rubios que en ese momento, relucientes bajo los rayos del sol, se erizaban por la intensa conmoción que se había apoderado de la excelsa doncella.  

——O cuando dice: “sabiendo que te verás sólo entre las fieras humanas”. ¡Eso no es cualquier cosa, Papito! ——añadió Panacea.

Esculapio quedó anonadado. Súbitamente se había percatado que la magnitud de la ofensa de poner en sus labios palabras que nunca había pronunciado, era desestimable ante la maldad de redactarlas en un lenguaje aparentemente culto y con argucias —que si bien parecían arrancadas del más burdo de los folletines— se abrirían paso, sin remedio, en millares de ingenuas mentes juveniles, algunas de ellas proclives a desfallecer ante los manidos resortes del melodrama y las emociones fáciles, por lo que llegarían a humedecer miles de púberes ojos con lágrimas sinceras, que aunque salidas de la profundidad del alma, no dejarían de ser fruto de la más pura candidez.

—— Bah, ¡Este libelo debiera recibir el nombre de los “Consejos de Satanás” y no los míos! ——dijo como en un gruñido el Ilustre Anciano.

—— ¡Papaaaá! ——Gritaron a coro sus hijas. Fue suficiente para que Esculapio se diera cuenta de inmediato, que de esa forma no podría llegar lejos con ellas, ni conseguir que razonaran como es debido sobre el cavernícola ideario en el que descansan los susodichos “Consejos”.  

Sin dudas, el problema era más complicado de lo que había imaginado. Apeló entonces a la serenidad que le habían otorgado sus vastos siglos de vida imperecedera. Pidió a sus hijas que se sentaran, pues no quedaba otro remedio que dar comienzo a un Consejo —no de Esculapio sino, de Familia; por lo que escanció delicada Ambrosía en grandes y sendos cántaros hasta casi desbordarlos; al fin y al cabo, sus hijas eran también diosas, situación ésta que las distinguía de los efímeros mortales, condenados a ingerir en similares circunstancias vino, cerveza u otros licores, que por muy alta calidad que pudieran conseguir, ocasionaban siempre que se tomaban en demasía, las resacas más atroces al día siguiente; aparte de lesionar sin remedio el hígado, el páncreas y todos los órganos y sistemas del cuerpo humano, incrementar el riesgo de muchos tipos de cáncer, estimular el deseo de realizar relaciones sexuales pero perturbar su feliz culminación, ocasionar conflictos laborales y crear verdaderos cismas familiares, entre otros males.

El Dios de la Medicina invitó a sus hijas a beber, luego de brindar ceremoniosamente por el culto a la verdad y los mejores valores atesorados por la humanidad a través de su historia. Acto seguido, terminada la liturgia y con total dominio de sus emociones y de sus sentidos, se dirigió a sus vástagos diciéndoles:

——Hijas mías, las veo confundidas y lo peor es que están profundamente persuadidas de la conveniencia de esa sarta de sandeces que con un lenguaje florido y atractivo están contenidas en los llamados “Consejos de Esculapio”, con las que estoy en completo desacuerdo. ——Ambas mujeres abrieron desorbitadamente los ojos con intención de discrepar. Panacea, casi se puso de pie de un salto; pero Esculapio las detuvo con un gesto de su mano —el Caduceo lo empuñaba firmemente en la otra— y prosiguió su discurso:

——Permítanme terminar la idea y para demostrarles los subterfugios y sofismas contenidos en Los Consejos de Esculapio, las invito a desglosar el documento y analizarlo, parte por parte; lo que nos proporcionará la manera de comprender no solo la mendacidad, sino la perfidia que esconden prácticamente todas sus afirmaciones. Como ustedes vieron, los “Consejos de Esculapio”, entre otras cosas, proclaman:

 “¿Quieres ser médico, hijo mío?... ¿Deseas que los hombres te tengan por un Dios que alivia sus males y ahuyenta de ellos el espanto?

 ——Deberían aceptar, al menos, que el sobreentendido que encierra la segunda pregunta no pertenece a una filosofía en la que brille, por cierto, la modestia. Parece más bien un deseo que nace de un Ego sometido a una sobrealimentación enfermiza. Imagínense, por un instante nada más, ¡sólo un instante! un mundo en el que todos los médicos se valoren a sí mismos como dioses  y por consecuencia expedita de esta concepción pretendan colocarse en un lugar situado por encima de otros profesionales, de su sociedad y de su pueblo. No exagero, el bodrio consejador dice textualmente: “¿Deseas que los hombres te tengan por un Dios…” ¿de dónde proviene esa vocación suprahumana y, sobre todo, a dónde nos conduciría? Para mí es palmario que se está haciendo una exhortación a la conquista de un lugar privilegiado, de alabanzas, lisonjas y adulaciones para los profesionales de la medicina —ya de por si respetados y  queridos por todos, asunto del que nos ocuparemos más adelante. Si no, ¿por qué inferir que los que optarán por esta carrera aspiran a ser tratados como dioses y no como humildes seres humanos dedicados a salvar vidas de otros hombres y aliviar su dolor sin pretender nada a cambio? ¿Cuál es la razón de ese afán consagratorio, que presupone la anuencia tácita  de los médicos, que con tan asombrosa displicencia accederían a ser  deificados? ¿No será éste el germen nefasto que encontrará triste floración más tarde en las turbias mentalidades de esos petimetres que una vez alcanzado el título de médicos se mostrarán remisos a realizar tareas manuales por considerarlas propias de burdos obreros y campesinos iletrados? —seres inferiores estos últimos, en la errática escala de valores de aquellos. Payasos trasnochados, se negarán a manipular una moto mochila de fumigación durante una campaña contra el Dengue que ciega las vidas de decenas de compatriotas, algunos de ellos niños. Dotados de la suficiente astucia para alegar, a cambio de su  no participación, “problemas de bronquitis asmática” o de “la columna”. Dichos señores, se negarán también, con saña, a empuñar una mocha para cortar caña o chapear, o un pico y una pala para colaborar en labores constructivas, o una escoba y un recogedor ¡en fin! la aberración de portadores de ideas que en cortedad rivalizarían con las de un pollo y que se complacen en la vocación onanística de cultivar un fetichismo delirante al trabajo intelectual. Estos afortunados caballeros de la ilustración —muchas veces alcanzada como un don, no como resultado de sus propios esfuerzos— sueñan con ser usufructuarios legítimos de ecuménica idolatría debido a su pericia y destreza profesional, inaccesible a los —para ellos— vulgares profanos, apreciación que se desprende directamente de la honda y acerada fibra, con vitalidad de mala hierba, que caracteriza sus atávicos prejuicios pequeño-burgueses que rebullen en sus mentalidades triviales, al juzgar que mancilla y deshonra lo que en realidad enaltece y levanta. Y no puedo dejar de referirme a algo, que no por elemental es de menos importancia: estos profesionales de la bata blanca, con visión tapiada, no han reparado en que, cuando las esbeltas y hematófagas hembras de los dípteros transmisores de la epidemia, apresten sus alas dotadas de escamas para saciar con femíneo furor —terrible siempre— su inagotable sed de sangre después de haber mordido algún enfermo y haber succionado con deleite el purpúreo líquido infectante, no harán distinciones en el momento de volver a atacar, entre los hijos de los menestrales y los de los universitarios e intelectuales —y el hecho que los padres de estos últimos hagan gala de ridículas ínfulas de seudo-aristócratas criollos, no brindará protección alguna a sus descendientes. ——el Dios de la Medicina se irguió sobre sus propios pies y su pecho se ensanchó cuando dijo:

—— ¡Hijas mías! Yo vaticino, un día como hoy, en mi condición de Dios, que por cada uno de estos infames profesionales de la medicina, surgirán mil médicos dispuestos a ocupar un lugar de honor junto a su pueblo, compartiendo sus alegrías y sus penurias y dispuestos a defender la patria al precio que sea necesario. ——Esculapio hizo entonces una pausa durante la cual su rostro dejó traslucir una mueca que era mezcla de asco y lástima, para dar lectura después a otro fragmento del legajo:

   “Los pobres, acostumbrados a padecer, no te llamarán sino en caso de urgencia; pero los ricos te tratarán como a un esclavo encargado de remediar sus excesos;”

 ——Esta recomendación puede ser útil en un país de estructura económica capitalista, con una sociedad dividida en clases, donde la medicina privada es, las más de las veces deshumanizada, y una persona —no solo el médico— vale tanto como el dinero que puede acumular; pero tienen muy escasa relevancia en sociedades que, cada vez más, sobrevendrán en la historia —que no en vano soy un Dios y además uno de los mejores oráculos de Grecia—, como será el caso de Cuba, pequeña ínsula del Caribe, al mismo tiempo la mayor de la Antillas, que a pesar de las adversas circunstancias que desde el punto de vista económico deberá padecer durante años —como consecuencia del genocida bloqueo al que será sometida por el Imperio más poderoso de la historia—, conseguirá conservar los logros sociales fundamentales del Socialismo y esos abismos entre ricos y pobres que caracterizan a la sociedad capitalista serán abolidos para siempre      ——sentenció el Augusto Anciano.
——Pero llevemos el asunto a su última instancia ——prosiguió: 
——Aceptemos que estamos ejerciendo la medicina en un país donde impera la explotación del hombre por el hombre ¿Quién dijo que los ricos tratarán a todos los médicos como esclavos? ¡A eso se someterán los médicos que tengan almas de esclavos! ¡Los que por un puñado de dinero estén dispuestos a dejarse tratar como esclavos y vender su alma al diablo! Y aquí ——continuó exponiendo Esculapio—— no debemos descuidar algo que tiene una importancia ética singular: los ricos también tienen derecho a una asistencia médica calificada. No por ser ricos debemos tratarlos con menos cuidado y cariño. ¡Hasta los prisioneros de guerra tienen derecho a una atención médica calificada! (3) y esto no queda tampoco explícito en el manuscrito, sino que, más bien, se presta a confusión, puesto que se acentúa que “los ricos te tratarán como a un esclavo encargado de remediar sus excesos;” como si las personas adineradas no enfermaran nunca y todos, sin excepción, se pasaran la vida de una orgía en otra —y no es que pretenda hacer un panegírico a la burguesía. 
 “te juzgarán no por tu ciencia, sino por las casualidades del destino, por el corte de tu capa, por la apariencia de tu casa, por el número de tus criados,”...

 ——En todo el orbe, más tarde o más temprano, no se medirá a nadie por el dinero que posee —o “por el corte de tu capa, por la apariencia de tu casa, por el número de tus criados”, lo que quiere decir lo mismo— sino por lo que realmente vale, que son sus cualidades humanas y morales. Y mejor, dejémonos de tonterías, que en cualquier país del mundo y bajo cualquier sistema social se sabe quién es diestro, serio y responsable en el ejercicio de cualquier profesión por los resultados que cosecha ¡qué poco han ayudado, en cualquier época, “las casualidades del destino,”! ——Terminó diciendo el Dios de la Medicina, mientras extendía ambas palmas de sus manos hacia delante y al lado del cuerpo en un gesto de impaciencia, para dar lectura al siguiente párrafo:

  “Tu vecino el carnicero, el tendero, el zapatero, no te confiará su clientela si no eres parroquiano suyo; el herborista no te elogiará, sino, en tanto que recetes sus hierbas.”
 ——En nuestro planeta —como dije anteriormente—, algún día se ejercerá una medicina socialista, que no dará cabida a la especulación, el lucro y la mercantilización del sufrimiento ocasionado por las enfermedades. Por otra parte, todos aquellos que se desempeñarán como médicos no se comportarán unánimemente como advenedizos, vividores y mercachifles, sino muchos de ellos, como seres humanos sencillos y decentes. En el propio sistema capitalista habrá siempre médicos que no perderán el decoro, sabrán defender las ideas más puras y humanas y tendrán el valor de enfrentar, si es preciso, la pobreza y eludir la participación en la dinámica del sistema, de por sí, corrupto. No citaré nombres pues no quiero herir susceptibilidades, pero esos médicos han existido y existirán sin que quepa la menor duda. Y es que los apologistas de semejantes anatemas; los que con irresponsables eufemismos aprecian con el aire irrelevante de la indulgencia los brutales desatinos del panfleto; uno de ellos éste, que toma cuerpo en la absolución de la vocación servil de vulgares buhoneros que pueden exhibir ciertos médicos, a la que ellos prestan su espaldarazo basados en que forma parte del sistema: ¡Miden a los demás por su propio rasero! Y digo más ——profirió Esculapio levantando, indignado, la voz——: ¡yo los acuso! ¡son, en realidad, voceros encubiertos que pronuncian una oración laudatoria del sistema capitalista, cuyos falsos valores llevan clavados en el alma! ¡Rastacueros heridos de incurable nostalgia! ——Después de tomarse una pausa y otro sorbo de Ambrosía, el Honorable Dios continuó leyendo:
 ¿Eres activo, sabes qué vale el tiempo? No habrás de manifestar fastidio ni impaciencia; tendrás que aguantar relatos que arranquen del principio de los tiempos para explicarte un cólico.
 ——Es el mejor tiempo empleado; ——Esta afirmación fue hecha en voz apenas audible, con un especial acento, lo que creó una expectativa aún mayor por sus palabras—— el que se utiliza para escuchar a un enfermo. Médicos de mucho prestigio han señalado que el instrumento que más diagnósticos ha contribuido a realizar ¡es la silla! —en alusión a que allí sentado el enfermo puede conversar y relacionarse ampliamente con su médico. Además, todo clínico experimentado sabe lo que es un interrogatorio dirigido. No se trata de “...aguantar relatos que arranquen del principio de los tiempos para explicarte un cólico” —ya aquí el tono ha subido y adquiere matices peyorativos— sino de tener una actitud atenta y solícita hacia el enfermo y, así, tratarlo como nos gustaría ser atendidos nosotros mismos. El interrogatorio es a mi juicio, el arma fundamental del método clínico, sin subvalorar los otros elementos. Un buen interrogatorio nos acerca al diagnóstico en el 90% de los casos y debe tener en cuenta todos los detalles por un lado, y el orden de aparición de los síntomas y signos por otro; por tanto, es una labor que necesariamente requiere mucho tiempo y paciencia. Y éste es el verdadero Consejo que yo, Esculapio, en mi facultad de Dios de la Medicina quiero legar, en lugar del anterior, escrito evidentemente por un chapucero que probablemente no fue ni siquiera médico; o si lo fue, indudablemente fue un mal médico. ——El Prestigioso Anciano rubricó sus palabras con el índice de la mano derecha en alto, apuntando directamente al cielo.

 “No cuentes con agradecimiento: cuando el enfermo sana, la curación es debida a su robustez; si muere, tú eres el que lo has matado.”

 ——La Medicina es, tal vez, la profesión que mayor respeto social atesora en todas partes del mundo y a los médicos se les han  rendido honores de excepción en todas las épocas. Todos nosotros sabemos que cuando se trata a un enfermo con respeto y amor, el paciente y muchas veces sus familiares —porque, a veces, el desenlace por las características de la enfermedad, puede ser fatal— quedan sinceramente agradecidos. La envergadura del embuste ha superado todos los límites imaginables. Francamente, Hijas mías, ¡en cierto modo somos privilegiados! ya que pocas veces se tiene la oportunidad de escuchar una mentira de tan descomunales proporciones cómo es decirle a un futuro médico: “No cuentes con agradecimiento…” (4).  ——Ciertamente, en pocas ocasiones vi al Patriarca de la Medicina tan seguro de sí mismo, como cuando agregó, ceñudo y sombrío:

——Buen pretexto para los que han cometido errores —algo que no puede excluirse en ninguna obra humana— durante el ejercicio de la medicina, ya sea de impericia, falta de profesionalidad, negligencia o irresponsabilidad; cuyo trato con pacientes y familiares ha sido incorrecto o  despótico. Se puede llegar, incluso, al penoso extremo de que por el mal manejo del paciente se contribuya a ocasionar una muerte objetable, lo que ha generado una queja de los familiares en la que hay puntos en que no les falta razón o, incluso, tienen toda la razón. ¡Qué genuinamente indigno entonces para ese médico, carente de escrúpulos —excepción entre millones de profesionales de la medicina—, acogerse a este gentil Consejo!: “…si muere, tú eres el que lo has matado.”.  “¡Je, Je, Je!” —exclamará sin ánimo alguno de rectificar sus faltas, con una sonrisa cómplice dibujada en el rostro y un brillo extraño en los ojos: “¡tal y como está escrito en los Consejos de Esculapio!”.  

 Te llamarán para un hombre que, molestado por dolores de vientre, te presentará un bacín nauseabundo, diciéndote satisfecho: "gracias a que he tenido la precaución de no tirarlo". Recuerda entonces que habrá de parecer interesarte mucho aquella deyección.

 ——Es que, ¡No es así!, Higea y Panacea, únicas, legítimas y queridísimas Hijas mías. Las palabras no son: “...habrá de parecer interesarte...”, éstas contienen un error de concepto mayúsculo; las palabras correctas son: “deberá interesarte la observación cuidadosa”, dada la importante información que se puede encontrar en los rasgos de una “...deyección”. Tanto es así, que en los casos en que se sospecha un sangramiento digestivo alto, si el enfermo o los familiares no han tenido la previsión de conservar en un recipiente las heces fecales del paciente ¡gracias a no haber tenido la precaución de conservarlo! está indicado realizar un tacto rectal para inspeccionar las características de las heces fecales al salir el dedo del explorador, recubierto por un guante e impregnado por las mismas, lo que permite confirmar si se trata de una melena. Eso es pasando por alto, el valor que puede brindar el reconocimiento ocular directo de las heces fecales, cuando se descubre en ellas pus, sangre, gotas de grasa que flotan sobre ellas o, simplemente, la apreciación de su cantidad, color, o consistencia; ¡Hasta el olor de las heces fecales es útil! ya que, por ejemplo, la melena es, particularmente maloliente, debido a la gran cantidad de productos derivados del amonio que contiene por su alto contenido de proteínas degradadas, provenientes de los glóbulos rojos digeridos y esta fetidez constituye un rasgo semiológico, no menos importante que otros, para determinar si estamos realmente ante una melena, o se trata de una pseudomelena. Pero dejemos a un lado esta disquisición clínica —aunque cada vez me convenzo más de que este churro ha sido escrito por falsificadores ¡qué ni siquiera son médicos!—, ya que, la afirmación que ha motivado este comentario desde el punto de vista ético, precedido mordazmente, por la siguiente frase:  ...hombre que, molestado por dolores de vientre, te presentará un bacín nauseabundo, diciéndote satisfecho:…”, sólo, a mi juicio, puede encubrir el propósito de salpicar, con rasgos ominosos, el ejercicio de la profesión médica —intención desmañadamente oculta, pero que se hace patente a lo largo de todo el documento. Observen que el bacín es calificado de “nauseabundo” adjetivo empleado con intención despectiva, pero que deslinda con claridad la diferencia entre la fraseología de los no avezados, con respecto al lenguaje científico que emplean los médicos cuando practican la propedéutica clínica y la semiología. ——Mientras Esculapio desplegaba sus razonamientos Panacea, que lo escuchaba con disimulada indolencia, entrecerraba sus ojos que recordaban los de un felino, al tiempo que Higea apoyaba su barbilla sobre los nudillos de su mano derecha en actitud reflexiva, sumamente concentrada en las palabras de su padre. 

           “Tu oficio será para ti una túnica de Neso (5)”

 ——Ya les he explicado en otras ocasiones, y sé perfectamente que ustedes conocen, en que consiste el significado de dicha túnica. Sinceramente, confieso que al menos para mí, la elección de la medicina como profesión  ha sido siempre objeto de orgullo y satisfacción. Por tanto, la más de las veces ha sido todo lo contrario; esta elección me ha otorgado una oportunidad de entrega y de servicio única; me ha permitido sentirme realizado plenamente, y con ese inefable placer que proporciona el cumplimiento del deber a lo largo de toda mi vida perpetua. Y por si todo lo que les he explicado fuera poco, el prestigio que he adquirido y el infinito agradecimiento que he inspirado, es lo que me ha elevado a la categoría de Dios, émulo del mismísimo Zeus o de cualquiera de los Dioses del Olimpo, gloria ésta que nunca ambicioné. La adoración del templo de Epidauro proviene precisamente del respeto que ha merecido mi desempeño como médico y es un símbolo que encarna, de cierta manera, a todos los que desempeñan esta profesión. ——Higea no pudo reprimir un movimiento de aprobación al inclinar levemente su rostro perfecto, pero Panacea continuaba expectante e impasible; sus ojos, de inusitado verdor, eran impenetrables como una copiosa cerca vegetal bien cuidada en plena primavera, por lo que mantenían sus emociones y sus más recónditos pensamientos a buen recaudo.

 “Te verás solo en tus tristezas, solo en tus estudios, solo en medio del egoísmo humano.”…“Cuando a costa de muchos esfuerzos hayas prolongado la existencia de algunos ancianos o de niños deformes, vendrá una guerra que destruirá lo más sano y lo más robusto que hay en la ciudad.”

“…si sabiendo que te verás sólo entre las fieras humanas,…”

 ——Vibrante exordio a la más excelsa misantropía y que destila amarga hiel en cada una de sus aserciones. Algo así como aquello de “¡Mientras más conozco a los hombres… más quiero a mi perro!”. ——Exclamó el Dios Insigne, que entre paréntesis, siempre había sido amante de los animales —invariablemente pensé que ese generoso sentimiento suyo pudo intervenir, de algún modo, en que depositara toda su confianza en mi como compañero inseparable. Acto seguido, continuó de esta manera:

——Pero veamos que se refiere a que “a costa de muchos esfuerzos hayas prolongado la existencia de algunos” y se indica de manera muy específica que son “ancianos” y, con relación a los niños, puntualiza que son “deformes”; lo que sin que incurra en apasionamiento alguno me deja entrever, que estos niños por ser deformes o los ancianos por su edad avanzada, tienen menos derechos que los demás a que se empleen esfuerzos en su atención médica. También, tengo plena justificación para pensar que se me inculca la idea de que es lamentable destruir “…lo más sano y lo más robusto que hay en la ciudad.”, pero que no lo es en igual medida si se trata de “…ancianos o de niños deformes,” y que los esfuerzos para prolongar la “…la existencia de algunos ancianos o de niños deformes,” son un tanto baldíos  —circunstancia que de manera muy obvia nos conduce, en esta oportunidad, a penetrar dentro de los confusos y mezquinos linderos del movimiento eugenésico y la ideología nazi-fascista, en cuya mediocre amplitud se desplaza, como un péndulo, el mensaje de la sórdida perorata. A continuación, añade que necesariamente —fíjense, Hijas mías, que esto se da por hecho— “…vendrá una guerra que destruirá lo más sano y lo más robusto que hay en la ciudad.”

¿Se trata, quizá, de que un mundo mejor no es posible? ¿Son inevitables las guerras? ¿Son una calamidad necesaria para el género humano?                   ——Esculapio se había levantado, me acuerdo muy bien porque movió bruscamente el cayado y al hacerlo, estuvo a punto de hacerme resbalar despeñado sobre la blonda y fragante cabellera de Panacea —los ofidios tenemos un olfato muy desarrollado—, que nunca me miró con buenos ojos sino más bien con antipatía ¡cómo si, acaso, fuera yo un bicho repulsivo!. De más está decir que de haber sucedido ese percance los chillidos de la muchacha y sus aspavientos hubieran sido mayúsculos, al extremo quizás, de hacer recesar el Consejo de Familia. Me apreté pues, con todas mis fuerzas al Báculo de mi amo, siempre en tácita connivencia con él, mientras éste continuaba su disertación de la forma siguiente:

——Pero aquí el sofisma es doble, porque resulta para todos evidente que desde épocas inmemoriales —aunque esta circunstancia se acentuará en el futuro por adelantos científicos, muy cuestionables por cierto, tales como la fabricación de las llamadas bombas “inteligentes” y otros artilugios sofisticadamente mortíferos— las guerras han ocasionado más muertes entre la población civil e indefensa que entre los propios soldados. Y esto es así, debido al hambre y las epidemias, que incluyen ancianos, mujeres y niños independientemente de que sean deformes o no. ¡Por favor! Todos los niños tienen igual derecho a una vida digna y al bienestar, porque la belleza verídica y más valiosa de un niño o una niña, o un hombre o una mujer, se lleva en el alma, no en el cuerpo, que puede tener unos rasgos físicos más o menos graciosos.

——Para finalizar, ——prosiguió el Maestro de Epidauro, con voz pausada, pero no menos firme—— los macarrónicos “Consejos” añaden apenas este escueto mensaje de gratificación moral para los médicos en cierne, una vez  que hayan elegido el ejercicio de la profesión, ya que por obra y gracia del birlibirloque o la nigromancia; el “egoísmo” de las “fieras humanas” y la contumaz agonía de los médicos se disipan repentinamente, para dar paso a la felicidad que otorgan:

 “la dicha de una madre, con una cara que sonríe porque ya no padece, con la faz de un moribundo a quien ocultas la llegada de la muerte”

 ——Se trata, Hijas mías, de uno de los documentos clásicos relacionados con la ética médica al cual se recurrirá con sostenida frecuencia, engañados unos por su lenguaje altisonante y a veces lagrimoso, como el que reviste el último párrafo. Otros quién sabe con cuáles aviesas intenciones; pero sobre el que creo, deberíamos, todos, meditar con un poco de más profundidad. ——En eso momento Esculapio levantó la voz y el Cayado, que llegó a poner sobre su cabeza como si fuera la batuta de un director de orquesta —adminículos éstos que como la varita mágica de los prestidigitadores, la vara del alcalde, el báculo de los obispos, el bastón de los mariscales, el cetro de los reyes, y aún el palo mecongo de los ñáñigos cubierto de piel de chivo y rematado en un gallo plateado, descienden directamente del garrote primitivo, tantas veces esgrimido por el Jefe del Clan en la época de las cavernas. Estacas que deben tener todas un común origen fálico, de divinidad, de poder y de mediación. A continuación, el Venerable Dios en un arranque de locuacidad —inesperado a estas alturas de su alegato—, dijo:

—— ¡Cómo atemperar el rijoso denuedo con el que, alegremente y con ínfulas fundacionales, algunos colegas, probablemente muy bien dotados de espíritu trashumante, pretenden enrolarnos en una asombrosa travesía, que nos transportaría del terreno de las fértiles cumbres del humanismo expresado con elegancia y alto vuelo, como le es propio a la auténtica literatura, a las áridas planicies del folletín y el melodrama, que exhiben, como siempre, principios éticos ramplones formulados con dotes literarias tan prominentes como un penoso vuelo gallináceo!. Con sinceridad, Hijas mías, he llegado a preguntarme ¿cuándo, haciendo honor a la verdad, nos referiremos al documento, en vez de por su título original, con el siguiente: “Los Malos Consejos de Esculapio”, o quizás, “Los Consejos de Satán”? Aunque, gracias a esta forma de pensar, apenas pueda librarme de pagar el precio de que no falte quien, debido a su ancestral idolatría por la tradición, me tilde de hereje, a pesar de ser un Dios del Olimpo con todas la certificaciones necesarias, ya que “Los Malos Consejos”, es indiscutible, que están impregnados de exultantes y torpemente encubiertas inclinaciones de animosidad y rencor hacia la humanidad y que durante su exposición, en no pocos momentos, se siente el hedor inconfundible del cruel cinismo que exhalan. ——El Insigne Anciano, en esos momentos, se paseaba de un lugar a otro transmitiendo toda la pasión de sus ideas, con el Caduceo ya apoyado sobre su hombro derecho, mientras sus hijas se separaban un tanto para abrirle paso a él y a sus palabras, que brotaban de sus labios como un torrente.

——Por estas razones, y al reflejar el ejercicio de la medicina como un angustioso calvario espiritual, el documento que se ha denominado “Los Consejos de Esculapio”, difícilmente puede aproximarse a ser un paradigma de lecciones o admoniciones para las generaciones presentes y futuras de médicos (6). Y por ahora, ¡he terminado! ——dijo hierático el Virtuoso Dios, al tiempo que se ajustaba, con ademán altivo, la capucha que llevaba por toda vestimenta, sabedor de que se había lanzado a fondo y degustando —sin advertir que prematuramente— el triunfo de su argumentación. Higea quedó impresionada por los razonamientos que acababa de escuchar; pero no tanto Panacea —que siempre fue más emotiva y sensual, que intelectual e ilustrada; y sobre todo, más frívola que profunda. Durante unos instantes se hizo un respetuoso silencio que hubiera dejado percibir el sonido de la piel de una serpiente al reptar, pero ni eso se oyó, porque yo, el único de dicha especie que se encontraba presente, quedé paralizado por todo lo que había escuchado y el ardor con que Esculapio había defendido sus puntos de vista. 

Higea se abrazó a su padre con ternura y consternación pues, finalmente, había descubierto el riesgo de que muchas personas, entre ellas jóvenes médicos o aspirantes a serlo, confundidos y sin un ápice de mala fe, llegaran a persuadirse de que tan sórdidos Consejos, inteligentemente colocados en boca de su padre por un despiadado impostor aprovechando su prestigio, eran contentivos de lo más excelso de la sabiduría y la ética médica de todos los tiempos; y dejaran fluir así las emanaciones tóxicas de las más egoístas y retrógradas cavilaciones, lubricadas con un lenguaje aparentemente elegante —pero que más parecía arrancado de una noveleta sensiblera y barata—, aunque no por ello menos embaucador.

               CONSUMACIÓN

Esculapio estaba decidido a presentar batalla sin dilación alguna; por ello manifestó su disposición de dar los primeros pasos para abortar la conjura y convocar a una asamblea de Dioses del Olimpo con el objetivo de esclarecer lo antes posible el fraude y sus opiniones sobre los temas tratados y así evitar la infición de las conciencias lánguidas. ¿Cuál no sería su sorpresa cuando fue inesperadamente interrumpido, nada menos que por una de sus propias hijas?

——Papi ——exclamó entonces Panacea con voz meliflua, hundiendo sus ojos, que parecían esmeraldas de Brasil, en los del Dios——, el Consejo de Familia me parece que aún no ha concluido. Yo tengo mis dudas ¿tú no crees que esas advertencias de los “Consejos” son buenas para que los alumnos sepan lo que les va a pasar si estudian medicina? Además, hay que tener en cuenta la época en que se escribió el documento…”la dicha de una madre”…la cara que sonríe porque ya no padece”… “la faz de un moribundo”.  No sé… ¡sigo pensando igual! ¡me gustan Los Consejos!

Al Ínclito Anciano le pareció que habían echado un cubo de agua casi congelada sobre su macilenta espalda desnuda y estuvo casi al borde del colapso. Pensó para sus adentros que hasta eso de “la faz de un moribundo a quien ocultas la llegada de la muerte” era discutible, pues se trata de un derecho del paciente y que incluso en algunos países sería penado por la ley no hacerlo; pero al decir “moribundo”,  existía un razonable margen para pensar que se refería a una persona en estado agónico —quizás ya oportunamente informada de las características de su enfermedad y su pronóstico—, por lo que prefirió no escarbar más en el asunto para no ser, de contra, tildado de extremista en sus apreciaciones, ya que, en definitiva, no era un asunto medular del documento. El Magnánimo Dios tuvo el buen tino y la presteza de ánimo de respirar profundo y contar hasta diez; tiempo suficiente para que los siglos de su existencia eterna le aconsejaran no insistir más por el momento, pues sabía que cuando su hija —que era terca como una mula— se cuadraba en sus trece, era irreductible al raciocinio. Optó por otra variante; se acercó entonces a ella y le pidió que se pusiera de pie, momento en que la miró con devoción diciéndole con voz queda:

——Esta actitud que has adoptado no hace sino confirmar mis temores con respecto al peligro potencial que encierra este panfleto malévolo. Para combatir sus ideas absurdas y patibularias es preciso un profundo y amplio desarrollo de la educación y la cultura, hay que desplegar una gran batalla de ideas que abarque todas las capas de la población y así poder superar con éxito manifestaciones ideológicas como ésta, próvida en fruslerías, arcaica pero con factura de lujo. Ello será inevitable y se realizará. Algún día, comprenderás todo lo que les he dicho a ti y a tu hermana en la tarde de hoy. Aunque puedo transmitirte con amor todos mis conocimientos, lamentablemente, no es posible hacer lo mismo, ni siquiera, con una sola de mis experiencias. Ésas, las tiene que vivir cada persona en carne propia. No obstante, sé que las palabras no caen en el vacío. ——Acto seguido dio un beso en la frente a Panacea y después hizo lo mismo con Higea; los tres se pusieron de pie y se apretaron entre sí visiblemente emocionados, al tanto que el Legendario Anciano —según su costumbre— sujetaba el cayado al que estaba yo liado, que esta vez, hizo pasar por detrás de los voluptuosos hombros de Panacea para apoyarlo unos instantes a un peñasco y así dejar las manos libres para el abrazo filial. Cuando mi cuerpo rozó la tersa piel de su espalda —el vestido que llevaba era muy abierto en el dorso— no me faltaron ganas, debido a un genuino y súbito impulso de ternura, de abandonar la dura estaca, eje de mi suplicio perenne, para deslizarme —en acto de fogosidad sublime— sobre la hermosa Diosa y abrazar con fervor, mediante sucesivos anillos concéntricos, sus muslos mórbidos, su talle magnífico, sus brazos y su torso, que podrían ser envidiados por la escultura que encarna la Victoria de Samotracia; pero me detuve, porque la joven no pudo evitar sustraerse a un respingo de asco al simple contacto con mi cuerpo liso y frío, lo que de inmediato —felizmente— sosegó mis impulsos lascivos, sin que hubiera otras consecuencias dada la solemnidad del momento. 

La tarde estaba cayendo y el sol despedía sus últimos destellos detrás de las nubes y las costas del Peloponeso en el golfo Sarónico.

Mientras… el libelo maldito seguía circulando y difundiéndose, penetrando en el tiempo inexorablemente, como una flecha emponzoñada —con adornos de oropel y la punta, afiladísima, envuelta en terciopelo.

    Notas

 1.      González Lemes Ivet. Un Rito Giró la Manecilla de Europa a África. Orbe. Semanario Internacional Editado por Prensa Latina. Sección de Ciencia y Técnica. 30 de Diciembre al 5 de Enero del 2007. Pag. 13

2.      Se ha señalado que los llamados “Consejos de Esculapio” forman parte del “Corpus Hipocrático” conjunto de escritos legados por los más sabios médicos de la Grecia Antigua, muchos de ellos de gran valor, a pesar del tiempo transcurrido. Este conjunto de escritos se conoce con ese nombre, debido a la gran fama de Hipócrates, reconocido como Padre de la Medicina, que fue un destacado y famoso médico griego que vivió en la isla de Cos y se estima que nació aproximadamente en el 460 A de J. C. Ver, en esta misma sección el trabajo titulado: “Hipócrates, los juramentos médicos y el médico cubano en la Cuba de hoy”. Se ha respetado fielmente la ortografía de la fuente donde se obtuvo el documento titulado “Los Consejos de Esculapio”. Fuente: Versión moderna que repartían entre los médicos cubanos diferentes laboratorios de productos farmacéuticos por las décadas de 1940 y 50. Universidad Virtual. Infomed.

3.      En la obra testimonio de Ernesto Che Guevara, Pasajes de la Guerra Revolucionaria, aparecen múltiples ejemplos del trato humano dado a los prisioneros por el Ejército Rebelde, lo que incluye de manera destacada la atención a los heridos, en ocasiones, con extrema escasez de medicamentos y material de curación. Referencia: Guevara E. Pasajes de la Guerra Revolucionaria Cuba 1959-1969.. Editorial Política. La Habana 2004.

4.      Recientemente en la XXX Cumbre del MERCOSUR, en donde tuvo una destacada e histórica participación, el Presidente Fidel Castro hizo énfasis en el respeto y consideración que generan los médicos durante el desempeño de su profesión. “Todos los respetan…” dijo el Comandante en Jefe.

5.      Cuando el centauro Neso atacó a Deyanira, esposa de Hércules, éste lo hirió con una flecha de las que había envenenado con la sangre de la Hidra —monstruo que vivía en un pantano en Lerna y tenía nueve cabezas. Una cabeza era inmortal y, cuando le cortaban cualquiera de las otras, crecían dos en su lugar. Hércules quemó cada cuello mortal con una antorcha para impedir que crecieran las dos cabezas y sepultó la cabeza inmortal bajo una roca. Después mojó sus flechas en la sangre de la Hidra para envenenarlas—. El centauro moribundo dijo a Deyanira que tomara un poco de su sangre que, según él, era un poderoso filtro de amor; pero era, en realidad, un veneno. Al creer que Hércules se había enamorado de la princesa Yole, Deyanira le envió una túnica mojada con la sangre de Neso. Cuando se la puso, el dolor causado por el veneno fue tan grande que se mató arrojándose a una pira funeraria. Después de su muerte, los dioses lo llevaron al Olimpo y lo casaron con Hebe, diosa de la juventud.

6.      En esta misma sección de Infomed se ha publicado un trabajo, del que también es autor quien suscribe el presente artículo, titulado: “Los Consejos que Esculapio Apartó”.  En el mismo se hace una reseña de una serie de consideraciones omitidas en los “Los Consejos de Esculapio”, que acabamos de analizar y se abordan temas relacionados con el enorme compromiso social de los médicos y la importancia de la lealtad a su pueblo y a su patria, a la vez que se tocan otros aspectos éticos de notable interés para los profesionales de la medicina y los trabajadores de la salud en general.

 

Iberoamérica, bioética y organización científica del trasplante renal. Una visión desde Cuba

 

Dr. Sergio Arce Bustabad Dr. en Ciencias Médicas y Profesor Consultante del Instituto Superior de Ciencias Médicas de La Habana

Contexto General

El trasplante de órganos plantea numerosos problemas bioéticos, que son resueltos de diferente forma, según país de que se trate. Iberoamérica, con la característica diferencia de desarrollo económico, político y social entre sus países componentes, es un ejemplo de ello. En este sentido, una importante cuestión es la siguiente:
¿Deben asentarse las organizaciones de trasplante renal sobre bases científicas, teniendo en cuenta la compatibilidad HLA, o basarse sobre criterios de otro tipo?
Esta pregunta encierra un importante dilema bioético, ya que la obtención y distribución de los órganos a trasplantar, constituye el núcleo central de toda organización de trasplante.
Si se utiliza como criterio fundamental de distribución la compatibilidad HLA entre el donante y el receptor, se requerirán listas de espera de pacientes lo suficientemente largas como para garantizar una compatibilidad aceptable. Con ello se posibilitará la obtención de resultados clínicos superiores a largo plazo (10 años o más).
Si se confía en la obtención de tiempos de isquemia fría inferiores y en los métodos de inmunosupresión actuales, se impondrán criterios “geográficos y cortoplacistas”, donde la supervivencia del injerto al año de realizado el trasplante se convertirá en el objetivo principal. Ello estará en correspondencia con intereses institucionales, mediante utilización de listas de espera con escaso número de pacientes y, por ende, con escasas probabilidades de alcanzar una compatibilidad biológica aceptable.
En el registro de diálisis y trasplante del año 2000 se analiza la información de trasplante renal actualizada hasta 1997 ó 1998 en 18 países del área, donde se demuestra:

1. La participación del trasplante renal en los programas de sustitución de la función renal es aproximadamente de solo una quinta parte con relación con la diálisis (4/5).
2. En Latinoamérica, el número de donantes cadavéricos fue aproximadamente de 4 por millón de habitantes en 1998. En España fue de 26.8 en 1996 y en los Estados Unidos de América de 23.9 en 1997. La diferencia es notable.
3. El número de trasplantes renales aumentó a más del doble de 1987 a 1998. Sin embargo, es muy inferior al realizado en otras áreas como Europa y los Estados Unidos de América.
4. El trasplante renal de donante vivo fue la modalidad más frecuente hasta 1992. Con posterioridad, hasta 1998, predominó el trasplante cadavérico.
5. El porcentaje de trasplantes de donante cadavérico varía de modo considerable entre los países de la región:

> 75% Argentina, Chile, Cuba, Perú y Uruguay
Entre 50 y 75% Colombia y Puerto Rico
Entre 25 y 50% Brasil y Venezuela
< 25% Bolivia, Costa Rica, México y Panamá

Como se puede ver, la desproporción entre pacientes trasplantados y en diálisis, así como el relativamente escaso número de donantes cadavéricos y de trasplantes renales en comparación con otras regiones más desarrolladas del mundo y la desproporción entre los diferentes países latinoamericanos en lo que a porcentaje de trasplantes de donante de cadáver se refiere conforman un cuadro irregular en el conjunto de los países de la región latinoamericana.
En una parte importante de los países de Latinoamérica que realizan trasplantes renales de cadáver, no existen organizaciones al nivel nacional ni de grandes regiones. El trasplante se lleva a cabo localmente, con listas de espera poco amplias y, por lo tanto, con escasas probabilidades de obtención de una compatibilidad HLA aceptable.
En España, país con el mayor número de donantes por millón de habitantes en el mundo, con una magnífica organización general de trasplante de órganos y tejidos y con un buen desarrollo tecnológico en lo que a laboratorios de histocompatibilidad se refiere, no existe no existe, sin embargo una lista de espera única de pacientes ni a nivel nacional ni siquiera de autonomías en lo que respecta al trasplante renal. Las listas de espera en las que se seleccionan las parejas donante-receptor son locales; existe una “atomización” de los posibles receptores en listas de espera, generalmente poco extensas y circunscritas a grupos de hospitales que a veces son hospitales aislados. Se sigue la política de implantar la víscera obtenida, con la selección de las parejas donante-receptor según el lugar donde se produce la donación. De esta forma hay poca probabilidad de obtener una compatibilidad HLA aceptable.
En el Reino Unido, sin embargo, esta tendencia a la fragmentación de las listas de espera, que predominó en la década de 1990, se ha sustituido por la distribución sobre la base de una lista de espera central única al nivel nacional. Para ello se utiliza como criterio fundamental la histocompatibilidad, realizada por métodos de Biología Molecular.

Bases biológicas de las organizaciones de trasplante renal

• En el trasplante de órganos y tejidos existen factores clínicos, quirúrgicos, inmunológicos y organizativos.

• Sin embargo, la esencia del trasplante como fenómeno biológico estriba en el conflicto que se establece entre el órgano o tejido trasplantado y el sistema inmune del receptor, que en un mayor o menor grado, casi siempre difieren en el orden inmunogenético, con excepción de los gemelos homocigóticos

• Los antígenos del sistema mayor de histocompatibilidad HLA (A, B, DR), descubiertos en 1958 por el profesor Jean Dausset, son estructuras glicoproteicas de las membranas de las células nucleadas del organismo humano, también denominadas antígenos de trasplante, ya que contra ellos se dirige especialmente la respuesta inmune del receptor, en caso de incompatibilidad genética con el donante. Por esta razón, buscar la mayor compatibilidad posible entre donante y receptor para estos antígenos es un importante requisito para la obtención de una mayor supervivencia del trasplante, particularmente a largo plazo, según demuestran la experimentación en animales y el estudio de decenas de miles de casos de trasplante renal y también de tejidos como la médula ósea.

• Todos los programas de trasplante poseen subsistemas que se ocupan de los aspectos de histocompatibilidad e inmunológicos, con variable grado de desarrollo y con la siempre existente mayor o menor influencia sobre los aspectos de índole organizativo, clínico y quirúrgicos.

• Sin embargo, hoy día no es posible tener en cuenta la compatibilidad HLA entre el donante y el receptor en todos los tipos de trasplante. Ello sucede en los trasplantes de corazón, hígado, pulmón y páncreas y está relacionado con diferentes factores independientes del hecho real, probado tanto por la experimentación animal y en el trasplante renal y de médula ósea en humanos, que el destino del trasplante está inmunogenéticamente determinado.

• Estas leyes biológicas que rigen el destino del trasplante, si bien son demostrables con claridad con la utilización de cepas de animales isogénicos en diferentes combinaciones no son tan ostensibles en el hombre, dado su carácter generalmente heterocigótico y la imposibilidad de su manejo genético. Existe objetivamente una serie de relaciones causales, que se repiten en determinadas condiciones y se traducen en tendencias generales de comportamiento o leyes que rigen el destino del trasplante. La realización de éste a contrapelo de estas leyes, aunque a veces inevitable en el orden práctico, tiene como consecuencia una evolución clínica generalmente peor que cuando se actúa científicamente, conociendo y teniendo en cuenta estas leyes biológicas.

• Para actuar acorde a estas leyes dadas, por la compatibilidad biológica entre el donante y el receptor, en el trasplante clínico se debe cumplir una serie de normas o reglas generales.

Las normas o reglas generales biológicas que se deben tener en cuenta en la realización del trasplante entre seres humanos son:

1. Compatibilidad para los antígenos del sistema ABO.
2. Cross Match linfocitario negativo.
3. Compatibilidad para los antígenos del sistema HLA.
4. Caracterización de la respuesta del receptor contra antígenos del sistema HLA (carácter de respondedor y no respondedor).

Existen excepciones en el cumplimiento de estas reglas, como en el trasplante de corazón, hígado, páncreas, etc. Los tiempos de isquemia fría cortos que toleran estos órganos y la no existencia de equipos de sustitución artificial, impiden por el momento el cumplimiento de estas normas en los tipos de trasplantes señalados.
Las organizaciones de trasplante deben tener en cuenta todas o algunas de estas leyes, según el órgano o tejido de que se trate al seleccionar las parejas donante-receptor, lo que contribuirá, especialmente en el trasplante renal y de médula ósea, a la obtención de mejores resultados clínicos.

• Por estas razones, las organizaciones de trasplante no deben ser arbitrarias, sino que requieren para ser verdaderamente eficientes, de una sólida estructura científica basada en el cumplimiento de las leyes biológicas objetivas que rigen al trasplante. Unos tipos de trasplantes se servirán de estas estructuras funcionales de una manera más completa, como sucede con los trasplantes renales y de médula ósea; otros lo harán en menor grado e incluso no las podrán utilizar en la actualidad en la selección de las parejas donante-receptor. Sin embargo, la esencia científica de las organizaciones de trasplante no puede dejar paso a métodos pragmáticos, que pueden quizás traducirse en un incremento rápido de las cantidades de trasplante que se efectúan, pero que en el orden cualitativo, al no tener en cuenta los fenómenos inmunológicos esenciales del trasplante, no ofrecerán los resultados alcanzables, especialmente a largo plazo, como ocurre con el trasplante renal.

• En el trasplante renal de cadáver se dan las condiciones necesarias para la utilización de la compatibilidad HLA entre donante y receptor, por las siguientes razones:

a) Disponibilidad de métodos de sustitución de la función renal perdida, por medio de la hemodiálisis y la diálisis peritoneal. Esto permite de un lado preservar la vida de estos pacientes y de otro poder escoger al receptor más compatible para un donante eventual, en listas de cientos y a veces de miles de enfermos. Sólo intereses ajenos a la práctica científica se oponen a esta conducta.
b) Tiempo de isquemia fría permisible por el riñón, superior al del corazón, el hígado y el páncreas. Esto posibilita la realización de las pruebas de histocompatibilidad y los traslados necesarios en el primer caso, mientras los obstaculiza en los restantes. El riñón tolera, con una buena perfusión y condiciones adecuadas de temperatura, 24 horas de isquemia fría sin consecuencias deletéreas sobre su viabilidad, según se ha demostrado fehacientemente en numerosos estudios al respecto.

En cambio, a esta forma de organización basada en la compatibilidad biológica entre el donante y el receptor en el trasplante renal de cadáver, se oponen los siguientes factores:

a) La distancia a recorrer por órganos y pacientes que aumenta el tiempo de isquemia fría y que en la medida que sobrepasa las 24 horas incide negativamente en la supervivencia del injerto, en el caso del trasplante renal de cadáver.
b) Los intereses regionales y/o institucionales que determinan una preferencia a obviar las ventajas que ofrecen los trasplantes renales HLA compatibles, con tal de trasplantar los riñones obtenidos a los pacientes del propio centro que los extrajo. Las listas de espera en este caso son pequeñas, restringidas a escasos pacientes y con las cuales generalmente el rango de compatibilidad HLA que se obtiene es bajo o igual a cero. Ello se expresa en general en pobres resultados clínicos, especialmente a largo plazo.
c) En la práctica, este tipo de organización se basa en trasplantar de modo masivo riñones por lo general incompatibles biológicamente, que funcionen 6 ó 7 años y al cabo de este tiempo regresar al paciente a diálisis y retrasplantarlo. Con ello se pone un freno a la posibilidad de obtener la supervivencia de 20 años o más que ofrecen los riñones HLA más compatibles y se somete tempranamente a los pacientes a los riesgos que conlleva la pérdida de los injertos. De otro lado, los planes de diálisis se recargan con estos pacientes en espera de retrasplantes, a los cuales van además, en condiciones más difíciles que los trasplantes primarios (hipersensibilidad)

Una vision cubana de la organización científica del trasplante renal

• El sistema de salud cubano centralizado nacionalmente constituye una gran ventaja, pues permite eliminar los factores personales, institucionales y/o regionales que puedan oponerse a una distribución sobre bases científicas de los órganos a trasplantar. En otras palabras, en nuestro país se puede hacer valer el principio ético de que los intereses nacionales prevalecen sobre los locales, cuando ello posee una sustentación científica.

• En Cuba el trasplante renal está basado en una compleja red de servicios de nefrología y de centros de diálisis y trasplante, a los cuales se agregan cinco laboratorios de histocompatibilidad creados entre 1973 y 1998 en La Habana, Santiago de Cuba, Camagüey, Holguín y Villa Clara.

• En 1988 se comenzó a funcionar en el Instituto de Nefrología el Centro Coordinador Nacional de Trasplante Renal, lo que permitió confeccionar una LISTA DE ESPERA UNICA para todo el país de enfermos en espera de trasplante renal, todos ellos clasificados según su grupo sanguíneo, antígenos HLA, grado de respuesta inmune contra antígenos HLA (respondedores y no respondedores), estado clínico, edad y otros elementos importantes a la hora de la selección del receptor adecuado para cada donante eventual, con independencia del punto de la isla donde puedan encontrarse. Esta lista de espera al nivel nacional sustituyó a las listas de espera regionales y ofrece mayores probabilidades de seleccionar parejas donante-receptor biológicamente más compatibles y, por tanto, con mayores probabilidades de éxito. El empleo de la computación con programas de selección de parejas donante-receptor, elaborados por especialistas nacionales en distintas disciplinas (nefrólogos, inmunólogos, cirujanos de trasplante y programadores) sustituyó los primitivos métodos manuales de selección, no posibles de emplear adecuadamente con listas de espera de cientos de receptores.

Más de 3500 trasplantes renales se han realizado en Cuba desde 1970, año en que se llevó a cabo el primero en el Instituto de Nefrología. El trasplante renal fue posible gracias al desarrollo de la diálisis de los enfermos renales crónicos terminales y a la vez repercute sobre ella, al exigirle la organización necesaria para el funcionamiento del programa de trasplante. Esta organización de los programas dialíticos redunda en una mayor calidad de éstos. Si bien, como hemos visto, el trasplante renal constituye un factor organizador de la diálisis al nivel nacional, la histocompatibilidad lo es a su vez con respecto al trasplante renal. Las listas de espera de pacientes en diálisis requieren una caracterización, tanto clínica como inmunológica continua de cada receptor, lo cual constituye un sistema de control regular de primera importancia de la atención de estos enfermos. La distribución de los riñones a trasplantar, que se encuentra en el núcleo organizativo de todo programa de trasplante, no se debe basar en criterios arbitrarios y utilitarios, como si se tratara de algún tipo de mercancía. La selección científica de las parejas donante-receptor sustentada en la histocompatibilidad, exige de una base material tecnológica, que en la medida que sea más avanzada, posibilitará la obtención de resultados clínicos más satisfactorios. Al llamado “cortoplacismo”, basado en “criterios geográficos” sin fundamentación científica ni ética, se debe oponer la política de trasplantar riñones obtenidos mediante la selección de las parejas donante-receptor HLA más compatibles. Estos criterios biológicos posibilitan la obtención de mejores resultados a largo plazo, lo cual es el verdadero objetivo terapéutico de todo el programa de trasplante. Por cada compatibilidad HLA (A, B, DR) obtenida, se puede calcular aproximadamente un 3% de supervivencia del injerto superior. Si se tiene en cuenta este cálculo aproximado, se pueden explicar los resultados obtenidos a largo plazo en series de decenas de miles de casos, donde la diferencia es de cerca del 20% de supervivencia del injerto renal primario de cadáver superior en los casos con 6 compatibilidades HLA A, B y DR (de 6 posibles), comparado con los trasplantes con 0 compatibilidad HLA. En Cuba, con un aproximado de 1000 receptores aptos en lista de espera única nacional, se puede aspirar a trabajar en un rango de 3 a 4 compatibilidades HLA, de 6 posibles y, por tanto, a esperar una mejoría del 9 al 12% en los resultados (supervivencia del injerto), especialmente después de los cinco años de realizado el trasplante. Este porcentaje es nada despreciable en cualquier tipo de terapéutica, es económicamente deseable y, sobre todo, es éticamente indiscutible. En un estudio realizado en el Instituto de Nefrologia de La Habana con 540 casos con posibilidades de ser analizados a los diez años de haber sido trasplantados, se obtuvo un 8% mayor de supervivencia de injerto en los casos HLA más compatibles, al compararlos con los de menor compatibilidad (p < 0.001) Los programas de trasplante renal no deben aspirar sólo a tener buenos resultados a corto plazo (1 año), lo que es factible con los inmunosupresores modernos (> 85% de injertos funcionantes), sino a lograr resultados satisfactorios a largo plazo (0 compatibilidad HLA, vida media del injerto de 7.7 años, 6 compatibilidades, vida media de 20.3 años). La efectividad a largo plazo (5, 10 y 20 años) de la Ciclosporina es escasa y la supervivencia del injerto renal de cadáver se ha mantenido estable entre 7 y 10 años de vida media del injerto en los dos últimos decenios. La acción a largo plazo de nuevos inmunosupresores como el FK506 y el Micofenolato está aún por comprobar, aunque estudios preliminares apuntan a que estas drogas, al igual que su predecesora la Ciclosporina, si bien actúan con eficacia sobre los mecanismos inmunológicos que determinan el rechazo agudo, no lo hacen tanto sobre los mecanismos causales del rechazo crónico, los cuales son, sin duda, distintos. La contradicción biológica existente entre la obtención de una compatibilidad HLA aceptable con el empleo de tiempo que esto conlleva y la afectación de la viabilidad del riñón a trasplantar que se produce por la acción de la isquemia fría prolongada, se puede resolver con la división por regiones a los países de territorios extensos, siempre que en cada una de ellas exista un número razonable de pacientes que puedan conformar la lista de espera. La posibilidad de realizar el trasplante renal dentro del límite de 24 horas de isquemia fría, constituye el punto de referencia esencial para resolver la contradicción señalada. En la medida que la ciencia se desarrolla, las otras formas de manifestación de la vida espiritual de la sociedad, incluida la moral, se van sustentando cada vez más sobre bases científicas. La ética y la bioética (si es que existen diferencias entre ambas) como disciplinas que se ocupan de la moral, se ven progresivamente impregnadas por los nuevos conocimientos científicos. Lo ético (y lo bioético) está vinculado a la demostración científica de su mayor o menor utilidad para el hombre y su calidad de vida.

Bibliografía
1. Arce S. Avances en el trasplante de órganos y tejidos. La Habana: Editorial Ciencias Médicas, 1989.
2. John F. Neylan, et al. The Allocation of Cadaver Kidneys for Transplantation in the United States. Consensus and Controversy. J. Am Soc. Nephrol. Vol. 10, 2237 – 2243, 1999
3. Lainie Friedman Ross, M. D., et al. Ethics of a Paired-Kidney-Exchange Program. The New England Journal of Medicine. Vol. 336, No. 24,1997
4. Mark A. Schnitzler, et al. The Economic Implications of HLA matching in Cadaveric Renal Transplantation. The New England Journal of Medicine. Vol. 341, No. 19, 1999
5. Mazzuchi N, et al. Informe de Trasplante Renal 2000. (capítulo VI). Nefrología Latinoamericana. Vol. 7, No. 3, Sept. 2000.
6. Mazzuchi N., et al. Incidencia y Prevalencia del tratamiento de la Insuficiencia Renal extrema en Latinoamérica. (capítulo I). Nefrología Latinoamericana. Vol.7, No.3, Sept. 2000.
7. Neylan J. F., et al. The Allocation of Cadaver Kidneys for Transplantation in the United States: Consensus and Controversy. J. Am. Soc. Nephrol. Vol. 10, 2237 – 2243, 1999
8. Opelz G., et al. Is HLA Matching Worth the Effort?. Transplantation Proceedings. Vol.31, 717 – 720, 1999.
9. Opelz G. et al. Factors Influencing Long-Term Graft Loss. Transplantation Proceedings. Vol. 32, 647 – 649, 2000.
10. Rachel M. McKenna, et al. Anti-HLA antibodies after solid organ transplantation. Transplantation. Vol. 69, 319 –326, 2000.
11. René W. S. Chang. How should cadaver kidneys be allocated? The Lancet. Vol. 348, 453 –455, 1996
12. Steven K. Takemoto, et al. Twelve year, experience with national sharing of HLA Matched Cadaveric Kidneys for Transplantation. The New England Journal of medicine. Vol. 343, 1078 – 1084, 2000
13. Terasaki P. I. History of Some Currently Utilized procedures in Transplantation. Transplantation Proceedings. Vol. 31, 47 –48, 1999
14. Terasaki P. I., et al. High survival rates of kidney transplants from spousal and livings unrelated donors. The New England Journal of Medicine. Vol. 333, No. 6, August, 1995.

 

Bioética Norte y Sur

 

Dr. Daniel Piedra Herrera Doctor en Ciencias Biológicas. Secretario de Política Científica de la Academia de Ciencias de Cuba. Secretario Ejecutivo del Comité Cubano de Bioética.

Introducción
En aras de la continuidad, pido que se me permita reanudar mi exposición de hace dos años, en el primer Congreso Mundial de Bioética que nos acogió en este mismo espacio de hospitalidad habilitado por la SIBI en Gijón. Una vez más el carácter universal de la cita obliga a partir de consideraciones sobre el contexto mundial. Ya no está entre nosotros físicamente Van Rensselaer Potter. La comunidad bioeticista cubana se honró el 3 de octubre de 2001al unir en La Habana su figura a la del también recientemente fallecido pionero de la bioética en España e Ibero América, Javier Gafo, para rendirles un mismo homenaje póstumo.(1) Hace dos años reconocía en este escenario de Gijón y reivindicaba definitivamente la paternidad de la bioética, para el humilde investigador de Wisconsin. Potter le dio a la bioética no sólo un nombre, sino además una orientación unificadora en la que radica su carácter emancipador, amplificado por Gafo.
El momento histórico en que la bioética nació no pudo ser más oportuno. Recordemos a este respecto las palabras de Potter en uno de sus últimos trabajos:
"...en nuestra loca carrera por mantener la civilización capitalista que intenta acelerar el consumo excesivo en todo el mundo, pensamos poco en quién se sienta a la mesa y quién sigue hambriento. En el "Puente hacia el Siglo XXI" podemos estar perdiendo la oportunidad de llegar al Siglo XXV o al año 3000. ¿Habremos de salir del tercer milenio sin salud, paz, un ecosistema estable y justicia social?"(2)
La bioética nació en un mundo bipolar en términos de poder – Este y Oeste. Curiosamente, en la década que precedió a la de la aparición de la bioética, se hablaba cada vez con mayor insistencia de un Tercer Mundo al que ni Potter ni Gafo jamás ignoraron. Por debajo y en el fondo de aquel mundo, con un poder distribuido “a diestra y siniestra”, subsistía el mundo bipolar en términos de distribución de las riquezas “de arriba hacia abajo” – Norte y Sur.
El mundo llega al borde entre dos milenios, aquejado por problemas que amenazan con borrar a la especie humana de la faz de la Tierra. Concluimos el segundo milenio, con fuertes y fundadas dudas de que nuestra especie llegue a ver la conclusión del tercero. El fin del pasado milenio vio desaparecer la frontera –de carácter aparentemente político-ideológico– simbolizada por el muro de Berlín, que dividió al mundo entre el Este y el Oeste. Con ella se esfumó la bipolaridad del poder. En la actualidad vivimos en un mundo manifiestamente unipolar en términos de poder. En este mundo, sin embargo, la bipolaridad de la distribución de las riquezas no sólo no se ha desvanecido, sino que se acentúa cada vez con mayor dramatismo. Pueden existir en otras latitudes símbolos de la persistente división de la humanidad, pero para mí el más ilustrativo de todos es el otro muro, el que se refuerza y se hace cada día más sofisticado tecnológicamente, el que siempre fue más letal que el que se alzó en Berlín: el muro que separa los territorios sustraídos a México por los Estados Unidos de América, del extremo norte de los que aún permanecen bajo la soberanía mexicana.
Nuestro modesto aporte de hoy propone el uso de la bioética en su carácter de puente(3) hacia el futuro, entre disciplinas, entre ciencias y humanidades y entre culturas, pero además, como ariete para derribar los muros que dividen a los seres humanos entre sí. En no último lugar, tratamos de demostrar la utilidad de la bioética contra el muro cartesiano interior que ha pretendido aislar dentro de compartimientos estancos a la materia y al espíritu, en el que vemos la raíz de todo conflicto humano.
Hacia una fundamentación científica
Parecería que estamos en presencia de un bloqueo, o de un sesgo epistémico, que consiste en partir de dos posiciones recíprocamente excluyentes, que se niegan una a otra la aptitud para elaborar juicios científicos y juicios de valor. Hay evidencias suficientes para afirmar que ésta es una clara manifestación del viejo problema de las dos culturas, (4) que se resolverá en la medida en que se imponga el enfoque unificado potteriano. De esta segregación entre la capacidad de discernir entre lo bueno y lo malo y la de conocer la verdad, hay testimonios bastante antiguos:
“...Dios el Señor (...) le dio [a Adán] esta orden: ‘Puedes comer del fruto de todos los árboles del jardín [del Edén], menos del árbol del bien y del mal. No comas del fruto de ese árbol, porque si lo comes, ciertamente morirás.” (5)
Luego de consumado el pecado original por Adán y Eva, “Dios el Señor (...) dijo: ‘Ahora el hombre se ha vuelto como uno de nosotros, pues sabe lo que es bueno y lo que es malo.’”(6) No nos ocuparemos ahora de la tan socorrida interpretación erótico-sexual de las anteriores citas evangélicas. La otra interpretación, por lo menos igualmente plausible y mucho más cercana a la letra del evangelio, ve en las anteriores citas una clara alusión al acceso del hombre al conocimiento: el hombre [ahora] sabe. Y es mediante este conocimiento, que alcanza contraviniendo una orden divina y poniendo en riesgo su vida, que a partir de entonces el hombre formula juicios de valor (lo que es bueno y lo que es malo).
De si es o no legítimo que el hombre (y la mujer) formulemos estos juicios de valor sobre la base del conocimiento que hemos logrado alcanzar, de cuán correctos son o pueden llegar a ser estos juicios, del sentido que tiene hacerlos y de si al hacerlos el hombre y la mujer no nos hundimos cada vez más en el pecado de arrogancia o si simplemente asumimos una responsabilidad humana, es de lo que se trata. “No puedo sobreestimar el grado en que el sesgo epistémico ha infectado la práctica de la filosofía durante casi cuatrocientos años (...) En ninguna parte” – hay que repetir con el filósofo John R. Searle (7) – “ha sido esto más obvio que en el caso de la ética y la filosofía política.” Esto nos remite inevitablemente al análisis de la legitimidad del conocimiento científico, que a su vez pasa por la solución del problema de la causalidad. Pero es que “La mayoría de los filósofos, como la mayoría de las personas educadas en la actualidad, tienen una concepción de la causalidad que es una mezcla de sentido común con mecánica newtoniana.” (8)
En fecha tan reciente como el 3 de setiembre próximo pasado, un numeroso grupo de célebres científicos anunciaba, con motivo de la celebración de la llamada II Cubre de la Tierra en Johannesburgo, la fundación del Instituto Mundial de la Ciencia, cuyos estudios, "para poder trascender todas las ideologías, todas las fronteras, todas las políticas nacionales y todas las disciplinas, deben ser realizados por todos con la misma objetividad que exige la ciencia en sí misma." (9) En este trascendental y oportuno documento, los científicos que lo suscribieron (10) (entre ellos el Profesor Jean Dausset, presente en este II Congreso Mundial de Bioética) proclamaron basar su contribución al debate público sobre los aspectos fundamentales de nuestra época, en consideraciones como (entre otras):
"La ciencia es una parte integral de la cultura humana, y es en la actualidad una parte que está a la vanguardia del cambio y del crecimiento, y que puede ser ejemplar. Como tal, los científicos deben tratar de mostrar claramente, y a todos, lo que es científico y lo que no lo es, lo que sabemos, lo que sospechamos, y lo que no sabemos y lo que podemos y debemos hacer o dejar de hacer... La ciencia suministra a la humanidad un conocimiento de los procesos esenciales del Universo, de la materia y de la vida. Y el dominio de las aplicaciones de esos procesos (la biotecnología, los procesos nucleares, los cambios climáticos, etc.) forma parte de la responsabilidad de los científicos." (11)
Algunas de las recomendaciones de los científicos firmantes del Llamado de Johannesburgo son de corte tan rigurosamente bioético, que sería inexcusable no traerlas aquí:
"Preservación de la diversidad genética entre y dentro de las especies, comenzando con los seres humanos. Esto no implica un intento de introducir la eugenesia o, en el actual estado de los conocimientos, de la manipulación genética de la especie humana... Desarrollos tecnológicos directos hacia la mejora general de la calidad de la vida humana; no se debe aceptar la destrucción o la explotación de individuos o de grupos humanos. Esto implica la no-venta de partes del cuerpo humano viviente. No se puede poner un precio a ninguno de los elementos, tejidos, y órganos del cuerpo humano, ni pueden ser una fuente de ganancias... Alentar el control del crecimiento demográfico, tanto global como regional, impulsando una planificación familiar efectiva que muestre respeto por la dignidad humana." (12)
La intervención bioética
El uso de narrativas apocalípticas para describir la actual situación del mundo se ha ido convirtiendo en lugar común cada vez más desde finales del siglo pasado. Si no fuera por las evidencias que nos convencen todos los días de la realidad de las amenazas a las que estamos sometidos, se diría que la repetición de los mismos datos –con leves variaciones– implica el riesgo de insensibilizar la opinión pública a estos temas, que llegan a resultar molestos. Es obligatorio, sin embargo, remitirse a algunos datos para contextualizar cualquier análisis del mundo en que vivimos y de la posibilidad de escapar a la destrucción que parece amenazar a la especie humana.
“...este siglo [XX] nuestro puede muy bien haber sido el más cruel y el más violento de la historia, con sus guerras mundiales y civiles, sus torturas en masa, limpiezas étnicas, genocidios y holocaustos”. (13)
“[El siglo XX] fue una era oscura y salvaje de guerras mundiales, genocidio e ideologías totalitarias, que llegaron peligrosamente a acercarse a la dominación global... [Mientras tanto], la humanidad se las arregló colateralmente para diezmar el medio ambiente natural y agotar los recursos no renovables del planeta, con un abandono displicente.” (14)
Según Peter Drucker, de todas las conmociones que ha vivido el siglo pasado, “son las transformaciones sociales, en la profundidad y por debajo de la superficie del mar atormentado por el huracán, las que han tenido el efecto perdurable, en verdad permanente.” (15)
A las nuevas transformaciones de que esta requerida ahora la humanidad, se oponen viejas y nuevas barreras, brechas insalvables entre persistentes dualidades. La brecha entre la palabra y la acción, entre la teoría y la práctica, es el recurso que ofrece la fundamentación moral (inmoral) para la perpetuación de la otra brecha, que separa a la humanidad en dos bandos: el minoritario que dispone de medios materiales que le garantizan su salud y su bienestar, al lado de las grandes mayorías que en el mundo carecen de lo más elemental. En términos de atención médica y de salud, se hace habitual referirse a la "brecha 10/90", que refleja la realidad de que "menos del 10 % del gasto global en investigación de salud se dedica a enfermedades o trastornos de salud que responden por el 90 % de la carga global de enfermedades". (16)
La bioética quiso ser, por diseño y voluntad de su fundador, medularmente ajena y opuesta al retoricismo vano. A uno de sus principales promotores en España y en el mundo, el Dr. Marcelo Palacios, se le ha escuchado decir:
"Hablo de la Bioética de la conducta asentada en la verdad, la autocrítica, la heterocrítica, la autonomía, la responsabilidad y la dirimencia, la Bioética a pie de obra, faceta diferenciable de la ética de las palabras y discursos que no salen muy allá del solar teórico. Es así, porque el ciudadano entiende la ética pragmática y no tanto la del versado, a veces tan profunda que se torna inaccesible para él." (17)
Los principios éticos enunciados desde la época de la Ilustración francesa, de libertad, igualdad y fraternidad, no han perdido ni su vigencia ni su universalidad, solo que se han quedado –en buena parte– en simples enunciados. Hay que estar de acuerdo con autores que, como Darryl Macer, demuestran que “la bioética existe en todas las sociedades, y en ese sentido es universal” (18) mediante estudios rigurosos que evidencian las coincidencias en las aspiraciones básicas de gentes procedentes de contextos culturales muy diferentes.
La necesaria tolerancia hacia las prácticas consagradas por la tradición, en sociedades que sufren enormes penurias económicas y que se encuentran retenidas en fases primitivas del desarrollo social, no puede conducir a la consagración de diferencias que ofenden a la dignidad humana. El folklore y las tradiciones culturales de grupos étnicos que viven en el mundo no industrializado, han de conservarse cuidadosamente como patrimonio hereditario de quienes acuden a la cita del futuro de la humanidad llevando ese valioso aporte. Al mismo tiempo debe dárseles a esos grupos humanos la oportunidad, cuyo disfrute es aún privilegio de una minoría que monopoliza la cultura científica, de someter sus modos de interrelación humana al escrutinio de la ciencia unificada y holística de la Nueva Ilustración.
La globalización de la bioética, en un mundo que avanza inexorablemente hacia la globalización, es una necesidad muy poco discutible. Los intentos de fundar bioéticas particulares (nacionales, regionales, étnicas) deberán ir a parar, como el postmodernismo, en el baúl de curiosidades de la historia. (19) Ni siquiera vemos en el auge de una bioética para el Sur diferente a la del Norte, una iniciativa feliz que pueda tener perspectivas de viabilidad. De lo que se trata es de aprovechar el momento de una conciencia acrecentada del destino común de toda la humanidad, para fortalecer una bioética global solidaria y humana, respetuosa del medio ambiente y de las diversidades tolerables. Pero una bioética global que siguiera la orientación neoliberal (teóricamente derrotada, pero con la vitalidad que le prestan sus interesados y poderosos promotores), avanzaría hacia una bochornosa anexión de la bioética del Sur por la Bioética del Norte.
La inclusión mecánica de la agenda bioética del Sur en la del Norte implica la relegación de las prioridades del Sur y la hegemonización de las del Norte. Una bioética global parece que se está entendiendo por algunos como una sola de estas dos bioéticas, con lo que el Sur se quedaría sin bioética. Hay una contradicción flagrante y antagónica entre una ética que dimana del poder político y militar hegemónico y otra que se remite a la verdad científica. La bioética debe cumplir su rol movilizador político; se debe hacer énfasis en los rasgos potterianos de la bioética, en su sentido de la priorización de los problemas globales. De este modo podremos avanzar juntos hacia una globalización solidaria de la bioética, que es lo mismo que una “Bioética para Todos”. (20)
La bioética tiene ante sí la tarea de ponerse al día, junto con las ciencias particulares y la filosofía del siglo XXI, con la nueva racionalidad (21) que va surgiendo de los estudios de complejidad – que abarcan desde el reino de lo inorgánico hasta las sociedades humanas actuales – y nos permite orientarnos certeramente dentro de un mundo que avanza inexorablemente hacia la globalización. (22) Cuenta con la ventaja de haberse institucionalizado como disciplina en el momento histórico en que adquiría ímpetu el nuevo paradigma de las ciencias, válido igualmente para la filosofía, que permite al hombre asomarse al universo desde la frontera del conocimiento y apreciar su propio papel creativo y su responsabilidad en el diseño de la sociedad futura. Esta visión esclarecida del universo hace posible ahora caracterizar la pareja dialéctica causa – efecto de un modo muy análogo al que permite la conceptualización cibernética (23) y constituye una aplastante derrota para los “rebeldes sin causa (ni efecto)” del postmodernismo finisecular.
El ser humano, desprovisto del aparato conceptual y las herramientas de acción que le brinda la ciencia en perpetuo desarrollo, se convierte en objeto inerme del azar y de fuerzas que le resultan ajenas y contrarias a su supervivencia y evolución cultural y social.
En particular la parte mayoritaria de la humanidad que vive en condiciones de desventaja económica y social requiere apoderarse de las conquistas científicas para salir de su situación. Los países del llamado Sur, a solas con sus conocimientos tradicionales –y su tradicional ignorancia, no será capaz de salir de su atraso. Hacer que los pueblos teman a la ciencia es alejarlos de su posible salvación.
El condicionamiento político para el logro progresivo de esta meta, nos confirma en el necesario carácter intervencionista, transformador y revolucionador del que se debe dotar a la bioética. De no ser por esto, casi podría tomarse por una curiosidad la inclusión en este trabajo de un fragmento de un discurso político, por su relevancia en cuanto al papel de la educación en la formación de valores éticos y en la socialización solidaria del hombre. El pasado 2 de setiembre, en una graduación de maestros, Fidel Castro dijo lo siguiente:
"...Educar es la palabra clave. José de la Luz y Caballero, gran filósofo cubano de la pedagogía, inscribió ese concepto con letras de oro hace más de siglo y medio cuando señaló que no era lo mismo instruir que educar y que educar podía sólo quien fuera un evangelio vivo. Para mí educar es sembrar valores, inculcar y desarrollar sentimientos, transformar a las criaturas que vienen al mundo con imperativos de la naturaleza, muchas veces contradictorios con las virtudes que más apreciamos, como solidaridad, desprendimiento, valentía, fraternidad y otras. Educar es hacer prevalecer en la especie humana la conciencia por encima de los instintos. A veces lo expreso con frase muy cruda: convertir el animalito en ser humano..." (24)
La hipótesis de la coevolución genético-cultural está encontrando sustentación experimental en estudios de simulación computacional, como el de Herbert Gintis, (25) que define una norma interna como “el patrón de comportamiento impuesto en parte por sanciones internas, tales como la vergüenza, el sentimiento de culpa y la pérdida de autoestima, en oposición a las sanciones puramente externas, tales como la retribución material y el castigo.” (26)
Inesperadamente, el modelo de “elección racional” (rational choice) (27) que sirvió para fundamentar el comportamiento egoísta del hombre, basado en el binomio motivacional de premio y castigo, se está viendo sacudido en sus cimientos por evidencias experimentales procedentes nada menos que de la más moderna ciencia económica. Parecería como si el imperativo seguido por Carlos Marx al dejar a un lado la filosofía de sus años de juventud y dedicarse a su monumental obra de creación de economía política (“El Capital”), fuera la manifestación de una regularidad; como si la búsqueda de los resortes que explican el comportamiento de los seres humanos en sociedad y los modos de transformar esa sociedad, hubiera que buscarlos obligatoriamente en el sustrato económico de la formación social.
El grupo de investigadores liderado por Samuel Bowles en el Instituto de Santa Fe, entre otros, ha explorado desde la última década del siglo pasado, con los instrumentos de la teoría de juegos, temas tan álgidos como la explicación del comportamiento cooperativo del ser humano (28) (al que el autor del presente trabajo prefiere llamar solidaridad), muy emparentado con lo que se ha llamado comportamiento altruista (29) (que se define como “el comportamiento que resulta personalmente costoso y que beneficia a otros” (30) lo cual implica, por ejemplo, el sacrificio propio a favor de la propia descendencia), y las emociones llamadas prosociales (“La vergüenza, el sentimiento de culpa, el orgullo, el pesar, la alegría y otras reacciones viscerales, juegan un papel central para sustentar las relaciones de cooperación, incluyendo las transacciones exitosas en ausencia de contratos completos”). (31)
Cuba, que se encuentra a la misma distancia –tan lejos o tan cerca– como los demás países del mundo de la creación de una teoría bioética global, holística y unificada, es uno de los países periféricos que cubre el área geográfica de Ibero América. La bioética en Ibero América es uno de los bloques temáticos cubiertos por el II Congreso Mundial de Bioética. América Latina y el Caribe son la región del mundo donde la distribución de riquezas alcanza los mayores extremos de desigualdad. Sin embargo, Cuba está haciendo –a pesar de estar sometida al más prolongado y férreo bloqueo– una esforzada contribución a la práctica bioética. Cuba aparece entre los países del mundo con más alto índice de equidad (32) y es aquí donde está el secreto de que, en medio de la pobreza ocasionada por el subdesarrollo económico y agravada por el bloqueo, este país puede exhibir indicadores de salud superiores a los de todos los países del Tercer Mundo, como es una expectativa de vida de 76 años y una tasa de mortalidad infantil inferior a 7.
Otro de los temas cubiertos en este congreso es el del VIH-SIDA, enfermedad de la que no está libre ningún país. Pero, mientras unos pocos –privilegiados y ricos– han logrado reducir la mortalidad con medicamentos de alto e irracional precio, otros muchos –desafortunados y pobres– asisten a una pavorosa reducción de la expectativa de vida de sus pueblos y a un decrecimiento demográfico que los puede llevar a la extinción. La contribución práctica de Cuba a la bioética en este caso, consiste en tener en funcionamiento un Programa de lucha contra esta enfermedad, que garantiza una atención integral a portadores y enfermos, tratamiento gratuito con antirretrovirales a todos los enfermos, centros de atención médica especializada para los casos que lo requieren, y lucha sin descanso por la más plena integración social con todos los derechos y sin discriminaciones. Gracias a eso, existe en Cuba la prevalencia más baja de las Américas y una de las más bajas del mundo, con el 0.03 % de la población entre 15 y 49 años de edad.
Gracias a la enérgica y resuelta intervención bioética que ha hecho de la justicia y la solidaridad valores supremos en la sociedad cubana, no ha sido necesario esperar por donaciones ni apelar a la filantropía para alcanzar estos resultados. La impaciencia de los más de 36 millones de enfermos de SIDA en el mundo, unida con el millón de seres humanos que mueren anualmente de malaria, 3 millones de muertos por la tuberculosis y 35,000 niños que mueren cada día por enfermedades evitables, fueron el motor de la propuesta de Cuba en la Sesión Extraordinaria de la Asamblea General de la ONU del mes de junio del año pasado, dedicada a tratar este tema:
“Que los medicamentos contra el SIDA y otros también vitales y masivamente necesarios, no estén protegidos por patentes... Que la deuda externa de los países más pobres sea cancelada, sin perder un minuto, sin condicionamientos ni imposiciones.” (33)
Pero además, Cuba ha ofrecido a los países más pobres y con mayor presencia de esta enfermedad, médicos y personal de salud, profesores para crear 20 facultades de Medicina, pedagogos, sicólogos y demás personal especializado para colaborar en campañas de prevención de la enfermedad, equipos y kits diagnósticos para el trabajo de prevención y tratamiento antirretroviral para 30,000 pacientes. Esto es, en una palabra, una demostración práctica de intervención bioética en el plano internacional, que no requiere esperar por la necesaria teorización en la que estamos obligados a trabajar a marcha forzada.
Mientras tanto, a los bioeticistas nos queda seguir el consejo de Diego Gracia, de “hacer como Sócrates, salir a la plaza del pueblo...” (34) a razonar con la gente sobre temas de bioética. Y con Umberto Eco pensar que:
“Dios está donde no hay barullo. Esta máxima también es válida para quien no cree en Dios, pero cree que en alguna parte hay una Verdad que descubrir... En el trasiego del mundo de hoy, los lugares del silencio siguen siendo las universidades... Nosotros, la gente de universidad, estamos llamados a librar sin armas letales una infinita batalla por el progreso del saber y de la compasión humana.” (35)

Bibliografía
(Las citas bibliográficas de los originales en inglés fueron traducidas por el autor)
1. Homenaje póstumo a Javier Gafo, en sesión especial del Comité Cubano de Bioética y la Academia de Ciencias de Cuba, con la participación del Prof. José Ramón Amor Pan. La Habana, Cuba. Octubre 3, 20001.
2. Potter V.R. Deep and Global Bioethics For a Livable Third Millennium. The Scientist, Vol: 12, #1, p. 9, January 5, 1998 (cursivas añadidas - DPH).
3. Van Rensselaer Potter. "Bioethics: Bridge to the Future". Englewood Cliffs, NJ: Prentice-Hall (1971).
4. Snow, C. P. 1965 [1962]. The Two Cultures and A Second Look. New York: Cambridge University Press.
5. 2.16-17 Gn.
6. 3.21-22 Gn. Énfasis mío – DPH.
7. J. R. Searle. The Future of Philosophy. Artículo para los “Millenium Proceedings” de la Royal Society. Abril de 2001.
8. Ibidem.
9. "El Llamado de Johannesburgo. Llamado global de los científicos a los que dirigen el mundo." Instituto Mundial de la Ciencia. Setiembre 3, 2002.
10. Ochenta y ocho miembros del Instituto Mundial de la Ciencia (WIS), 27 de los cuales son laureados con el Premio Nobel.
11. Ver 9.
12. Ibidem.
13. Peter F. Drucker. “The Age of Social Transformation”. The Atlantic Monthly, Vol. 274, No. 5, p. 53-80. Nov. 1994.
14. Edward O. Wilson. “The Bottleneck”. Scientific American. February 24, 2002.
15. Peter F. Drucker. Op. cit.
16. "The 10/90 Report on Health Research 2001-2002", p. IX. Global Forum for Health Research 2000. Geneva. Switzerland.
17. Marcelo Palacios. "La Bioética en el Siglo XXI". Conferencia en el I Congreso Iberoamericano de Bioética. Febrero 6-9, 2001. Caracas. Venezuela. (Cursivas del autor, subrayado mío - D.P.H.)
18. Darryl Macer. “Bioethics”. Biotechnology and Development Monitor, No. 32, p. 2-5. 1997.
19. E. O. Wilson. The Atlantic Monthly; March 1998; Back From Chaos; Volume 281, No. 3; pages 41 - 62.
20. Daniel Piedra Herrera. "Bioética para todos en el Siglo XXI". Ponencia en el I Congreso Mundial de Bioética. Gijón. 2001.
21. “La humanidad está en un punto de viraje, en el comienzo de una nueva racionalidad en la cual ya la ciencia no se identifica más con la certidumbre y la probabilidad con la ignorancia.” Ilya Prigogine, en: “The End of Certainty. Time, Chaos, and the New Laws of Nature”, p. 7. The Free Press. New York, 1997. Énfasis mío – D.P.H.
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24. Fidel Castro Ruz. “¡Sean, como educadores, el evangelio vivo con que soñó José de la Luz y Caballero!”. Discurso pronunciado en el acto de graduación de las Escuelas Emergentes de Maestros de la Enseñanza Primaria. Teatro "Karl Marx", Ciudad de La Habana, 2 de septiembre del 2002.
25. H. Gintis. “The Hitchhiker’s Guide to Altruism: Gene-Culture Coevolution, and the Internalization of Norms”. Journal of Theoretical Biology, forthcoming.
26. Ibidem.
27. “Todas la filosofías que han perdurado, han reconocido que la naturaleza humana es una mezcla compleja de la persecución del auto-interés, con la capacidad de adquirir normas internas de comportamiento y de seguir reglas forzosas, cuando éstas se comprenden y perciben como legítimas. Nuestra herencia evolutiva nos ha provisto de los circuitos para que procuremos limitadamente el beneficio propio, al mismo tiempo que somos capaces de aprender la heurística y normas tales como la reciprocidad, que nos ayudan a ejercer con éxito la acción colectiva.” Elinor Ostrom en: “A Behavioral Approach to the Rational Choice Theory of Collective Action: Presidential Address, American Political Science Association, 1997”. American Political Science Review, 92(1):1-22, 1998.
28. Samuel Bowles et al. “Homo reciprocans: A Research Initiative on the Origins, Dimensions, and Policy Implications of Reciprocal Fairness”. June 7, 1997. Working Papers. Santa Fe Institute.
29. H. Gintis et al. “Explaining Altruistic Behavior in Humans”. July 14, 2002. Working Papers. Santa Fe Institute.
30. Ibidem.
31. S. Bowles y H. Gintis. “Prosocial Emotions”. Presentación en el taller La Economía como un Sistema Complejo en Evolución III. Instituto de Santa Fe. Noviembre 16-18, 2001.
32. Revista Daedalus. Winter 2202
33. Carlos Lage. Discurso en la Sesión Extraordinaria de la Asamblea General de la ONU destinada a deliberar sobre el problema del SIDA. Diario Granma, junio 26 de 2001.
34. Diego Gracia. Entrevista en El Diario Médico, Madrid, 21 de octubre de 1999.
35. Umberto Eco. “La fuerza de la cultura podrá evitar el choque de civilizaciones.” El País, 12 de junio de 2002.

 

 

La educación en bioética en la Universidad médica cubana

Lic. María del Carmen Amaro Cano Profesora Auxiliar de Salud Pública e Historia de la Medicina. Presidenta de la Cátedra de Bioética. Directora del Centro de Estudios Humanísticos para las Ciencias Médicas. Facultad de Ciencias Médicas "General Calixto García". Secretaria de la Sociedad Cubana de Historia de la Medicina. Miembro de la Comisión Nacional de Ética Médica.

INTRODUCCIÓN

La función docente de la Universidad es contribuir a formar recursos humanos competentes que respalden las demandas sociales en 3 grandes vertientes: cultural para fortalecer la identidad nacional; política, que implica entrenar a los educandos en la participación democrática en la vida política y económica para impulsar el logro de un mundo productivo y el aporte científico para el desarrollo.
Pero los docentes y educandos de la Universidad son, ante todo, seres humanos que viven en sociedad. Ellos también están enfrentados al peligro mediato del desastre ecológico para la supervivencia del hombre, que afecta a la humanidad en su conjunto, sin distinción alguna. Sin embargo, la inmediatez de los estragos que produce a millones de seres, que forman parte de esa gran humanidad, la injusticia social -con su enorme secuela de pobreza, hambre y enfermedades- no es una amenaza sino una terrible realidad.
La única alternativa posible, como forma de contribuir al salvamento de la civilización del tercer milenio, radica en el enfrentamiento de la ética de la solidaridad social a la ética del egoísmo. Esta necesidad de búsqueda de una alternativa justa e inteligente, que permita la salvación no sólo de las actuales generaciones sino de las venideras, entraña otra: la de formación de valores en todos los niveles de la educación, muy especialmente en el nivel universitario, por la proximidad de sus egresados a fungir como actores sociales de cambio en sus respectivas realidades socio-históricas.
En el caso de la Universidad médica cubana, aunque no se confronta este problema al nivel social, no quiere decir que no existan casos aislados de egoísmo y poco comprometimiento social, por lo que resulta necesario el traer nuevamente, al nivel protagónico los aspectos educativos, particularmente los relativos a la moral profesional. A partir de la reforma de la enseñanza, ocurrida en los primeros años del triunfo de la Revolución cubana, en que el diseño curricular sufrió ostensibles modificaciones y se atemperó a las nuevas necesidades surgidas como consecuencia del impetuoso avance de la ciencia y la técnica, especialmente en el campo de las ciencias biomédicas, las disciplinas humanísticas descendieron en la escala de valores. En tal sentido se argumentó que la nueva ética social impregnaba con tanta fuerza el curriculum invisible de los futuros egresados de las ciencias médicas, que no era necesario utilizar tiempo curricular para su enseñanza.
La historia de la especialidad se dejó de impartir a mediados de los años de 1960 por razones puramente coyunturales. Entonces se pensaba que en cada disciplina y asignatura se podían impartir los conocimientos básicos indispensables acerca de su desarrollo histórico, cuestión que sólo fue asumida por un insignificante número de asignaturas. Ello motivó que a mediados de los años de 1980 se retomara su enseñanza, pero en forma extracurricular.
Al inicio del siglo XXI la Universidad médica cubana se puede sentir orgullosa del nivel de preparación científico-técnica de sus egresados. El método fundamental de enseñanza, basado en la solución de problemas y la educación en el trabajo como forma fundamental de organización de la enseñanza, que utiliza como escenarios docentes los propios del Sistema Nacional de Salud en los cuales se desempeñan los profesionales graduados, hace que los estudiantes se puedan apropiar del sistema de conocimientos y habilidades necesarios y suficientes para lograr la competencia y el desempeño como futuros profesionales, tal y como se ha evidenciado a lo largo de estos últimos cuarenta años.
Sin embargo, la insuficiente preparación humanística se observa hoy día hasta en algunos de los actuales profesores, formados en las circunstancias antes descritas. ¿Y qué ha ocurrido en estos tiempos en que el mundo se debate ante una verdadera crisis de valores, de la que Cuba no ha podido aislarse totalmente? ¿Están preparados los profesores para teorizar, debatir y reflexionar con los estudiantes cada uno de los candentes problemas éticos que plantea el actual desarrollo tecnológico en el campo de la salud? ¿Está asegurada la formación humanística de los futuros egresados de ciencias médicas? ¿Cómo podría influir la educación médica en la atención de salud, a partir de la modelación de hombres virtuosos capaces de entregarse a la comunidad que atienden? Estos y otros aspectos del problema constituyen la esencia del tema que está actualmente sometido a debate.

ANTECEDENTES DE LA EDUCACIÓN EN BIOÉTICA EN CUBA

En la Cuba pre-revolucionaria la ética de los profesionales de la salud era la resultante de la lucha establecida entre el sistema de valores imperante en la sociedad capitalista subdesarrollada y la acción social de los sectores más avanzados y progresistas en el campo de las ideas y del pensamiento. En el currículo de Medicina, Enfermería, Estomatología y otras ciencias afines era la ética una asignatura obligatoria.
La docencia de la nueva etapa social, iniciada con la Revolución incluía la enseñanza de la Ética médica como asignatura independiente; pero luego fue anexada a la disciplina Medicina legal, lo que evidencia el carácter más bien deontológico que asumió a partir de ese momento. Esto se veía compensado por el curriculum invisible, donde los nuevos paradigmas de la práctica médica tienen como sus defensores y abanderados precisamente a los más paradigmáticos profesionales de las ciencias médicas, que se distinguen además por lo avanzado en sus ideas filosóficas y políticas, coincidentes con el proyecto social de la Revolución cubana.
Pero del avance de la ciencia y la técnica en el mundo entero y de su invasión en el campo de las ciencias médicas no se encuentra excluida Cuba. Y para los nuevos conflictos morales relacionados con la aplicación de estos avances tecnológicos, los profesionales de la salud cubanos no se encontraban suficientemente preparados ni actualizados, ni en el campo teórico ni en la aplicación práctica de la ética clínica.
Fue en este contexto que en 1993 tuvo lugar la visita a La Habana de un grupo de profesores de la Universidad de Wisconsin y se convocó un Primer Taller sobre Bioética al que fueron invitados medio centenar de especialistas de las ciencias de la salud y de otras ciencias afines. En este Primer Taller los principales ponentes fueron los invitados norteamericanos, aunque Cuba participó en cuatro Mesas Redondas sobre temas relacionados con los problemas éticos del principio y del final de la vida, así como también con la educación ética de los futuros profesionales de la salud. Aquí se evidenció la fuerte tendencia principalista de la escuela norteamericana, que no encontró tan buena acogida en el contexto socio-cultural cubano.

DESARROLLO DEL TRABAJO DE LOS DOCENTES DE CIENCIAS MÉDICAS EN EL CAMPO DE LA BIOÉTICA

El trabajo desarrollado por un grupo de especialistas cubanos, algunos de ellos desde la década de 1960, la mayoría desde los años de 1970 y otro pequeño grupo a partir de los de 1980 en la disciplina “ética médica”, permitió la revisión bibliográfica de los problemas más recientes incorporados al debate ético, no sólo en Norteamérica, sino también en Europa y, fundamentalmente, en América Latina y el Caribe.
El estudio de la fundamentación teórica de la Bioética por un grupo de filósofos vinculados a la docencia médica, la visita de especialistas españoles procedentes de Galicia de y Madrid, así como de la Fundación Mainetti de Argentina y la organización de algunos debates en el seno de Seminarios y Talleres coauspiciados por la OPS, abrieron nuevos espacios de reflexión y debate sobre los principales problemas éticos y bioéticos que afectan la salud humana y el actuar de los profesionales de la salud.
La constitución de la primera Cátedra de Bioética en el país en la Facultad de Ciencias Médicas “General Calixto García”, inició todo un movimiento acerca de la necesidad de impartir cursos post-grado a los docentes; introducir módulos de Bioética en los Diplomados y Maestrías que cursaban los jóvenes profesionales; realizar eventos científicos con la participación de profesores, profesionales no docentes y estudiantes de pre-grado; utilizar el espacio de la propia Cátedra para realizar sesiones científicas con debates sobre temas puntuales; estimular la investigación y publicación en Bioética, perfeccionar el trabajo de las Comisiones de Ética Médica; pero, sobre todo, de estimular con fuerza la constitución de nuevas Cátedras de Bioética en todas las Facultades del país.
La necesidad de propiciar un espacio de reflexión y debate teórico sobre los principales aspectos conceptuales-metodológicos de la disciplina; desarrollar la indispensable flexibilidad, y sobre todo la prudencia, en los análisis de cada caso concreto; de promover el profundo respeto hacia las opiniones ajenas, sin menoscabo del derecho a defender las propias; de contribuir al rescate de los mejores valores del hombre, que es el valor fundamental de la sociedad, se colocó en el centro de la acción.

Como parte de todo el proceso de preparación para enfrentar los nuevos retos en el campo de la docencia post-graduada, en el asesoramiento a los colectivos docentes de las distintas asignaturas de pre-grado y a los comités de ética de la Investigación que comenzaban a constituirse, se formaron los primeros Master en Bioética, bajo la orientación del Programa Regional de Bioética de la OPS.
La Bioética comenzó pues a redimensionarse. Las reticencias ortodoxas que se expresaron al inicio en algunos círculos académicos y gerenciales de salud, no pudieron impedir el triunfo de la flexibilidad dialéctica de la filosofía marxista, en la que no logran espacio permanente “las verdades absolutas” ni las doctrinas u opiniones “indeclinables”. Así se ha logrado un espacio de reflexión y debate, no sólo referidos a aspectos puntuales tales como los dilemas bioéticos del principio y del final de la vida o de las políticas de salud, sino también los concernientes a aspectos relacionados con la calidad de vida de las personas que el profesional atiende, con la competencia y desempeño de la profesión, con la calidad continua de la atención médica y de la actividad gerencial en salud y, de manera especial, con la principal investigación clínica, epidemiológica y social que se realiza en la atención primaria de salud, a saber, el diagnóstico o análisis de la situación de salud.

LAS RELACIONES EDUCADOR-EDUCANDO

Las relaciones del educador con los educandos no se pueden fundar, de una parte, en el escamoteo de la verdad concerniente a la índole política de la educación y, de otra parte, en la afirmación de la mentira de su neutralidad. No puede haber camino más ético, más verdaderamente democrático, que revelar a los educandos por qué luchamos y darles a mismo tiempo pruebas concretas e irrefutables de que respetamos sus preferencias aunque sean opuestas a las nuestras. En la lucha de las ideas, los profesores cubanos no pretendemos vencer con la imposición sino con los argumentos que esclarezcan dudas, fundamenten posiciones de principios, persuadan a los equivocados y refuercen las convicciones de los que comparten nuestros sentimientos de identidad nacional y profesional.
No habría ejercicio ético democrático, si la educación pretendiera ser neutra, si hiciera caso omiso de la existencia de ideologías, políticas y clases sociales. La práctica educativa, la formación de los jóvenes implica enseñarles a realizar opciones y tomar decisiones en favor de un sueño y contra otro; en favor de las ideas y acciones de unos y en contra de las ideas y acciones de otros. Y es precisamente el imperativo de desarrollar en los educandos esas habilidades intelectuales el que exige la eticidad del educador y le impone la coherencia entre el discurso y la práctica.
Es inaceptable el discurso bien articulado que defiende el derecho a ser diferente y una práctica que niega ese derecho. Esta es la razón por la cual, en la educación médica cubana, se exige de los educadores que sean ejemplo de respeto al otro, con todas sus posibles diferencias incluidas. Esa es la herencia de la ética martiana, de la que la sociedad cubana actual se erige en depositaria.
A la Universidad médica ingresan los jóvenes, sólo con el aval de las notas obtenidas en su examen de ingreso y el índice acumulado en la enseñanza precedente. No importa de quién sea hijo, cuál sea el color de su piel, sus creencias religiosas, los ingresos económicos o la militancia política propia o de su familia.

LOS GRANDES PROBLEMAS SOCIALES DEL DESARROLLO CIENTÍFICO EN EL CAMPO DE LAS CIENCIAS MÉDICAS, EN SUS DIFERENTES NIVELES ATENCIONALES, EN LA INVESTIGACIÓN Y, ESPECIALMENTE, EN SU EDUCACIÓN

La Universidad médica tiene el encargo social de formar profesionales de la salud capaces de promover salud y prevenir, curar y rehabilitar, más que a las enfermedades, a los enfermos quienes, en tanto que personas, no sólo se enferman en el plano biológico –tal y como por cientos de años después de la Antigüedad se había creído- sino por el desequilibrio producido, tanto con predominio en esa esfera como en la psicológica o social, o en todas al mismo tiempo. Esos profesionales formados deben ser capaces de actuar, con suficiente competencia y desempeño, en los distintos campos de la salud pública: la asistencia, la docencia y la investigación. ¿Cómo se podría pensar en elevar la calidad de la asistencia si no se procura elevar la calidad de la docencia para egresar profesionales cada vez más competentes y con un desempeño que no se evalúe sólo por las habilidades intelectuales y prácticas relacionadas con el aspecto tecnológico, sino también moral?.
Por otra parte, ¿cómo se podría pensar en elevar la calidad de la asistencia si no se enseña también a los futuros profesionales a investigar mediante la aplicación del método científico, si realmente se pretende ofrecer soluciones bien fundamentadas científicamente a los problemas relacionados con el diagnóstico, la profilaxis y la terapéutica de muchas de las enfermedades que no están aun suficientemente estudiadas?.
En la elaboración de la ciencia y en la investigación, el hombre que la practica queda interpelado por dos preceptos o normas que están perfectamente articulados entre sí y que tienen que guiar su conducta y conformar su conciencia: buscar la verdad y hacerlo siempre para el servicio del hombre y nunca contra él.
Por otra parte, el hecho de que seamos técnicamente capaces de producir determinados resultados, no es motivo suficiente para no tener que seguir preguntándonos por la legitimidad de ellos, puesto que está claro que si un nuevo método de investigación perjudicara al hombre no se podría considerar lícito, aunque aumentara nuestro conocimiento. La ciencia no es el valor más alto al cual deben subordinarse todos los demás.
Aun el derecho liberal burgués admite ciertos límites a la libertad individual y ese límite está establecido en los aspectos que el contrato social transfiere al Estado, como son todos aquellas cuestiones relacionadas con la no-maleficencia y la justicia o ética de mínimos. Toda esta concepción explica la forma en que está redactada la Declaración Universal de los Derechos Humanos, aprobada por la ONU, el 10 de diciembre de 1948.
En relación con todo lo anterior, los mayores logros alcanzados en la educación en Bioética en Cuba están referidos a la inclusión de módulos de ética y bioética en los tres años de la residencia en Medicina Familiar, en los que se tratan todas estas importantes cuestiones; así como en el compromiso de no editar ningún Diplomado ni Maestría que no tengan incluido su módulo respectivo de Ética y Bioética.
No se puede dejar de mencionar el trabajo sistemático que se viene realizando por las Cátedras de la provincia de Holguín, en la región oriental del país, la de la provincia de Sancti Spíritus, en la región central, y las del Instituto de Ciencias Básicas y Preclínicas “Victoria de Girón” y la Facultad de Ciencias Médicas “General Calixto García”, estas últimas en la capital, que incluyen en su quehacer la impartición de Diplomados de Ética y Bioética.
Por último, la creación en 1999 del Centro de Estudios Humanísticos para las Ciencias Médicas en la Universidad Médica de La Habana, con sus 10 áreas temáticas, entre las que figura la Bioética, y que cuenta con la participación activa de los docentes que integran la Cátedra de Bioética, de la Facultad “General Calixto García”, es otra de las aspiraciones más significativas que se ha logrado materializar en tiempos tan difíciles como los de la crisis económica a la que se ha visto enfrentada la sociedad cubana. Ello que demuestra, una vez más, la relativa independencia de la conciencia social con respecto a las condiciones materiales de existencia, dentro de las propias relaciones dialécticas entre ambas categorías.
En el momento actual se están introduciendo temas de Bioética en diferentes disciplinas y asignaturas curriculares y se imparten cursos libres y en tiempo electivo en las diferentes carreras de la salud. Ya comienzan a aparecer temas de Bioética en las Jornadas Científicas Estudiantiles e incluso en las publicaciones de su propia revista. Pero todo esto no basta.

CONSIDERACIONES FINALES

Sin dudas, existe la imperiosa necesidad de incluir el estudio de la Bioética en el currículo explícito de las carreras de ciencias médicas e identificarla como una de las necesidades de aprendizaje más urgentes de los docentes y profesionales de la salud. Pero es cierto que solo el aprendizaje de los aspectos teóricos no va a permitir el cambio necesario, mucho menos con la celeridad que imponen las actuales circunstancias. Si lo aprendido no es también aprehendido, no se verá reflejado en los imprescindibles cambios conductuales.

Si fuera necesario operacionalizar esta última variable, sería preciso destacar lo siguiente:
• El proceso salud-enfermedad debe ser interiorizado por la Universidad como lo que es, un proceso social. Por tanto, hay que apoyar al Sistema Nacional de Salud en su estrategia de privilegiar la salud colectiva sobre la individual. Consecuentemente, el proceso docente se tiene que basar en la identificación y búsqueda de respuestas a esos procesos reales, con la participación consciente de la propia población involucrada.
• La educación médica tiene que expresar su compromiso con la realidad sanitaria del país. Por ello, en la solución de los problemas de salud deben estar la fuente, el contenido, los métodos y la práctica de los procesos de enseñanza-aprendizaje, como expresión de la ética de las profesiones sanitarias.
• La atención primaria constituye el principal espacio para la formación y desarrollo de los recursos humanos en salud y para asumir el mayor desafío ético de nuestros tiempos: preparar al personal de salud en los conceptos de la Medicina Social y Preventiva, con un alto compromiso social.

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Los consejos que Esculapio apartó

Dr. Miguel González-Carbajal Pascual Especialista de 2do grado en Gastroenterología Profesor Auxiliar de Gastroenterología Investigador Auxiliar Jefe del Departamento de Endoscopia del Instituto Cubano de Gastroenterología email:carbajal@infomed.sld.cu

Quieres ser médico?, Hijo mío:
Es una hermosa profesión que debería ser practicada, no solamente por personas sabias y profesionalmente bien calificadas sino, además, honradas y decentes.
Ante todo, piensa en cómo puedes servir antes de pensar en la forma en que crees que debes ser retribuido; reflexiona primero en lo que puedes ser capaz de hacer por los demás y por tu patria, antes de calcular lo que has valorado como tus merecimientos y en lo que los demás y tu patria pueden hacer por ti.
Si eliges la medicina como profesión, no lo hagas pensando en que puede ser un oficio remunerativo y destierra de tu mente todo afán de lucro. Nunca saques ventajas de tu profesión ni admitas un solo centavo por un servicio prestado. Aunque el símbolo de la Medicina y el de Hermes Mercurio, que sirve de divisa a los comerciantes, tienen cierto parecido, el médico no debe nunca confundirse y pensar en ejercer su profesión con el espíritu de un mercader. Por el solo hecho de haber nacido, todo hombre tiene derecho al trabajo, la alimentación, la educación y a la atención médica. Cobrar por la prestación de un derecho propio e inalienable, equivale a delinquir. La Historia señala claramente la dirección en la cual se mueve la Medicina para que todos sus recursos científicos puedan ponerse al servicio de la comunidad, ya que el ejercicio privado de la misma no puede satisfacer las necesidades de la salud del pueblo en nación alguna, por muy rica y poderosa que ésta sea.
No obstante, los enfermos, o sus familiares sinceramente agradecidos y sin ánimo de especular con su obsequio u obtener privilegios a cambio, te asediarán tenazmente. Ten la sabiduría de aprender a reconocer cuándo tu reluctancia ofende y cuándo tu aquiescencia no te compromete. Aprende a identificar el momento en que tu beneplácito deja impoluta tu probidad; pero recuerda que el más largo de los caminos comienza siempre por el primer paso.
Mantén absoluta reserva con relación al diagnóstico de todos los pacientes y a cualquier revelación que puedan hacerte durante el ejercicio de tu profesión. Los enfermos y familiares descorrerán, poco a poco, los cerrojos que guardan con celo en el fondo de sus almas los más recónditos y a veces ominosos secretos, que quedarán ante ti tan visibles como un libro abierto; accederán a que traspases los límites ignotos de lo arcano y ello te permitirá desvelar lo que para el resto de los hombres será siempre un enigma.
Si eres llamado al hogar de algún enfermo para prestar tus servicios no es levantado para el espíritu husmear en los detalles de sus interioridades. Cumple tu misión con sencillez y con amor y cuando hayas terminado, da por finalizado tu trabajo y despídete con elegancia, porque el cotilleo es una cualidad que solo germina saludablemente en las almas ruines y miserables.
Aleja la lujuria de tu práctica profesional, ya que no es posible congeniar la lascivia con el espíritu científico y los instintos libidinosos son ajenos a la práctica de la medicina. Hay tiempo y lugar para cada cosa.
Debes saber que para llegar al diagnóstico correcto de una enfermedad deberás relacionarte estrechamente con tus pacientes que, por lo regular, son personas no avezadas en la ciencia médica, que suelen conceder singular importancia a los aspectos menos relevantes de su padecimiento y es mediante tu interrogatorio que deberás apartar la hojarasca superflua, para descubrir los indicios que te lleven a esclarecer las causas del mal que los aqueja. Esta es una tarea que requiere infinita paciencia.
Al igual que el interrogatorio, el examen físico es un aspecto primordial del método clínico; por ello deberás inclinarte sobre cuerpos enfermos, a veces, pustulosos y respirar muy de cerca el aliento malsano de aquellos que han sido presa de alguna dolencia; palpar su piel sudorosa por la fiebre y, en ocasiones, examinar detenidamente su orina y su excremento —su cantidad, color, consistencia, y hasta su olor—, porque eso puede proporcionar datos de valor inapreciable para establecer un buen diagnóstico.
Ten en cuenta que tu vida, si quieres ser un buen médico, tendrás que consagrarla por entero al ejercicio de tu profesión, que atenderás pacientes con graves enfermedades que requieren atención urgentemente y ello puede ocurrir a cualquier hora del día o de la noche. Por otra parte, con no poca frecuencia, en tus horas de asueto, durante las que te solazas con familiares y amigos, serás interpelado por pacientes que debido a la gran preocupación que les concita su dolencia, te interrumpirán y reclamarán tu consejo o tu atención. Adviérteles que una buena consulta médica requiere un local apropiado y privacidad y así los educarás; pero reflexiona, cuando enfrentes estas situaciones, en la confianza que están depositando en ti y en las horas que, quizás, deben invertir para llegar hasta un lugar donde un médico los atienda y en otras tantas de espera antes de obtener una consulta. Piensa que, probablemente, ellos están a su vez abrumados por múltiples ocupaciones laborales y familiares. Sé benévolo por muy inapropiada y fuera de contexto que sea la solicitud de que has sido objeto y cuando se te agote la paciencia... ¡busca más paciencia! En todo caso, una respuesta brusca o descompuesta, o simplemente un rechazo, te acarrearía aún más dificultades y conflictos que una conducta indulgente. Por añadidura, podrían injustamente valorarte por ese mal momento, en vez de por el resto de las horas que consagras con devoción a la atención de tus enfermos. No olvides, que las heridas que inflinge la palabra suelen tener una cicatrización lenta y difícil.
No es de extrañar, que debas atender a enfermos de diferente rango y posición social, gentes de muy disímil profesión. Unos quizás sean ricos y poderosos, otros pobres y desvalidos; unos afamados intelectuales, altos dirigentes, ministros o tal vez, incluso, jefes de estado —ya que es de esperar que la jerarquía de algunos de tus pacientes aumente en la misma medida que la fama que te proporcionará tus conocimientos—; otros serán simples empleados, obreros, campesinos o amas de casa. Cuando se trate de la atención de un enfermo, para ti no debe haber diferencia entre aquel que ostente el bastón de un mariscal y los que empuñen el machete del campesino o el martillo del obrero. Préstales a todos la misma atención. Ésa, solícita y gentil que te gustaría que te dispensaran a ti mismo o a alguno de tus familiares más allegados, indefenso y enfermo. Unos podrán tener mayores oportunidades que los otros de disfrutar de los placeres materiales que la vida consigue proporcionar y tendrán la facultad de pagar tus auxilios no solo en dinero, sino con favores, que a veces no se pueden comprar ni con toda la riqueza de la tierra. Lo que a todos les está vedado adquirir es el poder de sobreponerse a lo efímero de la existencia, pues a cada uno de ellos la vida les depara, como destino final, una muerte segura. Atiéndelos a todos como lo que son, seres humanos que te necesitan, y que ante la sola idea de una cita con la parca, tiemblan de pavor como cervatillos acorralados. El valor, atributo de unos pocos, radica precisamente en ser más fuerte que este sentimiento de desamparo que es ineluctable.
Recuerda que nuestra especie, la humana, es única e indivisible en nuestro planeta —lo que constituye uno de sus rasgos distintivos con relación a otras especies—; que genómicamente no existen diferencias entre unos hombres y otros, sino solo en el color de su piel o de sus ojos, la textura de su pelo y algunas de las facciones de sus rostros; que no importa que no se parezcan físicamente a ti; que hombre es más que blanco, más que negro, que mulato, que indio, que amarillo o asiático, más que europeo, más que americano, más que árabe, más que hindú; que cuando se dice, hombre, ya se han dicho todos los derechos y que uno de los más elementales, es el derecho a la atención médica.
Ten en cuenta, que tu sola presencia sirve de aliento a un paciente y a sus familiares, y que una palabra o simplemente un gesto tuyo, puede marcar la insalvable diferencia entre la esperanza y la desolación. Tu poder no tiene comparación con ningún otro sobre la faz de la tierra.
Vístete bien y preséntate en todos los lugares correctamente ataviado y muy limpio; la higiene, que previene las enfermedades, comienza por la limpieza. Nunca atiendas a un paciente sin una bata blanca, apropiada para la ocasión, que es un símbolo que te otorga un respeto sobrecogedor, capaz de inspirar más deferencia que el cetro o la corona de un monarca. Por eso, las pacientes, a veces jóvenes y atractivas, se desvestirán ante una simple indicación tuya durante una consulta, y los boxeadores, los luchadores de sumo, los generales entorchados con condecoraciones adquiridas a golpes de heroísmo, y hasta los más feroces criminales a quienes todos temen, consentirán en que introduciendo tu dedo en sus orificios anales, procedas a realizarles sendos tactos rectales.
Mientras sinsontes y ruiseñores inundan alegremente con sus trinos la mañana, hay cuervos de cuyos picos abiertos y voraces se desprenden desmañados graznidos. Al mismo tiempo que tú te desvelas, combates las enfermedades y alivias el sufrimiento; otros, cuyo poder es inmenso, dedican sus energías a urdir tramas macabras para despojar a otros hombres de su libertad o sus riquezas, para arrebatarles su independencia y los recursos naturales que posee su nación, y así, incrementar su poder. Como resultado de estas aviesas ambiciones se producen constantemente guerras en las que mueren o quedan mutiladas y psíquicamente afectadas de manera permanente miles de personas, muchas de ellas, en la flor de la juventud. Junto a las guerras se suceden, como jinetes apocalípticos, el hambre, la miseria y las enfermedades por lo que, finalmente, nadie queda a salvo, ya sean ancianos, mujeres o niños, que aportan más víctimas que los soldados regulares, porque las bombas —aunque sean de aquellas que hoy en día, no sin una buena dosis de sarcasmo, llaman “inteligentes”— y otras armas de destrucción masiva no respetan ni la edad, ni el sexo.
Si ejerces la medicina en un país imperial, tus gobernantes te llamarán algún día, para que emplees tu sabiduría en atenuar el sufrimiento de aquellos que ellos mismos han condenado. Ten presente entonces, con entera claridad, que hay por un lado, guerras justas y necesarias que son las que emprenden los pueblos en aras de su liberación e independencia o en defensa de su soberanía cuando son agredidos; y, por otro, guerras injustas que son las que desatan los oligarcas, en su soberbia, para acrecentar su poder y su riqueza; estos hombres poseídos por demoníacas ambiciones, son los que se convierten en fieras; muy injusto, errático y poco enaltecedor sería culpar al género humano en su conjunto por las acciones de un puñado de criminales.
Puedes tener la absoluta seguridad de que no será siempre así, que la maldad, el egoísmo y las guerras serán desterradas para siempre de la faz de la tierra y ten presente que la creencia de que un mundo mejor es posible, no es una quimera irrelevante y absurda, sino un futuro cierto.
Los pueblos liberados odian la guerra y necesitan la paz para construir su futuro y desarrollarse. La alborada del día en que la humanidad actuando de consuno se pondrá de pie, emplazará a todos los imperios y derribará a los tiranos presuntuosos y ávidos de recursos naturales que no les pertenecen, que son los que generan las guerras porque se benefician con ellas; está más próxima en el tiempo que remota, y así, el mundo será mejor. Mientras tanto, sirve honrosamente a tu patria y no vendas tus conocimientos a los enemigos de tu pueblo.
Recuerda la valentía de Hipócrates en el momento en que levantó su estatura moral más que nunca: cuándo Artajerjes, rey de los Persas y enemigo jurado de los griegos, le ofreció colosales riquezas para traicionar a su país y ayudar a controlar una epidemia que diezmaba el ejército persa; el genial médico griego se negó resueltamente y dejó muy claro que jamás brindaría ayuda a los enemigos de su patria. Con esto se inmortalizó eternamente ya que el profesional de la salud que comete la iniquidad de vender sus servicios al enemigo o traiciona a su patria movido por la obtención de riquezas y bienes materiales, aunque tenga una calificación académica y científica elevadísima, es un hombre ruin, bajo e indigno. Ten siempre vivas en tu memoria las palabras de Louis Pasteur cuando exclamó: "Me sentiría como un desertor si yo buscara lejos de mi país una situación material mejor que la que éste puede ofrecerme". "Si la ciencia no tiene patria, el hombre de ciencia sí la tiene".
Presta tus servicios en una guerra justa de liberación —cuando ese momento llegue— y enfréntate con decisión, cueste lo que cueste, a los que pretendan involucrarte en una guerra injusta para oprimir y ultrajar a otros pueblos.
No debes ignorar que se practica con encono singular el proyecto de la dominación del mundo por parte de un imperio implacable y egoísta, que no vacila en emplear los más refinados métodos de divulgación y propaganda para conseguirlo. Estos procedimientos van orientados a ofrecer a los moradores de nuestro planeta una imagen simpática y hábilmente condimentada de los valores culturales y éticos de los conquistadores, que a veces llega a deslumbrar a los incautos, en cuyas mentes germinan las fantasías más descabelladas; son gentes que tienen la costumbre de mirar solo la epidermis, es decir, las apariencias exteriores de las cosas y no han aprendido a ver el corazón, que es como decir el centro, lo más profundo de ellas, que es lo que revela su esencia verdadera. Con sutiles embustes, se burlan de los ideales de progreso y de mejoramiento humano de grupos sociales con precario nivel de vida, algunos de cuyos integrantes no tienen la ilustración suficiente y la conciencia necesaria para darse cuenta de que son objeto de la más vulgar manipulación de sus ilusiones y que su falta de perspicacia y de visión, asociadas a sus ansias de ver satisfechos sus anhelos, pueden traer —en el marco de un contexto determinado— trágicas consecuencias a su propio pueblo. Ese imperio omnipresente y avasallador es, sin dudas, el peor enemigo de la humanidad.
Pero, ten en cuenta sobre toda otra consideración, que si llegas a alcanzar tus aspiraciones de hacerte médico y perteneces a un país pequeño, los valores de una nación no se miden por las dimensiones de sus fronteras, sino por la belleza de los ideales que defiende. Una nación desbordante de dignidad y de orgullo es siempre una nación grande. Sin embargo, el juicio de ciertos sectores de opinión de nuestro planeta es, lamentablemente, manipulado de manera inmisericorde por grandes empresas transnacionales que se valen de los medios masivos de difusión como la radio, la televisión, el cine y la prensa escrita, en un esfuerzo mediático colosal, no solo de desinformación, sino también, de colonización cultural. Por eso, tus acciones pueden ser tergiversadas por algunos y cuando honrada y desinteresadamente acudas a un país lejano a ofrecer tus servicios, prolongar la vida y aliviar el dolor de otros seres humanos, corres el riesgo de ser acusado en el mejor de los casos de mercenario, cuando no de agente de inteligencia o de asesino sin escrúpulos o conspirador contra la seguridad del país en que te encuentres. Nada de eso debe doblegar tu voluntad ni entibiar tu ánimo. Por el contrario, piensa que las blasfemias que un enemigo artero y despiadado lanza, como dardos envenenados contra ti, constituyen los mejores elogios y el más seguro aval de que tu actuación es adecuada y loable.
Tu conducta debe ser siempre pulcra y recta, ya que los demás verán en ti el conjunto de valores que tu pueblo defiende y representa.
La medicina es la más pura y humana de las profesiones, por lo que nunca te arrepentirás de haberla elegido. Gracias a ella, jamás estarás solo, recibirás a caudales por ti nunca sospechados el agradecimiento de tus pacientes y el reconocimiento social de toda una nación junto a la infinita solidaridad de tu pueblo, ¡y será tanta!... que pensarás no merecerla, porque tu virtud descansará, únicamente, en haber cumplido con tu deber.
Si estás hecho con la fibra de los patriotas verdaderos...
Si prefieres compartir las ideas de los grandes humanistas de todos los tiempos...
Si eliges sufrir parte de las angustias y desvelos de los grandes fundadores de pueblos...
Si aceptas la necesidad de luchar contra las, arpías, grayas y demonios terrenales, más tangibles que aquellos que se alojan en los avernos…
Si ansías conocer al hombre y penetrar en toda la grandeza de su destino...
Si compartes el ideal de que un mundo mejor es posible…
Si persistes en tu decisión de aprender con fervor y seriedad la medicina y te encuentras con fuerzas para hacerle frente a todas las adversidades...
Solo entonces, ¡Hazte médico, Hijo Mío!
Te deseo una larga vida... Si lograras conservarte limpio y puro hasta el fin de tus días, tu obra no será entonces, grande. ¡Será sublime!

El mensaje de Esculapio. 3ra Parte

Dr. Miguel González-Carbajal Pascual Especialista de 2do grado en Gastroenterología Profesor Auxiliar de Gastroenterología Investigador Auxiliar Jefe del Departamento de Endoscopia del Instituto Cubano de Gastroenterología email:carbajal@infomed.sld.cu

De cómo el animoso escriba se convierte en licántropo y muerde fianlmente ...el polvo de la derrota

[DBOLD]De las aventuras en que posteriormente participó el intrépido jinete que reclamó con orgullo los fueros sobre tan execrable Código de Falsos Valores y sus Aforismos, de las que no salió bien parado luego de negar a Esculapio la pleitesía merecida por su condición de Dios; datos estos provenientes de muy buena tinta y que fueron guardados como preciado tesoro por los bardos errantes.

Cuentan variadas sagas que el Rudo Maestrante solo detuvo su galope meteórico y triunfal, hasta ese minuto con casi todos los vientos a favor y muchos en contra, cuando divisó las costas de una diminuta Isla iluminada por un resplandor, del que no se tenía antecedentes, que hacía brillar sus selvas y sus ríos con matices increíbles, en donde sus habitantes daban muestras de buena convivencia y ninguno de ellos vivía a expensas del esfuerzo, el sudor y el trabajo de los otros; no se rendía culto fetichista a la propiedad privada ni al dinero; las riquezas generadas por el trabajo eran distribuidas equitativamente y no se veía un mendigo en las calles; en esa verde Ínsula tropical los discípulos de Esculapio no exigían onerosas contribuciones por la prestación de sus servicios sino que los ofrendaban gratuitamente a otros hombres haciendo honor a la dignidad humana, lo que no era óbice para que las ciencias médicas hubieran alcanzado un desarrollo inconmensurable y su prestigio creciera sin cesar; la educación también era dispensada sin requerimiento pecuniario y todos la disfrutaban, sabían leer y escribir, muchos tenían títulos de bachiller o habían cursado estudios universitarios, y eran muy cultos; sus pobladores ocupaban uno de los primeros lugares del mundo en los deportes, haciendo gala a lo más sano de la cultura Helenística que dio origen, como a muchas otras, a la propia leyenda de Esculapio; el tráfico y el consumo de drogas eran flagelos prácticamente desconocidos entre sus pobladores; los niños jugaban felices en los parques sin que los padres sintieran temor a que fueran secuestrados; los prejuicios raciales solo pervivían en las mentes de unos pocos que no se jactaban de ellos sino que, por el contrario, solo escapaban de sus labios, de vez en cuando y en sordina en ambientes muy íntimos, donde cuando eso ocurría eran severamente amonestados por sus hijos y nietos, que no creían siquiera en la existencia de razas, por lo que algunos se habían enlazado en matrimonio con parejas con rasgos étnicos muy disímiles a los suyos —vale decir, muchachas de ojos celestes y blonda cabellera, aventajadas herederas de la Venus de Milo, contraían nupcias impenitentemente con jóvenes con la piel más oscura que el ébano y pelo apretadamente ensortijado, que una jerga, ya para entonces desechada, calificara definitivamente como “negros cocotintos”—; y por si esto fuera poco, los lugareños prestaban muy poca atención a un modelo, ampliamente difundido entre las naciones por entonces, que consistía en escoger el Jefe de Gobierno mediante unas elecciones llamadas democráticas —desdichada palabra de la que casi todo el mundo se ha permitido abusar, desde la Antigua Grecia, en que pomposamente la empleaban al tiempo que existía una mayoría abrumadora de esclavos que no tenían acceso a sus bondades, hasta hoy— pero en las que los intereses económicos y los fraudes más flagrantes decidían realmente quién sería el vencedor; en dicha Isla perdida en el mar, finalmente, los habitantes habían decidido vender caras sus vidas en defensa de su independencia que les permitía disfrutar de tales beneficios y otros muchos. Ante esta tremebunda visión el ardiente Centauro quedó mudo por el espanto; pero luego de sobreponerse a su pasmo, comenzó a apoderarse de él una sensación extraña y avasalladora, reluctante al raciocinio, que hizo que desde el cuello hasta la base de su cola siguiendo todo el trayecto de la espina dorsal los pelos se le erizaran como los de un dogo furioso listo a lanzarse sobre su presa; mas encontró fuerzas para dominarse y decidió emprender un largo viaje, no solo en el espacio sino también en el tiempo —facultad de la que había sido dotado desde su creación—, hasta entrevistarse con el oráculo de Delfos a quien inquirió en forma abrupta y descompuesta sobre los medios más seguros y eficaces para arrasar con el repulsivo Islote y con todos su habitantes, que con su forma de vida y su sola presencia eran un desafío ante sus propias barbas y una tentación a sus más primarios instintos de exterminio; el oráculo, tan descortésmente interpelado, tuvo la paciencia suficiente para contenerse —afortunadamente para él— y le respondió después de reflexionar durante un largo rato:
—No conozco precedentes de una cosa parecida; en nuestra época por una serie razones muy largas de explicar no existen condiciones materiales objetivas para que tal cosa ocurra, y por tanto, tampoco subjetivas; deberán pasar cientos de años para que el hombre esté preparado para empeñarse en un proyecto como ése; vivimos en contextos históricos muy diferentes. ¡Es por eso que no te puedo ayudar!
Su interlocutor, estupefacto y sobre todo indignado, pero muy lejos de sentir desaliento abandonó el templo como una exhalación por lo que a punto estuvo de provocar que la túnica del augur, después de flotar breve pero agitadamente como una banderola, se le desprendiera del cuerpo mostrando su mustia desnudez. Fue directamente a su recámara y consultó una edición de lujo de los Aforismos de los que blasonaba ser autor; los leyó y releyó varias veces, estudiándolos como si tuviera un examen estatal de pase de grado con un tribunal conformado por enemigos personales a quienes acabara de ofender peligrosamente; llevó a cabo todas las cábalas que consideró menester hacer; libró una guerra económica —que sus ideólogos se empecinaban en denominar “embargo”, pero que era mucho más que un bloqueo comercial, o sea, una verdadera conflagración financiera, mercantil y cambiaria—, política e ideológica, en la que no se observó jamás asomo de indulgencia, contra la pequeña Isla y no tuvo reparos en derrochar las más brutales y abyectas formas de terrosismo de estado; distribuyó subrepticiamente entre todos los jefes insulares que se prestaron al ardid el código de sus Aforismos, que algunos —si bien es cierto que en casos excepcionales— venían aplicando para sacar provecho en su propio beneficio, pero no todo lo sistemáticamente que hubiera sido necesario; con estas medidas pretendía ir ablandando el terreno, creando malestar e irritación entre los insulares, agriar sus ánimos y encaminar subversivamente su inconformidad contra el gobierno legítimamente constituido en aquel pedazo de tierra rodeado de agua por todas partes. No obstante, no le quedó otro remedio que acostumbrarse a la idea de que todas las disposiciones encaminadas a desestabilizar el orden en aquella sociedad, para él desconocida y que nunca pudo comprender ni siquiera medianamente —con más exactitud: de la que nunca entendió nada—, ejercían un efecto contraproducente y los moradores de la Isla, lejos de soliviantarse, se unían cada vez más a sus adalides y con mayor empuje lo repudiaban a él. Finalmente, no tuvo otra alternativa que asistir decepcionado al fracaso de todas sus tentativas, lo que lo llevó de la mano al peor de todos sus errores, que fue menospreciar la capacidad de los naturales de aquel pedazo de tierra —desliz muy común entre los que eligen el oficio de conquistadores, del que no escapó tampoco el sin par navegante Fernando de Magallanes al cometerlo, por curiosa coincidencia, también en una isla remota pero pérdida en otras aguas, lo que dio al traste con su flamante carrera... y con su vida—; que a fin de cuentas no eran más que un montón de depravados que se negaban con tozudez a usar cuello y corbata, alegando como excusa el calor inclemente que reinaba por todas partes; hablaban alto y se pasaban el día haciendo chistes que nunca lograba entender, ni lo hacían reír; pasaban largas horas cantando y bailando incomprensibles ritmos al compás de tambores y guitarras con sinuosos movimientos de cintura —que nunca pudo siquiera acercarse a remedar porque cada intentona terminaba en una parodia grotesca— sobre todo los de sus hembras cuyas caderas, en comparación con las de las damas de su país, eran como montañas y cuyos sólidos muslos encendían sus más lúbricas pasiones sin que encontrara fuerzas para atemperarse.
Así las cosas, desesperado, y muy atribulado por sus múltiples ocupaciones decidió olvidarlas todas y asistir —por una sola vez durante ese día— a una grata cena familiar, en una noche serena en la que la luz de la luna traspasaba sutilmente los vastos ventanales y el cielo tachonado de estrellas se veía reflejado en el tintineante cristal de las copas, contentivas de un suave y cálido vino borgoñés —que como siempre que paladeaba alguna bebida espirituosa, aunque fuera el más bronco whisky de Kentucky, despertaba sus ansias por consumir con apremio la botella hasta la última gota—, en compañía de su esposa —los derechos al oficio de súcubo debieran ser vindicados por el movimiento feminista— y de su irritable perro gruñidor de negro pelaje —que desde que no era más que un travieso cachorro sin necesidad de pretexto alguno se excitaba, y cuyos ladridos estallaban en los oídos su dueño, desde donde actuaban como alucinógenos estimulantes de un cerebro ya un tanto deteriorado por las constantes libaciones. Se entregaba pues, aquel hombre piadoso a la enaltecedora tarea de cultivar su vida conyugal; pero esa noche el noble can se extremó, sus agudos ladridos se sucedían sin cesar; no conocía el descanso ¡La casa parecía el infierno! ¡La morada del Diablo era! En ese instante, la dulce y amante esposa, que tuvo un comportamiento heroico, notó —por un peculiar fulgor que vislumbró en los ojos de su cónyuge— que en su marido se comenzaba a operar, una vez más —al parecer por el efecto cruzado del proceder del perro, la luz de la luna y los vapores del vino—, la ya habitual metamorfosis de la licantropía y en un esfuerzo por evitarlo lanzó con voz gutural una imprecación, que hubiera herido los tímpanos de un presidiario, para reprender al perro por su desconsiderada conducta, al tiempo que se levantó presurosa para deslizar los cortinajes de la amplia ventana y cerrar el paso al tenue resplandor lunar, comprobando con horror que se habían atascado las correderas —aunque de inmediato reaccionó lanzando otro taco y amenazó con la norteamericana costumbre de imponer una demanda a los vendedores de las cortinas. Contra la avidez de su consorte por el vino, sabía por desagradables experiencias anteriores que era mejor no hacer nada, so pena de empeorar las cosas —es decir, atraer sobre su frágil anatomía una andanada de coscorrones, si bien es cierto que preventivos, propinados por alguien que en tales trances desplegaba la fuerza de un demente. Era a pesar de todo, demasiado tarde; excesivos factores se habían reunido para incidir sobre su marido y lamentablemente, a pesar de las ingentes energías tan tempranamente empleadas, lo único que logró la mujer fue que el can trocara los ladridos por espeluznantes aullidos que más parecían de lobo que, es fácil adivinar, ocasionaban un efecto todavía peor sobre su amo, que la ventana siguiera filtrando los plateados rayos de la luna y que el ofuscado esposo continuara empinando el codo. Con creciente rapidez su infortunado consorte comenzó, estremecido, primero a jadear muy corto y repetidamente en búsqueda desesperada de una transpiración que su piel ya le impedía al poblarse aceleradamente de un hirsuto pelaje grisáceo, de sus encías sangrantes brotaron pavorosos colmillos y su boca, que como el resto de las facciones de su rostro había adquirido unas inconfundibles facciones lupinas, comenzó a segregar espumarajos inconteniblemente. Siguiendo las instrucciones que había recibido de los más renombrados expertos en leyendas del medioevo —aunque las ideas de su esposo, que ella compartía sin ningún remilgo, casi siempre correspondían con las que estuvieron en boga en períodos mucho más remotos de la historia—, se puso a buen recaudo para evitar una dentellada, preventiva —como puede apreciarse aquel hombre precavido tenía una especial inclinación por anticiparse a sus rivales en el momento de atacar y por eso había educado a sus alumnos, deslumbrados por su sapiencia, en aquello de: “él que da primero da dos veces”; siguiendo esta estrategia infalible cuándo se daban cuenta que el supuesto adversario ni siquiera había pensado en agredirlos era siempre demasiado tarde y ya los muertos, de ambas partes, se contaban por miles—, que asestada inopinadamente por cónyuge tan vehementemente enamorado, podría ser el vehículo para contaminarla de la incurable enfermedad; tomó rauda el teléfono celular y llamó a la Agencia Periférica de los Trabajos Sucios, de la que su suegro había sido director durante cierto tiempo —después de haber sido despachado a una peligrosa misión en los confines del mundo— con cuyos principales directivos, buenos muchachos todos, la familia mantenía estrechos nexos de amistad —sólo comparables a los que sostenía con Bin Laden, los principales cabecillas de Al Kaheda, Posada Carriles y sus secuaces, así como con casi todos los terroristas del planeta—, para que enviaran los agentes que solían encargarse de asunto tan espinoso, que como podrán suponer había sido catalogado como “Top Secret” para salvaguardar la seguridad nacional de tan egregio país, lo que quería decir que sólo sería revelado a la luz pública después de transcurrir ciento noventa años, tres meses y dos días. Una vez hecho esto, se sentó a esperar con impaciencia, pero tuvo tiempo para lamentarse de nuevo amargamente, por el flagrante desafuero que cometían los siempre exigentes y empedernidamente curiosos comentaristas al criticar a su marido sin piedad por las prolongadas, pero obligadas, ausencias a la oficina elíptica, que es el ombligo del universo entero, y que malintencionadamente pretendían confundir con un desmedido apego al reposo y a las vacaciones ¿Cómo presentarse en esa facha; jadeando, peludo y babeante, ante el resto del mundo? Y con unos largos colmillos que aunque lobunos semejaban los de un vampiro ¡Capaces de causar espanto hasta a los niños, acostumbrados y curtidos en el regocijo ante las más truculentas escenas de violencia que continuamente eran exhibidas en el cine y la televisión!
Eso fue todo y, además, suficiente. Después de la llegada de los agentes pretorianos que había solicitado urgentemente su media naranja y previas las pertinentes consultas a Dios y a todos los Santos —no a sus autorizados representantes en la tierra— con los que el licántropo creía comunicarse con holgura —dando por descontado el perfecto dominio del inglés por parte de Dios y los Predestinados—; y no sin antes acusar —damos por descontado que sin ninguna prueba, como aficionaba hacer— a todos los habitantes sin excepción de aquella Isla, de terroristas, proxenetas, pederastas y prostitutas; vióse el buen padre de familia obligado por todas las circunstancias y sobre todo por su nunca bien ponderado espíritu pacifista a tomar una decisión cesárea, que después resultó trágica: ¡Atacar inmediatamente!
De más está decir que los repetidos intentos de destruir la Isla en cuestión —que en el lenguaje propio del espionaje que empleaban los experimentados agresores pronto pasó a llamarse entre otras denominaciones “oscuro rincón”, para evitar incómodas filtraciones de cierto tipo de información que no debía ser conocida por los enemigos insulares— fueron infructuosos. Durante el ataque final que, por cierto, también resultó ser el último —porque como consecuencia del mismo los frustrados conquistadores nunca más intentaron una aventura parecida en ninguna otra parte del Orbe—, los poderosos invasores, encabezados por el irascible Centauro Negro, fueron descalabrados para siempre, aunque a un alto precio por parte de la pequeña Ínsula que se bañó en sangre. Esa vez, el colérico Jinete de los Atuendos Negros casi logra empequeñecer ante la historia las hazañas del capitán araña, ya que primero se colocó al frente de sus tropas y luego ordenó una carga formidable y feroz. Sin embargo, no tardó en darse cuenta que la aguerrida resistencia era no solo férrea sino indoblegable, porque en ella participaban todos los insulares: obreros, campesinos, estudiantes, intelectuales, artistas, médicos, científicos y hasta los trabajadores por cuenta propia; en fin, hombres, mujeres y niños, que habían percibido hacía tiempo las funestas consecuencias de una derrota dadas las acusadas cualidades vengativas de sus enemigos y habían cerrado filas en torno a su indiscutido Jefe que se encontraba en primera fila como había prometido, con la disposición de morir en defensa de su patria y de la libertad que habían conquistado. Mientras tanto, pudo atisbar como sus huestes imperiales —constituidas, por cierto, por hombres de carne y hueso obligados por él a participar en dicho lance— caían barridos como moscas, uno tras otro, por el fuego de los defensores; exorcismo éste que no por sencillo resultó menos convincente, y que el Supremo Espíritu del Mal no pudo superar puesto que lo obligó, en valiente decisión propia de un guerrero mítico, a volver grupas con la celeridad de un rayo. Mucho después, cuando le dieron tiempo, en angustiosa búsqueda de asueto para su conciencia y gracias a la oportuna intervención de uno de sus asesores —ya que él había tenido desde muy niño la inusual clarividencia de no perder nunca su tiempo en la lectura—, el ejemplar caballero sugirió a todos que leyeran los clásicos, pero hizo especial hincapié en la Ilíada y no se cansaba de invocar a Héctor al enfrentarse a Aquiles ante las puertas de Troya, cuya inmortal iniciativa estuvo a punto de arrebatar a su rival el merecido mote de “el de los pies ligeros”; desconsolado se lamentaba de cómo él en permanente comunicación con Dios, tanto en la guerra como en la paz, pero sobre todo en los momentos en que se decidía por la primera, —en los que le resultaba más cómodo compartir responsabilidades— no había contado con la oportuna participación de algún Dios que lo obligara a detenerse en su fuga, que ocasionó un impacto terrible en todos sus conciudadanos —lo que le hubiera importado un bledo, si no fuera porque esa condición los hacía votantes y potenciales electores suyos, pero se reconfortó pensando que nunca era demasiado tarde para aplicar un diestro pucherazo a su rival y arrebatarle fraudulentamente las elecciones como ya había hecho memorablemente una vez. Lo cierto es que, a pesar de todos sus desvelos y de que empleó a fondo sus inagotables recursos mediáticos, no consiguió refrenar la maledicencia humana que sigue haciendo eco a los relatos de los soldados que estaban más cerca del héroe de esta leyenda —ya en esos dramáticos momentos más fuliginoso que oscuro—, que pudieron notar su rostro lívido, perlado de finas gotas de sudor, observaron cómo se deshizo subrepticiamente de su enorme tridente —de cuya posesión unos instantes antes se ufanaba— escondiéndolo con cautela y rapidez detrás de unos matorrales, y cómo su cola en punta de flecha tropezaba nerviosamente contra la montura tratando de imitar la posición adoptada por la del brioso rocín sobre el que aquel Titán iba a horcajadas, el cual llevaba el rabo entre las patas y corría —como alma que lleva al Diablo— con las orejas bien echadas hacia atrás para que no ofrecieran resistencia al viento, con el objeto de escabullirse de los ríspidos insulares, mientras implantaba un nuevo record de velocidad que hizo época en el Derby de Epsom Downs.
Por esa fecha las noticias provenientes del Medio Oriente eran cada vez más desesperanzadoras; el mundo árabe por una vez siquiera había logrado unirse en una causa común que denominaron Guerra Santa —no solo por la genialidad de sus más connotados dirigentes sino producto de las inteligentes acciones de sus enemigos encabezados por el Señor de los Dominios Negros que hicieron que no les quedara otra alternativa—; los actos terroristas no se multiplicaron sino que crecieron en una proporción geométrica que daba miedo y se esparcieron por todo el Orbe; los ataúdes con los cadáveres de jóvenes, convertidos en soldados de la potencia agresora de casi todos los países, atestaban los aviones de Fuerza Aérea; el poderoso Centauro Negro se enriquecía obscenamente, al igual que los miembros de su camarilla; la economía de su país, antes la más sólida de la Tierra, solo podía compararse con la salud de un enfermo de cáncer terminal y el pueblo de ese gran nación, desconcertado, se empobrecía cada vez más, mientras el sufrimiento de las madres y los familiares de las víctimas del inútil holocausto invadían lentamente la sociedad, hacía mucho tiempo ya ahíta de tanta sangre y lágrimas sin poder vislumbrar la luz al final del oscuro laberinto en que había sido embaucada por el licántropo.
Esas fueron sólo algunas de las consecuencias de la reelección de un astro de la política, de tan especial estirpe, como presidente de la nación más poderosa del mundo.
Con la esperanza de que tan triste destino no se haga nunca realidad termina esta historia del valeroso Esculapio de quién el Centauro Negro se mofó y de la dulce Ínsula, cuyos hijos a un precio terrible, pusieron coto a los tropelías del augusto Picador.

Epílogo

Si por ese raro apego a elucubrar las conjeturas más inverosímiles, alguien se sintiera injustamente inculpado u ofendido ante la lectura de esta mal hilvanada leyenda; le pido encarecidamente que me crea, cuando le digo que:
“Cualquier parecido entre la realidad y lo que aquí se ha relatado es pura coincidencia.”
De no ser bastante con la proclamación de mi inocencia, antes de desasirme de mi pluma, trocaré mi habitual timidez en un envite de coraje al invocar un célebre pasaje del Nuevo Testamento. Ello pudiera atajar —como el símbolo de la cruz a los demonios y vampiros— el furor de Erinias que algún que otro impulsivo caballero —acicateado por el reclamo de su meridiana hidalguía— pudiera desplegar contra mí, olvidando —gracias a un malentendido— las más elementales reglas de educación y el derecho que me asiste a brindar culto a la libre expresión del pensamiento. En dicho fragmento se mencionan las célebres palabras de Jesús ante Pilato:

“Pilato le preguntó:
—¿Eres tú el Rey de los Judíos?
—Tú lo has dicho —contestó Jesús.
Entonces Pilato dijo a los jefes de los sacerdotes y a la gente:
—No encuentro en este hombre razón para condenarlo.”

San Lucas 23.

Una vez cumplido este supremo deber, cruzo sobre el índice de mi mano el dedo medio —no confundir esta seña con otra, carente de urbanidad, pero que también suele esgrimirse con frecuencia—, como señal de que encomiendo mi hado a mejor suerte mientras aguardo, palpitante de zozobra, por el desarrollo de los acontecimientos venideros.

Bibliografía
1.Abascal Vera H. El Juramento Hipocrático. Crónica –Quirúrgica de La Habana. Octubre, 58(10) 1938: p. 385-87
2.Dickens C. Historia de Dos Ciudades. EDIMAT Libros. Ediciones y distribuciones Mateos. Impreso en España. Obras Selectas. Libro Primero. Devuelto a la Vida. Capítulo I. La época p. 385-87

 

El Mensaje de Esculapio. 2 da Parte

Dr. Miguel González-Carbajal Pascual Especialista de 2do grado en Gastroenterología Profesor Auxiliar de Gastroenterología Investigador Auxiliar Jefe del Departamento de Endoscopia del Instituto Cubano de Gastroenterología email:carbajal@infomed.sld.cu

Del Código de falsos valores y sus aforismos

En donde Esculapio desvela ante su hijo el deleznable código de falsos valores contentivo de 35 Aforismos que son el más depurado producto del cerebro de un villano redomado que conducirían a cualquiera una atronadora catástrofe y que son una guía infalible para inmortalizarle como el más estupendo fracasado que recuerda la historia de la medicina.

1. Aforismo
Cuando vayas a referirte a una obra, propósito, tarea, trabajo, logro, etc., nunca digas "nosotros lo hicimos". Di siempre, "yo lo hice". Lo primero eres tú, lo segundo también y lo tercero lo mismo. Después, vienen tu comunidad, tus compañeros, tus enfermos y todo lo demás. Por tanto, cultiva incansablemente tu verdadero "yo": el narcisista, el orgulloso, que se irrita, que siente envidia, rencor, rehúsa reconocer sus errores, es duro para con los demás y está siempre desbordantemente satisfecho de sí mismo.
2. Aforismo
Eres tan grande, que estás mucho más allá de las opiniones vulgares; mucho más allá del juicio del populacho; mucho más allá del tiempo y del espacio; mucho más allá del bien y del mal. ¡Eres el espíritu de Dios redivivo! ¡Qué feliz eres! ¿De qué ego singular te dotó la naturaleza, que te permite disfrutar a plenitud del bienestar y la placidez que deben producir estas convicciones? Así, rotundamente, sin siquiera… ¡La sombra de una duda!
3. Aforismo
Talante de experto, cínico, desafiante. Actitud como de "Cuando tú ibas, yo volvía", aunque no sepas un ápice de lo que se está hablando. Nunca harás el ridículo, recuerda que los demás son más tontos que tú.
4. Aforismo
Tus principales ayudantes deben ser unos mediocres de pocas luces, aunque su moralidad sea controvertida. Te estarán siempre agradecidos porque saben que sin ti no son nadie y, si los apartas de tu lado les será casi imposible abrirse paso. Por tanto, te corresponderán con una servidumbre incondicional. ¡Se atreverán, incluso, a intentar tapar el sol con un dedo con tal de no rozarte con la pluma de un cisne o contrariarte! En dos palabras ¡No se detendrán ante nada! Reacios a toda crítica, ascenderán con estrépito por las ríspidas laderas de lo inaudito y del descrédito ¡Ellos saben, mejor que nadie, que no tienen méritos propios!
5. Aforismo
Confía solo en dos o tres elegidos de tu confianza, que sean, si es posible, los que acumulen menos méritos —lo ideal es que sean, además, un poco tontos— y haz que todos sepan quiénes son. Así, tendrás siempre irritados a todos tus posibles colaboradores, sobre todo a aquellos con cualidades valiosas — ¡Oh, imperdonable estigma!— a quienes deberías apreciar y enaltecer —pero que son al mismo tiempo tus rivales porque el brillo de su competencia podría deslucirte algún día. Por otra parte, con este modo de comportarte añadirás desasosiego a estos virtuales enemigos tuyos, lo que contribuirá a que anden siempre escasos de tiempo que ofrecer a su intelecto para producir ideas elevadas y sanas; ello favorecerá la difusión ante el mundo de la imagen —fabricada por ti— de su ineptitud e incapacidad de generar algo encomiable.
6. Aforismo
Cualquiera de tus preferidos podrá, en el momento oportuno, ser llamado al campo de batalla y de ser necesario sacrificado también. El holocausto siempre está justificado si es en tu propio beneficio. En estos casos debes convocar todo tu poder, porque de seguro tu lacayo se mostrará muy reacio si es que consigue olfatear el peligro; sin embargo, de salir bien el asunto, esa marioneta tuya irá cobrando intrepidez y volviéndose poco a poco más incómoda a tus enemigos hasta hacerse —como una piedra en el zapato—, insoportable.
7. Aforismo
No es necesario que compruebes nada por ti mismo. Guíate siempre por lo que te dicen tus dos o tres cercanos colaboradores. De ese modo, si te equivocas, nunca será contra ninguno de los protegidos que conforman tu propia elite. Recuerda que ante los elegidos de la fortuna los demás son basura, detritus, parias, escoria, subhomínidos.
8. Aforismo
Engolando la voz, como aquella de barítono de vodevil, puedes llenar cualquier laguna del conocimiento. Recuerda que todos los que te rodean son unos imbéciles y tus dotes histriónicas, sencillamente irresistibles.
9. Aforismo
Tu boca nunca debe estar cerrada, parecerías estúpido. Es mejor abrirla, aunque digas sandeces. Así, por lo menos, esparces dudas.
10. Aforismo
La virtud, el desinterés y el sacrificio deben cultivarse con paciencia y dedicación, descártalos; el amor es muy complicado, aléjalo. Por el contrario, el odio, el miedo y el egoísmo solo deben despertarse; por añadidura, son apremiantes y simples ¡Pon en ello todo tu empeño!... pronto verás los resultados.
11. Aforismo
El pedo, si es extranjero, aunque hieda, huele a incienso de los templos. Si es norteamericano ¡Ah, en ese caso, se convierte en la más fina de las fragancias! Recuerda con nostalgia las fascinantes películas norteamericanas ¡Tan taquilleras! que llenan tus ratos de ocio con su eterno canto a la frivolidad; su desenfrenado culto a la violencia; sus monumentales disparates históricos; sus majestuosas mansiones; los potentes motores made in USA de sus automóviles, que se deslizan raudos mientras tragan cuantiosas cantidades de gasolina sin plomo; las llamativas mujeres de belleza blonda infrecuentes en tu país, pero que deben convertirse en tu arquetipo; su altura cinematográfica, en la abrumadora mayoría de los casos, tan penosa y rasante como un artilugio volador de principios de siglo; y a Superman, el héroe colosal e individualista que resume la escala de los valores marchitos que se quiere imponer a todas las sociedades y que dispone de las mejores recetas para dar solución a los problemas del mundo. ¿El Dólar? ¡Oh, talismán todopoderoso ante el que nadie osa resistirse y te abrirá todas las puertas! Ante él te prosternarás, tremolante de lascivia, en posición de plegaria mahometana y tu saliva encrespada en espuma se derramará sobre tu rostro, que quedará manchado en tu deshonra por el lodo de los caminos.
12. Aforismo
Salomón es considerado sabio porque escuchaba ambas partes en litigio y dictaminaba con equidad en sus juicios. Tú no lo necesitas, tus semejantes —sin saber lo que hacían— te han elevado a la categoría de Gurú. Tus decisiones pueden ser Faraónicas, no requieren precedentes, sobre todo si alguien ha tenido la osadía de inculpar a alguno de tus allegados. Esta facultad debe ser aprovechada para vengarte de cualquier acción de alguno de tus rivales que puedas interpretar como un oprobio ¡No tengas miramientos con nadie! A esos imprudentes que se atreven a desafiar tú poder: ¡Pásales la cuenta! Desata las más atroces vendettas para que tu castigo caiga sobre ellos como una maldición infernal. Prívalos brutalmente de todo lo que anhelan, aunque se lo merezcan. El ostracismo decretado contra esos infames deberá revestir todas los aspectos morales y materiales —aplica todas las medidas y aún otras que puedan brotar de tu imaginación, siempre feraz en estas lides— por incomprensible que sea a los ojos de todos, e injustificado. Ése es el momento de ser inclemente, despiadado, inflexible y cruel. Desfogar tus inconfesables instintos te transportará hasta un delicioso éxtasis, inolvidable y orgásmico. Será, por añadidura, productivo por partida doble: habrá más oportunidades para tus incondicionales a quienes patrocinas y el miedo que impondrá tu nombre será sobrecogedor. ¡Por estas acciones te recordarán y te abrirás paso a la posteridad —que tanto has anhelado!
13. Aforismo
Los prejuicios te colocan más lejos de la verdad que la ignorancia; pero has demostrado ser incapaz de renunciar a ellos, y a tus querencias. Odia el comunismo con todas tus fuerzas. Que tu odio sea irracional, visceral, malsano. El único comunista bueno es el que se ha convertido en cadáver. Que aquellos que no comparten recalcitrantemente tus ideas reaccionarias y rancias sepan que mientras tú estés ahí, no levantarán cabeza; ¡Desprestígialos! ¡Denígralos! ¡Utiliza sin reparos la difamación y la calumnia! ¡Mancilla su reputación! No discrimines, durante la sucia faena de enlodar su prestigio, entre su comportamiento en el trabajo y los aspectos más íntimos de su vida privada. No tengas reparos de ante quién profieres tus invectivas, ya que cuanto más alta sea la personalidad que te presta oídos, mayor puede ser el daño que ocasionas; en casos así, nunca se peca de exuberancia. ¡No desmayes hasta quebrantarlos! Hazles comprender, finalmente… ¡Que deben abandonar toda esperanza! ¡Qué sobre sus almas quede estampado para siempre —como la marca del hierro candente sobre la piel del rebaño— el fuego de tus obsesiones! Esos actos son los que perpetuarán tu memoria; esas maneras te harán inmortal.
14. Aforismo
Si alguno de estos incómodos personajes con sinceras ideas progresistas y revolucionarias hace algo bueno, se desempeña con éxito y, sobre todo si concibe y realiza algo que tú mismo no estás capacitado para consumar —aunque con ello ponga en alto el nombre de tu congregación—, tienes un solo camino: minimizarlo, asumir el asunto sin que se note tu reticencia, aparentar que no lo tomas en cuenta y tratar que todos lo olviden. En esos casos lo mejor es el silencio, echarle tierra al asunto. ¡No olvides que tu misión en la vida es acaparar todos los lauros! En algún momento se cansará de no ser reconocido; perderá el ánimo —con lo que habrá perdido todo— y quedará anulado. ¡Qué aprenda sobre su propio pellejo —no solo por lo que oyó contar a familiares y amigos que vivieron en la primera mitad del siglo pasado— lo que es el anticomunismo! Por actuar así —más que por tu ciencia—, no te olvidarán y encontrarás tu añorado lugar en la eternidad.
15. Aforismo
Es más fácil pecar, que sacrificarse y hacer bien las cosas. Defiende todo lo mal hecho. Frente a cualquier reconvención —sea justificada o no— se levanta una fuerza inexplicable y oscura que proviene de lo más profundo del alma, es reluctante al raciocinio y está dotada de un intenso ímpetu, solo comparable a la gratitud que despierta el manto protector de un alegato defensor hecho a tiempo y con astucia. Ante esas situaciones, es casi infalible asumir un papel de encubrimiento paternal —después de todo ¡Maldita sea si te importa el destino de tu comunidad y la educación de sus miembros en los principios de la honradez y la dedicación!—; los que cometan un error te estarán agradecidos y tú serás su "líder", recibirás aplausos y te bendecirán; ganarás prosélitos y popularidad lo que equivale a acrecentar tu poder. Mientras tanto, aquellos que claman por la cordura y el orden parecerán ogros furiosos ¡Discípulos aventajados de Polifemo! ante el resto de sus camaradas, que indefectiblemente los repelerán.
16. Aforismo
Para enfrentar a unos contra otros y fomentar el fraccionamiento dentro de una comunidad, cualquier pretexto es válido, la raza, el sexo, la edad, ¡Lo primero que te venga a la mente puede servir! Descubre la gran utilidad de crear una facción de jóvenes. Ellos demorarán un tiempo prolongado antes de, en algún momento, intentar eclipsarte. Mientras tanto, azúzalos contra los que ya han alcanzado su madurez y sí representan un riesgo real de hacerte sombra. Los jóvenes suelen ser ambiciosos, violentos, irreverentes y están dispuestos a todo. Es elegante y muy apreciado en la sociedad ayudar a los jóvenes, lo que te servirá de coartada ¡Utilízalos en tu provecho!; sólo tú sabes que se trata de una patraña. Siempre encontrarás la manera de deshacerte de ellos oportunamente.
17. Aforismo
Algún día los gusanos se alimentarán con fruición de tus despojos, como gozarán en hacer, cuando llegue la hora, los jóvenes a quienes enseñas lo que tanto trabajo te ha costado aprender a realizar con maestría. Ellos serán tu relevo; ocuparán tus cargos; sus púberes traseros horadarán tu silla reclinable y tutelar; sus botas —o sus zapatos deportivos de goma con el letrero de la marca en un lugar visible— te pisotearán, y tus cenizas les servirán de podio. Ofréceles sangre, sudor y lágrimas; que se desgasten; que contraigan sus músculos, una vez tras otra, hasta el agotamiento tensando sus arcos, pero que ninguna de sus flechas dé en el blanco. Es demasiado evidente que su falta de éxito afectará a la congregación que se verá privada de lo que ellos serían capaces de aportar si los apoyaras llanamente, y que pudiera ser mucho; ¡Pero aquí de lo que se trata es de defender tu puesto aunque sea mediante zarpazos y mordiscos!. Odia a los jóvenes ¡Son tus peores enemigos!
18. Aforismo
Añora todos los cargos; son posiciones de poder aunque representen mayores responsabilidades y preocupaciones. Difunde en sordina que aquellos que apeteces ya te han sido otorgados —o lo serán pronto—, los tontos lo creerán; otros, abrigarán dudas al respecto y no faltará quién, al menos, se vaya acostumbrando a la idea. Actúa con suavidad irritante; así tal vez consigas que alguno cuya colocación envidias pierda la paciencia, con lo que el desmerecimiento caerá sobre él. Una vez que se te dé; que tu deseo se convierta en realidad, recuerda: gavilán que suelta la presa está perdido; mastín que afloja sus mandíbulas pierde la pelea. ¡Agarra, pero nunca sueltes! Piensa en grande, de manera vitalicia, sobre todo si de cargos se trata y el que obtuviste es el que ambicionabas.
19. Aforismo
Es muy provechoso mirar el lado negativo de todos tus semejantes y concentrarse exclusivamente en sus defectos; debes conocer sus imperfecciones al dedillo —pues constituyen el punto débil de toda persona—, y taparte los ojos como el avestruz ante cualquier virtud que puedas descubrirles. ¡El único impoluto eres tú!. No cometas el error de poner a alguien a prueba; equivale a darle una oportunidad. Es mejor pensar, a priori, que no sirve, que no da la talla —¡Infeliz, qué lejos se encuentra de tu altura sacrosanta!. Guiarte por la opinión que tienen sobre algún sujeto tus más inmediatos allegados —los únicos de tu confianza—, es muy útil; casi siempre tendrán el peor de los criterios —desestima el hecho de que representan el poder detrás del trono y jamás tolerarán que alguien se aproxime.
20. Aforismo
¿Para qué sirve la cultura? ¿Los libros? ¿El arte? ¿De veras crees que alguna vez puedan serte útiles? Todo el talento y la parte de tu tiempo que dediques a estas materias y al conocimiento de la historia de tu patria, de la humanidad y del mundo que te circunda son irreparablemente derrochados. Resulta imperdonable ir por ese camino ¡Te convertirías en una inteligencia perdida! Estudia sólo medicina.
21. Aforismo
No dudes en sembrar cualquier cizaña. No cuesta nada y siempre puede traer algún dividendo. Por eso, nunca hagas una crítica de frente, pudiera ser constructivo: espera a que el otro no esté. La discordia y la desavenencia son un buen caldo de cultivo para que florezca el resentimiento, cuyo fruto son las rivalidades y, finalmente la división, que te brindará hegemonía y altura, desde la que podrás contemplar ufano cómo la comunidad que encabezas yace y se debate agonizante, mortalmente herida por tu espada de doble filo: un lado es el risueño, que da palmaditas en el hombro y ofrece confianza y abrigo; el otro, es el que sueles emplear a fondo, el que corta limpiamente y con sin igual destreza en tajos menudos el último aliento de la virtud; es el costado de la devastación; el único del que te puedes servir para sentirte realizado y que te dará grandeza, triste, pero no por ello menos prominente.
22. Aforismo
Si hay una gran faena, que requiera crecidos esfuerzos, en la que no se pueda descansar ni de día ni de noche, nunca se te ocurra hacer algo por mitigar las fatigas de tus tropas, ni reclamar nada que contribuya a un descanso reparador o sirva para compensar aunque sea en parte sus sacrificios, a pesar de que —por esas arbitrariedades del destino— esa tarea te depare gloria y reconocimiento personal; ¡Que trabajen como asnos y vivan como perros! Mientras tanto, tú solo te dignarás a vigilar desde un confortable promontorio y cuando se te antoje, simplemente les das la espalda. Eso en el mejor de los casos; ya que también puedes arremeter contra ellos, iracundo, con amargas recriminaciones originadas a punto de partida de cualquier pretexto —pero siempre cuidándote de guardar la precaución de elegir con acierto la persona a costa de la cuál quieres lucirte; porque cuando los pueblos se han emancipado de veras, como resultado de un proceso revolucionario profundo: ¡El que te parezca más anodino puede sacarte un susto!. Al decidirte por esta opción, una vez efectuada la elección de tu víctima entre los iniciados más tímidos, bien educados y, de ser posible incluso, alguno que en cierto momento te haya dado muestras de sincera devoción —recuerda que en el fondo no eres más que un cobarde—, es conveniente buscar un numeroso público que pueda atestiguar tu hazaña. Así la afrenta inflingida a tu presa será mayor, lo que prolongará su martirio lo suficiente para asegurarte de que su orgullo quede pisoteado, que el ultraje a que lo sometiste sea imperecedero, y se sienta vilipendiado y abatido. Una vez ultimados todos los detalles de la escena —en la que desempeñarás un papel solamente reservado a los grandes conductores de hombres— es aconsejable comportarte lo más soez y prepotentemente que te sea posible, a fin de que a esos míseros colaboradores tuyos no les quepa ninguna duda de tu apabullante supremacía. Esas actuaciones harán que nunca seas relegado al olvido y te proyectarán, bizarro, hacia la inmortalidad.
23. Aforismo
Cuando te sientas abandonado, y tu espíritu esté inseguro, entumecido y carente de entusiasmo, recuerda que siempre hay alguien a quien esquilmar, denostar, desprestigiar y pisotear. Una costumbre muy recomendable es hablar constantemente mal de todo el mundo y echar fango sobre la ejecutoria de tus congéneres; por supuesto, vigila que la persona en cuestión no esté presente; hazlo en lo oscuro, el puñal debe ser clavado por la espalda. Recuerda que las palabras no caen en el vacío. ¡Anímate! ¡Nadie podrá escribir la historia de la medicina dejando tales trances en el tintero!
24. Aforismo
Hay algo en el hombre que supera al hombre, que tiene algo de misterio, y se proyecta como un reflejo omnipotente: la envidia. El envidioso es impenitente y no conoce el reposo. Si tienes la suerte de que alguno de tus capitanes pecara de ese defecto —más aún si es lenguaz y arrogante, en lo que se parecería un poco a ti—, déjalo en su puesto aunque llegue a exasperarte por momentos, tanto por sus plañideros lamentos y constantes gemidos como por sus irrefrenables accesos de cólera paroxística. Si por añadidura la suerte te ha premiado —aunque sea por esta vez— proporcionándole dotes de mitómano muy poco comunes al sujeto, y tiene el cinismo suficiente para exigir con encono a sus subordinados sin pedirse nada a sí mismo ¡Estás hecho! Es una inversión que vale la pena, por la carga de malestar y decepción que deja a su alrededor, ya que todo el mundo perderá su tiempo divagando en la ilusión de que algún día, harás algo para remediarlo. No obstante, no desaproveches oportunidad de escupir sobre su rostro lo que para él, puede ser el peor de los agravios: ¡Qué es un inepto! Hazlo sufrir; pero déjalo ahí como divisa de los escarnios y prueba irrefutable del abismo que lo separa de tu estirpe celestial.
25. Aforismo
Exhibe tu grandeza con ostentación indómita y empedernidamente ¡Qué pidan audiencia para recibirte aunque tu comunidad sea de dimensiones liliputienses! Siempre adusto y con el ceño fruncido. Ello te ayudará a vapulear a tus subordinados y demolerlos sin que se den cuenta. Si alguno enfermara aunque sea gravemente; que sea tratado como cualquier paciente ¡O es que, acaso, no se pasan la vida diciendo que todos somos iguales!; puedes visitarlo fugazmente rodeado de varios de tus súbditos, siempre y cuando lo mires por encima del hombro como si fuera un insecto; ¡No se te vaya a ocurrir mostrarte realmente preocupado por su salud y su pronóstico! Si el enfermo fuera un familiar allegado de alguno de ellos y pudieras hacer algo por atenuar su agonía, no muevas un dedo ¡Vírales la espalda! Lo mismo te digo ante la eventualidad de la pérdida de un familiar de alguno de tus súbditos, por cercano que sea. Tu participación en las pompas fúnebres a pesar de que se trate de un nexo filial de alguno de tus colaboradores —aunque haya trabajado a tu sombra por muchos años— debe ser muy breve, con mucha tibieza y, sobre todo, sin emoción alguna, para que no pueda abrigar duda alguna de que lo haces porque no tienes otro remedio. Eso, si es que decides prodigar el regalo de asistir, en persona, a los funerales. ¡Tienen que aprender a sangre y fuego que para ti valen tanto como ruinosos mendigos! No te inquietes, si alguien llegara a percibir a tiempo el enigma que encierran tus intenciones, no podrá ponerse de acuerdo con los demás para organizar una conspiración seria, porque en el fondo, son todos unos oportunistas a quienes causarás espanto mientras detentes el poder.
26. Aforismo
No te molestes en amonestar o reemplazar a ninguno de los cabecillas de tu comunidad sobre los que deberías ejercer un poder absoluto… ¡No tienes agallas para eso! Además, podría traerte complicaciones y disgustos. Haz mejor esto: cuando un advenedizo se te presente o sea llamado a filas por ti, lanza los peores denuestos sobre todos los jefes que tú mismo has nombrado; si a esto añades que todo peregrino de reciente incorporación únicamente debe recibir órdenes directas tuyas y desconocer la autoridad de todos los demás preceptores ya que son unos incapaces, habrás hecho una jugada perfecta. No caben dudas de que se trata de una conducta mezquina; pero así irás socavando el poder de tus regentes y, de esa manera, no podrán jamás levantar cabeza y proyectar sombras sobre tu figura. El caos reinará en la comunidad como resultado de todo esto y habrás abonado los surcos con la mejor de las boñigas para que florezcan rijosas la indisciplina y sus inseparables arpías: la corrupción y el latrocinio. Mas ello no debe preocuparte... ¡Porque lo único importante eres tú!
27. Aforismo
Erosiona sistemáticamente la autoridad de tus regentes. Cuestiónalos delante de sus subordinados siempre que se te presente una oportunidad; que aquellos que les deben obediencia sirvan de testigos para defenderlos ante ti por cualquier acusación por absurda que sea; así los equiparas a los soldados de fila, colocas su prestigio por debajo del de ellos, y demuestras que aquellos que has nombrado para dirigir no te merecen confianza alguna. La consecuencia lógica de esta conducta es que nadie los respetará y se mofarán de ellos. Es nefasto para la comunidad, pero te proporcionará el indescriptible placer de creerte que ello acrecienta tus potestades. La hecatombe resultante será grandiosa; tanto, que empañará las más tremendas, reportadas por las sagradas escrituras y dejará para ti definitivamente expeditas las puertas de la Historia, ante las que tantos aldabonazos has hecho resonar inútilmente subyugado por angustiosas pretensiones.
28. Aforismo
Tus discípulos — ¿Quién sabe por qué?— te han obsequiado con una veneración casi mesiánica. La mala impresión que puede dejar el que tus bajezas no sean dignas de ti —y, por tanto, nadie las espere— es paradójicamente, estimable. Ten en cuenta, que nadie estará preparado para hacerles frente ni podrá sospechar que tú, que sobrevuelas con holgura las cumbres más escarpadas y altas, te prestes a maniobras tan viles y pierdas tu divino tiempo en confabulaciones encaminadas a vejar a peones de fila y cabecillas que no te rozan siquiera los talones. Mientras más miserablemente te comportes, más desconcierto sembrarás a tu alrededor e imperceptiblemente habrás sido el arquitecto de un entorno en nada propicio para que actividad creativa alguna tenga frutos. Recuerda: hombres estupefactos y confundidos no suelen ofrecer una resistencia seria.
29. Aforismo
La colectividad que diriges solo importa en la medida en que sirva como instrumento para satisfacer tus ambiciones de gloria personal —que incluyen, por supuesto, la diáspora a parajes remotos fuera de tu país. Viajar es un atributo preciado; te coloca por encima de los mediocres que te cubren —sin saberlo ni poderlo evitar— las espaldas, a quienes destinas las tareas de mayor responsabilidad y extenuantes, pero imprescindibles. Cada desplazamiento, como el rascado de una zona con prurito —comer y rascar todo es empezar—, espoleará más tu afición trashumante; gracias a estas migraciones tus ansias de fruslerías serán mitigadas; tu fetichismo por las bagatelas te transportará a una sensación rayana en el delirio y tu alma insaciable de quincalla se henchirá en el arrobamiento de la adquisición de los oropeles de moda. Por añadidura te sentirás como un turista, disfrutarás los paisajes, asistirás a algún que otro agasajo o convite y, si tienes suerte, a lo mejor te premian con un homenaje. Todo, con los gastos pagados por tu pueblo. Eso, sin contar con “lo que se pega” —quién sabe si algún que otro billete de color de perico— ¡Todo es posible! ¡Es sencillamente alucinante! ¿Cómo renunciar a ello aunque parezcas un nómada? Para viajar cualquier pretexto es válido, porque buscarás amparo en la divulgación de tu ciencia y en el necesario intercambio con el exterior. Nada, que este asunto no merece otras disquisiciones: los viajes serán reservados exclusivamente para ti y tu camarilla. Excelente castigo para los que han tenido el atrevimiento de disentir de tus designios ¡Levanta los cascos cada vez que se te presente una oportunidad! Gracias a ello te recordarán.
30. Aforismo
Si en la ciencia consigues un logro que te puedas atribuir, sácale el mayor provecho y exprímelo hasta la última gota. Cuándo el propio desarrollo tecnológico lo rebase y no sea sino meramente un aporte ya obsoleto ¡Aférrate a él! ¡Es lo tuyo! Puede que incluso se convierta en contraproducente seguir adoptando esa estrategia por el costo de vidas, molestias y recursos que conlleva, y existan alternativas mejores que el mundo entero ha adoptado ¡Sigue en lo tuyo cueste lo que cueste! ¡Eso lo inventaste tú y una vez te dio fama! ¿A quién se le ocurre renunciar a ello, así como así? Ese es el momento de demostrar que el desarrollo no es en espiral ascendente sino que sigue el trayecto mil veces repetido de las fieras enjauladas. No importa, que como resultado de tu caótica gestión, la comunidad que encabezas haya devenido en una horda de individuos que se odian y se combaten fanáticamente unos a otros, sin poder avanzar. Si te quedas casi solo y aislado de todos tus colaboradores, ello dañará de manera irreparable el futuro de esa congregación que se puso bajo tu mando, que supiste conducir —como nadie hubiera podido hacer igual— con mano férrea a un portentoso desastre ¡Más, no te alarmes! La imagen exterior de la misma —para quien juzgue superficialmente como generalmente ocurre—, será la de que tú y tus protegidos son los únicos que valen y sirven.
31. Aforismo
El Apóstol Pedro negó tres veces al Señor y sin embargo recibió de sus manos las llaves del cielo. Tú ya las recibiste cuando fuiste nombrado para encabezar la comunidad. ¡Niégalo mil veces!; tres o cuatro veces al día, es poco; cada vez que sientas la necesidad de hacer aguas menores, sería mucho mejor; no importa lo irrespetuoso que seas; ni ante quién o en que contexto te encuentres; ¡No te arredres! Las “vacas sagradas” son —va implícito en el vocablo—, intocables. Tampoco debes tomar en consideración que de él, te separará, siempre, un insalvable abismo político, moral y humano —aunque el envanecimiento enfermizo de que padeces te haga revolverte ante esa sola idea y la rechaces frenéticamente.
32. Aforismo
Pero no te excedas —recomendación que hago extensiva a todos tus sirvientes— ¡Sosiégate! Tu máscara y la de tus pajes debe ser la de esmerados trabajadores que no tienen, hora, momento, ni lugar para atender a un paciente, dispuestos siempre a redoblar sus esfuerzos. Todos deben sentirse orgullosos y alborozados de la gestión que realizan; la ausencia de alguno de ellos, causar pena y pesar. Esa imagen debe montarse muy cuidadosamente para luego ser defendida a capa y espada. Si no queda otra alternativa, se puede conminar a cualquier amistad —sobre todo si se siente comprometida por algún favor recibido— a escribir cartas de reconocimiento público con lenguaje revolucionario, cuajado de inflamados epítetos, donde se haga con desvergüenza la apología de alguno de tus servidores —el papel lo aguanta todo y lo que importa es el fin y no los medios. Por el contrario, tus rivales pueden ser víctimas de esquelas anónimas en donde serán apostrofados despiadadamente —esto de escribir anónimos parece una costumbre un tanto indigna para encajar en tu regia persona, pero ¡Al fin y al cabo, en otras oportunidades has tenido que hacer cosas peores para ser tomado en cuenta! Por otra parte, sería muy injusto no convenir en reconocer el amargo cáliz que has debido apurar —aunque sea obligado por circunstancias muy obvias— al prestarte, de buen grado, a ser ignorado en tu protagonismo, renunciando después de entregarte con empeño a la homérica faena de escribir las más bajas imputaciones, a suscribirlas. ¡Qué rudas pruebas has debido atravesar!
33. Aforismo
No pidas nada para la mejora y el progreso de tu comunidad; esos cuantiosos recursos y costosos equipos serían empleados por tus regentes o quedarían bajo la dirección de ellos que acapararían toda la gloria ¡Pide solo para ti! En tu colectividad, como resultado de esta política, los aperos de labranza empleados tendrán siglos de atraso y la tecnología de que disponen tus capitanes será anacrónica y de poca utilidad. Por supuesto, quedarán a la zaga de todo el mundo; pero esto tiene escasa trascendencia si lo comparas con tu éxito individual, ya que paralelamente debes continuar acaparando, sin concederte un minuto de descanso, logros personales y lauros. Mientras tu reino se hunde, tu ya henchida hoja de servicios se inflará y crecerá como la levadura dejando boquiabiertos a tus contendientes. ¡Qué miren todos y que nadie toque! ¡Mi reino por un galardón!
34. Aforismo
En el duro oficio de rectorar una manada de hombres te será permitido seleccionar —al menos esa será tu ilusión, ya que nunca sabrás que fue él, quién te escogió a ti— entre tus más fieles sirvientes, uno, que ocupará el codiciado lugar de El Preferido —una especie de “Eminencia Gris”. Será tu sombra; compartirá tus secretos más arcanos y pronto, las transacciones que la vida te obligará a hacer te comprometerán más con él; irá tejiendo redes cada vez más espesas a tu alrededor, sembrando en tu ánimo —sin que puedas advertirlo— suspicacias sobre todos los que te rodean; tendrá la habilidad de hacer que te enroles en guerras que no son las tuyas y te encontrará enemigos donde en realidad había ilusos que todavía te reverenciaban; por último, quedarás tan aislado como un alma errante y sumido en el más portentoso aislamiento. Conocedor de la fácil excitabilidad de tu ego y de su singular vigor, medrará aprovechándose de esas cualidades. Recurrir a ademanes de mando y feroces bramidos, no será suficiente para encubrir tu condición apocada de sumisión absorbente. Con sigilo llegará a convertirte en un mastodonte retozando en una tienda de porcelana fina, sin que puedas percibir el daño irreparable que ocasionas a todos los que te rodean y al futuro de tu reino. Más no te atrevas a enarbolar esta circunstancia como atenuante de las calamidades que has desparramado por el mundo, porque al fin y al cabo ¡Ésa fue tu voluntad!
35. Aforismo
Altruismo, entrega, bondad, honradez, nobleza, modestia ¡Bah! Cualidades pasadas de moda que sólo sirven como edulcorantes de los cuentos de hadas. Lo que hagas por una causa noble hazlo porque es, al mismo tiempo lo que a ti te conviene; después de todo, no te queda más remedio que reconocer que tú también has sido redimido por ella. Pero eso no basta para que dejes de ser quién eres y de conducirte como un chacal en las praderas. Ya ves, el hombre no vale nada, la riqueza está en lo que le rodea y los valores humanos tienen poca utilidad ¡Lo único importante es consumir los bienes materiales que la vida te ofrece! Persevera, se paciente, que en unos años ¡Todos los que te han acompañado en la magna empresa terminarán siendo como tú!... —o casi todos.

Del mensaje que Esculapio valientemente espetó al autor de esos aforismos y sus lamentables consecuencias.

Capítulo que versa sobre el buen juicio de un vástago de Esculapio cuya previsión nos proveyó de un sabio comentario de su padre inmortal, recogido en un legajo que mantuvo oculto en un cofre, y de las sagas transferidas de una generación a otra por acreditados rapsodas que permitieron descubrir la identidad del enigmático personaje que reclamó la autoría de los Aforismos contenidos en el Código a que hice referencia y titularon definitivamente para la historia el comentario de referencia, contenido en el pliego, como “El Mensaje de Esculapio”.

De muy buena tinta y acreditados rapsodas, cuya saga fue transferida de una generación a otra, pude conocer que cuando Esculapio trabó conocimiento de estos Aforismos, emprendió una afanosa búsqueda hasta ponerse al habla con quién los escribió. Como el venerable Dios de la Medicina no tenía pelos en la lengua, valientemente y con ademán sencillo vertió al oído de su interlocutor su opinión. Ellos me aseguraron que gracias a que uno de sus hijos tuvo la perspicaz iniciativa de tomar nota mientras su inmortal padre ensayaba su discurso, y tuvo la precaución de esconder el legajo con sus acotaciones en un cofre que sepultó en un lugar secreto a buen resguardo de los agentes enemigos —casi todos reclutados entre los más patéticos y contrahechos sátiros y faunos de los pantanos de Ever Glades—, la valiosa información fue salvada. Luego de encarecidas súplicas que me tomé el trabajo de hacer a uno de sus descendientes y que lograron conmover su misericordioso corazón, consintió en desenterrar el preciado baúl y darme a conocer el contenido del pergamino, celosamente guardado durante centenares de años.
Cuentan los juglares que el autor de los Aforismos, de mala gana se detuvo a escuchar a Esculapio que había recorrido un largo trayecto —con caduceo y serpiente a cuestas, como era su costumbre— hasta que pálido y sudoroso pudo al fin, darle alcance. El desconocido, sorprendido por la presencia del reptil le lanzó una mirada —que más parecía un puñal— que el emblemático ofidio no pudo sostener, por lo que agachó la cabeza y entornó los ojos en señal de sumisión con un gesto que dejaba entrever una mal encubierta picardía, que harto contrastaba con los duros rasgos de su fisonomía viperina. El enigmático personaje después de prestar atención con displicencia durante unos instantes al insigne Dios de los facultativos, sonrió con indescriptible sarcasmo, respiró profundo y lanzó un suspiro de contrariedad. Sin embargo, sin que todavía se sepa por qué, aguardó con los brazos en jarras hasta haber escuchado la ferviente arenga hasta el final; momento en que no pudo contenerse más, y dejó escapar de lo más hondo de su pecho una acompasada carcajada que retumbó en los oídos de sus interlocutores con la gravedad de un bajo profundo; aquella risa no era sana y contagiosa, era vengativa, mordaz y maligna como un himno de los Avernos; premonitoria con seguridad de una debacle inminente que puso de punta los pelos de Esculapio, al tiempo que la pobre sierpe era sacudida por un irrefrenable escalofrío que hizo que tratara —en gesto defensivo— de enseñar sus puntiagudos colmillos; mueca que no tuvo tiempo de rematar porque, sin poder evitarlo, sintió un vahído, los anillos de su cuerpo perdieron fuerza y resbaló un buen tramo por el báculo heráldico a cuyo abrazo eterno había sido destinada —sin siquiera el consuelo de la compañía de otra sierpe, que sí le ha sido concedido al dueto de víboras acreditado para representar a los mercaderes ya sea por el grácil talante del Dios Hermes-Mercurio o debido a un acto de amabilidad poco común de quienes suelen preferir el ábaco que esclarece la aritmética de las ganancias al más emotivo acto de solidaridad—, hasta adoptar una ridícula e incómoda posición que la obligó a contentarse con relamerse los labios, que habían adquirido repentinamente una temperatura más fría aún que la que les era habitual —en su caso, esto de relamerse no se hace tan fácil como se dice, si se tiene en cuenta la amplia hendidura de una lengua bífida. Acto seguido el atrabiliario personaje; sin tomarse la molestia de despedirse, montó ágilmente de un salto en su cabalgadura, un fogoso corcel color de azabache, bellamente enjaezado con arreos negros muy lustrosos y silla de igual color, de la que pendía un horrible tridente; picó espuelas como un endemoniado —no sin antes acomodar en la montura su afelpada cola terminada en punta de saeta, que se retorcía con rabia revelando la impaciencia del dueño—, a lo que siguió el estruendo de los cascos acerados del noble bruto que sacaron destellos del sendero pedregoso. Mientras, Esculapio presa de un repentino acceso de tos y con gran dilatación de las venas que se dibujaban azuladas en su frente, haciendo un esfuerzo sobrehumano —como cabe esperar de un Dios— trataba de disimular una asfixiante disnea envuelto en una nube de polvo apoyándose vacilante en su cayado, al que a duras penas, se mantenía aferrada la fiel culebra que en silencio se lamentaba de la vida que su sino le había deparado, a la vez que soñaba con añoranza en el inefable placer de arrastrarse alegremente, sin otras obligaciones, por las arenas del desierto o las breñas de la floresta.
A continuación, reproduzco con exactitud los ingenuos comentarios que, con la mejor intención y donosura, el buen Esculapio hubo de comunicar, haciendo gala de su ancestral bonhomía, al misterioso jinete que reclamó los fueros sobre los Aforismos que acabo de exponer a la luz pública; y que —no es de dudar— motivaron un comportamiento tan innoble como inesperado de su parte, que al mismo tiempo, puso al descubierto palmariamente su naturaleza intolerante e ingrata. Con el paso del tiempo estos comentarios adquirieron por obra del consenso universal el nombre de “El Mensaje de Esculapio”, que es el título que da nombre a este trabajo —que no puedo clasificar como novela o noveleta, ni tampoco como cuento, y mucho menos como ensayo— que los duchos críticos literarios —con los que, al menos en esta ocasión, estaré completamente de acuerdo— bien pudieran considerar una sopa de letras, mal condimentada e insulsa, que emplea abusivamente y con mal gusto los adjetivos, por lo que pudiera conceptuarse también como un mal ajiaco de calificadores del nombre; en fin, discurso balbuciente y sobre todo aburrido, obra de un principiante con pueriles ínfulas literarias —muy equilibrado criterio que no basta para arredrarme, y a que renuncie a hacer pininos con un Cuarto Capítulo y un Epílogo. Pero volvamos al tema con la reproducción de esta versión, la única fehacientemente registrada en la literatura, del tantas veces mencionado Mensaje de Esculapio. Hela aquí:

“Como todo en la vida, un día —cuya alborada será, para ti, más prematura que tardía— la prodigiosa epopeya llegará a su fin. Cuándo las manecillas de todos los relojes tomen la misma inclinación para indicar implacables esa hora infausta, no profieras queja alguna ni levantes falsas acusaciones al sentirte arteramente lacerado en tus carnes —ya para entonces ajadas y enjutas a causa del paso del tiempo, que es el peor de los verdugos porque cumple su misión con lentitud pero sin conceder escapatoria— por los filosos colmillos de la serpiente condenada a permanecer siempre ceñida en torno al caduceo, como tampoco, inicuamente abandonado en húmeda y sofocante ergástula sin verjas ni cerrojos; puesto que estarás recogiendo los frutos de tu propia cosecha, cuyas semillas durante largos años te empeñaste en derramar sobre los ávidos surcos de esperanza de tus discípulos que te admiraron de todo corazón y de quienes fuiste, acaso una vez, genuino paladín. Ellos emprenderán un camino distinto al que aprendieron a fuerza de aciagas frustraciones y acerbas decepciones, cuando estaban a tu zaga. Las aguas del torrente tomarán su nivel, desechando incontenibles los remansos inmóviles que estancan las lluvias pestilentes del pasado, para irrumpir con ímpetu por los vertiginosos y transparentes cauces que las proyectarán al porvenir. Ése, es el momento en que cualquier esfuerzo tuyo por trastocar las cosas, solo conseguirá acelerar los eventos que marcarán un destino que no podrás torcer.”

 

El mensaje de Esculapio. 1ra Parte

Dr. Miguel González-Carbajal Pascual Especialista de 2do grado en Gastroenterología Profesor Auxiliar de Gastroenterología Investigador Auxiliar Jefe del Departamento de Endoscopia del Instituto Cubano de Gastroenterología email:carbajal@infomed.sld.cu

EXORDIO

  De Esculapio, que una vez dirigiéndose a su hijo abordó con inflexiones de sainete y propósitos aleccionadores supuestos puntos de contacto entre la medicina y la prostitución, denunció la inmundicia moral de los que fomentan la segmentación y la discordia, puso de relieve la importancia de la unidad en una congregación, previno de la dilación premeditada de las cónclaves previstos y contra el maléfico caudillismo, relató algunos de los regodeos con que el Diablo suele refocilarse en su intimidad, entregó una formidable lección de misericordia y regaló una pincelada de filosofía. Este conjunto de valoraciones éticas no debe confundirse con el documento que ha dado en llamarse El Mensaje de Esculapio, que después habremos de conocer. Todo lo hizo el benéfico Dios como un preámbulo para preparar a su hijo ante el desvelamiento inminente de un Código de Falsos Valores contentivo de 35 Aforismos.

Muchos suelen repetir, con cierta petulancia —y, quizás, con ánimo un tanto permisivo no exento de ribetes liberales—, que la prostitución es el más antiguo de los oficios. ¿Cómo saberlo a ciencia cierta?; si admitimos que el masaje —aquel que se practica sobre una región hinchada y dolorida después de un sorpresivo zurriagazo— es una de las más precoces e instintivas tentativas de aliviar el dolor y, por tanto, de ejercer aunque rudimentariamente la medicina, permítaseme al menos abrigar algunas dudas sobre la primicia en el tiempo de los mencionados oficios. De una u otra forma, el origen de ambas profesiones parece perderse en la noche de los siglos —lo que, a mi juicio, pudiera no ser el único punto de contacto entre ellas.
Como el ejercicio de la medicina goza de singular respeto y acusada consideración social —a diferencia del quehacer, al que a veces con envidiable ahínco se entregan las meretrices, que suele ser casi universalmente descalificado, acaso con una no desestimable carga de doble moral y simplificación de las verdaderas raíces del problema—, no han faltado tahúres de la peor ralea que busquen en la profesión médica su refugio —como tampoco ha carecido la prostitución de despiadados rufianes que se cobijen en su entorno aunque por otras razones, en este caso relacionadas con los fáciles y jugosos dividendos que suelen vincularse a ese secular oficio—, porque el respeto y la deferencia son la más segura fuente de impunidad para los escarceos de la corrupción, cuyo brío puede hacer despertar las más virulentas tentaciones y convertir la práctica de la medicina en suculento bocado, de descomunales apetencias.
Si escoges en la vida el camino de la medicina, bueno es que seas en todo momento fiel a la pureza de los ideales que te han conducido a elegir una de las más difíciles profesiones que puede escoger el hombre, caracterizada por —y he aquí ¿quién podría negarlo? adicionales paralelismos con el otro ancestral oficio a que hice referencia—: una tremenda carga de responsabilidad, poder reducido, oscuridad en muchos casos, fugacidad de las ocasiones e imposibilidad de deshacer lo hecho (1). Ciertamente, no se puede entretener el tiempo con la peligrosa serpiente de Epidauro —como tampoco en el duro oficio consistente en el comercio de los placeres carnales.
La responsabilidad moral de la profesión médica conduce a compararla—además de con la antiquísima y vituperada profesión que ya mencioné— con el ejercicio de un sacerdocio que encierra una ordenación de normas éticas y de conducta —y no me invites a encontrar equivalencias entre esta otra profesión y la, medicina... o la prostitución, ya que no envidio en nada a Don Quijote cuándo, en complicadísima situación, hubo de exclamar ante su inseparable compañero: “¡Con la Iglesia hemos topado, Sancho!”.
Hijo Mío:
Toda la disquisición anterior, basada en hipotéticas aristas comunes entre la profesión médica y el quehacer de las meretrices, no es sino un buen ejemplo de lo que significa guiarse y sacar conclusiones por las apariencias haciendo caso omiso del contenido y de cómo mediante el barniz de la retórica, que acicala el revestimiento de un problema, se puede velar su esencia y sacar buen provecho de los incautos. Esta es una manera de actuar que, por ajena a la decencia, debes aprender a reconocer lo más tempranamente posible, lo que explica su inclusión en este mensaje. Por otro lado, dicho preámbulo, con inconfundibles acentos de sainete, me ha servido como introducción para abordar el tema que nos ocupa.
Antes debo hacerte saber que el usufructo sexual de la mujer es una de las más monstruosas formas de explotación, y las sociedades que basan sus relaciones económicas en el lucro han sido especialmente crueles con la mujer; ya que, la mayor parte de las veces, sólo las más terribles penurias son capaces de obligar a una joven a escoger el camino de la prostitución como medio de vida. Por eso, a algún sabio se le adjudicó, una vez, el siguiente enunciado: “¡Meretriz no es la que vende su cuerpo... sino la que lo lleva en el alma!” —las simientes de “machismo” que encierra este último aserto podríamos discutirlos en otra ocasión.
De lo que no te debe caber ninguna duda es que elegir la medicina como carrera, conlleva los riesgos y penalidades del continuo trato con el dolor y la muerte; pero también, la cultura científica que robustece y ensancha el espíritu; y que los sentimientos de humanidad deben presidir el ejercicio de una profesión esencialmente benéfica que te hará sentirte siempre anímicamente recompensado, porque nada hay más alentador que la peculiar satisfacción de contribuir a la felicidad , o al menos, al alivio de los sufrimientos de tu prójimo. Por ello, no te parecerá extraño que tan grave ministerio haya inspirado, desde la más remota antigüedad, una poderosa atracción sobre las voluntades más elevadas, que por motivos obvios, desde esos lejanos días han sufrido el peso de irreconciliables divergencias con los advenedizos mercaderes que han utilizado la profesión en provecho propio.
¿Cómo identificar en que sitio germina la bondad y en cual anida la malevolencia?
¿Cómo delimitar la longitud de las fronteras del bien, que ilumina nuestras vidas para, después, reconocer donde comienza el territorio del mal y de la oscuridad?
Ten en cuenta, que muchos demagogos sienten una curiosa predilección por aquella manida frase de que defienden "su verdad" —lo que no deja de impregnar dicho dislate con cierto dejo de elegancia. Pretenden así, desconocer que la verdad es una sola, existe de manera muy real y objetiva, y es independiente de la voluntad y el criterio de los hombres; condición esta, que hace imposible encontrar una verdad para cada persona que sustente una opinión determinada.
Hijo Mío:
Tengo la absoluta seguridad de que, sumido en tu candor, no puedes imaginar los sórdidos laberintos que la mente humana, que es insondable, puede transitar en pos de una ambición oscura, del dinero, la popularidad, la gloria o el prestigio.
La profesión médica, que debería ser escogida sólo por aquellos dotados de las más puras virtudes y vocación de sacrificio por sus semejantes, ha sido convertida, a veces, en pedestal para empinarse o servirse de ella, y así alcanzar los más retorcidos propósitos de culto narcisista y egocéntrico.
Algunos médicos, ladinos y egoístas suelen apelar a la taumaturgia, recurso del que como un tenue y costoso perfume se ha visto impregnada la profesión desde los tiempos más remotos; al lenguaje edulcorado y florido, que encubre la verdad con el pelaje de la distinción; a la experiencia, que es tan valiosa que no se puede transmitir —como pueden serlo los conocimientos— pero que requiere, para no devaluarse inmersa en las escuetas fronteras del empirismo, de una actualización académica ininterrumpida; y, finalmente, a la mentira, que todo lo mancilla; para construirse a sí mismos una imagen de honrados benefactores de sus colegas, discípulos, enfermeras, trabajadores de la salud y de los propios enfermos. Usan la medicina en provecho propio y convierten sus conocimientos en una mercancía. Lucran para esquilmar a los pacientes, pisotear a los demás médicos y burlarse de todos. Se jactan de cualidades que distan mucho de poseer.
Estos seres inescrupulosos, aguerridos condotieros, rastacueros osados —muchas veces procaces y desafiantes—, para enfrentar el mundo y sus problemas, se rigen por un código de valores característico; apelan a una ética que los diferencia, les sirve de aliento y que constituye, para ellos, una fuente de inspiración constante. De ella se valen, como morlacos porfiados, para plasmar en certeza sus intenciones pecaminosas.
En aquellos que se han erigido, por derecho propio, en fieles exponentes de esta aberración del intelecto y la conducta, esos rasgos suelen estar muy acendrados; forman parte de su propia personalidad, de su carne, de sus huesos, de sus nervios, de su piel y de su sangre. Ten en cuenta que han venido repitiéndose a sí mismos desde edades muy tempranas, cuando están prácticamente estructurados ya los principales elementos de la personalidad, lo que deja huellas —que aunque sutiles— en ocasiones pueden ser percibidas por un observador avezado. Como verás, algunas veces la maldad deja a su paso ciertos vestigios que se ponen de relieve en la manera de gesticular, actuar, caminar, hablar y mirar; pueden insinuarse incluso, en el cuerpo y en la catadura del rostro; pero, casi siempre, estos indicios permanecen ocultos, velados mañosamente, unas veces tras escogidos adornos de falsa humildad, otras bajo el nimbo —pocas veces vanamente recurrido— de la penuria fingida y el desamparo.
Son lobos famélicos y babeantes, con piel de mansas y parsimoniosas ovejas. Por ello, se requiere mucha experiencia y suspicacia para reconocerlos a tiempo y, aún así, se corre siempre el riesgo de que se filtren, inadvertidos, en las filas de los justos. Con el paso del tiempo, sin embargo, cuando la propia vida se desenvuelve, lo más recóndito sale a la luz y la duda se convierte en certidumbre.
Por eso, Hijo mío, desconfía siempre y apártate de quién actúe según los siguientes Aforismos o se jacte de la eficacia de los valores que expresan, independientemente de la imagen con que se engalanen ante sus conciudadanos. Son demasiado llamativos los puntos de contacto que se articulan entre sus principios éticos, que encarnan la más abominable negación del humanismo, y los del imperio todopoderoso que se empeña en dominar el mundo.
Voy a detenerme con brevedad en solo tres ejemplos que ilustrarán un poco mejor lo que te narro y cuyo conocimiento pudiera servirte, cuando menos lo esperes, para desenmascarar a los taimados caballeros de los que he hecho una resumida semblanza. Aquí va el primero:
Las peleas de perros han sido prohibidas y penalizadas en todo el mundo por el repudio universal que concita la crueldad de encontrar placer al presenciar una lucha entre dos criaturas que se despedazan entre sí en combate singular que muchas veces termina con la muerte de uno de los contendientes —y que genera, además, cuantiosas ganancias a quienes las propician—; la civilización ha recorrido un largo y doloroso trayecto que la separa de la delectación ante el espectáculo de los combates entre gladiadores o entre éstos y las fieras, que servía de esparcimiento a emperadores abyectos y a multitudes enajenadas y brutales. Pues bien, estos insignes y voraces caballeros de la moral podrida, irremisiblemente perdidos en su devaluación de los principios más elementales de la convivencia humana, como norma de conducta —tan reincidida como un auténtico modus operandi— se obstinan con saña, y —lo que es más repugnante aún— se solazan, en generar fratricidas desavenencias entre sus propios colegas mediante las más infames intrigas; siembran cizañas con morbosidad por doquier —pasmosamente pródigos en la falacia, los embustes y el cotilleo— con la aviesa intención de enfrentar a unos contra otros, y hacer florecer el recelo cuyo fruto es el odio y la desunión, que debilitan y merman; aprensivos y medrosos por naturaleza, de esta forma se nutren para equilibrar un tanto sus almas entecas de depredadores, preñadas de insalvables temores —¡Todo les espanta!: la energía de la juventud, la nobleza, la elegancia, la brillantez, la cultura, la destreza, la entrega, la dedicación y la capacidad de otros, que no son como ellos. Estos tristes señores edifican el provecho propio sobre el resquemor, la suspicacia y el fraccionamiento de aquellos que íntegros pero desprevenidos —las más de las veces, como tú, jóvenes e inexpertos—, les sirven de gladiadores o podencos y, también... como víctimas de su gula insaciable de poder y hegemonía propia de hienas y de buitres que se alimentan de carroña en parajes donde ser vencido equivale a la muerte.
Como resulta elemental que ningún grupo social puede lograr objetivo alguno —sino, más bien, malograrlos todos— al no estar cohesionado y fuertemente unido—, queda muy claro que los gestores de esa política disparatada y suicida —que se sustenta en el fomento de enconadas e ininterrumpidas luchas intestinas entre los miembros de una comunidad humana— buscan únicamente un fatuo objetivo: el provecho propio, aunque sea a expensas de la aniquilación de la colectividad a que pertenecen. No conocen el recato; el miedo y la codicia les clavan con saña las espuelas en el alma y por eso no se detienen ante nada, lo que conduce ineluctablemente al quebrantamiento sistemático de todas las posibilidades de progreso y superación de la congregación a que pertenecen.
He aquí una segunda muestra que te será muy instructiva. Todo grupo humano con independencia de la latitud del planeta en que se asiente y de la época a que nos quisiéramos referir, ha dispuesto siempre de cónclaves cuyo cumplimiento es obligado respetar porque en ellos se discuten los problemas más relevantes que afectan a la comunidad. Unos son denominados consejos de ancianos, consejos de guerra, reuniones para distribución de las tareas diarias de recolección de hortalizas y frutos o relacionadas con la caza, en relación con las ocupaciones a que se dedique la colectividad en cuestión; a otras reuniones, en colectivos más avanzados, se les llama concilios, asambleas, juntas, convenciones o congresos. Pues bien, ha sido una norma social, históricamente validada, que los autócratas rehuyan estos eventos para evadir responsabilidades e impedir que la comunidad les exija rendir cuentas de sus actos. Desde lúgubres y poco ventilados recintos, desde allá abajo en los sótanos conspiran en silencio, urden perversas maquinaciones que no resistirían los embates del veredicto público y delinean con esmero sus planes siniestros.
Finalmente el tercer ejemplo; que será, el de los pequeños caudillos de sectores de una congregación que erigen con celo su esfera de poder y de influencias dentro de ella; así se satisfacen a sí mismos, ceban su apetito egocéntrico y se yerguen con jactancia por encima de los demás, en franca bravuconada ante el poder legítimo y central; diminutos caporales de escuálidas facciones que tironean cada una en su propio favor y ayuda y, por tanto, en incontables direcciones diferentes, lo que impide a la colectividad la adopción de objetivos comunes; impúdicos beneficiarios del caos que propician con contumacia; sediciosos sin causa válida, cuya orfandad de ideas y de futuro es tan insólita como patente.
Estos Aforismos constituyen, Hijo Mío, todo un código de valores éticos bestiales que suelen blandir, cerriles, como adargas y rejones algunos ejemplares de la raza humana, no extintos aún, durante su paso por el reino de este mundo y que mancillan la hermosa y respetada profesión médica; ideólogos mezquinos, recalcitrantes prohombres del fracaso histórico, auténticos homúnculos del medioevo, caballeros retrógrados con orejas y narices peludas, y cerebros crispados de larvas de renacuajo; insertados en la sociedad como tiranosaurios en los albores del tercer milenio.
Hijo Mío, huye de estas funestas concepciones como si fuera de la peste bubónica, el vómito negro, el SIDA o las drogas. Pon, tierra, mar y aire de por medio. Pero, si es preciso, enfréntate a ellas con dignidad, inteligencia y valor. De esta forma, ten la seguridad de que podrás vencer y salvar el bien y la verdad, para que prevalezcan sobre la maldad y la traición.
Nada de esto me han contado; para mi desgracia o mi suerte, lo aprendí viviendo y luchando, junto a mi pueblo, en el ejercicio de la medicina. Sólo con la esperanza de que te sean útiles para no extraviarte en el laberinto de las dudas o en la noche de las vacilaciones y puedas utilizar este conocimiento para sortear honrosamente las trampas que te acecharán a cada paso, mediante las cuales la vida, durante el desempeño de tu profesión te pondrá a prueba; me atrevo a desvelar ante ti este escalofriante código ético que toma cuerpo en las tremebundas aserciones que contienen los siguientes Aforismos, que constituyen en su conjunto, todo un Código de Falsos Valores.
Sobrecogido de espanto, pero con perenne fe en la necesidad de la virtud, en la fuerza del amor, y en la bondad inherente a la naturaleza humana, encuentro fuerzas para revelarte estos Aforismos. Me temo que, al hacerlo, echo sobre mis hombros endebles y mis piernas gotosas y adoloridas una temible carga: la de arrogarme el riesgo de convocar torvas fuerzas que llevan en su fondo algo de inicíaco y mucho de terrible.
Me decido a elegir esta opción por difícil que sea, antes que mentirte; porque ocultar una parte de la verdad, es también una forma de mentir. La verdad, aún cuando resulte hórrida y vergonzosa, debe ser revelada, ya que todo lo que se levanta entre penumbras y engaños, a la larga, se derrumba por la falta de luz y de verdad que le faltó, y nada hay más legítimo que el derecho que te asiste a disponer de todos los elementos, sin salvedades, para alimentar con ellos tu intelecto.
Aunque resulta más placentero soslayar hábilmente todo tipo de litigios e incordios, recuerda que no es meritorio para la estimación que debes a tu propia persona mantener indefinidamente esa imprecisa y degradante posición.
¿Quieres disfrutar despreocupadamente de una vida fácil y colmada de delicias?
No lo veas como algo intangible y distante; muy por el contrario, está a tu alcance y puedes conseguirlo con mayor facilidad de lo que supones. He aquí, lo que debes hacer: acaricia zalameramente con una mano la cola de Satán, la notarás hirsuta y áspera ¡Pero no te detengas!, deslízala con ternura hasta sus partes pudendas y prorroga su placer aunque sientas náuseas, podrás escuchar sus sordos gruñidos de gozo; si continúas sin interrupción y frotando con igual cadencia durante un tiempo más... es casi seguro que, a continuación, exhalará un ronco suspiro que se dilatará en el tiempo, proveniente de lo más profundo y fétido de sus entrañas —así suele premiar Belcebú una traición a alguno de tus maestros que sinceramente te aprecia, sobre todo, si es para mejorar tu posición adulando a otro más poderoso. Entre tanto, corteja a Dios con la otra, halágalo socarronamente y encorva la cerviz ante su altar, desenmaraña su cabellera encrespada mientras cosquilleas con el borde de tus uñas su sacra piel, juguetea con las cerdas de su barba enredándolas entre tus dedos perseverantemente y procura arrullarlo con melosas argucias y dulces promesas; es como venderte a ti mismo y un insulto a tu propio decoro; algo así como soñar con placidez en el olvido eterno, dormir despierto, o morir en vida; y de ese modo penetrar lánguidamente, a través de los linderos del apetecido limbo moral, cuya paz y serenidad tanto añoran los enclenques de ánimo caliginoso y los pusilánimes de corazones de lagarto cuyas musculaturas expelen con isocronía sangre gélida que embebe lentamente sus intelectos de ingratos y desleales, hasta hacerlos aventajadamente aptos para rastrear con tino por las sinuosas veredas del cálculo aprovechado y la reptación; caminos éstos que, aún sin ser buenos —habida cuenta de que no es posible sostenerse en tan ambigua posición perpetuamente—, conducen todos a la Roma de la apostasía.
No olvides que la desmesura destructiva de los ególatras, cobra inusitada eficacia —lo que conlleva consecuencias impredecibles— cuando se les dota de mando, pero los conduce insensiblemente a un naufragio seguro por la parte de verdad, honestidad y decencia que no tuvieron, aunque logren durante muchos años engañar a los impróvidos, cubrirse con el manto de la gloria —al fin y al cabo, toda la del mundo cabe en un grano de maíz—, o forrarse de ventajas materiales a expensas de quienes, más que ellos, las merecen.
La extraña y desapacible sensación de vacío, mezcla de ingravidez y vértigo, que deja el poder cuando se evapora repentinamente, no les será ajena de manera perdurable. Cuando ese momento llegue, si ellos lo permiten y llegaran a mostrarse un día sinceramente arrepentidos —aunque, a todas luces, esto parece muy improbable en criaturas sumergidas tan hondamente en las cloacas de la ignominia—, no actúes con soberbia ni apeles a la venganza —que es como un árbol con raíces muy largas que crecen con lentitud, pero que brinda frutos primorosamente dulces— por apetecible que pueda parecerte, porque hacerlo —aunque ellos se hayan caracterizado por ser empedernidamente despiadados—, entre otros males, reduciría tu estatura ética a la diminuta altura de la integridad de tus antiguos contendientes; piensa en el futuro de tu comunidad; en que una vez despojados de sus peores atributos y conjurado el maleficio de la presunción y el egocentrismo, pudieran en ocasiones ser útiles al bien común; en los ideales puros y grandes que te han iluminado en los momentos difíciles; y en tu honor. Haz un postrer esfuerzo y... ¡Tiéndeles la mano con franqueza!
Pudiera culpárseme de un desbordamiento de maniqueísmo al referirme a problemas tan complejos. Admito que puede no faltar razón a quienes piensan así; quisiera pues, llamarte la atención sobre el hecho de que —aunque al modificar las proporciones de rojo, azul y verde puede reproducirse cualquier sensación de color— la variedad en las tonalidades de gris que separan el contraste entre el blanco y el negro que hacen realidad la transición entre ambos, es infinita; pero no basta para abolir de la visión del ojo humano —que todo lo escudriña— la más impecable blancura, como tampoco la más completa oscuridad; que no solo conviven a veces asombrosamente apretadas una a la otra, sino que se deben recíprocamente su propia existencia y validez.
Si gustas, ya que incursioné en el tema, veamos una percepción del mismo mucho más poética, según Charles Dickens, el más conocido quizás de los novelistas ingleses, que aparece en su novela histórica titulada “Historia de Dos Ciudades” (2) —en aquella época los grandes novelistas solían, no me preguntes por qué, dar nombres simples a sus obras sin apelar a títulos contentivos de curiosas piruetas lúdicas convertidas en atrevidas alegorías—; hela aquí:
“It was the best of times, it was the worst of times, it was the age of wisdom, it was the age of foolishness, it was the epoch of belief, it was the epoch of incredulity, it was the season of Light, it was the season of Darkness, it was the spring of hope, it was the winter of despair…” *
No añadiré otros comentarios sobre este punto, para que puedas reflexionar libremente sobre el mismo.
Conocedor de la importancia del silencio —tanto en la oratoria como en el lenguaje musical y el escrito— te presento una última disyuntiva, hago una pausa; y te invito, si es que no he agotado tu paciencia con tan larga peroración, a dar lectura a los más amargos Aforismos que hayan sido jamás compilados.
¿Qué hacer?
¿Enaltecer tu ánimo defendiendo tus ideales consecuentemente, sin medir los peligros que esta actitud comporta o rendirte inerme ante los avatares y calamidades que el destino pondrá en tu camino?
¿Ascender del lado del deber, que es donde está siempre el porvenir, o menguar cautivo de la vanidad y la codicia soñando melancólicamente con el poder y la opulencia?
Si tienes una respuesta honrada para estas interrogantes…
Si no quedas abrumado por el horror y anonadado por tanta felonía y mendacidad…
Si estás dispuesto a luchar esforzadamente y hasta el fin de tus días…
Si no sientes temor ante tu juventud e inexperiencia...
¡Enfréntate a los Señores de los Dominios Negros con la pujanza desplegada por Hércules cuando, todavía en su cuna, estranguló a las serpientes enviadas para devorarlo!
¡Sólo entonces, abraza con fervor y pasión el ejercicio de la medicina!

* (Nota del Autor) "Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos, era la edad de la sabiduría, era la edad de la insensatez, era la época de la creencia, era la época de la incredulidad, era la estación de la luz, era la estación de la oscuridad, era la primavera de la esperanza, era el invierno de la desesperación…" (2)

 

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